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20 abril 2010 2 20 /04 /abril /2010 15:25

      Al día siguiente las cosas no empezaron bien. Ni para Balduino ni para Hansi.

 

      Herminia había comenzado a confeccioar ropas nuevas para Balduino y su gente, y a este trabajo se entregaba concienzudamente. La materia prima no era el problema, porque venía  la estación fría y por lo tanto se requería vestimenta abrigada, de modo quese aprovechaban para la labor las pieles de animales cazados que Lambert se encargaba de curtir. Herminia tomaba las medidas necesarias y se ponía al trabajo casi sin decir palabra. Miraba a todos con algo similar al odio,  y a Balduino con especial veneno; y sólo para el convaleciente Tarian tenía alguna pizca de misericordia. Al menos era muy poca la que demostraba; Balduino sospechaba que, para sus adentros, a la vieja le partía el alma vez así al muchacho; que su rabiosa actitud era un simple cascarón en el que se había encerrado para no sufrir, algo de lo que él sabía bastante por experiencia propia. Al fin y al cabo, a la anciana le había ido muy mal en el querer: su esposo la había abandonado, y su hijo había muerto siendo todavía un bebé. Esas son pruebas duras para cualquiera; y a veces, quienes pasan por ellas u otras semejantes, jamás se atreven a querer de nuevo.

 

        Pero por aquello de que nadie experimenta por cabeza ajena, a Balduino se le hacía muy difícil explicarle todo esto a otros; y a Hrumwald, ahora particularmente expuesto al mal genio de la vieja, más todavía. Aquella mañana, completamente descorazonado, se explayó, desde lo alto de su caballo, en sus amargas tribulaciones vividas en los escasos cuatro días que llevaba con ella. Balduino y algunos de sus hombres lo escuchaban atentamente.

 

      -No la entiendo. No sé cómo tratarla-se lamentaba Hrumwald, desolado-. Cuanto hago parece molestarla. No le gusta que coma mucho pues, según ella, soy un asqueroso glotón, y si en cambio como de menos, me censura porque dice que enfermaré si no me alimento bien; y si cepillo a mi caballito, según ella pierdo el tiempo en tonterías pero, si no lo hago, es porque soy un mal nacido que no se ocupa de los animales a su cargo. Si estoy parado, me grita que la pongo nerviosa y, si me siento, es porque vivo con el trasero pegado a la silla... Y si...

 

      -¡Por Dios!-exclamó Ulvgang, harto de tan amargo panorama, sus saltones ojos glaucos destellando indignación-. He visto que tienes algo de dinero, y sospecho que en realidad es una montaña. Liquida a la vieja y cómprate un castillo.

 

      -Más respeto con Herminia-dijo Thorvald con firmeza.

 

      -¡Cómo se nota que no eres tú quien debe sufrirla, campeón!-ironizó Ulvgang, son una sarcástica sonrisa de dientes podridos.

 

      Per y  Wilhelm asintieron en silencio. Recordaban cómo ellos habían ayudado a recoger monedas caídas del morral de Hrumwald e incluso pretendido quedarse con alguna, astucia esta última desbaratada por la mirada atenta y censora de Balduino. La forzada honradez había sido para ellos un suplicio indescriptible. De cualquier manera, podían dar fe mejor que nadie de las inexplicables riquezas de aquel provinciano prognato. Suspiraron al unísono. Sospechaban que Hrumwald no había obtenido tales riquezas mediante fechorías, o habría tenido menos escrúpulos en lo relativo a liquidar a Herminia; y lamentaban no haber sido bendecidos ellos con idéntica suerte.

 

       -Si nosotros tuviéramos el dinero que tú tienes...-comenzó Per.

 

      -...¡justo íbamos a estar cuidando los cerdos de esa vieja bruja!-concluyó Wilhelm.

 

      -Aguanta sólo un poco más, Hrumwald-pidió Balduino-. En cuanto no necesite más de Herminia, ella podrá regresar a su vida normal. Cuando eso suceda, la ayudarás sólo con sus cerdos y, pretextando cualquier cosa, por ejemplo que te necesitan en casa de Kurt, podrás dejar de vivir en el hogar de ella.

 

      -Ahora que la autoridad de Einar en la región es sólo nominal; ahora que te has hecho amigo del Conde Arn; ahora que, en suma, ni uno ni otro son peligrosos, ¿es necesario que Hrumwald pase por este Vía Crucis?

 

      -Lo es-contestó Balduino, dando a Anders un disimulado puntapié para que se callara-, porque Einar no es poderoso ahora, pero puede volver a serlo, y mi supuesta amistad con el Conde Arn admite muchas objeciones. Sigue siendo, después de todo, el hombre del que Wjoland tuvo que huir para no verse forzada a ceder a sus exigencias amorosas; el mismo que ordenó a Einar hacerme la vida imposible. Yo echaría al olvido esto último si se hubiese disculpado conmigo, pero  no lo hizo. Y tanto Arn como Einar tienen derecho a exigir dinero a Hrumwald para permitirle establecerse en estas tierras. Arn está lejos, pero no Einar; de modo que mejor que no se entere de que tiene un nuevo súbdito- y en parte creía en lo que decía pero, además, necesitaba que Hrumwald suplantara por un tiempo a Herminia en los quehaceres de ésta-. Oficialmente, Hrumwald no está afincado aquí, sino sólo de paso. Para cuando se establezca en forma oficial su rostro será archiconocido y nadie lo identificará como nuevo súbdito, pues ni recordarán cuándo llegó.

 

        -Bah. Ni ahora tienen muy en claro los hombres que quedaron en Kvissensborg quién es súbdito nuevo y quién súbdito viejo-insistió Anders, recibiendo por ello un segundo puntapié, al que luego seguiría un tercero y un cuarto-; no ahora que quedaron vivos y libres casi únicamente los nuevos reclutas. Y, Balduino, ¿quieres dejar de moverte tanto? Me estás pateando sin parar desde hace unos minutos.

 

         -Hmmm... Pichón...-murmuró Thorvald, a quien bastó una mirada al rostro de Balduino para comprender que no faltaba mucho para que éste asesinara a su escudero-. Mira, ahí viene alguien, una mujer... ¿Qué tal si vas a atenderla?

 

      Si una mujer era bonita, Anders nunca desdeñaba atenderla, siempre con miras a brindar posteriormente una atención más íntima y fogosa, a puertas cerradas. Así que, creyendo ingenuamente que hasta podía tratarse de Lyngheid Einarsdutter, alzó la cabeza. Balduino hizo otro tanto, deseando que fuera Gudrun; y los demás hicieron lo mismo, pero por pura lascivia y ya sin que les importara siquiera que la mujer fuese bonita o no aunque, por supuesto, aprovecharían para primero ponderar su belleza.

 

      -¡Es la tía Ulrike!-exclamó Hrumwald.

 

      -Eh... Sí, Anders, ve a ver en qué podemos serle útil-suspiró Balduino, feliz de desembarazarse por un rato de los poco oportunos comentarios de Anders.

 

      Ulrike, esposa de Thorstein el Viejo y madre, por lo tanto, de Thorstein el Joven, rara vez venía a Vindsborg, y nunca por problemas personales, al menos hasta ahora. Era una mujer de cabello crespo y entrecano que recogía en un pañuelo, igual que Herminia; pero era bastante más alta que ésta (y en verdad, tampoco se necesitaba demasiado para serlo) y más joven.

 

      Anders le salió al encuentro murmurando palabras de saludo y preguntando en qué podía servirle. Ulrike retribuyó el saludo, pero no se detuvo a oir el resto, sino que pasó de largo hasta detenerse frente a Balduino.

 

       -¡Ay, señor Cabellos de Fuego!-gimió, a gritos casi-. Mi esposo no quería que viniera, pero yo no le he hecho caso... Llevo ya cinco noches sin dormir-y dijo esto último en el momento en que Honney, Andrusier y Hundi, este último con su séquito de perros tras él, se acercaban con intenciones de averiguar qué impedía que iniciaran sus labores diarias de una vez por todas.

 

      No era lo mejor que podía pasarle a Balduino.

 

      -Sobrelleváis muy bien el insomnio-observó burlonamente Honney. Ulrike estaba fresca como una lechuga y lo más probable era que su insomnio fuese imaginario.

 

      -No como ciertos blandengues que conocemos-añadió Andrusier. Era una pulla contra Balduino, muy popular últimamente, aludiendo a una dilatada siesta de Balduino el día de la llagada de Tarian a Vindsborg.

 

      Hacía cinco días que Thorstein el Joven faltaba en su hogar; el mismo número de noches que Ulrike, según sus propias palabras, llevaba sin dormir. Esto no debía ser fortuito, pero a Balduino no le interesaba confirmarlo, especialmente porque temía lo que pudiese ocurrir si efectivamente no lo fuera. Y sin embargo, al principio no pudo menos que sonreír, ya que el tono de voz y las palabras de Ulrike sonaban tan exageradamente trágicas, que fue inevitable pensar que la mujer le tomaba el pelo.

 

      -¡Devolvedme, os lo ruego, a mi hijo!... Ya sé que lo necesitáis aquí, me lo ha dicho mi sobrino; pero es que en casa también nos hace gran falta. La vejez se acerca, una ya no tiene el vigor de la juventud, disminuyen también las energías del esposo, y entonces se vuelven imprescindibles los fuertes brazos de un joven hijo...

 

      -¡Humpf!-gruñó Balduino-. Fuertes brazos que estaban ociosos la mayor parte del tiempo...

 

      -¡No seáis malo!...-exclamó plañideramente Ulrike.

 

      -Un desalmado. Un canalla de la peor especie-dijo Andrusier en tono lapidario y con rostro haciendo juego.

 

      -Ni nosotros hubiésemos tenido corazón para arrebatarle a una madre el hijo de sus entrañas-añadió alevosamente Hundi, y sus ojillos grises se veían más taimados y alevosos que nunca.

 

      Balduino miró con rencor a Honney, Andrusier y Hundi, prometiéndose a sí mismo destriparlos más tarde; luego armóse de paciencia y dijo a Ulrike:

 

      -Señora, comencemos por el principio: vuestro hijo no está aquí...

 

      -¡Oh!-gimió Ulrike, horrorizada-. ¿Qué habéis hecho con él?

 

      -Un villano como Adler es un vulgar secuestrador pero, por el mismo delito, la nobleza queda impune, sobre todo un Caballero como quien yo sé...-comentó Honney en tono sepulcral.

 

      -¡Y a esto le llaman justicia!-exclamó enfáticamente Hundi.

 

      -¡Terminad, vosotros tres!-rugió Balduino, colérico.

 

      -¿Terminar?-preguntó Honney, afectando desdén; y agregó, agitando un índice para recalcar sus palabras:-. ¡Recién empezamos, señor mío, recién empezamos!...

 

      -Vuestro hijo, señora, se encuentra en Kvissensborg-aclaró Balduino, en un vano intento por lograr que la situación recobrara algún matiz de cordura.

 

      Ulrike gimió, y a punto estuvo de prorrumpir en sollozos.

 

      -¿Lo encerraron también al pobre Thorstein? ¡Qué cosa!...fingió deplorar Hundi-. Nada que hacerle: a prisión sólo vamos a dar la gente buena...

 

      -¡THORSTEIN NO ESTÁ EN PRISIÓN!...-se apresuró a aclarar Balduino, luchando por reprimir su ira y fulminando a Hundi  con la mirada-. Está recibiendo entrenamiento militad. Por fin hará algo útil de su vida. Se convertirá en un hombre de provecho.

 

      -Eso suponiendo que sobreviva al entrenamiento-intervino malignamente Hundi.

 

      -He oído que la instrucción comienta sumergiendo al recluta durante tres días y tres noches en agua helada y privado de alimento-dijo Andrusier.

 

      -Sí, y siguen otros tres días en que te arrojan a un zarzal, atado de pies y manos, y luego vienen los cuervos y te picotean las heridas... Creo que algo así sólo los más bravos Kveisunger lo resistiríamos-añadió Honney .

 

      -Y eso que ésa es sólo la instrucción común, la menos rigurosa-observó Hundi-. Pero no nos preocupemos... Seguramente, el señor Cabellos de Fuego sabe lo que hace al exigir terminantemente que a Thorstein se lo haga pasar por la instrucción especial, la más implacable.

 

      Balduino se volvió hacia Ulvgang y Thorvald en busca de apoyo, pero comprobó indignado que ambos estaban demasiado ocupados reprimiento sus carcajadas para advertir siquiera que les mendigaba ayuda.

 

      En cuanto a Ulrike, tras oir los comentarios de los tres Kveisunger, que tomaba muy en serio, parecía casi al borde del desmayo.

 

      -Venid, hablaremos en privado-gruñó Balduino; y se volvió hacia el trío de entrometidos:-. El que me siga, puede darse por muerto.

 

      -Y pensar que el destino del pobre Thorstein está en manos de este hombre cruel y violento-dijo Hundi, meneando la cabeza con aire de desgracia, mientras Balduino se llevaba a Ulrike casi a la rastra.

 

      Subieron la escalinata que llevaba al interior de Vindsborg, pasando junto a Adler, quien montaba guardia al pie de la misma. Adentro no estaban más que la vieja Herminia, ocupada en su costura, de la que alzó un minuto la vista para mirarlos a ellos en forma avinagrada, y Tarian, algo repuesto físicamente, pero cuyo ánimo abatido lo tenía postrado en un rincón, resultando tan engañoso en ese sentido que le confería apariencia de moribundo.

 

      Durante varios minutos, Balduino trató de explicar a Ulrike, una y otra vez, su punto de vista respecto a Thorstein el Joven. Al parecer Ulrike amenazaba sospechar del pelirrojo que era una especie de despiadado señor feudal que disponía con suma frialdad de la vida y la muerte de sus súbditos y que, sin la menor vacilación, había enviado a Thorstein, su pequeño e indefenso hijo, a un fin horrible. Ante alguien así, los súbditos sólo podían implorar clemencia, cosa que hizo de inmediato la llorosa Ulrike.

 

      -Señora: os hago notar que, si vuestro hijo se hallara aquí, estaríais avergonzándolo; pues, siendo él hombre adulto, lo estáis haciendo quedar como un niño o un afeminado-dijo Balduino-. Y os hago notar también que Kurt, por ejemplo, continúa haciendo su vida normal. A él lo dejé en paz porque es laborioso. Pero Thorstein, amén de ser un parásito, colmó mi paciencia pretendiendo holgazanear aquí mismo, en Vindsborg. Si lo recluté por la fuerza, él se lo buscó. ¿Que si corre riesgos en Kvissensborg? Por supuesto. En cualquier lugar y ocupación los correría; y en su caso, el más grave es el de ser molido a patadas por sus instructores si demuestra pereza, negligencia o renuencia a obedecer órdenes. Por lo demás, Kvissensborg no es seguramente la mejor de las fortalezas, pero aun así, allí estará resguardado de muchos riesgos, incluyendo, y lamento seros tan franco, esa sobreprotección vuestra que lo ha convertido en un mequetrefe de pura cepa. Un día veremos a Thorstein regresar de Kvissensborg transformado en un  hombre honorable y digno. Entonces, si él así lo desea, podrá dejar la milicia y dedicarse a otra cosa.

 

      Estos fueron los argumentos que, palabra más, palabra menos, repitió Balduino una y otra vez ante una estólida y gimoteante Ulrike, quien insistía en que al menos le permitiese ver a Thorstein en Kvissensborg para llevarle consuelo. En salvaguarda del orgullo viril del muchacho, Balduino, naturalmente, se negó. Parecía empero haber alguna esperanza de que Ulrike terminara aceptándolo todo con resignación, cuando un gemido de Tarian la hizo reparar en éste por vez primera y en muy mala hora. Siendo Tarian la imagen misma de la desolación, Ulrike  relacionó su mísero estado con la vida militar que, de allí en más, llevaría su hijo. A partir de ese momento perdió Balduino, en primer lugar, la oportunidad de razonar con ella; y en segundo lugar, los estribos. De haber sido Ulrike hombre, gustosamente la habría molido a trompadas, pero hete aquí que no lo era. Ahora bien, se supone que un Caballero ha de defender a los débiles y desamparados, mujeres inclusive. Está muy mal visto que muela a palos a dichos débiles y desamparados, aun tratándose de una mujer pesada como ella sola.

 

      El infortunado Balduino, por consiguiente, se vio obligado, para no ceder a tan salvajes impulsos, a dar la espalda a Ulrike y poner pies en polvorosa tan velozmente como pudo en un inútil conato de huída estorbado por los bulliciosos perros de Hundi que, tomando aquello por un juego, rodearon al pelirrojo ladrando descomedidamente. Y tras Balduino y su cortejo perruno iba Ulrike, esforzándose por no quedar atrás, entre lamentos plañideros y amagos de llanto que no pasaban de la etapa de proyecto.

 

      Así bajaron la escalinata, ofreciendo un espectáculo sumamente ridículo, para regocijo de casi todos los presentes. El gigantesco Thorvald, quien se hallaba a la sazón distribuyendo hachas entre los hombres, fue uno de los pocos que, considerando que el asunto ya se pasaba de la raya, no le encontró tanta gracia. Por lo tanto delegó tareas en Karl y se interpuso entre perseguido y persecutora, golpeando a los perros y deteniendo a Ulrike con un gesto de su enorme mano.

 

      -Ven aquí, Ulrike-dijo-, vamos a hablar tú y yo...

 

      Balduino parecía a punto de desfallecer. Anders, un tanto preocupado, dejó de reir y se le acercó, y le preguntó si se encontraba bien.

 

      -Es cómico...-suspiró el pelirrojo, en cuyo rostro no había ni la sombra de una sonrisa-. Uno va a la batalla lanza en mano o espada en mano y en ese momento se cree muy macho y muy duro, y luego sucede, por ejemplo, que se ve obligado a lidiar con una mujer como ésta... Y ahí advierte que recién ahora se está probando su reciedumbre, y que lo otro era nada más para entrar en calor.

 

     

 

 

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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