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24 abril 2010 6 24 /04 /abril /2010 20:36

       A mediados de octubre, Thorstein  Eyjolvson, Gran Maestre del Viento Negro, recibía en Ramtala a Maarten Sygfriedson, venido de Drakenstadt aprovechando que hacía varios días que los Wurms se hallaban extraña y sospechosamente inactivos. No era una visita inesperada: el propio Eyjolvson había pedido a su antiguo escudero que viniera a verlo en cuanto tuviera oportunidad.

 

      -Me asombró vuestra llamada-confesó Maarten, ya sentado frente a Eyjolvson en la intimidad del despacho de éste.

 

      -Hay cosas que no se pueden tratar por carta-replicó el Gran Maestre.

 

      Todo el mundo conmenzaba a referirse a Thorstein Eyjolvson, con más respeto del que parecía, como el narigón. Su apéndice nasal era efectivamente recto y prominente, pero daba la impresión de que una nariz más pequeña le hubiera conferido una apariencia ridícula. La Naturaleza sabe lo que hace mucho más de lo que imaginamos los seres humanos.

 

      -Maarten-dijo Eyjolvson, yendo directamente al grano-: ¿te interesaría ser Segundo Maestre de la Orden?

 

      -Para seros sincero, no-respondió Maarten Sygfriedson.

 

      -Está bien-contestó el Gran maestre, con palpable decepción.

 

      Bajó la mirada. Maarten Sygfriedson quedó esperando. No podía creer que todo el motivo de la entrevista fuera formularle tan simple pregunta.

 

      -¿Eso es todo?-inquirió.

 

      -Casi todo, al menos-conmtestó Eyjolvson-. No quise preguntártelo a través de una carta que pudiese ser interceptada y caer en manos,  por así decirlo, poco amistosas.

 

       -Y decidme, señor, si no es muy impertinente... ¿Qué hay del Segundo Maestre que tenemos ahora?

 

       -Lo sabes mejor que yo, puesto que lo ves en acción muy de cerca, allí, en Drakenstadt. Cipriano de Hestondrig no tiene entrañas para dirigir la Orden.

 

      -Pero tenía entendido que lo nombrasteis vos mismo-alegó el joven Maarten-. Algo habréis visto en él.

 

       -Nada en absoluto-contestó Eyjolvson-. Tuve dos razones para nombrarlo. Una fue que, al asumir el sumo Maestrazgo, lo hice pasando por encima de Caballeros de más antigüedad que yo. Quise compensar eso buscando a mi segundo al mando entre los más antiguos, pero no había demasiado para elegir. Todos eran más o menos buenos luchando, pero como líderes dejaban mucho que desear. Y me decidí por Cipriano que no era, hasta donde veía, ni mejor n i peor que cualquier otro. La segunda razón por la que lo escogí fue que el más apto parael cargo, en ese tiempo, me parecía Dagoberto de Mortissend. Pero mi mejor amigo era Gudjon Olavson, y él quizás se habría ofendido si yo hubiese preferido a Dagoberto y no a él. No se me ocurría ningún pretexto para justificar tal preferencia. No tenía corazón para decir a Gudjon: Disculpa, pero serías un desastre dirigiendo la Orden, por muy amigo mío que seas. En cambio, la mayor antigüedad de Cipriano pareció a Gudjon un motivo razonable.

 

      -Bien; pero vuestra elección inicial, decís, habría sido el señor de Mortissend, que hasta donde sé sigue perfectamente vivo. ¿Por qué no lo nombráis ahora?

 

      -Porque fue con Méntor al Sur, a proteger a los Drakes, y no sabría dónde hallarlo. De todas formas, encontrarlo es una cosa y que acepte, otra. La verdad, ahora pienso que Benjamin Ben Jakob está todavía más capacitado, pero le ofrecí el cargo y rehusó, pues dice, con algo de razón, que un Gran Maestre judío se enajenaría muchos apoyos. Puede ser, pero igual lo preferiría a él y no a Cipriano. También le ofrecí el Maestrazgo a Erlendur Ingolvson. No quiere saber nada. Dice que ya demasiado tiene dirigiendo la defensa de Ramtala, la que también, gustosamente, dejaría él en manos de otra persona. Tú eres mi tercer candidato. Entre las mejores opciones, no me quedan más que dos pero, la verdad, preferiría que no se tratara de ninguno de ellos. Uno es Hipólito Aléxida. Tengo entendido que, en fin, que le ha tomado el gusto a la sodomía. Acabada la guerra, los enemigos de la Orden podrían aprovecharse de ellos para crucificarlo a él y para desprestigiar de paso a todos nuestros Caballeros; sin contar que Hipólito dio ya unos cuantos dolores de cabeza. La otra opción es ese tal Balduino de Rabenland, pero luego de aquel escándalo que se armó en Drakenstadt, tampoco él me tienta demasiado, aparte de que no me cae bien. A propósito, ya que estamos, explicadme bien ese asunto, que no entiendo del todo. La idea que permitió el rescate de las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg fue de Balduino. Debido a ello en Drakenstadt, según tengo entendido,  durante un tiempo se lo encumbró hasta lo más alto de los pedestales; ¿qué hizo entonces que ahora se pronuncie su nombre con rencor y aversión? ¿Cómo en tan poco tiempo pueden cambiar tanto los sentimientos hacia alguien a quien ni siquiera se conoce personalmente?

 

      -Señor, vos sabéis mejor que yo hasta qué punto es orgullosa la gente de Drakenstadt, y qué poco dispuesta está a perdonar las ofensas-contestó Maarten Sygfriedson-. A su juicio, el señor Balduino de Rabenland ha cometido dos vejámenes contra ellos. En primer lugar, rechazó un puesto de mando que le ofreció el Duque Olav, lo que se interpretó como un gesto desdeñoso hacia la ciudad; pero esto vaya y pase. Lo otro es lo que lo convirtió en persona no grata. Un mensajero del correo de postas, muchacho de Drakenstadt, dice que en Fristrande fue amenazado y escarnecido por hombres al mando del señor Balduino de Rabenland: nada menos que Sundeneschrackt y su banda pirata, Kehlensneiter incluido...

 

      -¡Pues ésos son los hombres que le proporcionó ese vasallo del Conde Arn que se comprometió a ayudarlo en la defensa del lugar!-exclamó indignado Thorstein Eyjolvson, asestando un puñetazo a la mesa.

 

      -No sé, señor, no es ésa la visión que me he hecho a partir del relato de este mensajero. Luego, afrenta suprema, parece ser que Balduino de Rabenland tiene un perro muy feo al que ha llamado Gudjon. Sabiendo cómo es la gente de Drakenstadt, ¿necesito deciros cómo reaccionó al enterarse de que el señor Balduino enloda el nombre de su difunto y más admirado y amado príncipe, poniéndoselo a un vulgar chucho pulguiento? Hreithmar casi estalla de furor al enterarse.

 

      -Hreithmar... Hreithmar... ¡Ah, sí! Dunnarswrad, ¿no?-consultó Eyjolvson; y al asentir su interlocutor, añadió:-. Bueno, a ése no es muy difícil sacarlo de sus casillas.

 

      -Pero esta vez su reacción fue también la de la mayoría de la gente, señor.

 

      -¡Pero es increíble!-exclamó el Gran Maestre, dando a la mesa un segundo puñetazo antes de ponerse de pie y empezar a pasearse de un lado a otro-. No entiendo cómo un sitio tan ridículamente pequeño que ni figura en el mapa puede dar tanto que hablar, y menos aún entiendo que se arme tanto alboroto por una intrascendencia como el nombre de un perro, teniendo problemas infinitamente más graves. Que gente ociosa y sin preocupaciones ponga ewl grito en el cielo por estas frivolidades es una cosa, ¡pero estamos librando una guerra contra dragones grandes como montañas, mierda!

 

      -Precisamente de eso se trata...

 

      -¿Qué quieres decir?

 

      -Creo que nunca hemos visto ni veremos nada tan horrible como esta guerra. No hay tiempo de llorar debidamente a los compañeros caídos: se llora sin dejar de combatir. Es una guerra sin esperanzas de gloria ni siquiera de supervivencia y, como a menudo en ella se muere envuelto en llamas y brea candente, tampoco hay esperanzas de Paraíso: la última imagen con que se abandona este mundo es un anticipo del Infierno. Se lucha por inercia o porque es lo que hay que hacer, pero la convicción general es que sólo estamos posponiendo un poco un final inexorable. En estas circunstancias, señor, uno quisiera soñar al menos; pero conscientemente, sabe que no puede permitirse siquiera el fantaseo. Entonces surge una discusión banal sobre, por ejemplo, el nombre de un perro, y todos participan con ánimos muy encendidos. ¿Sabéis por qué?: porque por un momento esa fruslería les hace olvidar que quizás no sobrevivan al día de mañana, les hace olvidar a los compañeros muertos o mutilados, les hace olvidar los chorros de fuego de los Jarlewurms y las sonrisas burlonas de los Thröllewurms que tanto nos recuerdan la Matanza del mar en Sangre. En una palabra, esas frivolidades se convierten en un mal sustituto del sueño. Es como estar hambriento y anhelar un banquete, pero tener que conformarse con restos medio echados a perder. Os he oído decir muchas veces que el chismorreo vano no es propio de hombres, y menos de guerreros. Básicamente sigo estando de acuerdo. El cotorreo sienta mejor a viejas chismosas que a nosotros. Pero se hace lo que se puede. Al guerrero fresco se le puede exigir que avance a paso marcial; al que lleva mucho tiempo combatiendo se le debe tolerar que se arrastre, aunque la suya no sea una imagen muy gallarda.

 

      -Es verdad, Maarten, y lamento que hayas tenido que decirme todo esto-dijo el Gran Maestre, pensativo y avergonzado-. Creo que será mejor que pase más tiempo en el frente de batalla que sentado frente a este escritorio. Empiezo a parecerme a esa gente que critica el desempeño de los altos oficiales en tal o cual batalla, pero que ella misma no está dispuesta a tomar un arma ni aunque se la amenace con la horca.

 

      -Señor, no os expongáis al peligro. Si alguien es capaz de brindar todavía algún aliento a las tropas, ése sois vos. En Drakenstadt todavía recordamos y pedimos que nos relean en vos alta aquella carta vcuestra en la que sosteníais que si se está en paz con Dios, la lucha entre David y Goliath tiene sólo un resultado posible.

 

       -Ya nadie cree en eso. 

 

      -¿Por qué pensáis así

 

      -Porque soy el primero que no se lo cree... Aunque, pensándolo bien, ya tengo experiencia en eso de escepticismos avergonzados por milagros. Pero igual tendré más fe si yo mismo participo de la batalla. Dios rara vez concede la victoria a los que no se esfuerzan al máximo. Y le vendrá bien a Erlendur descansar del mando.

 

      -¿Por qué  no lo suplanta León de Cernia, ese muchacho de la Orden de la Doble Rosa enviado a secundarlo? Ignacio de Aralusia me habló muy bien de él...

 

       -Pues yo le tengo mucha desconfianza. Es valiente y pelea bien, pero desde el principio me inpiró cierto rechazo, aunque tardé en entender mis propios motivos. Creí que se debía a que rara vez sonríe, pero el mismo Erlendur es terriblemente serio y, sin embargo, jamás tuve más que elogios para él. La verdad es que León tiene tendencia a secretear con sus adláteres en vez de hacernos partícipes a todos de la información de importancia. Gusta del mando, pero en cambio es muy renuente a obedecer.  Ultimamente sonríe más, pero eso no lo hace más simpático; al contrario, su sonrisa es a veces sobradora y otras veces falsa. Tengo entendido que es el niño mimado de Tancredo de Cernes Mortes, lo que me gusta menos todavía.

 

      Maarten asintió.

 

      -El señor Tancredo nos trae problemas también en Drakenstadt. Cuando Balduino de Rabenland aún era popular allí, el señor Tancredo hablaba de él con menosprecio. Trató de llenar de ideas raras la cabeza de Ignacio de Aralusia quien, como recordaréis, dirigió el restace de las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg. Pero por suerte, Ignacio de dejó llevar poco en esa dirección, y ya está de vuelta.

 

      -Sí, ese Ignacio parece buen muchacho. Hay buena gente en la Orden de la Doble Rosa; de hecho, la mayoría de sus Caballeros lo son... Pero Tancredo de Cernes Mortes y León de Cernia me dan mala espina... Y pronto vendrá a sumárseles Miguel de Orimor.

 

      -¿Y ése de dónde salió? En mi vida oí hablar de él...

 

      -Ni yo, bajo ese nombre. Es mejor conocido por su apodo: El Toro Bramador de Vultalia.

 

      -Ah. Sí, oí rumores al respecto en Drakenstadt-murmuró Maarten, quien no necesitó seguir preguntando.

 

      Había oído antes a Thorstein Eyjolvson, siendo escudero de éste, mencionar a El Toro Bramador de Vultalia: un líder militar a quien tiempo atrás se había encomendado la destrucción de la por entonces clandestina Orden del Viento Negro. Se decía que le habían ofrecido dinero para ello, pero que él no había aceptado por copnsiderarse suficientemente remunerado con el fragor de la batalla y los alaridos agónicos y la sangre del enemigo. Tanta crueldad  tal vez fuera exagerada, pero sí que había estado a punto de lograr su objetivo hasta que, durante un combate singular a punta de lanza, lo habían derribado de su caballo, quedando convaleciente e imposibilitado de dirigir personalmente las operaciones y dando así un respiro a los Caballeros del Viento Negro.

 

      Pocos meses más tarde estallaba la guerra contra los WurmsEl Toro Bramador de Vultalia no pudo participar en ella desde el principio; su herida demoró mucho en sanar del todo. Pero ahora, completamente curado, había anunciado que vendría a ayudar.

 

      -¿Qué pensará al combatir del mismo lado de los que antes persiguió con tanto ahínco?-preguntó Maarten.

 

      -No sé, y es lo que me tiene preocupado-respondió Thorstein-. He oído que, de todas sus heridas, ninguna más grave que la sufrida en su orgullo, ya que fue la primera vez en casi veinte años que lo derriban de su montura. Algunos piensan que buscará al autor de la hazaña para vengarse de él, aunque no sabe quién es.

 

      -Y por lo que me contasteis de él, astuto como es, si lo buscara no tardaría en hallarlo ...

 

      -Temo que precisamente eso podría suceder. Uno pensaría que no es tan sencillo: Andrusia es muy vasta. Sería como buscar una aguja en un pajar. Pero nuestras tropas, tan habituadas al sigilo y el disfraz si no estaban de armadura, le temían. Al parecer tenía un raro olfato que le permitía identificar a nuestros hombres aun cuando éstos no lucieran como Caballeros. Eso estuvo a punto de perdernos... Eso, y su maldita, endiablada red de espionaje, por supuesto.

      -Tal vez la cosa se solucionaría averiguando dónde se encuentra el hombre que lo derribó, y enviando a El Toro a la otra punta del mapa.

 

      -Buena idea, pero por el momento imposible de llevar a la práctica: no sé quién fue el que lo bajó de la montura. Se lo he preguntado por carta a Benjamin Ben Jakob, pero no contestó. No haremos otra cosa: pretextando la experiencia del señor de Orimor en este tipo de operaciones, le encargaremos el exterminio de los Lanskveisunger. Es una tarea necesaria, y tendrá a Miguel de Orimor de aquí para allá, sin deternerse mucho en ningún lado. No creo que Tancredo de Cernes Mortes o el mismo Miguel de Orimor pongan reparos, si se les mete en la cabeza que se trata de una importante misión que él y sólo él puede llevar a buen término... Lo que por otra parte es bastante cierto: sí que tuvo a maltraer a nuestros hombres cuando estaba encargado de acabar con ellos.

 

      -Con todo respeto, señor, no sé si es prudente. Tenerlo recorriendo toda Andrusia le permitiría husmear en más lugares en busca del que lo hizo caer del caballo.

 

       -No, no, Maarten. Sí, tal vez lo vería cara a cara, pero no tendría tiempo para descubrir de quién se trata. Admito que en unos pocos lugares adonde sólo hay un Caballero a cargo de la defensa local, Miguel de Orimor tendría menos  opciones, caso por ejemplo de Balduino de Rabenland en Freyrstrande, ya que de él hablánamos; pero ni a nosotros, con toda nuestra consabida suerte negra, podría ocurrirnos que justo alguno de esos Caballeros solitarios fuese el que  tiró de la montura a El Toro Bramador de Vultalia. Además, después de todo, nunca llegó a verle el rostro; ¡improba tarea sería tratar de identificarlo!

 

      Maarten Sygfriedson no quiso discutir; pero por lo que sabía, Miguel de Orimor era de esas personas para las que nada es suficientemente difícil. Por algo había sido tan temido: la Orden del Viento Negro había estado a punto de sucumbir a sus trampas y ataques.

 

      -¿De veras Kehlensneiter está en libertad? Porque la información de que dispongo dice otra cosa-dijo de repente Thorstein Ejyolvson, preocupado.

 

      -Así parece, señor. Yo repito lo que dijo aquel mensajero que pasó por Fristrande.

 

      -Y para empezar, ¿cómo que Fristrande? Tenía entendido que el lugar se llama Freyrstrande.

 

       Maarten Sygfriedson vaciló. Recordaba que el topónimo también en Drakenstadt había suscitado debates, pero a esta altura de los hechos no recordaba bajo cuál forma lo había oído nombrar por vez primera.

 

      -Casi todos lo llaman Fristrande-respondió.

 

      -Bueno, Fristrande ha de ser-gruñó Thorstein Eyjolvson-. La cosa es así: según Balduino de Rabenland, cierto vasallo del Conde Arn de Thorshavok, un cierto Einar, puso bajo su mando a Sundeneschrackt y casi todo lo que queda de la hueste pirata de éste para que lo ayudasen a organizar la defensa de Fristrande. Ese era el pretexto; veladamente, Balduino da a entender que se pretendía traerle complicaciones. Al parecer se las ingenio para ganarse a los Kveisunger, sin embargo. Me envió sucesivos mensajes en los que me pedía que lo ayudara a liberar de las mazmorras de Kvissensborg a un tal TorianTarian Turian, no recuerdo bien el nombre y el apellido menos todavía. Se trata, supuestamente, de alguien a quien se condenó siendo inocente. Le envié varias respuestas, pero da la impresión de que varias de ellas no llegaron al destinatario... Obra sin duda de ataques de grifos o de Landskveisunger. No tuve tiempo de ayudarlo como él me requería, aunque reconozco que también me hubieran paralizado los escrúpulos, ya que el prisionero en cuestión era aparentemente un antiguo y muy joven secuaz de Sundeneschrackt. Más tarde recibí otra misiva suya en la que, entre otras cosas, decía ya no necesitar mi ayuda: él solo se ocuparía del asunto. Pero decía también otras cosas más alarmantes. Hablaba de una fuga de Kvissensborg, de que liberaría a Kehlensneiter y a otro antiguo Kveisung además de  a aquel otro muchacho que, según él, era inocente...

 

      -¿Se volvió loco, o qué?-preguntó Maarten Sygfriedson.

 

      -¡Si yo supiera, Maarten, si yo supiera!... De todos modos, y aunque le escribí prohibiéndole liberar a nadie que no fuera probadamente inocente, no recibí respuesta; y si de verdad Kehlensneiter está suelto, tal vez  Balduino de Rabenland haya desobedecido mis órdenes, en cuyo caso se le vendrá encima una tormenta que ni él mismo imagina.

 

      -Bueno... Pensándolo bien, señor, y más allá de la desobediencia de este tal Balduino... Parece ser que estos Kveisunger lo respetan y le obedecen. No dan la impresión de ser peligrosos para nosotros, aunque lo hayan sido en el pasado.

 

      -Quién sabe, Maarten. Cabe la posibilidad de que el propio Balduino de Rabenland sea para nosotros un peligro, y uno mayor del que imaginamos. No me cayó bien cuando lo conocí. Era soberbio y estaba lleno de sueños ambiciosos y delirantes. En parte me dio pena, o tal vez lástima; pero indudablemente alguien así puede convertirse en una grave amenaza. ¿Qué sabemos si no proyecta usar a esos Kveisunger en su propio beneficio? Tiene reconocidas habilidades y desafortunados sueños de gloria; si bien por carta parece mucho más humilde. Puede que esté fingiendo... En fin, como sea, es preciso asegurarse de que no se vuelva un problema. No me gusta nada eso de que me haya desobedecido en lo tocante a Kehlensneiter. La verdad, muy pocas cosas me gustan en este momento... Y menos que nada, que los Wurms estén tan inusualmente calmos.

 

      Thorstein Eyjolvson se puso de pie y Maarten Sygfriedson hizo otro tanto. Ante aquel muchacho calvo y alto como una torre, el Gran Maestre se sentía un enano, pese a que él mismo tenía una estatura cuando menos normal. Dunnarswrad era todavía más alto y mucho más corpulento; Thorstein Eyjolvson recordaba que estar junto a él era casi desaparecer.

 

      -Piensa en la oferta que te hice-dijo-. Me allanarías muchas dificultades aceptando el cargo.

 

      -Señor, no me sentiría cómodo dirigiendo la Orden; pero os debo demasiado para no aceptar en condiciones normales, sólo por el deseo de ayudaros-respondió Maarten-. Lo que ocurre es que algo en mi vida ha cambiado-hizo una pausa, algo incomodado, y agregó:-. He encontrado una compañera. Alguien que me quiere.

 

      Thorstein Eyjolvson se sintió sorprendido. Maarten era bastante feo y nadie, él mismo en primer lugar, lo hubiera imaginado yaciendo más que con rameras. El joven, solitario por crueles dictámenes del destino e íntimamente afligido por su condición de tal, siempre había fingido que no le importaba; pero nadie creía de verdad en su disimulo.

 

      Por un  instante, en la mente de Eyjolvson se desvanecieron la guerra y la política, y quedó solo la felicidad silenciosa de aquel muchacho que ya no estaba solo.

 

      -Me alegro mucho por ti, Maarten-dijo, sonriendo con sinceridad-. De veras que me alegro.

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Published by EKELEDUDU
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