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3 mayo 2010 1 03 /05 /mayo /2010 17:10

      Hasta donde entendía Balduino, Thorvald era hombre de palabra, que jamás dejaba incumplidas sus promesas; de modo que, a fin de no terminar incrustado de cabeza en el arenal tras llegar allí propulsado por un puntapié del viejo, el pelirrojo ensilló a Svartwulk y cabalgó al paso hasta las inmediaciones de las dehesas contiguas al Duppelnalv, en el punto donde el bosque cedía paso al matorral antes de convertirse en meras pasturas. Todo estaba ya cubierto por una ligera capa de nieve, pero eso no era problema para las ovejas de Gudrun, que se valían de sus pezuñas para desenterrar su alimento. Balduino distinguió desde la distancia tanto al rebaño como a su pastora, pero no se animó a acercarse inmediatamente; su timidez y la seguridad de que ella lo rechazaba se lo impidieron. En vez de eso, desmontó y dejó a Svartwulk un tanto atrás, y caminó agazapado, oculto por arbustos y pastos altos. Miraba a Gudrun desde lejos y sentía que su pulso se aceleraba; y se soñaba abrazándola con fuerza y besándola con pasión. Pero a la hora de intentar algo concreto, todo su cuerpo parecía invadido por una inexplicable parálisis.

 

      Tal su estado cuando oyó en su entorno gruñidos amenazadores. Giró su cabeza y vio que se hallaba rodeado por un grupo de lobos. No tuvo miedo. No traía más arma que el puñal de mango de armas que le habían obsequiado los Kveisunger meses atrás, y que de poco serviría contra diez bestias como ésas que ahora lo rodeaban; pero ni de aquella defensa necesitaba. Tiempo atrás, un enigmático individuo, identificado por Balduino como un licántropo, le había enseñado el lenguaje aullado de los lobos. Nunca había tenido ocasión de ponerlo en práctica, pero ésta era buena ocasión para empezar.

 

      Se puso en cuclillas, echó la cabeza hacia atrás y aulló como se le había enseñado en caso de ataque de lobos. La manada, desconcertada, escuchó con atención. Aquel ser no era de los suyos, pero conocía su idioma; por lo tanto, parecía importante oírlo. Los lobos irguieron las orejas, ladearon las cabezas, algunos se miraron entre sí y gañitaron. Balduino continuó aullando. Pronto los lobos estaban coreándolo.

 

      Para desgracia de Balduino, no eran las fieras las únicas que lo oían. Gudrun permanecía siempre alerta ante cualquier depredador que amenazara su rebaño. Le bastó escuchar aquellos aullidos para cargar su honda y avanzar decidida hacia el punto de donde provenían. Sabía que los lobos estaban todavía lejos de la majada, pero ella tampoco estaba dispuesta a dejarlos aproximarse más.

 

      En medio de su desgracia tuvo Balduino la suerte de que un arbusto amortiguara el impacto de la piedra, la cual, de todos modos, siguió viaje hasta su cráneo. El pelirrojo perdió el sentido y cayó al suelo mientras los lobos, asustados, huían hacia la espesura. Cuando recobró la conciencia, lo primero que vio fue el rostro asustado de Gudrun inclinado sobre él.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, ¡gracias al Cielo!-suspiró la joven-. Supongo que os salvé de esos lobos, pero no sé si no fue peor el remedio que la enfermedad.

 

      -Yo sí-gimió Balduino con rotunda sinceridad, sintiendo su cabeza próxima a partirse-. Esos lobos no me estaban atacando, sólo parlamentaba con ellos.

 

       Gudrun no estaba segura de cuántas tonterías y de qué magnitud podían decirse luego de recibir una pedrada en la cabeza, pero en su opinión, se hallaba próxima a descubrirlo, y la respuesta podía ser a la vez asombrosa y desalentadora.

 

      -Claro-convino. A un delirante no vale la pena contradecirlo, ni aun si asegura haber visto chanchos voladores-. No os mováis de aquí. Kurt fue a buscar ayuda; Vindsborg está a buena distancia de aquí, pero él corre rápido.

 

       -Pero si mi caballo está cerca de aquí...-protestó Balduino.

 

      -Sí, pero no permitió que nos acercáramos a él.

 

      -¡Qué novedad!... Lo que trato de decir es que estoy en condiciones de ir a Vindsborg yo mismo.

 

      -Sí, sí, sí. Y de parlamentar con lobos, y de enseñar etiqueta a los jabalíes y quién sabe cuántas cosas más, seguramente-se mofó Gudrun-. Igual os será más saludable quedaros aquí mientras busco unas hierbas que os alivien. Tenéis un feo golpe en la cabeza, señor Cabellos de Fuego.

 

       -No me imagino por qué-gruñó él, indignado por las ironías de Gudrun; pero ella ya se alejaba, y aún no había regresado, que ya Balduino intentaba ponerse en pie.

 

      Todo a su alrededor se mecía como en la peor de las borracheras, y un poco más arriba de la nuca le dolía hasta lo indecible. Se llevó la mano hasta ese punto y descubrió con desagrado que la sangre se le había pegoteado a los cabellos. Además, y esto le agradó menos todavía, en ese punto de la sesera parecía haber un agujero no menor que el cráter del volcán de Eldersholme. Pero aturdido y todo, se mantenía en pie perfectamente.

 

      Por lo visto había permanecido inconsciente mucho tiempo, ya que casi enseguida escuchó un ruido de cascos. Eran Anders y Kurt que venían a lomos de Slav. Kurt había sido bastante dramático en su relato, pintando a Balduino casi como un moribundo. Al ver a éste, si no en estado óptimo, al menos mucho mejor de lo que había imaginado, Anders suspiró de alivio y comentó con sorna:

 

      -Pobre piedra, ésa que impactó contra tan duro cráneo...

 

       -Qué golpe, amigo-dijo Kurt, desmontando y menando la cabeza-. Mejor te acuestas y te quedas quieto.

 

      -Hermosa idea, pero mejor me pongo en movimiento antes de dejarme tentar por ella-respondió Balduino-. Tengo quehacer.

 

      -No, no, no-protestó Anders; y entre él y Kurt  lo forzaron a acostarse de nuevo, lo que no les cosató mucho, ya que era difícil resistirse a la tentación, doliéndole a Balduino la cabeza como le dolía-. Cualquier cosa que tengas que hacer, puedes posponerla o encargársela a otros. Esta pedrada te viene que ni pintada.

 

      -¿Eh?-exclamó Balduino, no muy seguro de haber oído bien-. Por Dios, Anders, siento que se me parte la cabeza y, según tú, es lo mejor que podría pasarme. ¿Se puede saber por qué?

 

      -Como te darás cuenta, Gudrun se siente culpable de lo ocurrido...

 

      -Sólo un poquito. En realidad, cree haberme salvado de morir devorado por lobos.

 

       -...y a las mujeres les encanta cuidar de hombres fuertes que han sido heridos. Las pone románticas y mimosas...

 

      -Pues ésas serán las mismas que en las justas sonríen como pescados cuando el Caballero vencedor les acerca la lanza con la sortija en la punta... ¡Y pensar que Arn me recomendó participar en ese tipo de deportes!

 

      -Balduino, eres más prosaico que un ladrillo-gruñó Anders; y añadió, entusiasta:-. Por supuesto, lo ideal hubiese sido que Gudrun te hiriera en el pecho. Así tendrías una excusa para desnudarte de la cintura para arriba y ella tendría ocasión de admirar tu físico. Que no, hombre-puso una mano sobre el pecho de Balduino, quien intentaba de nuevo ponerse de pie, y lo obligó de esa manera a permanecer acostado-. Mira que eres porfiado. ¡Que te quedes así, te digo!

 

      -Anders, por Dios...

 

        -¿Has notado lo mucho que invocas al Todopoderoso, teniendo en cuenta que no crees en El?

 

      -¿Y has notado que ello por lo general ocurre cuando estoy hablando contigo?-observó sarcásticamente Balduino-. No pierdo la esperanza de que sí haya un Dios allá arriba y que, aunque no crea en El, me conceda fuerzas para no gritar de espanto y desesperación luego de oírte hablar de ciertas cosas o, mejor aún, me privilegie en esas ocasiones con una sordera temporal.

 

       -¡Muchas gracias!-exclamó Anders-. Con amigos como éstos...

 

       -No te ofendas, por favor, que no es ésa mi intención-contestó Balduino amablemente, retirando de encima de su pecho la mano de Anders e incorporándose acto seguiido-; pero en primer lugar, y aun cuando tuvieras razón en eso de que a las mujeres les gusta cuidar de hombres heridos y qué sé yo, el problema es que me siento estúpido y ridículo haciendo por padecimientos físicos, cualesquiera sean éstos, más alaraca de la debida...

 

      -No sé, amigo, esa herida se ve bastante fea-intervino Kurt.

 

      -El hombre, el varón, se ve mejor de pie y listo para la lucha que en cama y magnificando heridas al estilo de un niño que reclama atención especial. Sobre todo-y aquí el pelirrojo puso cara y acentos de ironía-si te llamas Balduino de Rabenland y en tu niñez solías fingirte enfermo para llamar la atención de tus padres, sin que a éstos les importase un bledo... Ahora me voy. Iré a buscar a Gudrun; no es conveniente que ande sola por el bosque.

 

      -No me hagas reír. Eres tú quien necesita protección contra Gudrun y su honda, no ella contra las fieras-se burló Anders-. Mira nada más cómo te dejó la cabeza. Otro encuentro con esa mujer  y ya se encargará ella de magnificar tu herida merced a otra pedrada.

 

       -Eso si me deja vivo-bromeó Balduino, aunque no sonrió por su propia chanza; le dolía demasiado la cabeza para ello.

 

      Tampoco Kurt sonreía. Tal vez, en aquel momento, Balduino bordeaba una escalofriante, estremecedora revelación, la clásica nota de horror que, igual que un condimento a una vianda, termina se saborizar la historia de todo pueblo pequeño. En sus escritos, Hansi Friedrikson omitiría mencionar el hecho, sepultándolo bajo demasiados testigos falsos. Pero casi diez siglos y medio más tarde, un hallazgo arqueológico y un análisis de ADN sacarían aquel asunto a la luz, despojándolo para siempre del aura siniestra que a veces envuelve a lo secreto.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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