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27 abril 2010 2 27 /04 /abril /2010 18:32

CXL

      Había ya transcurrido un tiempo razonable desde la liberación de Tarian, pero éste no hacía más que seguir tirado en un rincón, lo que suscitaba diversos comentarios reprobatorios. El consenso era que no hacía bien al muchacho permitírsele esa actitud pasiva; y se esperaba que Balduino o Ulvgang lo obligaran a abandonarla.

 

      La primera en manifestar abiertamente su opinión en tal sentido fue Ursula, un domingo en que por azar ella y Balduino se encontraron a solas, salvo por el propio Tarian, en el interior de Vindsborg. Ursula se había hartado, una vez más, de los mejunjes de Varg, a quien había sacado a empujones de la cocina, de la que por un tiempo hizo su dominio, para alivio de unos cuantos sistemas digestivos maltrechos. Precisamente al salir por casualidad de la cocina alrededor del mediodía, ursula encontró a Balduino y, creyendo que quería saber cuándo estaría lista la comida,  dijo:

 

      -Ya falta poco-y entonces se dio cuenta de que el pelirrojo tenía la vista clavada en Tarian, y comentó:-. ¿Quién creería que este idiota abúlico es hijo de Ulvgang? Linda porquería inútil has traído de Kvissensborg, enanín... ¿Y esto es un híbrido de pirata y sirena? ¿O será un nuevo embuste de esos majaderos siempre dispuestos a creer hasta en lo más increíble?

 

      En su voz había menos intención insultante que extrañeza ante una realidad que no podía comprender.

 

      -Hay que tenerle paciencia. La pasó muy mal en la mazmorra-contestó Balduino.

 

       -Pronto hará una eternidad que salió de ella, pequeño. Muélele el culo a patadas, a ver si se pone en movimiento. Estoy segura de que duelen menos tus puntapiés que los de Ulvgang... Y éste lo mira con tantas ganas que creo que, si lo agarra por su cuenta, Tarian no podrá sentarse en un mes.

 

      Efectivamente, el alivio de Ulvgang por la liberación de su hijo se había enfriado mucho. Ya no se mostraba cariñoso con Tarian, en parte porque éste parecía insensible a su afecto. Y si al principio se hubiera vengado de quienes le habían cortado la lengua al joven, por la forma en que lo miraba ahora daba la impresión de que sus prioridades habían cambiado y que su máximo anhelo era moler a golpes al propio Tarian.

 

      Balduino nuevamente empezaba a dudar de que la madre del muchacho hubiera sido una sirena, o al menos que él pudiera respirar bajo el agua, como se le había dicho. Tarian no hacía el menor intento de regresar al mar. Parecía inconcebible que alguien que gozara del privilegio de moverse a su antojo por aquel mundo vedado para la inmensa mayoría de los mortales no hiciese uso de él, aunque podían existir otras explicaciones para ello, como la que sugirió Gabriel de Caudix durante una breve visita que hizo a Vindsborg.

 

      Gabriel, en efecto, decidió aceptar la invitación de Balduino para pasar unos días con él, aunque anticipó que no se animaba a quedarse mucho tiempo por temor a que algo malo sucediera a sus compañeros durante su ausencia. Balduino trató de hacerle ver que Wjoland Sigisnandsdutter podía cuidar de ellos, pero Gabriel se mantuvo firme, aunque el pelirrojo logró persuadirlo de quedarse un día más de lo pensado. El joven Leproso fue recibido con mucha deferencia por la dotación de Vindsborg, aunque luego muchos de éstos descubrieron, incómodos, que no sabían cómo tratarlo. No era que se mantuviera aparte; al contrario, se puso enseguida a trabajar a la par de los demás, pese a las protestas de Balduino. Dijo que se aburría y se sentía estúpido quedándose sin hacer otra cosa que ver trabajar a los otros; pero su laconismo hacía pensar que se encontraba a disgusto allí, aunque esta suposición parecía desmentida por una soñadora sonrisa que rara vez lo abandonó durante su estadía.

 

      Recién llegado, le fueron presentados todos y cada uno de los moradores de Vindsborg, y último de todos quedó Tarian. Gabriel había oído hablar de él, por supuesto: recordaba cómo Balduino había preguntado a Evaristo, líder del grupo de Leprosos, si accedería a mantener oculto en las cavernas de la desembocadura del Duppenalv a un inocente que llevaba muchos años soportando maltratos en las mazmorras de Kvissensborg, aunque finalmente quien terminó buscando asilo en dichas cavernas fue Wjoland. Evaristo, para dar su consentimiento en lo referente a proteger a Tarian, había querido formarse primero una idea de la personalidad de éste, haciendo a tal fin muchas preguntas a Balduino. Por lo tanto, Gabriel tenía curiosidad por conocer al muchacho-pez del que tanto había oído hablar.

 

       Todavía no habían subido la escalinata de piedra, que Gabriel preguntó a Balduino cómo se las había ingeniado para liberar a Tarian; y al enterarse, dijo

 

      -Si te las ingeniaste para someter al Conde Arn a tu voluntad haciéndole creer que eres su leal sirviente,  y si tu amigo Einar ya no es una amenaza para ti, supongo que eso significa que Wjoland ya no corre peligro y, por consiguiente, puede volver aquí, ¿no?

 

       -Gabriel-contestó Balduino, impaciente-, ¿por qué no te sinceras conmigo?

 

      -¿Qué quieres decir?-preguntó Gabriel, sin entender-. Siempre te he sido franco.

 

      -No del todo. Evidentemente Wjoland os estorba y, por consiguiente, mi respuesta es que puedes traerla cuando quieras; pero me gustaría que al menos me digas de veras qué ha hecho esa mujer, porque eso de que no para de lastimarse, como dijiste la última vez que nos vimos, me parece increíble. Es obvio que se trata de una excusa; quiero conocer el verdadero motivo por el que te la quieres sacar de encima.

 

      -No seas tonto-gruñó Gabriel-. No hay más motivo que el que ya te he dicho. Wjoland se lastima tan seguido que lo suyo ya no parecen accidentes, sino burdos y malogrados intentos de suicidio; y nosotros, que tenemos lepra, no podemos tocar sus heridas, pues éstas son vías de contagio. Sé que suena increíble eso de que alguien se lastime tanto; recuerda, sin embargo, que no estamos hablando de una mujer cuya mano puedas besar sin que te aporree la nariz por torpeza. Piensa en ello y dime, con una mano en el corazón, si de una persona así no puedes esperar cualquier cosa.

 

      -Tienes razón, disculpa-dijo Balduino,  aparentemente convencido.

 

      Pero no estaba del todo satisfecho con el argumento, ni persuadido de la absoluta sinceridad de Gabriel, quien continuaba callando el hecho de que él no tenía en realidad lepra.

 

      -Y ahora, dime: ¿puede volver Wjoland, o no?-preguntó Gabriel.

 

      -No sé. Todavía ignoro cuánto puedo fiarme de Arn, si es eso lo que preguntas.

 

       -De acuerdo; seguiremos teniéndola con nosotros, entonces.

 

      Al llegar a los peldaños superiores de la escalinata asombró a Gabriel escuchar un ruido súbito, como el producido por alguien que hace algo a espaldas de otros y teme estar a punto de ser descubierto. Para Balduino, sin embargo, nada tenía de sorprendente; sabía que tal ruido lo había producido Herminia sentándose muy de prisa. La vieja sentía compasión por Tarian, y lo llenaba de mimos y atenciones cuando creía que nadie la veía; pero volvía de inmediato a sus labores de costura si escuchaba acercarse a alguien, como ahora.

 

      -Herminia renueva nuestro guardarropa-explicó el pelirrojo, al efectuar las presentaciones pertinentes-. El Príncipe Gabriel de Caudix-dijo a la anciana.

 

      La diminuta y arrugada Herminia se levantó de la silla con pausados movimientos de mujer vieja y miró con curiosidad la cara de gabriel, cubierta de vendas.

 

      -¿Habéis sufrido un accidente, señor?-preguntó.

 

      -Oh, no. El vendaje es por la lepra-contestó gabriel, indicándole por señas que no se acercara.

 

      -¿Lep....?-balbuceó Herminia, tomada por sorpresa por aquel dato para ella insólito. Para la mayoría de la gente de Andrusia, la lepra era simplemente una desconocida maldición bíblica más.

 

      -Lepra, sí.

 

      Herminia permaneció unos instantes mirando al vacío, aturdida, tal vez tratando de recordar las referencias que en la Biblia se hacía a la terrible enfermedad.

 

      -¿La gente muere de lepra?-preguntó.

 

       -Sí, a veces. Bueno, casi siempre-contestó gabriel, sonriendo con algo  de tristeza, producto tal vez del recuerdo de compañeros ya partidos para siempre.

 

       Los ojos de Herminia se llenaron a lágrimas.

 

       -Lo lamento tanto, señor-dijo, avanzando hacia Gabriel con su andar de pasos cortos pero rápidos.

 

       -Quedaos en vuestro sitio. Os podría contagiar.dijo Gabriel, retrocediendo algo asustado.

 

       -¡Y a mí qué me importa!-gritó Herminia, sin dejar de llorar-. Ya estoy vieja, da lo mismo de qué muera... Pero vos... Lo siento tanto... Los jóvenes no deberían enfermar y morir-siguió avanzando hacia Gabriel-. ¡Los jóvenes no deberían morir!-repitió, desconsolada, hundiendo su rostro en el pecho de Gabriel, quien parecía aterrado.

 

        Vaya con la vieja podrida..., pensó Balduino. Por más que supiera que Herminia no era tan odiosa e insensible como ella trataba de hacer creer, aquella reacción lo dejaba casi tal pasmado comoa Gabriel. Este pareció como a punto de decir algo a la anciana, pero a la vez obligado al silencio por alguna razón desconocida.

 

       -Calmaos. Hay muchas clases de lepra; la mía no es de las que producen la muerte, os lo aseguro-dijo, y besó a la anciana en la frente.

 

        -Venid, señora-intervino Balduino con dulzura, pasando el brazo derecho, protectoramente, por los hombros de Herminia, en un suave y cortés intento por separarla de Gabriel, cuyas manos en las que sólo los pulgares se veían libres de vendas ella acariciaba sin cesar, besándolas y empapándolas con sus lágrimas.

 

       Finalmente la anciana se dejó conducir de regreso a la silla. Allí continuó llorando unos minutos, pero luego fue calmándose y, poco a poco, su habitual expresión malhumorada fue reclamando su sitio en el semblante rugoso.

 

        A través de Hrumwald sabía Balduino que aquella anciana complicada, los domingos, por lo general agasajaba a su ayudante de ocasión preparándole comidas sabrosas y opíparas en la medida en que su magro presupuesto se lo permitía, y aunque ella tuviera que pasársela sin probar bocado. daba la impresión entonces de que disfrutaba teniendo a quién mimar, pero acto seguido se ponía avinagrada y venenosa por alguna nadería. No era fácil de entender, y menos aún de soportar. De todos modos, pensó Balduino, habría que pensar en conseguirle una compañía cuando Hrumwald abandonara la cabaña de Herminia y regresara junto a Kurt y su familia. No era bueno para ella estar sola. Claro que su carácter de puercoespín enfurecido no facilitaría la tarea de hallar quien quisiese convivir con ella.

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Published by EKELEDUDU
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