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19 abril 2010 1 19 /04 /abril /2010 19:46

       Balduino ya no podía soslayar el hecho de que sus hombres y él mismo estaban en harapos y que, de seguir así, terminarían más desnudos que Adán. Andrusier lo llamó un día y no dijo una palabra más, sino que procedió a mostrarle, con una mirada cargada de tácito reproche y sorna, la innecesaria ventilación de su atuendo, que tenía más agujeros que un colador. Balduino compuso una sonrisa de circunstancias, pero comprendió que el asunto reclamaba urgente solución. Y como era rápido para relacionar ideas, no tardó en encontrarla, un jueves por la mañana, muy temprano.

 

      Los jueves era el día que sin falta iban Oivind y Osmund a Vallasköpping para trocar los productos de los aldeanos por otros que ellos necesitaran. La gente seguía trayéndole las cosas a Balduino para que éste fiscalizara el buen proceder de Oivind; pero tenían costumbre de dejarlo para último momento, por lo que el jueves se levantaban más temprano de lo habitual, obligando a Balduino y su gente a ponerse activos mucho antes de lo previsto a fin de atenderlos. En esto la mayor parte de la gente no tenía remedio. Más de una vez, cuando ya la carreta de Oivind, arrastrada por bueyes, estaba arrancando con su carga hacia Vallasköpping, tuvo que detenerse para esperar a algún rezagado. Era, en suma, una pésima costumbre, que Balduino detestaba, pero a la que ya estaba resignado; reprender a los aldeanos era inútil. Ellos alegaban que sus quehaceres nunca terminaban y que no les dejaban tiempo libre para venir antes; lo que en parte era cierto. De modo que Balduino y su tropa los jueves debían levantarse antes, les gustara o no, para atender a aquellas personas que temían que Oivind se fuera sin esperarlos.

 

      Sucedió que un jueves entre los rezagados estuvo Kurt, quien vino en compañía de sus primos: el prognato y feo Hrumwald, cortés y laborioso, y el bien parecido pero irritante Thorstein el Joven. A Hrumwald, Balduino no lo veía más que de lejos desde su llegada a Freyrstrande. En cuanto a Thorstein, el reputado calavera de la comarca, era para el pelirrojo una figura más vista, pero siempre también de lejos, y siempre estaba holgazaneando o trabajando  a desgano. Era de esas personas que ni bien encaran algún trabajo se detienen a quejarse del calor y del cansancio y en ello pasan las siguientes tres horas antes de poner de nuevo manos a la obra. El, no obstante, se tenía por muy afanoso; los continuos reproches de su padre le parecían ora calumnias, ora exageraciones. Ambos, padre e hijo, eran sumamente verborrágicos, y al menos el setenta por ciento de su charla solían ser las quejas que cada uno tenía del otro.

 

       Otra cosa que resultaba exasperante en el joven Thorstein era un  vicio suyo, el de mascar resina de abedul y no dejar de hacerlo mientras hablaba con una persona; costumbre que hacía pensar en un rumiante. El hábito de mascar resina de abedul no era exclusivo de él; a decir verdad, estaba bastante extendido en todo el Reino e incluso Hansi lo hacía a veces. Pero en Thorstein el Joven parecía algo continuo, ininterrumpido, como si hubiera nacido mascando resina de abedul y pensara morir con ella. El no era él si no tenía en la boca una pequeña bola de resina de abedul, viscosa y ya sin gusto a fuerza de ser masticada y remasticada.

 

      Pues bien, fue este individuo, oveja negra de su familia, el que aquella mañana, tras una sucesión de contagiosos bostezos, arrinconó a Balduino y se puso a quejarse de su padre en el mismo momento en que el pelirrojo ponderaba el problema de la andrajosa vestimenta de sus hombres. Sus primos, que habían tenido la amabilidad de acercar a Vindsborg también los productos de algunos de sus vecinos carentes de medios de transporte propios, descargaban entre tanto la carreta; y Kurt, por lo general bondadoso y paciente, esta vez no pudo evitar irritarse contra Thorstein.

 

      -Primo, ven a ayudar, que para eso te trajimos-refunfuñó.

 

      -Un momento, un momento, que estoy hablando con el señor Cabellos de Fuego-respondió Thorstein, entre mascadas de resina de abedul. Y acto seguido continuó perorando en tono plañidero acerca de su según él abusivo padre, que lo hacía trabajar como un esclavo.

 

      Balduino estaba harto: el insustancial monólogo le hacía doler la cabeza. No lograba entender cómo aquella región de gente de trabajo había producido semejante parásito holgazán, ni cómo su padre no lograba corregirlo aun que más no fuera a fuerza de puntapiés.

 

      -Concluye-suspiró pacientemente-: ¿qué quieres de mí? ¿Que hable con tu padre?

 

       -No, señor Cabellos de Fuego. El es muy testarudo, siempre quiere tener razón; no lo convenceríais así nomás-replicó Thorstein el Joven, sin dejar de masticar su bendita resina de abedul-. Pero si vos me tomarais como uno de vuestros hombres, él nada podría hacer u objetar.

 

       -Ni hablar-gruñó Balduino-. El trabajo aquí es más duro que en casa de tu padre. Y te lo diré sin rodeos, Thorstein: él tiene razón, eres un zángano.

 

      Ante estas palabras, que hicieron sonreír a Kurt, Thorstein fue a ayudar a sus primos; pero con semejante cachaza, que lo suyo no alcanzaba a ser siquiera simbólico, sino más bien paródico.

 

      Dado que Thorstein el Joven parecía desconocer la vergüenza o el amor propio, pensó Balduino, quizás no le importara hacer trabajo de mujeres; quizás incluso lo prefiriera antes que faenas pesadas y más viriles. En cuyo caso, tal vez podría ocuparse de confeccionar ropas nuevas para él y para sus hombres.

 

      En seguida, él mismo rechazó su propia idea. En primer lugar, era casi seguro que Thorstein sería tan holgazán con la aguja y el hilo como para cualquier otra tarea. En segundo lugar, sin duda sería más ignorante en la materia. Y en tercero, resultaba incongruente encargar a un muchacho fornido como aquel una tarea tan femenina.

 

      Pero a la vez, si no hallaba  la forma de poner a trabajar en algo a Thorstein el Joven, él, Balduino, se vería condenado a soportar las reiterativas quejas del otro Thorstein, el Viejo, cada vez que se cruzara con éste; lo que sucedía con relativa frecuencia.

 

      Estaba tratando de hallarle solución al asunto, cuan do apareció la figura menuda de la vieja Herminia trayendo, como siempre, una cesta con huevos.

 

      -Yo quiero velas-gruñó hoscamente, como siempre, tendiéndole la cesta a Balduino.

 

      ¡Pero claro!... ¿Cómo no se me ocurrió antes?, pensó el pelirrojo. Y componiendo su más encantadora sonrisa, dijo a la mujer:

 

      -Señora, me llegáis caída del cielo. Vos...

 

      -¡Sólo consígueme velas y déjame en paz!-exclamó Herminia, dando media vuelta con toda la intención de irse.

 

      Balduino, chocado una vez más por el sempiterno mal humor de la anciana, la observó alejarse por la playa durante unos segundos; luego miró a su alrededor, todavía atónito. Pero en derredor suyo, todas las caras decían, muy elocuentemente, que no había de qué asombrarse ante una reacción así, tan típica de Herminia; lo que por otra parte, él mismo sabía de sobra.

 

      Por último corrió tras ella a grandes zancadas y, cargando con ella a hombros, volvió caminando tranquilamente hacia Vindsborg. Herminia al principio quedó muda de estupefacción ante semejante trato; luego se encolerizó y empezó a patalear, a rasguñar, a tirar de los cabellos de Balduino, exigiendo a gritos que la bajara; pero él no hizo más que inmovilizarle las piernas, cerrar los ojos cuando las uñas de la vieja les pasaban cerca (lo que, por la posición en que ella se encontraba, no ocurrió muchas veces) y seguir caminando impertérrito. Siempre con ella a cuestas, subió la escalinata de piedra y entró en Vindsborg, adonde sentó a la anciana en la única silla del mobiliario.

 

      Atraído por el ruido de pasos seguido por un largo silencio, Varg salió de la cocina y pasó a la sala principal, adonde vio a la anciana más diminuta y con más cara de malvada que pueda imaginarse, mirando a Balduino como para explotar de rabia, tiesos los brazos al costado del cuerpo y las manos aferrando los lados de la silla.

 

     -No te entrometas, Varg, estamos a punto de declararnos nuestro amor-bromeó el pelirrojo.

 

      -Historias de amor así son de lo más románticas-replicó Varg, dando media vuelta y volviendo a la cocina-. La de Lambert y Helga, por ejemplo.

 

       En cuanto quedó de nuevo a solas con Herminia, dijo Balduino:

 

       -Señora, ya no me miréis con esa cara de odio, que todo cuanto deseo es haceros una propuesta. No es mi intención molestaros...

 

       -Y entonces por qué lo haces-interrumpió Herminia en gruñidos.

 

        -Tengo un problema, y vos podríais ayudarme a resolverlo y yo, a cambio, intentaría ayudaros a vos. Mis hombres y yo estamos andrajosos; nuestra ropa está que se cae a pedazos. Como imaginaréis, somos unos asnos en materia de costura. No obstante, estoy seguro de que vos algo entendéis del tema...

 

      Afuera, la dotación de Vindsborg, ocupada en distintos quehaceres, lanzaba ocasionales miradas hacia el interior de Vindsborg, preguntándose cuánto tardaría la volcánica anciana en entrar en erupción..

 

      Todavía seguía hablándole Balduino, cuando se oyó una tos en un rincón. Herminia, quien por lo visto no había creído que hubiera nadie más allí, pegó un respingo y miró por encima de su hombro hasta vislumbrar a Tarian, quien yacía postrado en un rincón, todavía muy débil físicamente y aún más espiritualmente.

 

      -No pasa nada. Es un amigo-la tranquilizó Balduino.

 

      La vieja Herminia volvió su vista al frente e intentó encerrarse de nuevo en su costra de vinagre y mal humor mientras el pelirrojo seguía hablándole. Pero al oir que Tarian gemía se dio vuelta otra vez, muy nerviosa.

 

       -De veras no hay nada que temer-insistió Balduino, preguntándose qué la inquietaba tanto-Venid, os mostraré-añadió, tendiéndole la mano.

 

      La por lo común antipática Herminia se puso de pie, tomó la diestra de Balduino y se dejó conducir por éste hasta el rincón donde Tarian, con mirada vacua y sufrida y tendido de lado, miraba hacia la nada. A  la vista de aquel cuerpo contuso y enflaquecido, la dureza de la anciana se estremeció de piedad. Empalideció de súbito y Balduino, temiendo que fuera a desmayarse, se acercó a ella de un salto y la sostuvo.

 

      -Suéltame-ordenó ella ásperamente, y Balduino obedeció con no menos presteza que a un mandato del gran Maestre del Viento Negro.

 

      Se encaminaba ya Herminia hacia la puerta en algo que semejaba una huida, cuando el pelirrojo se le adelantó y le salió al paso.

 

      -Aceptad, os lo ruego, la oferta que os propongo. Aceptadla, y os proveeré de velas gratis durante todo el tiempo que yo permanezca aquí, y además os las haré llegar a vuestro hogar-dijo-. Si en algo más os pudiera ayudar, o desearais otra cosa a cambio, decídmelo.

 

      -Déjame en paz-graznó acremente la vieja-. No necesito nada ni a nadie.

 

      -Tal vez vos no de mí, pero yo sí  necesito de vos. os estoy suplicando, si es que esto halaga vuestra vanidad.

 

      -Tengo demasiado quehacer para ocuparme de ayudar a nadie. Déjame pasar.

 

      -Os asignaré un ayudante que se ocupará de todas las faenas en tanto estéis trabajando para mí, y que luego continuará colaborando durante cierto tiempo con las tareas pesadas.

 

      -No puedo pagarle.

 

      -Trabajará sólo a cambio de casa y comida.

 

      -No puedo darme el lujo de alimentar otra boca.

 

      -Sólo a cambio de casa, entonces.

 

      -Jamás conseguirás a nadie que acepte-dijo la vieja, triunfante; y sonrió con cierta sorna y malignidad.

 

      -Pero si lo consiguiera, ¿aceptaríais?

 

      -Msé-gruñó Herminia.

 

       -Qué bien... Porque entonces os lo voy a presentar de inmediato.

 

      Herminia se quedó de una pieza ante tales palabras, ya que había aceptado sólo para que Balduino dejase de importunarle, y muy segura de que jamás hallaría al ayudante prometido.

 

      Balduino descendió la escalinata, seguido de Herminia. Al pie de la misma lo esperaba Thorstein el Joven, con una sonrisa obsequiosa que dejaba muy atrás las de Oivind.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, ya está hecho-anunció con gran prosopopeya-: las cosas fueron bajadas de la carreta.

 

      -Bueno, sí, ¿y?-preguntó Balduino, aparentando todavía más indiferencia de la que, en realidad, sentía.

 

      Thorstein  puso cara de dolido asombro y continuó mascando conm mucho nerviosismo su bola de resina de abedul. Balduino meneó la cabeza. De no haber ido contra sus principios, podría haber enviado a Thorstein junto a Arn de Thorhavok para que sirviese a éste como bufón.

 

      -Ven aquí, Hrumwald-llamó; y el prognato primo de Kurt se acercó velozmente, más el propio Kurt-. Hrumwald, comenzaremos a poner en práctica lo convenido el día que llegaste a Freyrstrande, pero necesito de ti un favor. Herminia trabajará para mí durante unos días. Precisaría que durante ese tiempo te ocupes de todas las tareas en casa de ella, y no sólo de los cerdos. Temo, además, que ella no esté en condiciones de costear tu alimentación; de modo que tendrías que ocuparte tú de eso.

 

      -Amigo, no hay problema-se entrometió Kurt, asomándose por detrás de Hrumwald-. Nos ayudas, te ayudamos.

 

       -Kurt, ¿quieres dejar que sea Hrumwald quien conteste por sí o por no? Pues por si no lo has notado, le pregunté a él-dijo Balduino, exasperado.

 

      -¡Eh! ¡Amigo!-protestó Kurt, indignado, fluctuando entre el gesto ceñudo y la sonrisa.

 

      -Acepto, señor, claro que acepto-dijo suavemente Hrumwald-. Comeré de la misma cebada que los cerdos. Pagaré mi ración.

 

       -Yo no doy de comer cebada a mis cerdos; los alimento con sobras-farfulló furiosa Herminia, quien se sospechaba parte de un plan preconcebido del que convenientemente no la habían puesto al tanto y mucho menos consultado; de lo que infería que se tramaba algo en su contra.

 

      -Bien, bien, comerá otra cosa-dijo Balduino, para cortar de raíz la discusión-. He aquí pues, señora, a vuestro nuevo ayudante, Hrumwald... 

 

       -Erikson. Hrumwald Erikson.

 

      -Ajá-dijo Balduino-. Y la señora es Herminia...

 

      Pero la vieja ya daba media vuelta, bullendo rabiosamente cual crisol de alquimista en el que por error se hubiesen mezclado elementos tan disímiles como peligrosos, y que estuviese próximo a estallar. Balduino, ofuscado, la siguió hasta alcanzarla y volvió a cargar con ella a hombros. Herminia pataleó y resistió mucho más que la primera vez.

 

      -¡Canalla! ¡Cobarde! ¡Desgraciado!...-gritaba.

 

      -Sí, así soy yo. El bastardo más cruel que haya parido el Infierno. Ni viudas, ni huérfanos, ni afligidos saben realmente qué es sufrir, hasta que se encuentran conmigo-replicó Balduino, irónico y tratando de poner algo de humor para que su paciencia no cediera.

 

      Subió a la anciana a la carreta de Kurt, desoyendo sus rabiosas quejas e insultos a voz en cuello.

 

       -Madre mía. No conocía a esta parienta de Helga-murmuró para sí el viejo Lambert, con un típico guiño de ojo violáceo.

 

       -Kurt, llévala a su casa. Y, Hrumwald, mañana la traes a lomos de tu caballo, ¿me oyes? No dejes que venga caminando, a menos que quiera, en lo sucesivo, hacer todo el trayecto de ida y vuelta sobre mi hombro.

 

      -Sí, amigo-dijo Kurt, en tanto que Hurmwald se limitaba a asentir.

 

      Thorstein el Joven observó a sus primos subir a la carreta, y se disponía él mismo a hacer otro tanto, cuando lo pensó mejor y se plantó con firmeza frente a Balduino.

 

        -Centinela, señor Cabellos de Fuego; yo sería un excelente centinela-dijo, entre rumiadas de resina de abedul-. Vos no creeríais hasta qué punto llega mi capacidad de observación.

 

      Seguro... Si no te quedas primero dormido en el puesto, pensó Balduino, conteniendo un resoplido. Era imprescindible quitarse de encima aquella peste... y acababa de ocurrírsele la mejor forma para ello.

 

       -Pues mira qué bien. Por ahí debiste haber empezado, hombre. No te conocía yo esas cualidades marciales-dijo, sin poder ocultar el sarcasmo, que afortunadamente Thorstein no advirtió-. Te pondré a prueba, entonces, y ya veremos si lo que dices es cierto. Espera un minuto, que ya estoy contigo-se volvió hacia Hrumwald-. Mañana empiezas en lo de esta encantadora mujer; y vos-miró a Herminia, que se había callado, pero cuyos ojos seguían echando chispas- empezáis mañana aquí, también. No olvidéis vuestros elementos de costura... Y marchad, que Thorstein quedará unos días a mi cargo.

 

       -Amigo...-murmuró Kurt, dubitativo; pero Balduino le indicó por gestos que podían marcharse.

 

        Seguidamente, el pelirrojo se volvió hacia sus hombres.

 

      -Thorvald queda a cargo hasta mi regreso-anunció.

 

      Lo vieron sacar a Svartwulk de las caballerizas, sin decir una palabra. Ni se tomó la molestia de ensillarlo; montó a pelo y subió a Thorstein a la grupa.

 

      -No hagas ni una pregunta ni digas nada hasta que yo te hable-ordenó el pelirrojo; y el joven asintió entre más rumiadas de resina de abedul.

 

      La cabalgata no conlcuyó precisamente como Thorstein imaginaba. Balduino, sin decir una palabra, lo llevó hasta Kvissensborg y, traspasado puente levadizo y rastrillo, indicó que todavía no volvieran a subir el primero ni bajar el segundo, pues la suya era una visita muy breve, al punto que ni descabalgó; pero Thorstein, quien no maliciaba nada, se apeó en cuanto el palirrojo le indicó que lo hiciera. Y en ese momento apareció Hildert Karstenson, y Balduino y él se saludaron con mutuas inclinaciones de cabeza.

 

      Entonces dijo Balduino:

 

      -Te faltan hombres, Hildert. No es que lo que te traigo valga gran cosa, pero veamos qué puedes sacar de bueno de este gandul. Quiero que lo transformes en un guerrero hecho y derecho, y me importa un bledo si para ello tienes que castigarlo con azotes o tres días de cepo, ¿me oyes?

 

       Thorstein el Joven empalideció; la bola de resina de abedul cayó de su boca sin que él lo advirtiese; su rostro se contrajo en una mueca de sorpresa y desesperación.

 

       Durante unos instantes, su única reacción fue ésa. Luego intentó huir, pero dos soldados lo aferraron  por los brazos, inmovilizándolo, hasta que por fin le permitieron zafarse.

 

      -¡Señor Cabellos de Fuego, no me hagáis esto!...-gritó, aferrado a las rejas del rastrillo ya bajo tras la partida de Balduino, quien se alejaba al galope más allá del puente levadizo-. ¡Señor Cabellos de Fuego, ¡volved!...

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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