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15 abril 2010 4 15 /04 /abril /2010 19:26

      No hizo ninguna gracia a Balduino que, conforme a las instrucciones impartidas por él mismo, se lo despertara al poco tiempo de haberse ido a dormir; pero intentó tomárselo con humor.

 

      -¿Así es como se me obedece aquí?-fue su "queja" ante Hildert Karstenson, con quien se cruzó en un pasillo. Hildert se encargaba en ese momento de los relevos y lo seguía casi toda la guardia entrante, más algunos hombres de la guardia saliente-. ¿No ordené acribillar al sol a flechazos?

 

       Pero al parecer la risa era algo completamente desconocido para Hildert. Alzó orgullosa y señorialmente la cabeza y contestó, tremendamente serio, en tono de frío reporte militar:

 

       -Y me complace informaros que vuestras órdenes se han cumplido al pie de la letra. Hoy no tendréis sol, os lo garantizo-y no había forma de discutirle, porque estaba nublado.

 

      Algunos hombres, a espaldas de Hildert, bajaron la cabeza para ocultar inevitables sonrisas. Si también él ocultaba alguna bajo su pétrea máscara, imposible saberlo.

 

      Buena parte de lo que siguió fue, para Balduino, intolerablemente aburrido aunque necesario. Pasó revista a las tropas, visitó personalmente a los guardias heridos, hizo una última evaluación de daños y pronunció arengas y exhortaciones cuyo efecto en los hombres de Hildert no pudo estimar adecuadamente, pero que a él mismo le parecieron soporíferos, en parte por llevar varios días descansando mal y en parte porque ya no estaba acostumbrado a semejante protocolo. Visitó de nuevo las mazmorras, adonde habían ingresado alrededor de una treintena o poco más de amotinados sobrevivientes; impartió instrucciones diversas y llegó luego, ¡al fin! el anhelado momento del regreso a Vindsborg. Slav fue enganchado nuevamente a la carreta y Karl, Hansi y un extrañamente exultante Anders subieron a la misma luego de alzar a Tarian y colocarlo en la caja del vehículo. Por último el propio Balduino montó sobre Svartwulk y todos juntos abandonaron Kvissensborg.

 

      Balduino seguía exhausto, su único deseo era dormir varias horas a rienda suelta, pero le quedaba por resolver un último y urgente problema, el cual tomó forma ni bien el grupo llegó a Vindsborg. Todos allí sabían desde el día anterior que cuanto el pelirrojo venía haciendo la última semana apuntaba prácticamente a un único objetivo: la liberación de Tarian. Si había mantenido mucha reserva al respecto hasta último momento era para asegurarse de no crear falsas esperanzas; pero al tener seguridad casi absoluta de lograrlo, había admitido abiertamente sus intenciones.

 

       Como es lógico, Ulvgang había insistido en ir con él a Kvissensborg, pero Balduino se negó pretextando que tal vez algo saliera mal a último momento y que la impulsividad del Kveisung podía llevarlo a hacer alguna tontería. La verdadera razón era parecida pero, aun así, diferente: era casi seguro que, en cuanto Ulvgang viera en qué estado se hallaba su hijo, allí mismo quisiera vengarlo con sangre. Tendría a los culpables muy a mano, y en su rabioso dolor no sopesaría los inconvenientes que pudiera ocasionarle a Balduino.

 

      Obviamente, reinaba mucha expectativa en Vindsborg mientras se esperaba a Tarian, y Ulvgang estaría más impaciente que nadie. Sin duda imaginaban al joven muy maltratado; pero una cosa era imaginar y otra muy distinta, verificar. Balduino temía que la cólera volviera incontrolables a los Kveisunger.

 

        Cuando Balduino y sus acompañantes llegarona Vindsborg, vio que todos se hallaban abocados a la excavación de una larga zanja para colocar allí los postes de la segunda empalizada planificada por Balduino. A la vista de la carreta, los trabajos fueron abandonados de inmediato y la dotación entera, salvo quienes estaban de guardia, corrió hacia los recién llegados.

 

      Los gemelos Björnson parecían divertidos por algo. Miraban a Balduino con sonrisa irónica.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, si la armadura no os resulta útil...-comenzó Per.

 

      -...todavía estamos a tiempo de convertirla en otras cosas-concluyó Wilhelm. Era una forma de recordarle a Balduino cómo en otro tiempo había insistido en fundir la armadura para emplear el metal en la forja de objetos que en Vindsborg fueran más útiles; de lo que acabó desistiendo por la reticencia de los gemelos y de Anders.

 

      Balduino esbozó una sonrisa e iba a responder algo, cuando un atronador bramido de dolor animal hizo astillas la quietud del ambiente. Los perros de Hundi salieron disparados  en todas direcciones, gañiotando aterrados; Anders, que en ese momento bajaba de la carreta y tenía la mente perdida en sus románticos ensueños, estuvo a punto de caer del susto; Hansi, a la sazón en la caja de la carreta, escapó de un salto por encima de las cabezas de los Kveisunger; y éstos, por instinto, retrocedieron un paso, como ocurría siempre que al habitualmente tranquilo Ulvgang un súbito acceso de inhumano furor lo convertía en una especie de demonio o monstruo, como ahora.

 

        -¡Malditos bastardos! ¡Hijos de puta!-resonaban los gritos de quien en ese momento volvía a ser, quién sabía si no definitivamente, El Terror de los Estrechos, a la vez que una temible, peligrosa fiera dispuesta a vengar al cachorro malherido-Tarian, ¿qué han hecho contigo?-añadía implorante, inclinándose sobre su hijo, antes de convulsionarse nuevamente de cólera y estallar en maldiciones y juramentos de venganza.

 

        Los mermados restos de su fiel tripulación, superado el sobresalto inicial, iban también colmándose de ira y sus semblantes se volvían torvos: de modo que incluso Gilbert, cuyo aspecto solía ser más bien trivial y casi cómico, tenía ahora la traza de un asesino despiadado. Y ni hablar de los más temibles secuaces de Ulvgang, como GröhelleHundi Honney.

 

       Mientras tanto, otro grupo se congregaba en torno a Balduino. Hansi, por supuesto, había sido el primero en ponerse a su lado, aunque en su caso en busca de protección, ya que desde su punto de vista parecía venirse el Fin del Mundo; le siguió Anders, no mucho menos asustado que Hansi, pero fiel amigo y fiel escudero hasta las últimas consecuencias. Casi enseguida se sumaron Thorvald, Karl y Snarki. Siguió Ursula, con cara de preocupación,  la que tal vez se debiera menos a una eventual inminencia de lucha que a que ésta tuviera lugar entre dos facciones de sus propios compañeros. Por último se unió al grupo Lambert, con expresión aburrida, como si tanto jaleo le pareciera cosa de nada luego de sus casi veinte años de matrimonio. Los gemelos Björnson se hallaban junto a los Kveisunger, pero al parecer no del todo a gusto, como obligados por viejas alianzas. Todavía más titubeante estaba Adler, quien apreciaba de corazón a Balduino, pero mucho más todavía su propio pellejo, y consideraba que sólo lo salvaría poniéndose del bando más fuerte. Tal vez esto fuera de alguna utilidad, ya que Adler contaba co  n cierta confianza por parte de los Kveisunger, y ya había hecho antes de soplón para Balduino. Quizás aceptara volver a serlo si las cosas se pusieran complicadas.

 

      Adam Thorsteinson, por supuesto, no se había alineado en un bando ni en otro. Se mantenía aparte, tan cínico y desagradable como de costumbre, cruzado de brazos y a la espera de que sobreviniera una gran matanza, sin importarle contarse entre los caídos. Snarki, uno de los que creía conocerlo mejor, tenía la impresión de que en el fondo el larguirucho soñaba con que alguien degollase a Balduino, por quien en el fondo no sentía el más mínimo aprecio. Si así era, se vio ampliamente defraudado. Había una gran tensión en el ambiente, los Kveisunger se mostraban violentos y amenazaban empeorar, pero Balduino no era el objeto de su odio, y el único peligro que corría derivaba de la posibilidad de que Ulvgang, en su furia, se olvidara de él, de las promesas intercambiadas entre ambos o a los momentos compartidos juntos.

 

      Balduino no estaba dispuesto a permitirlo. Se adelantó, seguido de su séquito de incondicionales. Ulvgang lo miró hostilmente. No era nada personal, pero estaba elucubrando venganzas y le molestaba que el pelirrojo interrumpiese sus planes.

 

      -Sí, señor Cabellos de Fuego...-gruñó. Ulvgang sonaba fiero y escalofriante, pero se notaban sus esfuerzos por ser amable. Después de todo, por el momento Tarian estaba vivo y fuera de la cárcel, y se lo debía a Balduino.

 

       -Me ha costado bastante liberar a Tarian para que ahora muera o lo encierren de nuevo-dijo el pelirrojo-. Ahora bien, ante la ley, él continúa siendo parte de la banda de Sundeneschrackt. Esto significa que se le considerará cómplice de cualquier eventual violencia por parte vuestra. En otras palabras, Ulvgang: posterga por un tiempo tus desquites. Puedes ver que Tarian no está en condiciones de luchar ni de huir si trataran de matarlo o de arrojarlo a prisión otra vez. Espera al menos hasta que haya sanado; haz luego lo que te plazca-hizo una pausa para resoplar, y dijo-. Me voy a dormir. Tomaos el resto del día libre excepto, naturalmente, para las guardias; pero pensad muy bien qué haréis.

 

      Adam vio con cierta decepción, pero a la vez resignado, que Balduino subía las escalinatas de Vindsborg, seguido por Anders, quien sin duda le ayudaría a quitarse la armadura. Qué lástima-pensó--. De nuevo te salvas, nadie me ha hecho el favor de eliminarte. Balduino siempre estaba encima de él fastidiándolo a causa del Fuego de Lobo que Adam no podía consumir más que a hurtadillas y en forma cada vez más esporádica. Por otra parte, algo que ni él mismo podía explicar, pero que tal vez fuera su casi total apatía para cuanto no fuera el consumo de sustancias prohibidas- le impedía liquidarlo él mismo. Igual el pecoso me sentaría de sólo un tortazo si lo intentara, pensó.

 

       Por un momento, su mirada se cruzó con la de Ursula, que lo miraba con cara de pocos amigos, como si le adivinara los pensamientos. En realidad, era cosa normal entre ellos. Se detestaban; se habían desagradado uno al otro nada más verse por primera vez.

 

        Los Kveisunger, una vez acomodado Tarian en Vindsborg, regresaron afuera a decidir qué harían.

 

      -Tiene razón el señor Cabellos de Fuego. Precipitarnos sería una tontería-opinó Gröhelle, frotándose la barba con la diestra y mirando profundamente a Ulvgang con su único ojo.

 

      -Y tú me hablas de prudencia... ¡Justo tú, que te metiste en nidales de grifo en busca de una cría para domesticar, sin reflexionar en el peligro que corrías!-replicó airadamente Ulvgang.

 

      -Bueno, y así me fue, ¿no? La experiencia deja a veces algo más que una cara tuerta y llena de cicatrices, capitán. Además, pensándolo bien, ¡a qué tanta venganza! Andrusier perdió media oreja; yo, un ojo; Thorvald, una mano, Karl, un brazo. Y para todos nosotros la vida siguió adelante porque fuimos más duros que el destino que nos tocó en suerte. ¿Por qué Tarian, quien lleva tu sangre, tiene que ser diferente? Una lengua cortada no es la muerte de nadie. Por lo demás, ya lo tendrás de nuevo robusto y saludable.

 

      -Pues en este caso una lengua cortada puede ser la muerte de aquellos que la cortaron-murmuró siniuestramente Ulvgang-. Además, una cosa es ser mutilado en combate, y otra muy diferente serlo mediante cobardes torturas.

 

       -Todo lo cual no quita que el señor Cabellos de Fuego tenga razón: debemos esperar a que Tarian esté sano-concluyó Gröhelle.

 

       No hacía gracia a Ulvgang posponer su venganza. Desde hacía algún tiempo tenía la impresión de que tanto él como sus hombres se habían ablandado en forma alarmante. Envejecían-pensaba-; el tiempo del pillaje quedaba muy atrás, y la vida en Vindsborg, qunque físicamente exigente, era agradable y pacífica. Todo indicaba que ni de lejos verían a los Wurms allí. Y hasta las fieras más sanguinarias se relajan a veces junto a un manantial de aguas plácidas. Recién, un arrebato de cólera había encendido en llamaradas a los Kveisunger; ahora, las palabras de Balduino y de Gröhelle dejaban en ellos simples rescoldos. Ulvgang se veía obligado, efectivamente, a postergar la venganza anhelada; pero temía jamás concretar tal venganza por extinguirse el espíritu necesario para llevarla a cabo.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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