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29 abril 2010 4 29 /04 /abril /2010 18:38

       -Déjame en paz; tengo que seguir trabajando.

 

      Habéis vuelto a ser la bruja de siempre, pensó Balduino, apartándose de la silla adonde estaba sentada Herminia. Bien, mejor así... Supongo. Buscó con la mirada a Gabriel, quien se hallaba inclinado junto a Tarian. Los dos se observaban mutuamente, ambos igualmente misteriosos e insondables, tan silencioso uno como el otro.

 

      Más tarde, cuando se hallaban trabajando en la segunda empalizada y acababan de afirmar allí unposte, Gabriel comentó:

 

      -Dices que parece que Tarian no puede respirar bajo el agua, como te han hecho creer. El puede tener otros motivos para no regresar al mar. Tú y yo morimos por saber qué esconde el océano, pero si él nadió allí, para él no se ningún secreto; de modo que no debe tener el atractivo del misterio. Tal vez en el mar estaría solo por rechazarlo o haberse extinguido la raza de la que desciende por parte de su madre.

 

      -¿Y por qué habrían de rechazarlo?-preguntó Balduino.

 

       -No sé. Tal ver por tener piernas en vez de cola de pez. Hay circunstancias que lo aíslan a uno. Cuando es así, te sientes más solo que si no tuvieras a nadie alrededor. Recién ahora lo pienso, pero marginar no es difícil. Creo que nada malo hay en Tarian, pero me resulta extraño, y por eso para mí su pueblo es el de los tritones y las sirenas. Pero tal vez entre éstos sean extrañas las piernas de Tarian. Tal vez ellos consideren que el pueblo al que Tarian pertenece somos nosotros. En ese caso, él sería extraño para todos y se sentiría extraño entre todos; pero tal vez se sienta menos raro con nosotros. Quizás por eso no regresa al mar.

 

      -Los tritones y las sirenas efectivamente están desapareciendo, según dice Ulvgang; pero se te ocurrió una posibilidad distinta, quizás porque se parece a una historia muy cercana a ti-dijo Balduino; y añadió, sin poder contenerse:-. La tuya, de hecho.

 

       -¿Qué quieres decir?

 

      -Tú no tienes lepra, aunque pretendas lo contrario. Puede que te persuadas a ti mismo de que la tienes porque, por ejemplo, de verdad parecías temer que Herminia se contagiase. Pero cuando ella se echó a llorar con desesperación creyendo que tu destino era morir de lepra, noté que luchabas contigo mismo. Creo que estuviste a punto de decirle que en realidad estás sano, pero lograste contenerte y decirle algo parecido, pero no idéntico.

 

      Gabriel no contestó. Se miró los pulgares descubiertos, sin duda intuyendo que ellos lo habían delatado.

 

      -No puedo culparte por ser tan enigmático-prosiguió Balduino-. Ya sé que las reglas de Caudix te obligan al silencio en muchos asuntos. Sin embargo, a veces es difícil estar con alguien así. Es inevitable preguntarse, por ejemplo, hasta qué punto eressincero acerca de Wjoland.

 

       -Bastante-repuso Gabriel-. Temo su cercanía porque podría enamorarme de ella; eso fue lo que no te dije. Lo hago ahora. pero eso no quita lo otro: de verdad Wjoland se lastima a menudo y nos preocupa la posibilidad de que sufra un daño grave y no podamos ayudarla. Dime, Balduino: ¿me tratarías diferente si yo realmente tuviera lepra?

 

      -No lo sé. Creo que no. Tus compañeros sí están enfermos. Tú me has visto tratarlos; quizás sepas responder a tu pregunta mejor que yo. Pero sospecho que nunca lo sabremos, porque tal vez tú mismo tendrías otro carácter si realmente tuvieras la enfermedad.

 

       -De acuerdo. te contaré lo que, tal vez, me es lícito contarte sin traicionar nuestra regla de silencio y secreto. Dices que no tengo lepra. Esto es cierto ahora, pero parecí una de las formas más dolorosas de la enfermedad, aunque al mismo tiempo una de las más curables. Otras no causan dolor, incluso insensibilizan contra él, pero por lo general ésas concluyen con la muerte.

 

      ’Cuando el médico de mi aldea me diagnosticó lepra, tenía yo trece años, edad funesta si las hay. El mío era el único caso conocido en varias leguas a la redonda, e inspiró pánico. Se me ofrecieron dos opciones, una de las cuales fue ir a vivir solo en una vivienda construida especialmente en un sitio desierto donde todos los días se me dejaría algo de comer y de beber. La otra era tratar de llegar por mi cuenta a Caudix, el Castillo de los Príncipes leprosos; pero se me advirtió que quedaba muy lejos y que era dudoso que lo consiguiese. La verdad, no quedaba tan lejos, aunque sí teniendo en cuenta el concepto de las dimensiones que podíamos tener simples aldeanos como nosotros. Opté por Caudix porque allí al menos estaría en contacto con otros de mi clase y llegaría, tal vez, a gozar de cierto respeto. El viaje demoró un año. Sería largo detallarte el viaje...

 

      -Imagino cómo fue-lo interrumpió Balduino-, porque también yo tuve que abandonar mi hogar a esa misma edad. Sé el desamparo y la incertidumbre que se siente. Sólo que en tu caso duró más.

 

       -Sí... Desamparo, incertidumbre, soledad... Muchas cosas. ninguna de ellas agradable. Estuve un año viajando porque iba a pie, estaba enfermo y no conocía el camino. Fue más rápido a la vuelta, porque los Príncipes Leprosos me proveyeron de una montura.

 

      -¿En cuánto tiempo te curaste?

 

      -También más o menos en un año. Pensé en quedarme en Caudix una vez curado, pero el Consejo de los Grandes, al enterarse de que lo hacía sólo por creer que era mi obligación, me ordenó abandonar el Castillo. Y volví a mi aldea.

 

       -Pero luego tú mismo llegaste a ser uno de los Príncipes Leprosos. ¿Cómo...?

 

      -Era una tontería pensar que todo sería como antes. Cuando se te diagnostica lepra, por lo general te mantienen aislado hasta que te consiguen un sitio donde vivir o hasta que te marchas hacia Caudix según tu decisión. En cualquiera de los dos casos, cuando abandonas la ciudad o la aldea en mi caso, se te recitan una serie de prohibiciones. Tienes permitido respirar, pero no creas que mucho más, y el deber de hacer sonar las castañuelas para avisar de tu proximidad. Fue realmente tonto de mi parte tratar de olvidar que mi gente me había expulsado de la aldea por considerarme impuro, fue tonto suponer que me hallaría a gusto entre la gente sana. La mayoría de sus problemas me parecían bobadas; la cobardía con que muchos los encaraban me resultaba irritante. Creo que hay cosas que te marcan para toda la vida; la lepra es una de ellas incluso cuando, como en mi caso, te curas. Yo no sabía, en el momento de partir hacia Caudix, que mi lepra era curable. Suponía que no llegaría vivo a los treinta años. Mi curación, para mí, fue un  milagro. Las pequeñas fruslerías de la vida cotidiana no me afectaban como a los otros. Por otra parte, no en todos lados me dieron una cordial bienvenida. Una vez que se te diagnostica lepra, para muchos serás leproso aun cuando te cures, y huirán despavoridos de tu presencia. Otros trataban de convencerme de asumir una postura egoísta y, tal vez, cobarde. Una y otra vez volvía con mis pensamientos hacia Caudix, hacia quienes me habían recibido cuando todos los demás me rechazaban. Me decía a mí mismo que mi partida había sido como volverles la espalda, pero mis antiguos conocidos me instaban a no pensar así. Decían que yo estaba sano y los Leprosos enfermos, y que debía buscar la compañía de gente normal. Cuando oía esas cosas y otras parecidas sentía extraños a quienes me hablaban así, por queridos que me hubieran sido en otro tiempo. En suma, mi corazón seguía perteneciendo a Caudix. Mi lugar estaba allí.

 

      -¿Y te aceptaron?

 

       -Sí, porque esta vez deseaba quedarme por elección, y no por sentir que debía hacerlo. me dijeron que es raro que alguien que sane regrese pero que a veces, como en mi caso, sucede. me siento Leproso, Balduino. No soy ni deseo ser otra cosa. Los que no estaban dispuestos a aceptarme cuando la lepra carcomía mi rostro jamás me tendrán de otra forma. Merezco mejores compañías.

 

      Gabriel calló y quedó pensativo, perdido en quién sabía qué lejanas remembranzas. Balduino y él no habían seguido trabajando luego de apuntalar el poste que estaban colocando al inicio de la conversación, y ya iba el pelirrojo a sugerir que continuaran con la labor, cuando vio que la mirada del joven Leproso se había posado en un punto del firmamento sobre el mar.

 

      Allí un solitario grifo surcaba los aires a buena altura para los de su especie, majestuoso y grácil. No estaba claro que Gabriel contemplase al animal o estuviera, tal vez, admirando los sorprendentes y tenebrosos contrastes de las nubes, de blanca albura unas y siniestramente negras otras. De cualquier manera, el muchacho sonreía maravillado, como si estuviera contemplando al Salvador. Quizás Balduino nunca estuvo más cerca de volverse un fervoroso creyente que en ese momento en que vio a Gabriel sonriendo tan beatíficamente, como conversando en silencio con Dios.

 

     -Sigamos trabajando, Balduino.

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Published by EKELEDUDU
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