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20 abril 2010 2 20 /04 /abril /2010 20:00

        Hansi volvió a escribir la frase como pudo; todavía le costaba un poco recordar qué letra venía después de otra en una palabra. Cuando terminó, volvió junto a Balduino en el momento en que éste suspiraba de alivio viendo alejarse a Ulrike.

 

      Thomen alzó al pequeño Thommy, como si fuera lo más natural del mundo, lo puso en los brazos de un atónito Balduino.

 

      -Tomad, os lo he traído para que pase el día con vos-dijo, y Balduino reprimió una sarta de palabrotas. ¿Este me ha visto cara de ayo, o qué?, pensó, indignado. Estaba a punto de cantarle cuatro frescas a Thomen, cuando éste añadió:-. Y cuidádmelo bien, que ya he perdido a tres. Condenada tierra que se lleva a los hijos antes de que uno pueda verlos crecer... Mirad lo que es éso-y volvió hacia el océano su semblante tosco, curtido y prematuramente arrugado por viejos dolores. Allí el firmamento se veía negro como la muerte, lo que en aquella época del año no necesariamente presagiaba tormenta-. Maldita tierra implacable que se lleva a los que uno ama...

 

      Balduino miró también en esa dirección. Ante aquellas tenebrosas cerrazones, en comparación a las cuales las fumaroles del volcán de Eldersholme parecían blancas, se sobrecogió, asaltado nuevamente por la curiosa sensación de que Freyrstrande lo retaba a un duelo del que él tenía pocas probabilidades de salir vencedor.

 

      Algunos de los hombres de Vindsborg se habían echado a reír tan discretamente como pudieron al viendo que al parecer Thomen suponía que Balduino era una especie de niñero. Para disimular, algunos se habían alejado un poco, y éste era el caso de Hundi quien, sin darse cuenta, había pisoteado la inscripción hecha por Hansi en la arena. Cuando lo vio, al niño lo asaltó una mezcla de incredulidad y amargura, y corrió hacia Hundi.

 

      -¡¡¡NO PISES AHÍ!!!...-gritó, casi al borde del llanto. Le parecía, aun sin poder expresarlo, que eran sus sentimientos los que eran pisoteados e ignorados ahí, en la arena.

 

      Ulvgang, quien se encontraba cerca de Balduino y de Thomen, estaba haciendo esfuerzos por controlarse. Le molestaba la gente complicada, y le parecía que Thomen era una persona de ésas.

 

       -Y siendo así la situación, ¿por qué no te marchas a otro lugar?-preguntó, tratando vanamente de no sonar muy sarcástico.

 

       -Es que es como si esta tierra tuviera garras que lo atraparan a uno cuando intenta irse-replicó Thomen.

 

      -Pero hombre, tratándose de la vida de los hijos...-observó Anders.

 

      -Hay cosas más importantes que la vida o la muerte-dijo Thomen, recibiendo de manos de Ljod su absurdo sombrero de paja, que acto seguido comenzó a hacer girar nerviosamente entre sus propias manos-. Abandoné Freyrstrand hace unos años, siendo todavía soltero, y me fui a Helmberg, adonde si te enfermas al menos tienes médicos que te atiendan... Pero una vez a una mujer encinta la asaltaron los dolores del parto en plena calle, mientras su esposo se inclinaba a su lado... Parecía que sería un parto difícil...

 

      Miró otra vez hacia la cerrazón encima del océano.

 

      -Quise ayudar... Busqué médicos... Comadronas... Pero viendo de quién se trataba, nadie quiso ayudar a la mujer-murmuró, sombrío-. Ni la madre ni el hijo sobrevivieron al parto... Y luego me enteré de que nadie la quiso ayudar porque aquélla era la mujer del verdugo... Y que si eres verdugo, enterrador o qué sé yo, o mujer de alguno de ellos, nadie querrá saber nada contigo... Tal vez los verdugos en algunos lugares sean necesarios, no sé...

 

      -No, señor: ¡no lo son!-bromeó Andrusier a quien, como a cualquier otra persona fuera de la ley, decididamente los verdugos no le convenían; y hubo algunas sonrisas, pero Thomen permaneció serio.

 

      -...y aquí cada uno de nosotros sepulta a sus propios muertos, si es que no lo hace el cura-continuó-. Pero no entiendo a la gente de la ciudad. ¿Qué es éso de que a éste sí porque es molinero pero a éste  no, porque es verdugo, y a éste también porque es panadero pero a éste tampoco, porque es enterrador?... ¡Yo no entiendo, señor Cabellos de Fuego!...-exclamó, y miró a Balduino con sus ojos azules, como si el pelirrojo tuviera el deber de conocer todo aquello que él ignorara e instruirlo a su vez-. ¡Me parece cosa de locos!... ¡Aquí todos nos ayudamos unos a otros, porque si no lo hacemos, no sobrevive nadie!... ¡Y no quiero vivir en un lugar donde deba enseñar a mis hijos que a la gente se la ayuda o deja de ayudar según su oficio!..

 

      Friedrik, cansado de esperar en el malecón, vino bramando hacia Thomen:

 

     -¡Thom! ¡Deja de decir estupideces y ven acá de una buena vez! ¡Hace un año que te estamos esperando!

 

       -¡Ya voy, ya voy!... ¡Deja de gritar como un animal!-replicó Thomen, ofuscado, para luego despedirse lacónicamente e ir corriendo tras Friedrik.

 

      En cuanto lo vio lejos, dijo Ulvgang:

 

      -De buena gana lo hubiera hecho callar aunque más no fuera cuchillazo de por medio. Qué tipo deprimente, poniéndose a hablar de muertos, verdugos y enterradores.

 

      -Cállate-replicó secamente Thorvald-. Sabes que hay mucha sabiduría en lo que dijo.

 

       Balduino no los escuchaba. Observaba sombríamente los tenebrosos nubarrones encima del océano, y se estremecía ante ideas nefastas que atravesaban su mente.

 

      Thora había subido de nuevo a la carreta y se hallaba próxima a partir cuando Balduino, con el pequeño Thommy en brazos, salió corriendo tras ella.

 

      -Yo...-balbuceó en cuanto logró alcanzarla-. Mira, Thora... Ya habéis perdido a tres y... Quiero decir, es mucha responsabilidad...

 

      Thora asintió.

 

      -Entiendo, señor cabellos de Fuego-dijo-. Puedo entender también a Ulrike, quien perdió dos hijos; pero, sabéis, sobreproteger no es una solución. Thommy es tan feliz cuando viene aquí-hizo un gesto de dolor-. Cuando perdéis a un hijo, señor, no queréis pensar que fue culpa vuestra. Culpáis a vuestra pareja. Cuando perdéis al segundo, la culpa se la echáis a la suerte. Cuando perdéis al tercero, ya no culpaís a nadie... Es el destino-apretó los dientes para no llorar-. Fray Bartolomeo dice que los tres que perdimos son angelitos en el Cielo. No importa cuánto cuide uno a un hijo, si tiene que suceder, sucederá. Lo sé porque me ha pasado y me he preguntado de qué valió privarlo de jugar afuera para protegerlo del frío, si igual murió.

 

      -Pero...

 

      -Ya sé-interrumpió Thora-. Vos tenéis otras cosas en qué pensar. Hallaréis, estoy segura, a alguien que cuide de Thommy. Entended que me es muy difícil negarle siempre venir aquí, cuando casi no pasa día sin que él me lo pida. Se aburre en casa, y al menos aquí está Hansi para jugar con él. Prometo no traerlo demasiado seguido. Sé que lo cuidaréis bien y que, si a pesar de todo, algo malo le ocurriera a Thommy...-apretó nuevamente los dientes, pero esta vez no pudo reprimir unas lágrimas-...será que Dios quiso tener a su lado un cuarto angelito. El os envió para cuidarnos. Lo estáis haciendo muy bien. Sabéis, dice Ljod que aquel día en que ese Landskveisung entró en nuestro hogar, de no haber sido por lo que aprendió aquí, ella no habría tenido el valor...-volvió a sollozar y, viendo muy turbado a Balduino, concluyó:-. Soy una tonta. Adiós, señor Cabellos de Fuego-y partió en la carreta.

 

      Balduino tardó en reaccionar. Hacía tiempo sospechaba que aunque no estuvieran todo el tiempo rasgándose las vestiduras, sino todo lo contrario, Thomen y Thora habían sufrido enormemente. Ver con cuánto valor y con cuánta filosofía sobrellevaban su dolor lo cohibía un poco; pero no tanto como la tarea que le habían encomendado. Sabía que, si algún daño le ocurriera a Thommy teniéndolo a su cargo, nunca podría perdonarse a sí mismo. Lo abrazó con fuerza contra su cuerpo.

 

      Hansi llegó en ese preciso momento. Se estremeció al ver a Balduino mostrándose tan afectuoso con Thommy; se sintió como un pequeño príncipe derrocado que presencia involuntariamente la coronación de un usurpador. pero hizo un último intento por llamar la atención de Balduino.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, quiero mostrarte algo...

 

      -Luego me lo muestras, Hansi, ahora no tengo tiempo-contestó Balduino; y lo decía porque era menester ponerse por fin a trabajar, pero Hansi vio las cosas de otra manera. Para el pequeño Thommy sí había tiempo; para él, no.

 

      Thommy, quien inevitablemente había oído la conversación más bien amarga entre su madre y Balduino y temía seguir los pasos de aquellos tres desconocidos hermanos que ahora estaban en el Cielo, preguntó, asustado:

 

       -Zeñod Cabelloz de Fego, ¿me voy a modid?

 

      Ojalá que sí, pensó Hansi, atormentado por los celos y el dolor, mientras Balduino respondía obviamente que Thommy moriría sólo cuando fuera viejo. De inmediato, Hansi se horrorizó de su propio deseo y luego se angustió, seguro de haberse hecho merecedor del Infierno. Por eso no te quiere el señor Cabellos de Fuego, porque eres malo-pareció susurrarle la maligna voz de un demonio errante-. No travieso, sino malo. Su horror y repugnancia de sí mismo fue en aumento. Seré bueno-pensó-. No seguiré siendo malo. Seré bueno.

 

      Pero allí estaba Thommy, en brazos de Balduino. A Thommy el señor Cabellos de Fuego sí lo quiere-pensó-, porque es rubio y más pequeño que yo. Thommy, si su familia muriera, no quedaría desamparado porque era un chiquitín precioso, reflexionó Hansi, envenenado. Amén, claro, de que tenía un padre, una madre y una hermana que gozaban de perfecta salud, y era improbable que murieran todos a la vez. Hansi tenía sólo un padre, saludable también, pero muy expuesto a los riesgos del mar.

 

      Y cuando él no esté, quedaré solo, pensó una vez más, con silenciosa amargura, acurrucándose sobre sí mismo ante la amenaza que su infantil visión de la realidad le hacía sentir inminente, un oscuro monstruo cerniéndose sobre él para fagocitarlo. 

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Published by EKELEDUDU
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