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15 abril 2010 4 15 /04 /abril /2010 01:09

CXX

      Cuando Balduino y Anders llegaron a sus aposentos, había ya un centinela frente a la puerta, y adentro estaba Karl esperándoles. Tarian estaba dormido profundamente y lo mismo Hansi, quien no había bajado a cenar.

 

      Karl dijo que Hildert consideraba probable que casi dos terceras partes de la dotación de Kvissensborg se plegaran al levantamiento, caso de que éste se produjera realmente. La verdad, el viejo no veía las cosas tan fáciles como Balduino y éste tuvo que admitir que, por inútiles que fueran los sublevados, su furia y su desesperación podrían incrementar notablemente sus bríos en el combate. Pero no quiso seguir hablando del tema ni de ningún otro. Si no descansaba un poco, nadie sería tan inútil como él cuando finalmente estallara el motín; de modo que luego de que Karl se ofreciera a hacer la primera guardia, él y Anders se fueron a dormir. 

 

      Más tarde lo despertaron las insistentes súplicas de Hansi:

 

      -Señor Cabellos de Fuego, señor Cabellos de Fuego...

 

      -¡Hansi! ¡Te dije que lo dejes en paz!-exclamaba Karl, disgustado.

 

      Balduino se sentó, aturdido y lagañoso.

 

      -¿Qué ocurre aquí?-preguntó.

 

      -Tengo hambre-se quejó Hansi.

  

      -¡Pues debiste bajar a cenar cuando te despertamos para ello! ¡Aguántate ahora!-refunfuñó Karl.

 

      Balduino gustosamente hubiera coreado aquella reprimenda, pero Hansi lo miraba, silencioso, esperanzado y con un crujir de estómago reforzando su ruego. Daba la impresión de que tal crujido fuese un enérgico reproche contra Balduino por proponerse matar  de hambre al chico.

 

      -Bueno, veamos qué se puede hacer-decidió resignadamente, tras un interminable desperezo-. Fue culpa nuestra, también. Debimos prever algo así y traer cuando menos algunas sobras. Bien, Hansi, vamos a la cocina-añadió, incorporándose-. Seguro que algo encontraremos, pero no pretendas nada muy elaborado. Si sólo una hogaza de pan encontramos, con eso deberás conformarte, ¿de acuerdo?

 

      -Sí, señor Cabellos de Fuego-contestó Hansi; respuesta por otra parte muy obvia viniendo de un niño de familia humilde como él.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, pensad si es prudente esta aventura nocturna, dada nuestra situación-sugirió Karl.

 

      -Esta gente tiene toda la noche para amotinarse, si así lo desea; de modo que esperemos que no elijan, para su propósito, este único y preciso instante en que nos ausentaremos de nuestros aposentos-respondió Balduino, en gesto indiferente.

 

      Entre castillo y castillo podía haber, en aquella época, ligeras diferencias en cuanto a la disposición de ciertas cámaras o compartimientos, pero algunas cosas permanecían invariables por motivos prácticos. En el centro del patio y dominando el mismo se erguía una gran torre, llamada del homenaje, que en caso de que el castillo fuera tomado por asalto se convertía en el último reducto de los defensores. Allí estaban siempre las habitaciones de los señores y de los huéspedes distinguidos, la sacristía y la capilla y, fundamentalmente, la cocina, la despensa y el salón comedor. De ese modo, en caso de asedio por parte de fuerzas enemigas, la torre no corría el riesgo de ser vencida por hambre más que después de cierto tiempo.

  

      Esta disposición tenía también la ventaja de que, por grande que fuera un castillo, un visitante no tardaba mucho en orientarse si se disponía a ir a misa o bien a cenar; y por eso alguna vez Balduino, sin haberse hallado nunca antes en Kvissensborg, había podido abrirse camino hacia el comedor en busca de Einar en muy poco tiempo y espada en mano.

  

      El cuarto que ocupaban ahora Balduino, Anders, Hansi, Tarian y Karl estaba ubicado también en la torre del homenaje; de modo que no sería un gran trecho hasta la cocina, que se hallaba en la planta baja. Balduino tomó una antorcha y fue adelante, seguido por Hansi. Descendieron la escalinata sin decir nada, precedidos por sus sombras, que se agigantaban como monstruos voraces a la luz de las teas y que, por momentos, parecían deseosas de engullirse la escalera de caracol que llevaba a la planta baja. En el silencio resonaban el metal de la armadura y los ayes apagados del todavía adolorido Hansi.

 

      Incluso las mentes más sagaces pasan a veces por alto detalles muy obvios; y Balduino, quien había previsto con gran acierto en sus cálculos que aquella noche explotaría un motín y la forma en que el mismo se desarrollaría, pasó por alto un punto fundamental. En todo castillo existían pasadizos secretos, y los de Kvissensborg eran sin duda conocidos por los viejos hombres de Einar, pero no por los de Hildert y los otros soldados nuevos. Y evidentemente, los descontentos aprovecharían esta circunstancia en caso de motín.

 

      Balduino pensó en ello cuando una sospecha lo hizo detenerse en cierto peldaño y sin embargo, continuó oyéndose ruido metálico que venía de las zonas inferiores de la torre del homenaje. Todo un grupo de gente ascendía la escalinata de caracol. Por su andar torpe y desordenado pero a la vez brutal, más semejante al avance destructor de una horda bárbara que al avance firme, tranquilo y altivo de guerreros disciplinados, supo Balduino que aquellos hombres eran hostiles. Por lo visto habían accedido a la torre por uno de esos pasadizos secretos que él había excluido de sus cálculos, omisión que ahora lo hacía sentirse soberanamente estúpido. El plan probablemente consistía en atacar al pelirrojo y sus compañeros arrinconándolos en sus habitaciones y darles muerte; a la vista de sus cabezas cercenadas, cesaría toda resistencia contra los amotinados.

 

      También Hansi advirtió el peligro en aquel grupo que subía por la escalera.

 

      -Señor Cabellos de Fuego...-musitó.

 

       -Todo está bien, Hansi. Sólo asegúrate de quedar diez escalones por detrás de mí-lo tranquilizó Balduino.

  

       -¿Y si volvemos a nuestra habitación?

 

      -Mocoso, me despertaste porque tenías hambre; de modo que no te irás a acostar de nuevo sin cenar como es debido-bromeó Balduino; pero luego, pensando que las escenas que seguirían tal vez fuesen poco aptas para los ojos de un niño, agregó-. Si quieres, ve a buscar a Anders y a Karl, y al centinela apostado frente a nuestra puerta. Estarás seguro con ellos.

 

       A Hansi lo dominó de repente la espantosa seguridad de que energúmenos armados hasta los dientes matarían a Balduino allí mismo, y el horror literalmente lo petrificó; no atinó a seguir la recomendación. Balduino, sin embargo, no estaba preocupado en lo más mínimo por su pellejo; por ahora, no había motivos para estarlo.

 

      En determinado momento, la sombra de Balduino, que a éste le fue imposible ocultar del todo, se colocara como se colocara, lo delató ante sus enemigos cuando éstos se hallaron muy próximos, fuera de su vista sólo por la mera curvatura de la torre. Un grupo de quince hombres que eran todo lo energúmenos que Hansi imaginaba y que estaban efectivamente armados hasta los dientes, quedó inmóvil a la vista de aquella sombra, preguntándose a quién pertenecería.

 

       -¿Contraseña?-preguntó Balduino, en un tono tan exageradamente cortés que le costó no reírse de sí mismo.

 

      El grupo hostil reconoció consternado la voz del pelirrojo, a quien no habían esperado hallar de pie y listo para el combate como sin duda debía estarlo. Pero todavía les quedaba algo de orgullo, y la teatral amabilidad de Balduino les resultó más insolente y afrentosa que un cachetazo o el peor de los insultos concebibles.

 

       -Rendíos de inmediato y respetaremos vuestra vida y la de vuestros compañeros-exigió un fornido y barbado veterano-. No tenéis escapatoria. No podréis contra nosotros: somos quince.

 

       Muy extraño este nuevo santo y seña, pensó Balduino, sonriendo.

 

      Siguió un silencio interminable, durante el cual el grupo imaginó que Balduino estaría meditando la oferta, y al cabo del cual lo vieron  aparecer con la espada casi colgando, como dispuesto a rendirse. Pero a último segundo, en una fracción de segundo, el acero se afirmó en su mano.

 

       -Respuesta equivocada-dijo, lanzándose al ataque.

 

      No era precisamente la reacción esperada por el grupo que, para empezar, había imaginado un campo de batalla muy distinto: los aposentos de Balduino. Una vez derribada la puerta, los quince hombres se habrían desplegado por la habitación, con lo que la fuerza del número sí hubiera servido de algo; si bien tan bello planeamiento tenía un talón de Aquiles, la suposición de que Balduino permitiría que los quince accedieran a sus aposentos en vez de reducir un poco tal número, espada mediante, cuando aún bregaran por entrar.

 

      Al encontrarlo, no en su cuarto, sino en la escalera, habían contado con que la abrumadora superioridad numérica lo forzara a rendirse. Balduino no era temerario ni estaba loco, pero sabía que en el reducido espacio de aquella escalinata nada era tan inútil como la fuerza de los números. Así irrumpieran mil atacantes, sólo un máximo de tres podría avanzar simultáneamente y presentar batalla en semejante estrechez, y hasta ésos posiblemente se estorbaran el uno al otro. 

 

      Aquellos enemigos no tardaron en descubrirlo personalmente. Razones de espacio permitían a Balduino luchar con un desembarazo del que ellos no gozaban, y esquivar con abrumadora facilidad las estocadas y golpes, de modo quje tanta espada, hacha y mazo erizado de púas se revelaba por completo ineficaz. Se movía con gran agilidad pese a la armadura, esgrimiendo su espada con la diestra y la antorcha con la siniestra, de modo que tenía guarecidos ambos flancos; y no era lerdo para conservar la ventaja.

 

       La verdad, tanta destreza hubiera merecido un desafío mayor; porque en lo concerniente a aquel grupo enemigo, en contados minutos se vio atrozmente diezmado por el pelirrojo. Al caer los primeros, el resto recobró la cordura y, disolviendo la impráctica masa en la que se habían aglutinado, tomaron distancia unos de otros. Eso les concedió mayor libertad de movimientos, pero allí terminaron sus ventajas. Los más competentes eran impetuosos en el ataque, pero previsibles hasta el aburrimiento; la finta parecía una técnica desconocida para ellos. Es cierto que unos cuantos la aprendieron allí mismo, luchando contra balduino, pero desafortunadamente no vivieron lo suficiente para demostrar lo aprendido. A unos cuantos, el pelirrojo los mató con su espada; a otro, que de manera cobarde y desleal intentó atacarlo por su izquierda aprovechando que estaba enzarzado en otro combate, le dirigió el fuego de la antorcha directamente al rostro. El sujeto, cegado, retrocedió bramando como fiera herida, chocando contra sus propios compañeros, que lo apartaron cubriéndolo de insultos. No faltó quien tomara envión para derribarlo y en cambio pasase de largo y cayese él mismo con cierto estrépito antes de que la espada de Balduino lo neutralizase definitivamente. De cualquier modo, tras eliminar a nueve o diez hombres, los sobrevivientes pusieron pies en polvorosa, aunque la rendición seguía lejos de figurar en sus planes.

 

      La guardia de la torre, naturalmente, había entrado en acción, alertada por el chischás y los alaridos; pero alguien, en el exterior, hacía sonar un cuerno suyo sonido congregaba refuerzos enemigos tanto como alertaba a las tropas leales a Balduino como reacción a los movimientos de los amotinados. En suma, el castillo entero era ahora un auténtico pandemónium. Un toque de trompeta se elevó por encima de cualquier otro sonido o ruido, y Balduino lo identificó como una señal de Hildert a las tropas leales, que a partir de allí, siguiendo órdenes expresas del propio Balduino, debían moverse con deliberada lentitud; si bien el mero hecho de que estuvieran listas para intervenir era para los rebeldes un imprevisto amargo y preocupante.

 

      Entreviendo todo esto, Balduino retrocedió en busca de Hansi.

 

      -Bueno, por el momento el camino está despejado-anunció-. Vamos a la cocina, Hansi...

 

      Se interrumpió. El chico se había arrellanado en un escalón, y allí permanecía, hecho un tembloroso ovillo, su cara oculta entre las piernas. En tal posición no veía ni aparentemente oía nada.

 

       Balduino se le acercó, preocupado. Inclinado sobre él, hizo a un lado la espada manchada de sangre, sosteniendo aún la antorcha en la mano izquierda y mirando de vez en cuan do a sus espaldas para que ningún enemigo lo pescara inerme. 

 

      -Ya está, Hansi. Podemos seguir adelante-dijo, posando su diestra en el hombro del niño.

 

      De a poco, Hansi se animó a alzar la vista. Balduino quedó perplejo al verlo arrasado en lágrimas.

 

      -Pero Hansi, muchachito, ¿qué pasa?-preguntó.

  

       -Tuve miedo-fue la respuesta.

 

       -¡Pero Hansi!... ¿Por qué no fuiste con Anders y Karl, como te dije? ¡Con ellos habrías estado a salvo!

 

      El llanto de Hansi, silencioso hasta ese momento, redobló de golpe.

 

       -Tenía miedo de que te mataran-sollozó-. No quería dejarte solo. Hubiera querido ayudarte, pero no sabía cómo. Tuve mucho miedo de que te mataran.

 

       Ante aquellas palabras, Balduino quedó a la vez estupefacto y conmovido. No se le había ocurrido que Hansi pudiese estar preocupado por él, que sabía defenderse perfectamente solo. Tampoco podía Balduino entender qué pasaba por la mente de Hansi, ni éste hubiera sabido expresarlo.

 

      La verdad era que Balduino representaba, para el niño, la más firme garantía de que a él nunca le ocurriría nada malo, de que jamás quedaría desamparado. Confiaba más en él que en su mismo padre; lo quería mucho más a él que a esa tía enferma y cansada que tan poca paciencia le tenía a sus travesuras y a sus constantes preguntas. De morir Balduino, Hansi sentiría al mundo derrumbarse bajo sus pies, y desesperantes incógnitas respecto a su propio futuro si muriera además su padre.

 

      -Dame un abrazo, hansi-dijo Balduino, sonriendo con ternura. De inmediato se arrepintió. Las efusividades de Hansi solían ser más brutales que el ataque del enemigo más feroz, pero lo recordó sólo cuando ya lo tenía colgando del cuello-. ¿No sabes que al señor Cabellos de Fuego no  es tan fácil eliminarlo?...

 

      Escuchó pasos mucho antes de que, por el rabillo del ojo, pudiese ver a un par de enemigos acercándose armas en mano. Que se lo interrumpiera de esa forma estando él cortejando a Gudrun ya habría sido bastante malo, pero nadie que viniera a fastidiarlo así mientras ledhacía mimos a su hermanito adoptivo viviría para contarlo; de modo que estuvo a punto de hacer a un lado a Hansi y liquidar a aquellos estorbos, cuando se le adelantaron Anders, Karl y el centinela que estaba con ellos. Estos ya habían sido alertados por el estruendo de los combates en la escalera antes de que la locura se esparciese por todo el castillo, pero al llegar habían hallado sólo a Balduino y Hansi abrazados, y permanecieron en silencio observando la singular escena de amor, enternecidos los tres, irónico sólo Anders.

 

      Fue finalmente Anders quien valientemente se interpuso en el camino de aquellos dos amotinados, cerrándoles el paso. Mientras él luchaba con ellos, Karl dijo a Hansi:

 

      -Ve con el centinela a nuestra habitación.

 

       -No, Karl, vuelve tú solo y defiende a Tarian con tu vida-ordenó Balduino-. De Hansi me ocupo yo. Vamos, mocoso, bajemos. Déjame a mí adelante, y quédate siempre donde te pueda ver. Si te digo que te detengas, me haces caso-concluyó hundiendo el acero en uno de los dos enemigos, el cual  había atacado creyendo, supremo error, que podría tomarlo por sopresa.

 

      Hansi secó sus lágrimas, se puso de pie e hizo como Balduino ordenaba. Tuvo dudas al pasar junto al combate que libraban Anders y el contrincante de éste, pero las exhortaciones de Balduino, quien le cubría las espaldas, lo animaron a seguir adelante, escaleras abajo. Poco después, la espada de Anders determinaba el resultado de la lucha que venía librando, y el joven escudero bajaba tamién las escaleras en pos de sus dos compañeros.

 

       -¡Hansi, no tan rápido! ¡Espera!-exclamó Balduino.

 

       Hansi de detuvo en el momento en que otro enemigo aparecía frente a él. Estaba guarecido por una pesada armadura erizada de púas, sin duda muy espectacular y de aspecto temible para quien no fuera muy experto, pero que en Balduino provocó únicamente risas; porque ¿a quién se le ocurría revestirse de semejante caparazón y ponerse luego a subir escaleras? Tal vez Thorvald y Ursula hubieran salido airosos de una prueba así y, todavía más, acorazados por tal armadura se hubieran visto poderosos e intimidantes; pero no muchos más fuera de ellos. El peso de todo aquel metal era un verdadero estorbo.

 

       Aun así, Hansi se llevó un susto mayúsculo y retrocedió, en lo que hizo muy bien. Balduino sostuvo con aquel enemigo una brevísima lucha, que concluyó con el pelirrojo haciendo perder el equilibrio a su oponente y ultimándolo a punta de espada. El cuerpo recubierto de metal impactó contra la piedra de la escalinata provocando considerable estruendo cuando rodó varios peldaños abajo, hasta que al fin se detuvo el chocar contra la curvatura del muro.

 

      Los amotinados dominaban la planta baja de la torre y se estremecieron al oír tamaño estrépito. Acto seguido escucharon un grito desafiante de Balduino, sin llegar a entender qué decía, pero reconociendo perfectamente la voz.

 

        -Maldito pecoso-gruñó alguien.

 

      Recordaban de sobra el trabajo que Balduino les había dado en su primer visita a Kvissensborg y cómo, para vencerlo, habían debido atacarlo todos a la vez y a traición. En aquella oportunidad, Balduino no había matado a nadie, pero esta vez, por lo visto, tenía muchos menos miramientos. Más les valdría a ellos hacer otro tanto.

 

      Intuyendo que abajo lo esperaba un comité de bienvenida de baja estofa, Balduino indicó a Hansi que se detuviera y se quedara quieto y callado. En la penumbra pasaría inadvertido, especialmente porque no lo buscaban a él. Llegando al último tramo de la escalinata, reunió a Hansi, a Anders y al joven centinela originalmente apostado a la puerta de sus aposentos, cuyo nombre era Björn, y les dió instrucciones antes de asomarse él solo al corredor de la planta baja. Al menos veinte enemigos lo estaban esperando allí; demasiados incluso para él, así que salió corriendo por el pasillo en dirección opuesta. Esto no le valdría de nada, y él lo sabía, porque el  corredor circundaba los cuartos de la planta baja de la torre, y por lo tanto, acorde con ésta, tenía forma circular. Lo único que lograría sería que sus enemigos se dividieran en dos grupos que lo atraparan saliéndole al cruce desde ambos sentidos del pasillo en círculo. Eso fue, de hecho, lo que pretendieron hacer, pero para más no daba, al parecer, su imaginación. Anders apareció de golpe tras el grupo que iba en sentido contrario a Balduino con intenciones de encerrarlo, mató a un hombre e hirió a otros dos; y al parecer este nuevo factor les complicó mucho sus cálculos. Tras un instante de vacilación, se lanzaron tras él, todos como uno solo. Anders retrocedió hasta la escalinata y subió unos escalones, con Hansi tras él. Viéndolo en esa posición, ya se sintieron menos seguros, y algunos fueron a tratar de llevar a cabo el plan original de encerrar a Balduino.

 

      Es cierto que en algún momento éste se las vio de verdad negras, porque aunque Anders hubiese distraído a una parte de los persecutores, la mayoría fue tras él. Si no se apresuraba, pronto lo rodearían en una maniobra envolvente y lo matarían. Más que atemorizarlo, la idea lo enfureció: habría preferido mil veces caer bajo la lanza de El Toro Bramador de Vultalia que allí, rodeado de patanes cobardes. Así que volvió a la carga con nuevos ímpetus. Por suerte sus enemigos no terminaban de encontrar sus agallas ni aun atacando en número tan favorablemente dispar: sabiéndolo peligroso, preferían por lo general mantenerse a la defensiva, y raro era que alguno se atreviera a un lance medianamente osado. Cuando éste se producía, uno o dos lo imitaban en un intento por reducirlo mediante un ayaque simultáneo; pero al revelarse infructuoso, todos volvían a su pasiva actitud de defensa. Eso, los que podían hacerlo; porque a unos cuantos Balduino los hirió, y a otro directamente lo dejó boqueando sangre en un espectáculo muy poco edificante para enemigos que incluso sin semejante panorama eran bastante pusilánimes. Y las cosas se les complicaron todavía más cuando el joven centinela de nombre Björn se unió a la contienda, y mucho más todavía cuando tropas leales forzaron su acceso a la torre derribando a golpes de hacha la puerta, atrancada por los amotinados tras eliminar a los guardia. La ayuda de estos bienvenidos refuerzos fue relativa, pues tras ellos vinieron también enemigos más que dispuestos a cortar en trocitos a los primeros. De algo sirvieron, sin embargo; porque crearon buena confusión, que preocupó a los amotinados. Estos tenían múltiples cuestiones que atender: que su levantamiento no fracasara; que si fracasaba, al menos Balduino no viviera para delatarlos ante Arn; que si los delataba, qué dirían ellos para defenderse... No obstante, si el levantamiento no fracasaba, ya no tendrían mucho de qué preocuparse, y por lo tanto ése era su objetivo prioritario. De ahí que estuvieran pendientes de cada novedad que se producía en su entorno. En cambio, a Balduino lo único que le interesaba era seguir vivo. Era consciente que en momentos de gran riesgo no podía preocuparse de nada más que de salvar su vida porque, de todos modos, muerto no sería de ayuda para nadie; de modo que olvidado de Anders, de Hansi y de todo lo que no fuera la preservación de su propio pellejo, atacaba ferozmente a diestra y siniestra aprovechando todas y cada una de las distracciones de sus enemigos. Fue herido unas cuantas veces, pero simples rasguños en comparación con los daños que sufrían sus oponentes.

 

      Cuando Balduino se estaba cansando, un redoble de tambor procedente del exterior de la torre distrajo a sus atacantes. Dicho redoble solía ser indicio de avance metódico sobre un enemigo, algo inusual tratándose de dos facciones enfrentadas dentro de un mismo castillo. No obstante, allí estaba, y provenía sin duda de las disciplinadas tropas de Hildert y no del ala rebelde, cuyo accionar era meramente el disturbio. Fue una maniobra astuta porque, en todo el castillo, los sediciosos oyeron el redoble y se preguntaron si su causa no estaría ya perdida, y si su propio bando sufría atroz y metódico exterminio por parte de los vencedores; y en muchos casos se trató de una distracción fatal. Algunos soldados leales, despojados de sus armaduras para moverse con mayor sigilo, les salieron al encuentro y les dieron muerte. Para cuando los amotinados advirtieron el engaño y reaccionaron, habían sufrido ya incontables bajas, y sus posibilidades de éxito se habían reducido mucho.

 

      También en la planta baja de la torre del homenaje los revoltosos se sintieron perturbados por el redoble de tambor, y Balduino de inmediato sacó provecho de ello. Sin pérdida de tiempo arremetió con renovados bríos y denuedo contra el grupo enemigo, esgrimiendo a la vez antorcha y espada.

 

       -¡Björn!-llamó a su aliado, que había sido malherido. El joven centinela acudió sin demoras-. ¡Adelántate!

 

       El pelirrojo abatió a unos cuantos enemigos, y aunque los demás reaccionaron con presteza, se las arregló bastante bien para abrir un camino entre ellos. Alguna espada le hirió superficialmente el antebrazo izquierdo, una maza le abolló la hombrera derecha y de no haber sido porque la esquivó en parte, tal vez le hubiera provocado rotura de huesos. De cualquier modo, logró abrir una brecha y escapar por ella detrás de Björn.

 

      -Vamos. Nos atrincheraremos y veremos esa herida tuya-dijo.

 

      -Gracias, señor.

 

      En medio del caos, perseguido por unos cuantos enemigos, se encontraron con Anders y Hansi que venían hacia ellos.

 

        -¡A la cocina, rápido!-exclamó Balduino, señalando una puerta. Y ni Anders ni Hansi, el primero siempre con sus ojos y su espada alertas ante posibles enemigos que eliminar, fueron lentos para obedecer, con Björn tras sus talones.  Balduino, en la retaguardia, mantenía en jaque a unos cuantos rebeldes que lo atacaban en forma simultánea. Anders, el primero en entrar en la cocina, vio a su amigo en aprietos y corrió a ayudar. Sin embargo, no llegó a intervenir. Balduino se deshizo de sus atacantes como pudo aunque no llegó a eliminarlos en toda regla, y Anders y él entraron por turnos en la cocina adonde Hansi los aguardaba.

 

      Por desgracia, tras Balduino fueron también unos cuantos sediciosos que pujaron por no quedar afuera. Sus dedos protegidos por guanteletes se retorcían entre la rendija formada por el marco y la puerta entreabierta, y sus cuerpos daban continuos topetazos contra la madera. Del otro lado, sólo Balduino se esforzaba por contenerlos; Anders se había abrazado a un enorme armario y bregaba por trasladarlo hasta la puerta a fin de colocarlo detrás de ésta para contener a los atacantes.

 

       -¡Anders, deja eso y ven a ayudarme!-exclamó Balduino; pero quien acudió en su ayuda con un uslero fue Hansi-. ¡Bien, mocoso! ¡Esa es mi tropa! ¡Dales con muchas ganas!

 

      Hansi no se hizo rogar. Alzó el palo de amasar una y otra vez y lo descargó sin la menor piedad sobre los dedos intrusos, a los que de poco les valió la protección de los guanteletes. Se oyeron enconadas blasfemias mientras los dedos desaparecían y Balduino pudo, por fin, cerrar y atrancar la puerta, aunque como la tranca no estaba en buenas condiciones lo más probable era que no resistiese demasiado.

 

      -Montón de idiotas incompetentes, ¡hasta una pulga es más peligrosa que un lobo si está bajo el mando de Balduino de Rabensland!-alardeó a gritos, con fiera sonrisa.

 

       -Y más de lo que tú mismo imaginas...-murmuró Anders, quien continuaba luchando con el armario, cuyo peso hacía que la tarea fuese más digna de Sansón que de él, aunque ahora Björn pretendía ayudarlo aun sin estar en condiciones de hacerlo-. Porque la verdad es que fue Ljöd quien mató a Kniffen, no yo.

 

      -¿Eh, qué dices?-preguntó Balduino, quien abría frenéticamente las puertas de cuanto mueble encontraba, en busca de quién sabía qué, mientras afuera los enardecidos rebeldes trataban de forzar su ingreso a la cocina-. Anders, deja ese armario. A qué viene tanto esfuerzo, ¡entrarán de todas maneras, si quieren! Mejor examina la herida de Björn. Ajá-aprobó, al hallar un mueble ocupado por trastos de limpieza y a cuyo desalojó procedió de inmediato-. Métete ahí, Hansi-ordenó-, y... a ver... Toma esto-añadió, entregando al niño, que ya se había guarecido en el hueco, una escudilla que tenía restos de jabalí asado-, y esto-y le alcanzó una hogaza de pan que ensartó con la punta de su espada para acceder a ella con la ley del mínimo esfuerzo; tras lo cual, cerró el armario-. Ahí estarás a salvo, por el momento.

 

      Björn, a quien Anders había hecho tenderse en un rincón de la cocina, tenía una herida en el pecho que parecía bastante fea, pero él dijo que estaría bien y que sólo lamentaba no poder ayudar. Tranquilizado Balduino respecto a esta cuestión, un anterior comentario de Anders acudió a su mente con efecto retardado. 

 

      -¿Qué decías de Ljod? ¡Ah, sí!... ¿Que mató a Kniffen, dices? ¿El Landskveisung fugitivo? Estás bromeando, ¿no?-sonrió con escepticismo.

 

       -No. Ya te contaré más, pero ahora parece que...

 

       No sólo pareció: los amotinados, tras atacar tenazmente la puerta, estaban a punto de derribarla. Pero no sólo para que Hansi saciara su hambre había escogido Balduino usar la cocina para atrincherarse. Una lucha puede libnrarse de formas muy poco convencionales, y en este sentido una cocina puede proporcionar excelente artillería.

 

      -Toma todas las cosas arrojadizas que puedas. Haremos trabajo de catapulta-dijo el pelirrojo, echando a los trastos que tenía a su alrededor una larga mirada a la vez feliz y calculadora, no muy diferente a la de un usurero que mira amorosamente su fortuna  y especula con las ganancias que aún ha de obtener.

 

      Anders, sudoroso y fatigado, empezó a acumular proyectiles. Balduino hizo otro tanto.

 

       -Se nota que estos tipos son solteros. Luego de oír los relatos de Lambert sobre sus combates con Helga, el último lugar al que elegiría como campo de batalla sería una cocina-bromeó el pelirrojo-. Les enseñaremos que sólo los Wurms son dignos oponentes nuestros. Les enseñaremos...

 

        Pero Anders no tuvo el gusto de enterarse qué más les enseñarían a los amotinados, pues en ese momento la puerta cedió por fin. Igual estaba de más la explicación. Ni bien entrados a la cocina, los enemigos se vieron bombardeados por una continua granizada de cacharros y escudillas que ellos no esperaban, y que los dejó confusos y aturdidos. Algunos quedaron viendo las estrellas, ya que algunos de los improvisados proyectiles los alcanzaron en pleno rostro. Otros buscaron con qué guarecerse. Muy pocos habían traído consigo escudos. A guisa de tal usaron algunos las escudillas que se les arrojaba. 

 

      La granizada cesó por un momento. Los atribulados atacantes salieron de sus improvisados escondrijos, parapetos y escudos para estudiar el panorama.

 

      Balduino, subido a una larguísima mesa, les dedicaba gestos obscenos.

 

      -Bueno, veníais por mí, ¿no?-exclamó, desafiante.

 

      La andanada de proyectiles se reanudó. Balduino casi no tenía a mano objetos que arrojar, pero sí Anders, a quien ahora se unía Hansi. El chico se había asomado para ver cómo iba todo, y al parecer no quería perderse lo que para él era un juego muy divertido. Balduino lanzó un rezongo para sus adentros: con todo lo que le había costado encontrarle un escondite, lo menos que hubiera podido hacer Hansi era permanecer en él.

 

       Amparados por sus a menudo improvisadas defensas, los hombres, alrededor de ocho, se aproximaron de a poco a Balduino, amuchados. En cuanto los tuvo cerca, Balduino se aferró a una polea que colgaba de una viga, confiando en que ésta resistiera su peso más el de la armadura. Acto seguido, balanceándose, golpeó con  toda la fuerza de sus piernas a los que tenía más cerca. El grupo entero, empujándose unos a otros, acusó el impacto de la maniobra, desestabilizándose. En ese momento  cayó sobre ellos otra granizada de proyectiles, aunque ésta menos nutrida que las anteriores porque, la verdad, ya no quedaban tantos objetos arrojadizos a mano, por lo que sólo Hansi se encargaba de la tarea. Anders, espada en mano, se lanzó a la carga contra el grupo, en tanto Balduino hacía lo propio en el extremo opuesto.

 

      El desánimo ganaba a los amotinados. Algunos no habían terminado de incorporarse, que ya los aceros de Balduino y Anders los ponían para siempre fuera de combate. Dos se entregaron a una inútil fuga que los llevó directamente a manos de los hombres de Hildert Karstenson. Otros dos se quedaron para luchar, y en su desesperación oponían notable resistencia.

 

      Fue entonces cuando una orden detuvo la batalla:

 

      -¡Alto! ¡Soltad vuestras armas... o el chico muere!

 

      Mucho antes de que sus ojos contemplaran a Hansi en poder de uno tercer amotinado, un gigante de aspecto brutal, Balduino había empalidecido. Pero con la misma celeridad reaccionó cuando se le presentó la ocasión en el momento en que un ruido hecho por Björn distrajo al gigante y Hansi, a quien éste sostenía en vilo asiéndolo por las ropas, hundió los dedos en los ojos de su captor, en una acción osada y más bien salvaje y, por lo tanto, impensada en un niño de su edad. El hombre soltó a Hansi, quien cayó sobre la interminable mesa que tenía debajo y emprendió veloz huida a través de la misma, perseguido por una espada esgrimida a ciegas. El niño tragó saliva cuando una grieta hendió el mueble en el mismo sitio donde estuviera una fracción de segundo atrás.

 

       Balduino y Anders volvían a cruzar espadas con los otros dos rebeldes que cruzaban en pie, desesperados por concluir rápido para salvar a Hansi. Este seguía desplazándose en cuatro patas a lo largo de la mesa. Guiándose por el sonido, el coloso fue tras él, arrojando tajos a diestra y siniestra hasta que, sorprendido y rabioso, sintió otro filo partiendo las anillas que en su cota de mallas protegían el vientre, y luego una segunda estocada lo traspasó, infligiéndole una  herida fatal.

 

      -Tocar a Hansi es tocar mi trasero, cerdo-oyó, en algo que le pareció un eco lejanísimo, antes de que la espada de Balduino lo traspasara por tercera y última vez, ahora a la altura de la nuez  de Adán. 

 

       El cadáver se derrumbó pesadamente, con un tintineo metálico algo apagado por la misma mole del cuerpo.

 

       Balduino aún temblaba de nervios, resultado de haber visto en grave peligro a Hansi. Se volvió furioso hacia éste, apuntándole colérico con un dedo acusador:

 

        -Y tú... Tú...

 

      Hansi, entre cansado, asustado y todavía un poco hambriendo, meneó la cabeza.

 

      -Eso no... Por favor, señor Cabellos de Fuego... Eso no-y ninguna amañada cita de la Biblia acompañó esta vez la súplica. Esta vez, el pedido venía de lo más profundo de su alma.

 

       Mientras Hansi se ponía de pie sobre la mesa y avanzaba hacia Balduino, éste se preguntaba qué castigo imponerle, e incluso si imponerle alguno. Hansi había sido desobediente, y esta vez, esa desobediencia podía haberle costado la vida. Por otro lado, por qué no reconocerlo, había demostrado una valentía extraña en alguien de su edad. Seguía debatiéndose en la duda cuando Hansi, de un brinco, se le arrojó encima, en una de esas manifestaciones de afecto tan suyas, ésas que hacían pensar más en la embestida de un enemigo que en una caricia. Balduino trastabilló y gruñó mientras se esforzaba por recuperar el equilibrio, en tanto Hansi terminaba de prendérsele como una garrapata, rodeándole el cuello con sus brazos en un intento de abrazarlo o, quizás, de asfixiarlo, nunca se sabía...

 

       -Te quiero, señor Cabellos de Fuego.

 

      -Pues menos mal, porque en momentos como éste yo me odio a mí mismo-refunfuñó Balduino. 

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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