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21 abril 2010 3 21 /04 /abril /2010 15:56

      Si bien Ljod todavía mirada a Balduino con embobamiento adolescente y eso a él no lo ponía muy cómodo, fue muy otra la razón que lo llevó a abstenerse ese día de las prácticas de lucha y boxeo. Balduino, Anders, Adler y Snarki estaban ya lo suficientemente duchos en la materia, aunque todavía quedaban unas cuantas técnicas y triquiñuelas que aprender; pero en cambio se acercaba la estación fría, que con frecuencia paralizaría los trabajos, y por consiguiente era mejor acelerarlos para al menos tenerlos bastante avanzados cuando no fuera posible proseguirlos diariamente.

 

      En consecuencia, dejó a Karl en Vindsborg impartiendo a Ljod y Osmund sus habituales lecciones de jabalina, y a los gemelos Björnson de guardia; y él se fue con el resto de su gente al bosque a hachar unos cuantos árboles, algunos de cuyos troncos irían a parar a la segunda empalizada, en tanto que otros se usarían para las nuevas catapultas y otros, en fin, servirían de leña. Hansi solía recibir también lecciones de jabalina, pero ese día Balduino prefirió llevarlo consigo, con la esperanza de que lo ayudara a vigilar a Thommy. El ya muy resentido Hansi sintió, en consecuencia, que Thommy no sólo lo sustituía en el corazón de Balduino sino que, además, por su culpa se veía privado de algo que le gustaba.

 

        Apenas había comenzado la labor en el bosque cuando empezaron también los problemas. Hansi, debido a la aversión que le tenía debido a los celos, intentaba esquivar a Thommy tanto como éste lo buscaba a él, inocentemente, siguiéndolo a todas partes. En verdad, Hansi siempre había sido muy cariñoso con Thommy, pero ahora una violenta tempestad fustigaba su corazón, ya que se sentía cruelmente menospreciado.

 

      Poco menos de media hora habrá durado esta situación: el más pequeño siempre yendo detrás del mayor y éste esquivándolo una y otra vez, taciturno y malhumorado. Por último, Hansi se hartó y, gruñendo de disgusto, empujó a Thommy, quien cayó sentado. No se había hecho daño y probablemente no sintiera el menor dolor físico; pero aquel contundente e inesperado gesto de rechazo lo hizo palidecer de sorpresa y susto antes de romper en desconsolado llanto.

 

      -¡¡¡HANSI!!!-tronó la encolerizada voz de Balduino, quien había visto todo y acudía a alzar en brazos y consolar a Thommy.

 

      Hansi quedó petrificado de horror. No era la primera vez que Balduino le gritaba, por supuesto, pero esta vez se veía terrible de verdad.

 

      -¿Cómo te atreves, desvergonzado, a usar tu fuerza de ese modo tan cobarde y propio de villanos?... ¿Y puede saberse desde cuándo te has vuelto así de dañino? ¡Vuelve a intentar algo parecido, y te curaré de la costumbre a fuerza de cachetazos!... Ya está, deja de llorar-suplicó a Thommy, quien lloraba a gritos, forzando a Balduino a subir el volumen de su voz aun cuando no fuera su intención gritar.

 

      Hansi temblaba como una hoja y parecía, él también, a punto de echarse a llorar, a medio camino entre la humillación, el arrepentimiento y la rabia. Lo humillaba ser amonestado a gritos frente a los demás por el señor Cabellos de Fuego y se arrepentía de haber empujado a Thommy; pero a la vez rabiaba al ver al niño usurpar un trono que hasta no hacía tanto había sido exclusivamente suyo. El pequeño príncipe preveía para sí un futuro en el exilio de todo afecto y en el que su nombre sería recordado sólo cada tanto y siempre ignominiosamente, por haber abusado de alguien más débil que él.

 

      De cualquier manera, contuvo el llanto como pudo, aun sintiendo que se hallaba en los albores del fin del mundo, de su mundo privado; y dos o tres veces intentó esfumarse, pero Balduino le ordenó quedarse en su sitio y continuó reprendiéndolo a gritos con furia desmedida y entre inútiles intentos de calmar a Thommy.

 

      Pasados unos minutos, los involuntarios testigos de aquella desagradable escena en su mayoría se miraban unos a otros con aire de conspiradores y asesinos. Hansi era para casi todos la mascota de Vindsborg; maltratarlo, aunque más no fuera verbalmente, era pésima idea, y tal vez Balduino se salvó de ser degollado sólo por ser él. Los Kveisunger eran absolutamente pasionales, y en ese momento el pelirrojo se estaba haciendo odiar por todos ellos debido a aquella violenta y desmedida reacción.

 

       Pero siempre que Balduino se apartaba de la senda recta, acababa siempre encogiéndose ante la llamada al orden de un implacable guardián de su conciencia: el potente vozarrón de Thorvald que no le perdonaba ni el menor desliz. El gigantesco anciano se tomó su tiempo para intervenir; pero cuando lo hizo, por primera y única vez no esperó a estar a solas con Balduino sino que lo amonestó ante todo el mundo, como él había hecho con Hansi.

 

      -¡¡¡BALDUINO!!!-vociferó, y sus fríos ojos azules eran como hielo que helara y quemara al pelirrojo de pies a cabeza-. ¡Deja de torturar a ese chico, o te rompo la cabeza! Ha obrado mal; impónle un castigo y  luego déjalo en paz en vez de hacerlo sentirse como un criminal. El no tiene la culpa de que hayas tenido un negro comienzo del día; de modo que en eso de no comportarse de forma cobarde y villanesca, más vale que des el ejemplo, ¡o te rompo el culo a patadas!...

 

      -Sí... A patadas... o de otra manera-gruñó Ulvgang, con una expresión muy poco amigable en sus saltones ojos verdiazules.

 

      Con los oídos martirizados por los llorosos alaridos de Thommy, Balduino resopló y miró en su entorno. Todos habían dejado de trabajar, y hasta Snarki, incondicional suyo por deberle la libertad en más de un aspecto, lo miraba como para fulminarlo.

 

      -Se nota que nunca os tocó intentar que este crío deje de llorar-masculló.

 

      En tal sentido se respetó su justificado mal humor. Improba tarea, si las había, la de poner fin a los descomedidos, potentísimos y llorosos gritos de Thommy, probablemente audibles incluso en Drakenstadt, muy por encima del estrépito de la guerra contra los Wurms. Mientras él lo intentaba, Snarki y Anders observaron a Hansi, quien se había apoyado a espaldas contra el tronco de un  abedul y permanecía pálido, rígido y silencioso como un muerto, deseando que la tierra se lo tragara o, tal vez, cerrar los ojos como para dormir y, al volver a abrirlos, verse transportado mágicamente a un lugar adonde nadie lo conociese ni supiera de su vergüenza y todos se ocuparan de él o, al menos, le prestaran atención cuando quisiera decirles algo.

 

      -¿Nos ayudas, Hansi?-preguntó bondadosamente Anders, enternecido; pero Hansi meneó la cabeza y bajó la vista.

 

     Anders se encogió de hombros y atacó un enorme abeto a golpes de hacha. Snarki, quien en esta oportunidad trabajaba en pareja con él, se apoyó sobre su propia hacha y bostezó perezosamente, aguardando su turno para sustituírlo, lo que podía demorar una eternidad. Anders, en otro tiempo tan remiso para cualquier tarea, estaba ahora muy orgulloso de sus músculos y muy dispuesto a demostrar que Sansón y Hércules, a su lado, no eran sino un par de anémicos; de modo que sólo se detendría cuando se hallase casi a punto de derrumbarse de fatiga.

 

      Aun siendo hombre libre, Snarki ni siquiera cuestionaba su permanencia en Vindsborg. No tenía ningún lugar adonde ir, y Vindsborg era, después de todo, tan bueno como cualquier otro o incluso mejor, pese al trabajo duro. Allí, por primera vez en su vida, podía decir que tenía amigos. Y Balduino necesitaba hombres, por lo que la deserción de Snarki no le vendría bien. De hecho, el pelirrojo ni había tocado el tema, porque entonces tendría que reconocer que Snarki era ahora dueño de hacer lo que quisiese e ir adonde le viniera en gana, lo que a él no le convenía en absoluto. Pero por suerte, aunque lo sabía de todos modos, irse no figuraba en los planes de Snarki.

 

       El sobrepeso perdido hacía que pareciera flotar dentro de sus toscas ropas. Se hallaba pensando que pronto tendría que hacer un nuevo agujero a su cinturón, cuando su atención se vio de nuevo acaparada por Hansi. Este había alzado la vista y mirado en dirección a Balduino y Thommy. Al volver a bajar los ojos, su mirada apenas si se había alterado, pero para un ser sensible como Snarki era suficiente. Una vida signada por la exclusión social lo había entrenado cruelmente para detectar muchos síntomas invisibles para otros.

 

      -¡Hansi!-exclamó-. ¡Hacer como que no te importa o no te duele, no servirá de nada!

 

      Anders dejó de hachar, intrigado, y se volvió a observar a Hansi. Al niño le brillaban los ojos con la tristeza del océano hacia el ocaso, y el dolor que trataba de guardar en secreto le hacía palpitar la nuez de Adán, en tanto que todo su cuerpo estaba tenso, como el del que aguarda a que se le cure una herida y sabe que en ese proceso sufrirá todavía mucho más.

 

      -Hansi, ven...-murmuró Anders, compadecido.

 

       -Deja. No hay caso-sugirió en voz baja Snarki ante la firma reticencia de Hansi-. Sólo el señor Cabellos de Fuego puede arreglar esto. Ya hablaremos con él.

 

      Unicamente ellos dos continuaban pendientes del niño de cabellos rojizos. A su alrededor, el ruido seco del acero mordiendo la madera se mezclaba con las conversaciones, las bromas, las risas de los hombres y el llanto ya más tranquilo y en vías de extinción de Thommy. Todo parecía volver a la normalidad; todo, a excepción de un niño triste que bregaba por persuadirse a sí mismo de que era insensible y que hubiera dado todo por hallarse en cualquier otro sitio.

 

       Ni Balduino entendía por qué había montado en tan gran cólera contra Hansi. Ahora sabía que de verdad se había excedido, pero dudaba de que fuera sabio disculparse con el chico que, a fin de cuentas, había procedido mal. Sin embargo, tendría tiempo de meditar sobre todo ello durante el resto del día.

 

       -Quédate adonde pueda verte, ¿de acuerdo?-dijo Balduino a Thommy, cuando al fin logró que dejase de llorar y lo depositó en el suelo.

 

      -Tí-contestó el niño rubio, mirando a su alrededor con grandes e inocentes ojos azules llenos de maravilla por el mundo que iba descubriendo de a poco-. Zeñod Cabellos de Fego, ¿pada qué... ehm... ehm... eztáiz codtando ádbolez?-preguntó, con esa forma de hablar vacilante y encantadoramente torpe, tanto como su mismo andar, de los niños pequeños.

 

      -Porque necesitamos los troncos para la empalizada-contestó Balduino. Era una respuesta incompleta, pero él tenía otras cosas que hacer que responder interrogatorios infantiles, y a Thommy le bastaría.

 

      -¿Pada la empalizada?...-repitió Thommy, pestañeando como con asombro.

 

      -Sí, para la empalizada-confirmó Balduino, tomando un hacha y disponiéndose a suplantar a Gröhelle, quien se había tomado un descanso tras arremeter contra un abedul-. Y tienes que tener cuidado de no alejarte mucho, para que no te caiga un árbol encima.

 

      -¿Pada que no me caiga enzima?

 

      -Ajá...

 

      Gröhelle se hizo a un lado para permitir a Balduino trabajar más cómodo. No supo el pelirrojo si sería su imaginación, pero le pareció que el Kveisung lo miraba con severidad, como recomendándole comportarse correctamente con Thommy si no quería tener problemas. Thommy era, en Vindsborg, mucho menos popular y querido que Hansi, pero el mero hecho de ser un niño le granjeaba el apoyo casi unánime de toda la dotación contra cualquiera que quisiera hacerle daño, incluso el propio Balduino. Era extraño pensar que individuos tan peligrosos y con reputaciones siniestras pudieran subyugarse con tanta devoción y arrobamiento ante un ser frágil y cándido como lo es un niño.

 

      Balduino se sentía cada vez más molesto consigo mismo. Cuanto más pensaba en Hansi, más se lamentaba de haberse excedido tanto al regañarlo y menos entendía qué lo había llevado a reaccionar así.

 

      Suspiró de alivio al empuñar el hacha, que le permitiría descargar tensiones; pero no había dado el primer hachazo, que lo detuvo la voz de Thommy:

 

       -¿Y pada qué... ehm... ehm... pada qué ez la empaluzada?

 

       -Para defendernos de los Wurms-contestó pacientemente Balduino.

 

      -¿Tidan fego?-preguntó Thommy, pestañeando una y otra vez.

 

      -Los Jarlewurms, sí.

 

      -¿Po’ qué... ehm... ehm... eztá nublado?

 

      -Porque estamos en otoño-contestó Balduino, nuevamente deteniéndose cuando iba a dar el primer hachazo.

 

      -¿Y despéz del otoño... ehm... ehm... viene el inviedno?

 

      -Ajá-musitó Balduino, sintiéndose a punto de desfallecer.

 

      -¿Y po' qué... ehm... ehm... en inviedno ziempde hay nieve?

 

      -No aguanto más-susurró Balduino para sí-. ¿Qué hice para merecer esto?

 

       Gröhelle lanzó una breve y espontánea carcajada y miró a Balduino con algo semejante a la ternura, un sentimiento que restó fealdad a su rostro tuerto y plagado de cicatrices.

 

      -Pobre señor Cabellos de Fuego-dijo, meneando la cabeza-. ¡Tan buen muchacho... y con tanta mala suerte!

 

      -Lo peor-jadeó Balduino, aprovechando que había hallado a alquien que se compadeciera de su desgracia-, es que si le digo que se calle, lo tendré de nuevo llorando a los gritos.

 

      -Zeñod Cabellos de Fego-volvió a la carga Thommy, antes de que Gröhelle pudiera responder-: ¿po' qué... ehm... ehm... vino el élming?

 

      -¡Por Dios!-gimió Balduino, cada vez más consternado y agobiado-. ¡Ni siquiera sé qué es un élming!

 

      -Lemming-corrigió Gröhelle.

 

      -Lemming-repitió sumisamente Thommy.

 

      Balduino siguió con sus ojos el índice de Gröhelle. Al principio no vio otra cosa que unos mechones de pastros duros moviéndose mucho, hasta que de ellos emergió una especie de pequeño roedor rechoncho y rabón.

 

     -Ah-murmuró el pelirrojo-, ¿esa especie de rata sin cola se llama lemming?

 

      El único ojo que le quedaba a Gröhelle adoptó una expresión dura, y el azul zafiro de su iris pareció echar chispas.

 

      -¡Rata!-exclamó, indignado-. ¡Más respeto con los lemmings, que...!

 

     Pero en ese momento se acercaron Anders y Snarki, y la conversación sobre los lemmings cayó al olvido. Anders preguntó con cara de preocupación si Balduino sabía dónde estaba Hansi.

 

      -Hará cosa de media hora estaba cerca de nosotros-añadió-. No le prestamos atención y ahora no lo vemos más.

 

      -Oh, andará por ahí-respondió Balduino, despreocupado-. Debe estar jugando.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, te aseguro que no está jugando-aseguró Snarki-. Ese chico está que se muere de celos.

 

      -Hombre... Celos...-sonrió Balduino, desestimando la cuestión.

 

      -¡Sí, sí, celos!-insistió firmemente Snarki-. Cree que ahora lo quieres más a Thommy y no a él. Puede que haya querido estar solo y se haya internado más en el bosque, lejos de nuestra vista. De ser así, podrían devorarlo los lobos u otras fieras.

 

      Fue entonces que Balduino, como en una revelación, supo por qué había reaccionado como una tempestad al ver a Hansi empujando a Thommy. Seguidamente, se vio asaltado por recuerdos de los días de su temprana adolescencia cuando, tras abandonar el Palacio Condal de Rabenstadt, se había aventurado por los bosques. recordó su miedo y su incertidumbre, su amargo sentimiento de soledad; recordó noches de llanto, aflicción y desamparo... Y volvió a sentirse espeluznado y angustiado, como entonces. Nuestras evocaciones más funestas son como viejos enemigos muertos y sepultados mucho tiempo atrás, y súbitamente revividos para intentar, una vez más, destruírnos.

 

      -No pasa nada-afirmó. Gröhelle, Snarki y Anders lo habían visto ponerse blanco como un cadáver-. Busquemos a Hansi.

 

       Balduino, Anders, Snarki y Gröhelle recorrieron los alrededores llamando a gritos a Hansi. A medida que cundía la noticia de la desaparición del niño, los demás dejaban también sus hachas a un lado y se sumaban a la búsqueda. Al parecer, los últimos en verlo habían sido Anders y Snarki; qué se había hecho de él después, era un misterio.

 

      Al principio la búsqueda no fue muy sistemática, pensando que Hansi debía hallarse cerca. Para cuando cayó en la cuenta de que no era así, Balduino estaba ya muy nervioso. Desoyendo a Anders y a Thorvald, que iban tras él gritando quién sabía qué, el pelirrojo, imaginando con horror y angustia a Hansi desayunado por lobos, osos u otras fieras, se internó corriendo en la espesura, voceando el nombre del chico con toda la fuerza de sus pulmones. Finalmente, ya enloquecido de miedo, se detuvo en cierta abra, donde al fin lo alcanzaron Anders, Thorvald y otros que se habían unido a la búsqueda.

 

      -Balduino...-murmuró Anders, mientras Thorvald, cuya edad y amplio aunque firme vientre no lo favorecían para carreras como aquélla, se esforzaba por recuperar el aliento.

 

      -Ahora no, Anders-contestó Balduino-. Tengo que pensar adónde pudo haber ido Hansi...

 

      -Muchacho-jadeó Thorvald, algo más repuesto-, en este momento mejor que piensen otros, que tú estás hecho un idiota. Y haz el favor de limpiarte la cera de los oídos. Nos has tenido corriendo como locos gritándote que el pichón encontró las huellas de Hansi, y se dirigen hacia la playa, hacia Vindsborg quizás.

 

      Ante estas palabras Balduino se sintió confuso y sumamente estúpido por haber dado por sentado, en vez de usar sus habilidades de rastreador, que Hansi se habría adentrado más en el bosque y echar a correr hacia allí sin ton ni son, dominado por el pánico. Pero su orgullo apenas si sufrió menoscabo, ya que seguía siendo prioritaria la seguridad de Hansi, y no había tiempo para lamentarse de su propia imbecilidad.

 

      Arrastrando casi a Anders consigo para que le enseñara dónde había hallado el rastro del chico, Balduino volvió al punto de partida. El temor a que algo le ocurriera a Hansi ponía alas en sus pies, y estuvo a punto de atropellar a Honney quien, con Thommy encaramado sobre sus hombros, iba tras Ursula intentando en vano de que lo supliese en la tarea de cuidar al blondo crío.

 

      Anders, cosa no muy frecuente en él, había usado la cabeza: ¿de dónde podían partir las huellas de Hansi, sino de donde se lo había visto por última vez? Las suelas de las toscas botas del niño habían dejado un rastro en la tierra húmeda del bosque, rastro medio borrado por pisadas más grandes y que a veces se volvía poco claro o desaparecía en medio de la hojarasca, pero que reaparecía cada tanto y seguía siendo lo bastante visible para que Balduino pudiera hallarlo de nuevo.

 

      La pista llevaba hasta la escalinata de Vindsborg; al pie de la misma, Wilhelm hacía guardia.

 

      -¿Está Hansi aquí?-preguntó Balduino; innecesariamente, porque Hansi ni se había sacudido las botas antes de subir, y dejaba un rastro barroso en los peldaños.

 

      -Sí, señor Cabellos de Fuego, llegó hace un rato-contestó Wilhelm; pero ya Balduino subía la escalinata a los saltos.

 

      Halló a Hansi sentado en la única silla que había en Vindsborg, los brazos apoyados sobre la mesa, y en su rostro una expresión a la vez taciturna, enfadada y triste, aunque al principio no reparó en ella.

 

      -Que sea la última vez que nos dejas a todos con el corazón en la boca yéndote a cualquier parte sin antes avisar-dijo secamente-; ¿quedó claro?

 

      Hansi se puso de pie, desafiante y obstinado.

 

      -Yo hago lo que quiero-declaró.

 

      Jamás antes había respondido a Balduino ni a nadie más en Vindsborg en semejante tono altanero y desdeñoso. Balduino se quedó de una pieza. La desaparición de Hansi lo había hecho pasar instantes angustiosos, y aquella respuesta venía a ser la gota que desbordaba el vaso. En segundos, el furor tiñó de carmesí su rostro mientras sus puños se crispaban. Hansi, previendo una reacción terrible, empalideció.

 

      Balduino profirió un alarido de rabia y aporreó la mesa con tanta fuerza, que la madera crujió y se agrietó. Su puño derecho estaba adolorido, su cólera más violenta estaba saciada, pero todavía no se hallaba del todo satisfecho; de modo que en un santiamén se apoderó de Hansi, se sentó con él sobre sus rodillas y le dio tres fuertes nalgadas.

 

      -Ahora me siento mucho mejor-gruñó, dejando a Hansi en el suelo y apoyando el mentón sobre su mano izquierda, con la vista baja.

 

      Balduino tenía la mano pesada, pero en ningún momento se llevó Hansi la mano hacia sus posaderas. Estaba más pálido que antes de la paliza. Otra vez era el pequeño príncipe que veía perdido su trono pero ahora, además, era como si le acabaran de leer su sentencia de muerte y se preguntara qué había hecho para merecerla.

 

      -Me... Me pegaste-reprochó en un murmullo, aún sin poder creerlo.

 

      Balduino alzó la mirada. Ante aquella carita triste, súbitamente se sintió un canalla y se alegró de que le doliera su propio puño.

 

      -Ven aquí, Hansi-rogó bondadosamente.

 

      -No-contestó el niño, tozudo-. Me pegaste.

 

      Durante una fracción de segundo se miraron y se adivinaron mutuamente las intenciones, la de Hansi de salir huyendo y la de Balduino de impedírselo; pero fue Balduino el más rápido. De un salto se puso de pie y se apoderó de Hansi en el momento en que éste trataba de escapar. Ya entre los brazos de Balduino, Hansi pataleó y aporreó a su captor, esforzándose por recobrar su libertad.

 

      -¡Me pegaste! ¡Me pegaste!-gritaba, impotente. Balduino soportaba en silencio los golpes y puntapiés; volvió a sentarse con Hansi en brazos-. Me pegaste...-murmuró por último el chico, estallando derrumbado en un océano de lágrimas sobre el hombro de Balduino. Este exhaló un suspiro.

 

      -Ay, Hansi-dijo-. Sí, te pegué, pero seamos justos. Dime: ¿cuántas veces antes esquivaste ese castigo? Te amenacé tantas veces... Pero siempre me quedaba en amenazas. No des a esta paliza más importancia de la que tiene. Debes entender que lo que has hecho no es simplemente una travesura más. Lejos de nuestra vista, pudo haberte ocurrido algo, pudiste haber caído a un pozo, ser atacado por animales salvajes, romperte una pierna... Y todo sin que nosotros supiéramos siquiera dónde estabas, ni que necesitabas ayuda y de qué clase. Ni Ulvgang se aleja sin decirme adónde va y yo mismo siempre digo adónde me dirijo cada vez que salgo; y espero de ti que hagas lo mismo. Si no, seguiré dándote todas las palizas necesarias, y más, hasta que aprendas que debes hacerlo. ¿Por qué? Porque es preferible una paliza, aunque te duela un poco, y no que termines devorado por las fieras.

 

      Había hablado con un afecto del que él mismo se sorprendía. Hasta ese momento no había advertido la fuerza de su cariño por Hansi, quien hacía mucho tiempo había dejado de ser, para él, sólo un mocoso desobediente y entrometido. Balduino nunca podría olvidar que el primer rostro que había visto en Freyrstrande había sido el de Hansi; es más, lo recordaba en este mismo instante. Estaba haciendo castillos de arena, pensó con ternura, sonriendo y estrechando aún más el abrazo. Salió corriendo delante de mí hacia Vindsborg, llamando a Thorvald, avisándole que yo había llegado. Muy pocos recuerdos del tiempo que llevaba en Freyrstrande excluían totalmente a Hansi, quien por lo general estaba siempre presente aunque más no fuera como figura de fondo. En aquella tierra agreste y dura, él comenzaba a sospechar qué era realmente ser feliz, y si lo era imposible no amar a Freyrstrande pese a la naturaleza poco hospitalaria del lugar, más imposible aún le era no amar a Hansi pese a las continuas barrabasadas y desobediencias de éste.

 

     Hansi advirtió ese amor, y su llanto se fue tan rápido como había llegado. El señor Cabellos de Fuego no permitiría que nada malo le ocurriera, el señor Cabellos de Fuego lo quería; ese pensamiento bastó para tranquilizarlo. Se secó las últimas lágrimas y, mirando a Balduino, preguntó:

 

      -¿Por qué quieres más a Thommy que a mí?

 

      -No lo quiero más-contestó Balduino-. El es más chiquito y precisa más protección, eso es todo-súbitamente recordó algo y se sintió incómodo-. Sobre lo que sucedió hoy, Hansi... Que no se repita, ¿de acuerdo? Nadie debe abusar de alguien más débil... Pero no tendría que haberte gritado como lo hice; te pido que me perdones. Lo que ocurrió fue que, cuando te vi empujar a Thommy, recordé algo feo. Te contaré-hizo una pausa y vio que hansi lo miraba atentamente, y entonces prosiguió:-. Cuando yo era niño y tenía la edad de Thommy o un poco más, quería mucho a uno de mis hermanos, Edgardo, el que me antecedía inmediatamente en años. Estando solos él y yo, se mostraba cariñoso conmigo; pero si había alguien más, sobre todo nuestros padres o los amigos de él, me dejaba de lado, y entonces yo me sentía muy, muy solo. Un par de veces quise ir tras él, y Edgardo terminó rechazándome a empujones. Cuando te vi empujar a Thommy me acordé de aquello; por eso, creo, reaccioné como reaccioné...

 

     Calló. No le gustaba desempolvar aquellos recuerdos para él tan desagradables, imágenes de una niñez más bien amarga. Tampoco tales recuerdos eran cosa de todo los días; al contrario. Pero cuando acudían a su mente, el efecto era el de fantasmas condenados a arrastrar cadenas por toda la eternidad... ¡Qué no hubiera dado por dejar de oir aquel ruido de cadenas arrastradas, por conceder el descanso eterno a aquellas ánimas en pena que vagaban en su interior y con las que tenía que vérselas de tanto en tanto! Pero ni siquiera sabía por dónde empezar.

 

      Se preguntó qué habría sido de Edgardo. Recordaba que éste había declinado el dudoso honor de entrar al servicio de Eduardo, el mayor y más estúpido de sus hermanos; pero había aceptado, si bien a regañadientes, servir al que le antecedía en edad entre los varones, Everardo. Este, por aquel entonces, acababa de ser armado Caballero y tenía unos humos difícilmente superables. Balduino creía que tales humos debían ser contagiosos ya que, con el tiempo, el mismo Edgardo pareció infatuado por su cargo de escudero... ¡Como si fuera un privilegio estar al servicio de un asno cuyos méritos eran pura fanfarria! Eso ya se había visto en el último torneo presenciado por Balduino en Rabenstadt. Tras darse muchos aires de gran campeón, Everardo había sido derribado de su montura en la primera vuelta. Nadie le había dicho que en boca cerrada no entran moscas... Balduino siempre sentía cierto maligno placer al evocar estas pequeñas desgracias y grandes humillaciones de sus hermanos mayores, que nunca le habían sido simpáticos: Eduardo, Ricardo, Everardo... La excepción era Edgardo. El fantasma que arrastraba las cadenas era él.

 

      Balduino recordaba muy bien aquel último torneo en Rabenstadt, porque al final del mismo su padre el Duque había anunciado la inminente boda de Edgardo y el compromiso matrimonial del propio Balduino, quien fue el primer sorprendido por el anuncio. Ya ni recordaba el nombre de su prometida o si era bonita o fea. Su perro Argos, su único amigo de infancia, llevaba un mes muerto; durante el torneo, la mirada de Balduino había hallado la de Edgardo sin que éste delatase afecto alguno; y su padre le concertaba un matrimonio de conveniencias sin siquiera avisarle primero a él en privado. En suma, ya no tenía motivos para quedarse en su hogar. Al día siguiente, tras un violento intercambio de palabras con su padre, Balduino abandonaba Rabenstadt para siempre. Nada había vuelto a saber de Edgardo ni de ningún otro de sus hermanos desde entonces, y a esta altura de los hechos, tampoco deseaba recibir noticias de ellos. La verdad era que sentía más hermanos a Anders, Gabriel, Kurt o Hansi, que a quienes lo eran por nacimiento.

 

      -¿Amigos de nuevo, Hansi?-preguntó, saliendo de sus recuerdos. Hansi no contestó y bajó la mirada-. ¿Te molesta algo más? Cuéntamelo.

 

      Hansi, obstinado, meneó la cabeza.

 

      -No. No pasa nada-murmuró, casi inaudiblemente.

 

       -Hmmm... Disculpa, pero no me convences. Yo también, a tu edad, bajaba la cabeza y contestaba que no me pasaba nada. Y sí me pasaba. Cuéntame-y Balduino, recordando por qué motivo él mismo, de niño, contestaba que nada le ocurría, aladió:-. No me burlaré. Lo prometo.

 

      Hansi no le creyó enseguida, y Balduino tuvo que insistir mucho, hasta que por fin el niño se convenció.

 

      -Te tenía una sorpresa esta mañana, pero a ti no te importó. Cuando estuvimos en Helmberg con el Conde Arn, me presentaste llamándome sirviente. Y mi padre dice que aquí estorbo, aunque intente ayudar. Señor Cabellos de Fuego, ¿de veras me quieres?

 

      -Claro que te quiero, Hansi-contestó pacientemente Balduino-. Cuando estás frente a un posible enemigo, y ése era el caso de Arn, conviene mantener en secreto los afectos, porque ahí uno es más vulnerable y por ahí será atacado en primer lugar. Si dije frente a Arn que sólo eras mi siervo fue para que no se les ocurriera tomarte de rehén; pero de todos modos, hasta los Caballeros somos sólo siervos de prestigio y categoría, aunque a veces las ínfulas se nos suban a la cabeza. En cuanto a eso de que eres un estorbo, la verdad es que me diste unos cuantos dolores de cabeza, pero también fuiste de ayuda a tu modo.  Te quiero, Hansi, de veras; pero no necesitas ser útil para hacerte querer a tu edad. En cuanto a lo de esta mañana... Bueno, Hansi, la verdad es que tuve un comienzo de día bastante agitado. Hrumwald quejándose de Herminia; Ulrike lloriqueando por su hijo Thorstein; Ulrike y Thora boxeando como dos Kveisunger; Thomen el Chiflado trayéndome a Thommy para que yo lo cuide-rio burlonamente. Teniendo en cuenta que se trataba de un lugar en teoría pequeño y aburrido, en Freyrstrande sucedían demasiadas cosas, muchas de ellas tiradas de los pelos-. No tuve tiempo entonces para sorpresas, pero me gustaría que me la dieras ahora.

 

      Hansi vaciló; temía que la sorpresa preparada no fuese más que una tontería. A Balduino no le cabía duda alguna de que lo sería pero, por supuesto, no pensaba decírselo a Hansi.

 

      -Por favor-añadió con ternura; y eso decidió al chico.

 

      -Espera aquí, señor Cabellos de Fuego-dijo; y desapareció por un rato, hasta que volvió y dijo:-. Ahora puedes venir.

 

      Balduino siguió a Hansi escaleras abajo y ambos caminaron por la playa hasta un sitio donde alguien había escrito en la arena húmeda: Isch leibe dir, Meisser Brunshaarn.  Era una incripción obviamente reciente y Balduino, perplejo, se preguntó quién la habría hecho para Hansi. Hasta donde entendía, sólo Anders y él sabían escribir en Vindsborg y, entre los aldeanos, la escritura era ciencia conocida sólo por Fray Bartolomeo.

 

      -Muy lindo... ¿Quién lo escribió?-preguntó.

 

      Hansi se impacientó: ¿para qué iba a anunciar a Balduino que le tenía preparada una sorpresa, si esa sorpresa era obra de otros?

 

      -Yo, señor Cabellos de Fuego-contestó.

 

       -Pero si tú no sabes...

 

      -Aprendí, señor Cabellos de Fuego. Me enseñó Fray Bartolomeo.

 

      -Pero, ¿para qué?...

 

      Hansi quedó tan azorado como Balduino, y empezaba a temer que su sorpresa no fuera bien recibida.

 

      -Para parecerme más a ti, señor Cabellos de Fuego. Tú sabes leer y escribir. Me dejaría el pelo largo como tú, pero mi padre quiere que lo tenga corto.

 

      Recién en ese momento advirtió Balduino hasta qué punto le tenía adoración hansi. Era un afecto puro e inmenso, como el de Argos o Svartwulk. Se inclinó sobre el niño y le besó la frente. Luego sintió gran embarazo: no sabía qué decir, porque lo embargaba la emoción y temía que de su boca salieran sólo tonterías. En tales circunstancias conviene no decir nada, pero Balduino no lo tuvo en cuenta. Volvió a besar a Hansi y lo abrazó en silencio, y estos silenciosos gestos de amor valieron para el niño más que mil palabras. Sin embargo, Balduino no se dio cuenta, y por eso habló:

 

      -¿Sabes, Hansi?: un día, Anders recibirá sus espuelas de Caballero y dejará mi servicio, y yo necesitaré otro escudero. He pensado que podrías serlo tú.

 

      Un segundo después de terminar de hablar ya se había arrepentido de sus propias imprudentes palabras. Demasiado tarde. Hansi estaba desbordante de entusiasmo y felicidad, como si ya hubiera sido ascendido al cargo.

 

      -¡Señor Cabellos de Fuego!-exclamó-. ¿Podré? ¿En serio?

 

      -Pues...Sí... Supongo que sí... Si tu padre te deja...-balbuceó Balduino, consternado, tratando de imponer escollos entre Hansi y la promesa hecha.

 

       -¡Me dejará! ¡Tú se lo pedirás y me dejará!

 

      -Mira que es una tarea aburrida. Pulir armaduras, afilar espadas y...

 

      -¡No me importa! ¡Gracias, señor Cabellos de Fuego! ¡Muchas gracias!

 

      Hansi se arrojó impetuosamente sobre Balduino como hacía tan a menudo. Balduino, que hasta ese momento lamentaba haber abierto la boca, quedó desarmado ante esa brutal pero espontánea y dulce muestra de afecto, y mandó de paseo todas las objeciones que se agolpaban en su mente. ¡Hansi sería su escudero! ¿Por qué no, después de todo?

 

      -¿Y cuándo seré tu escudero, señor Cabellos de Fuego?

 

      -Cuando Anders sea armado Caballero.

 

      -¿Y si te marchas antes de que él sea armado Caballero?

 

      -Pues vendrás conmigo como paje.

 

       -¿Y cuándo será armado Caballero Anders?

 

       -Dentro de tres o cuatro años, cuando él tenga veinte.

 

      -¿No puedes armarlo ahora?

 

      -Hansi, ¡yo no puedo armar Caballero a Anders ni a nadie más! ¡Eso sólo puede hacerlo el Gran Maestre o alguien en quien él delegue esa función!

 

      -Bueno, pero ¿pueden armarlo antes?

 

      -Sí, suponiendo que en alguna batalla demuestra un valor excepcional, gran destreza en el manejo de las armas o...

 

      -¡Ya lo demostró, ya lo demostró! ¡En Kvissensborg, señor Cabellos de Fuego, durante el motín! ¿Por qué no le dices al Gran Maestre que lo arme Caballero?

 

      -¿Y por qué tenía que ocurrírseme hablar de más?-gimió Balduino.

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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