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19 abril 2010 1 19 /04 /abril /2010 16:03

      Balduino estaba demasiado cansado para preocuparse por otra cosa que dormir tan profundamente como un oso en invierno.  Al despertar halló las cosas como siempre, para su gran alivio, aunque lo había previsto al comprender que por el momento la indefensión de Tarian mantendría a los Kveisunger atados de pies y manos.

 

      Siguieron varios días tranquilos, lo que es, por supuesto, una forma de decir. Para Balduino, ningún día era realmente tranquilo; siempre surgía alguna cuestión nueva que atender, lo que era notable, teniendo en cuenta la poca importancia de aquella tierra agreste que era Freyrstrande. Pero él estaba feliz de volver a su rutina en Vindsborg, donde podía mostrarse tal como era y prescindir de aquella adulación tan necesaria para tratar con Arn y de los rígidos formalismos militares de Hildert y sus tropas. Retomó sus lecciones de lucha y boxeo, prosiguió con sus proyectos defensivos y de vez en cuando se permitió, entre suspiros, pensar en Gudrun. Una vez por semana, según había convenido con Hildert, debía ir a Kvissensborg para atender ciertas cuestiones; pero si podía, delegaba esa tarea en Thorvald, Karl o Anders, aunque a veces no le quedara más remedio que ir él mismo a hacer acto de presencia para recordar a la dotación del castillo que, por el momento, él era allí la máxima autoridad, y Einar sólo una figura decorativa.

 

      Una de las primeras cosas que hizo al volver a su actividad normal fue hablar con Ljod, la hija de Thomen el Chiflado. La joven continuaba asistiendo a Vindsborg para entrenar con la jabalina, lo mismo que el joven Osmund, el ayudante de Oivind. la muchacha estaba hecha un manojo de nervios desde que Kniffen, uno de los Landskveisunger fugados de Kvissensborg, había entrado precipitadamente en su hogar, amenazando a su madre con un  cuchillo para obligarla a refugiarlo y alimentarlo. Thora, la esposa de Thomen, era una mujer endurecida para muchas cosas, pero no estaba preparada para una situación así, y fue su hija de doce años quien reaccionó atacando y dando muerte al criminal. Cómo lo hizo, Balduino no se enteró nunca. La flacucha muchachita de ojos marrones y cabello castaño claro intentó explicárselo pero, como estaba estremecida por sollozos, su relato no se entendió.

 

      Con Ljod, Balduino se comportó de una forma muy especial. La abrazó, la besó, le ofreció su hombro para llorar como a toda mujer de protección; pero a la vez alabó su valor  y la arengó como a un guerrero tras su primer combate, aun cuando más tarde Lambert opinase que estaba gestando, tal vez, a una nueva Helga.

 

      -¿Sabías que ocurriría esto, señor Cabellos de Fuego?-preguntó Ljod, secándose las lágrimas sólo para volver a sollozar de nuevo.

 

      -¿Qué, que un malhechor entraría a tu hogar y amenazaría con un cuchillo a tu madre? No, Ljod, ¿cómo podía imaginar que ocurriría algo así?

 

      -Pero por algo me obligaste a entrenar con la jabalina-dijo Ljod, o interpretó Balduino, en medio del nuevo acceso de llanto.

 

      -Y no mataste a Kniffen con la jabalina-dijo Balduino, destacando aquel único hecho que tenía claro del incidente.

 

      -Pero así aprendí que no era tan indefensa como imaginaba... Que era capaz de defenderme sola en caso necesario-dijo Ljod entre dos torrentes de lágrimas-. Señor Cabellos de Fuego, ¿tienes esposa, novia, prometida? Porque si no la tuvieras yo... yo...

 

      Balduino, quien hasta entonces estaba conmovido y enternecido por la gratitud emocionada de Ljod y que nada sabía de amores infantiles, pensó que a Ljod no le faltaba tanto para hacerse mujer, y se estremeció. Salió del paso con evasivas y sonrisas de circunstancia y se alejó con quién sabía qué pretexto; pero inmediatamente llamó a su presencia a Osmund, quien tenía exactamente la misma edad que Ljod, y le dijo:

 

      -Dos compañeros de armas deben ser leales y solidarios entre sí. Ljod tiene un problema, está atravesando tiempos malos; que ella quiera hablar de ello o no, no hace diferencia, lo que cuenta es que te necesita a su lado. Así que estarás con ella el tiempo preciso. No le hagas preguntas, pero sé para ella una roca firme en la que apoyarse; ¿de acuerdo?

 

      De esta manera esperaba él acercar a Osmund y a Ljod para reencauzar los sentimientos de la jovencita y, en una palabra, oficiar de Cupido. Por otra parte, era casi seguro que a la larga terminarían comprometidos en matrimonio, porque no había en Freyrstrand otros jóvenes de la edad de ellos; quien les seguía era Hansi, y el resto eran mucho mayores o mucho menores.

 

      Osmund puso una cara como si hubiese bebido un sorbo de leche agria.

 

      -¿Por qué yo?-exclamó con disgusto.

 

      Balduino quedó boquiabierto. ¿Hasta en aquel asunto surgían complicaciones? Osmund solía ser dócil y hasta tímido. ¿No podía elegir otro momento para objetar una orden?

 

      -Porque si no, te rompo la cabeza-gruñó Balduino con expresión feroz.

 

      -S-S-Sí, señor-tartamudeó Osmund, cuyo conato de rebelión no había durado ni un minuto, y que desapareció de inmediato hacia la práctica del día.

 

      Más tarde, Balduino confió lo sucedido a Thorvald quien, para su consternación y enfado, se echó a reír a mandíbula batiente. Era una reacción totalmente sorpresiva, porque el pelirrojo no recordaba jamás haber visto reír al gigante, y menos con tantas ganas.

 

      -Ah, vamos, muchacho, ve adaptándote a tu nueva futura situación-exclamó, palmeando la espalda de Balduino como para hacérsela pedazos-. Ya es tiempo de que dejes de llamar por su nombre a Thomen; de que él empiece a ser para ti el querido suegro...

 

      -No pensé que te tomarías esta crisis con tanta ligereza-le reprochó Balduino, furioso.

 

      -¡Crisis!-exclamó Thorvald, recobrando la seriedad con algunas dificultades-. No digas tonterías. Parece que nunca hubieras sido adolescente... Bah, pensándolo bien, jamás lo fuiste de verdad. Te aseguro, muchacho, que lo de Ljod es un embobamiento pasajero y muy natural, dadas las circunstancias.

 

      Balduino ignoraba hasta qué punto podía tener razón Thorvald pero, en cualquier caso, no tenía tiempo ni para ponerse a pensar en ello. El viejo Oivind, asombrosamente diligente, había cumplido con el encargo de Balduino de averiguar los precios de los pigmentos necesarios. Interrogado por el pelirrojo, empezó a recitarlos de memoria. Balduino empalideció ante las tarifas.

 

      -¿Estás seguro de no haberte equivocado?-preguntó, compungido; y ante el gesto ofendido de Oivind, se apresuró a añadir:-. Disculpa, sé que no te equivocas. Es que no esperaba tener que pagar tanto.

 

      Y ya empezaba a preguntarse si Oivind no habría aumentado los precios por su cuenta, cuando aquel añadió:

 

      -Señor Cabellos de Fuego, tal vez os convendría procuraros vos mismo esos pigmentos-respondió Oivind-. Muchos de ellos no sabría deciros dónde obtenerlos; pero entre las colinas del sur hay una antigua mina de ocre ya abandonada. Su explotación no es rentable, pero estoy seguro de que queda ocre de sobre para vuestras necesidades. Sería cuestión de averiguar.

 

      -¡Magnífico!-exclamó Balduino, más exultante por haber obtenido una fuente de provisión de pigmento rojo que preocupado por no saber dónde y cómo conseguiría los restantes sin acabar arruinado.

 

      Acto seguido, fingió pensar en otra cosa. Oivind quedó allí, exhibiendo una sonrisa zorruna y desdentada que intentaba ser cortés. Al ver aquella cara, Anders, presente hasta ese momento, tuvo que irse para reír a carcajadas a su antojo en otro lugar; y a Balduino mismo le costó reprimirse.

 

      -¿Y, señor Cabellos de Fuego?... ¿No olvidaís algo?-preguntó el viejo, tras esperar un rato en silencio.

 

      -¡Ah, sí!-fingió recordar Balduino. Oivind, naturalmente, quería su regalito-. Ordenaré ya mismo que te den una buena porción de jabalí conservado en sal.

 

      El viejo puso cara de desolación.

 

       -¿Jabalí?-gimió.

 

       -No sé. Si prefieres ciervo...-murmuró Balduino.

 

        -Eh, esteee... Bueno, es que yo... En fin...

 

       -Sí, sí, sí. Ya sé-Balduino sonrió burlonamente-. Tu preferirías, sin duda, un barril de aquavit; también eso tendrás. Es decir, no te lo daré yo directamente, pero tendrás unas cuantas pieles debidamente curtidas que podrás trocar en Vallasköpping por tu querida bebida: Pero eso será en pago de otros servicios. Por lo demás, dado que tú me provees de sal, tendrías que saber que no es un pago pequeño el que te hago. Y necesitas alimentarte. No olvides que tú eres mi mano derecha y que dependo de ti en todo.

 

         Anders ya no pudo contenerse y se alejó lo bastante para que su risa medio sofocada pasase inadvertida. No sabía quién era peor, si el pedigüeño lamebotas Oivind o el propoio Balduino, descarado y adulón, casi tan zorruno como el viejo.

 

      -¡A vuestro servicio, señor Cabellos de Fuego!-exclamó Oivind, impactado por aquellas palabras que tan imprescindible lo hacían sentirse-. ¡Y si algo más necesitarais de mí, ni por un momento dudéis en llamarme!...

 

       -Naturalmente, como que eres mi hombre de confianza-replicó Balduino; y Anders, ya prácticamente doblado en dos de la risa, tuvo que alejarse aún más. ¿Hombre de confianza, aquel viejo ladrón?-. Necesito dos servicios más de ti. Primero, que vayas a Kvissensborg a evaluar los daños sufridos en el castillo luego de cierto motín que hubo allí. Segundo, que lleves a Vallasköpping a alguien a quien designaré, todavía no sé a quién, pero posiblemente algún guerrero de Kvissensborg. Me consta que en los muelles y sus alrededores pululan jóvenes ociosos que fueron en otro tiempo mozos de cuerda y que ahora se encuentran desocupados. Pues bien, en Kvissensborg hacen falta hombres; veremos de reclutarlos entre esos jóvenes.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, mirad que esos muchachos son unos delincuentes-previno Oivind, dubitativo.

 

      -¿Delincuentes? Qué va. Son sólo vagos, pendencieros y excedidos de energías. Disciplina mediante, haremos de ellos formidables soldados. Sólo lamento que casi seguramente los tendremos de adorno.

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Published by EKELEDUDU
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