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20 abril 2010 2 20 /04 /abril /2010 19:50

      Creyendo cándidamente que la cuota de complicaciones del día estaba cubierta, Balduino respiró profundo y observó la mañana fría, nublada y ventosa, e intentó relajarse, cosa que Thorvald, por cierto, no estaba logrando en lo que a él mismo se refería mientras intentaba calmar a Ulrike.

 

      Así estaban las cosas cuando se vio llegar la carreta de Thomen el Chiflado, arrastrada por el jamelgo de costumbre y cargada de gente.

 

      -Ten después el coraje de decir que Thom no está de remate-murmuró Anders, lapidario-. Sólo a él se le ocurriría llamar Kamper, luchador, a ese animalejo que ya debía ser viejo cuando Noé lo invitó a subirse al Arca.

 

      -Bueno, Kamper seguramente conoció tiempos más gloriosos, por viejo que esté ahora, y entonces habrá recibido su nombre-razonó Balduino-. Además, todavía conserva sus buenas fuerzas. Mira cómo consigue arrastrar pese a todo esa carreta tan cargada.

 

      Sin embargo, era muy difícil defender la cordura de Thomen con la debida contundencia, toda vez que Balduino advertía ahora la veracidad de un detalle que Anders le había señalado en otra ocasión: Thomen traía puesto su descomunal y absurdo sombrero de paja si y sólo si, como en esta oportunidad, venía en carreta. Nublado como estaba el día, no había razón para que trajera puesto aquel mamotreto, como era el caso. Aún más: Thom se veía obligado a aferrar las riendas con sólo una mano para poder sujetar con la otra el sombrero en cuestión a fin de impedir que el viento se lo arrebatara.

 

      Además de su esposa y sus hijos, lo acompañaban Freidrik y Hansi, quien fue el primero en bajar.

 

      -No te demores mucho, que ya bastante retrasados estamos-gruñó Freidrik a Thomen. En efecto, los compañeros de pesca de ambos los esperaban desde hacía rato en el malecón y ahora, al verlos, les lanzaban denuestos desde lejos.

 

      Thomen respondió algo y acto seguido volcó toda su atención a su familia. Balduino se detuvo a contemplarlo, ya que le resultaba querible cuando, tierno y protector, se ocupaba de su mujer y sus hijos. A la vez, claro, le producía un lejano dolor, como de una herida ya cicatrizada pero que molesta con cada cambio de tiempo. Ojalá hubiese tenido yo un padre así y una familia como ésta, pensaba. A él no lo habían mimado como Thom y Thora a Ljod y Thommy. Sin embargo, le hacía bien ver a su alrededor y ver que había familias de verdad felices, aunque a él ese privilegio no le hubiera tocado.

 

      No podía decirse que Thomen y Thora fueran muy románticos. La verdad, Balduino jamás los había visto besarse ni hacerse arrumacos; pero tampoco los había visto reñir, ni circulaban chismes acerca de reyertas conyugales entre ambos. Y de alguna manera se demostraban amor a través de gestos. Thora siempre preparaba la cesta del almuerzo de su esposo y, si había en ella algo que agradara especialmente a éste, lo informaba al respecto. Era, sin duda, su forma de decirle que lo amaba, como la de él hacia ella era el darle la mano para ayudarla a bajar de la carreta aunque Thora, mujer curtida y vigorosa, no necesitara esa ayuda. Balduino, quien opinaba desde hacía tiempo que el amor más pasional, desenfrenado e impetuoso no era para él y prefería los afectos más tranquilos, sonrió melancólicamente al verlos, y se preguntó si algún día Gudrun y él llegarían a una relación similar.

 

      Thomen se había quitado su absurdo y enorme sombrero, subiendo a hombros a su hijo, el pequeño Thommy, mientras ayudaba a bajar a la joven Ljod tras haber hecho otro tanto con Thora. Fue en ese momento que, por azar, desvió su mirada hacia Balduino y devolvió la tímida sonrisa de éste.

 

      Thommy, encaramado sobre los hombros de su padre, se había apoderado del gigantesco sombrero de su progenitor.

 

      -Zoy Papá-declaró a quien le interesara oírlo, con sonrisa desvergonzada, desapareciendo acto seguido bajo el sombrero en cuestión mientras reía cómicamente. Pero el viento se lo arrebató, y Ljod tuvo que correr como loca para recuperarlo.

 

      Arrobado con aquellas escenas familiares, no se le ocurrió a Balduino preguntarse la razón por la que venía Thomen, además acompañado por toda su prole, ni aun cuando los vio avanzar a todos juntos hacia él. En ese momento sintió el pelirrojo que alguien tironeaba de su brazo y, para su total consternación, se vio de nuevo inmerso en su más reciente pesadilla.

 

      -¡Os lo suplico, señor Cabellos de Fuego, devolvedme a mi pobre Thorstein!...-gimoteaba Ulrike cual llorona profesional, sin soltar el brazo de Balduino-. ¡No seáis malo, tened piedad de una desconsolada madre!...

 

      Balduino, desesperado, se volvió hacia Thorvald y éste, alzando sus colosales brazos, dio a entender que no había caso, que no podía hacer nada. Pero Thora oyó los lamentos de Ulrike y se irritó. Mujer de estatura más bien baja, cabello rubio entrecano y ojos castaños, a Balduino siempre le había parecido muy tranquila... Hasta ese día.

 

      -Pues mira que ha tenido piedad de ti el señor Cabellos de Fuego, que te libró de ese zángano malcriado-sentenció en tono gélido.

 

      Aunque los calificativos estuvieran ampliamente merecidos, esas cosas no se le dicen a una madre que imagina que se ha enviado al hijo de sus entrañas a un inenarrable castigo en algo muy parecido al mismísimo Infierno... Todo el mundo empezó a maliciar desastre en puerta.

 

      -¿Pero qué estás diciendo?... ¡No hables de lo que no sabes!...¡Si precisamente vengo a reclamar por Thorstein, porque lo necesitamos para los quehaceres más pesados!-exclamó Ulrike, lívida y azorada, saltando en defensa de su vástago.

 

      -¡Ja!-se burló Thora-. Mejor reclama por la vuelta de los que en el cementerio duermen el sueño de los justos, que más posibilidades tienes de que te ayuden ellos, que ese bueno para nada que tienes por hijo.

 

      Ulrike, indignada, enrojeció ligeramente; comenzaba a enfurecerse de verdad.

 

      -¿Y puede saberse a cuento de qué vienes a denigrar a quien no está para defenderse?-espetó.

 

       -Presente o ausente-alegó Thora, sarcástica-, tu Thorstein ni con palabras se dignaría defenderse, que para él sería algo demasiado fatigoso.

 

       El semblante de Ulrike pasó del tinte suavemente rojizo al más violento carmesí. No pudiendo atacar la holgazanería de Thomen, trabajador como el que más, ni de los hijos de Thora, demasiado pequeños para ser tildados de irremisiblemente perezosos, al menos podía hacer nefastos vaticinios y al mismo tiempo desenterrar la pereza de algún ancestro que llevaba varios años enterrado:

 

       -Mira, no mires tanto la paja en el ojo ajeno-dijo burlonamente-, que si las piedras y los árboles hablaran, qué no dirían de tu laborioso abuelo, vago hasta el escándalo, que pedía permiso a cada pie antes de moverlo, ¡y mejor reza para que Thommy no salga igual, que bien que se le parece de cara!...

 

      -¿Eh?-preguntó Thora, indignada, llevándose las manos a la cintura y avanzando en son de guerra-. Un momento, un momento, que si hablamos de perezosos, aquel tío tuyo, ¿cómo se llamaba?...

 

     -¡No se llamaba, porque jamás hubo perezosos en mi familia!-gritó Ulrike, saliéndole al encuentro con aire igualmente belicoso.

 

      -¡Salvo Thorstein, que vale por cincuenta!-bramó Thora.

 

       -¡Mentirosa! ¡Calumniadora! ¡Embustera!

 

       -¿Embustera yo? Y por casa, ¿cómo andamos?

 

       Las dos mujeres se insultaron durante sólo medio minuto más, lapso durante el cual sus coléricos alaridos atrajeron a los seis perros de Hundi, que al principio irguieron orejas desde la distancia y evaluaron la situación, y nada más. Pero cuando Thora y Ulrike, ya violáceas de rabia, se acometieron  una a la otra a empellones y puñetazos, los seis animales decidieron que no podían perderse de tal diversión, y también ellos se unieron a la contienda, ladrando y mordiéndose entre ellos o hincando sus dientes en los ruedos de los vestidos de las dos boxeadoras de ocasión.

 

      Balduino se interpuso entre ambas, pero éstas no se calmaron, de modo que también él se llevó unos cuantos golpes y rasguños. Thomen, que había dejado en el suelo a su hijo, sujetó muy alarmado a Thora. Thorvald hizo otro tanto con Ulrike; y las dos mujeres, resoplando cual toros enfurecidos, se observaron desde la distancia, asesinándose mutuamente con sus miradas.

 

      -Me voy-anunció de pronto Ulrike con mucha dignidad-. Gracias por todo, señor Cabellos de Fuego.

 

      Parecía persuadida de que el pelirrojo había hecho lo imposible por devolverle a su hijo y que las calumnias de Thora, mala vecina si las había, lo habían impedido.

 

      Hansi se había acercado a Balduino.

 

      -Señor Cabellos de Fuego...-reclamó.

 

      -Ahora no, Hansi-fue la cortante respuesta. Cálmate, Balduino, nada más va a ocurrir. Estáte tranquilo...

 

      Hansi se sintió decepcionado y herido por la poca atención que le prodigaba Balduino. En eso vio, a la distancia, que Honney, doblado en dos de risa por la reciente exhibición de lucha femenina, se estaba acercando mucho a un sitio adonde él no quería que nadie se acercara; de modo que corrió hacia allí, desesperado.

 

      -¡No pises ahí!-gritó.

 

      -¿Eh?-preguntó Honney, haciendo un esfuerzo por recobrar la seriedad y mirando en derredor-. Oh, lo siento, Hansi-añadió. Había unos signos raros trazados en la arena húmeda de la playa que Honney estaba pisoteando. Era evidente que los había hecho Hansi.

 

      El chico tragó saliva. No eran ciertamente signos sin importancia los que él había trazado en la arena, sino letras y, más concretamente, una frase: Isch leibe dir, Meisser Brunsharn ("Te quiero, señor Cabellos de Fuego"). Con tales palabras, pensaba, lograría sorprender al señor Cabellos de Fuego y recobrar su cariño. El señor Cabellos de Fuego no sabía que él había aprendido a leer y escribir, aunque todavía en forma muy vacilante. Le había enseñado fray Bartolomeo, con quien se había quedado los domingos, después de las misas, para que él diera lecciones; y en poco tiempo ya había logrado enormes progresos.

 

      El señor Cabellos de Fuego-pensaba- vería aquellas palabras escritas en la arena y se asombraría. Hansi le diría entonces que las había escrito él. Le diría que si al señor Cabellos de Fuego le parecía importante saber leer y escribir, también se lo parecía a él, a Hansi. Y el señor Cabellos de Fuego, asombrado y conmovido, le perdonaría todas sus travesuras y lo querría de nuevo.

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Published by EKELEDUDU
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