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26 abril 2010 1 26 /04 /abril /2010 19:05

      La enorme cabeza de Dunnarswrad descansaba sobre su hipermusculoso brazo izquierdo. Si por lo general sus facciones recordaban las de un monstruo malo -y de hecho se decía de él que tenía sangre de ogro en sus venas-, ahora ese monstruo malo parecía además extramadamente irritado. Sentado a la mesa que empequeñecía bajo la sombra de tal coloso, tamborileaba los dedos de su diestra contra la tabla.

 

       -¡Mierda!-rugió-. ¿No atienden nunca en esta puta taberna?

 

      Ignacio de Aralusia, sentado frente a él, pegó un respingo ante este horrendo y blasfemo vocabulario. El era todo un príncipe, correctamente educado, amantes de la música, la poesía y las artes en general; que una grave crisis como la guerra contra los Wurms lo urgiera a despertar su costado guerrero y que ese costado guerrero por el momento mantuviera muy en alto su honor, era otra cosa por completo distinta.

 

      -Hreithmar, por Dios, cálmate, que esto no es el cuartel ni el tabernero es uno de los muchachos del Leitz Korp-imploró en susurros, lleno de vergüenza ajena, mientras dos o tres cabezas se volvían hacia el gigante. No la del tabernero, claro. Tal vez la única razón de Dunnarswrad para no degollarlo a él y a otros taberneros fuera que los necesitaba vivos para que se ocuparan de que hubiera siempre disponibles vino, aquavit y otras bebidas pero, aun así, era una excelente razón. Por lo tanto, el propietario podía tomarse impunemente el tiempo que fuera necesario para atender en su debido orden a toda la clientela.

 

       Y la verdad era que su demora era comprensible, porque el lugar estaba abarrotado de gente, mayormente Caballeros y soldados que venían a distraerse un poco. Grupos de lo más heterogéneos jugaban aquí y allá a las cartas o a los dados, acusándose mutuamente de hacer trampas y sin parar de beber ni de reír; las rameras se paseaban entre las mesas ofreciendo su comercio carnal, que algunos aceptaban.

 

      A este sitio había Dunnarswrad prácticamente arrastrado a Ignacio de Aralusia, quien se  sentía muy fuera de lugar en semejante ambiente y no sabía con qué pretexto huir. Así es la mayoría de la gente: siempre busca excusas tras las que ampararse o justificarse, en vez de esgrimir las verdaderas y válidas razones.

 

      -Podría estar haciendo algo útil-murmuró-. Podría estar buscando a ese tal Hodbrod Christianson que tanto está dando que hablar en el Zodarsweick.

 

      -Enanito, relájate al menos por una noche. Divirtamonos antes de que vuelvan los Wurms-contestó Dunnarswrad sonriendo con ironía.

 

      He ahí el problema: Dunnarswrad e Ignacio eran una pareja muy despareja, y lo que para Dunnarswrad era diversión, Ignacio lo veía como pasatismo y vulgaridad. A través de su común amigo Maarten Sygfriedson, habían aprendido a respetarse y apreciarse, pero pretender que compartieran algo más era demasiado. Esto Ignacio lo tenía muy claro, mas no Dunnarswrad. A juicio de éste, Ignacio se estaba perdiendo de cosas formidables, de lo mejor que tenía la vida: borracheras, pujtas, pendencias... Había que remediar eso.

 

      Lo peor era que, ahora que Maarten no estaba con ellos (se hallaba en Ramtala, llamado por el señor Thorstein Eyjolvson, pero de todos modos ya no pasaba tanto tiempo con sus amigos ahora que estaba enamorado y era correspondido) las diferencias entre ambos tendían a pronunciarse. Los silencios entre los dos eran cada vez más largos y más incómodos; las conversaciones, más forzadas. Ignacio habría preferido estar tañendo un laúd o un arpa e intercambiar melodías con los juglares del Duque Olav; Dunnarswrad se habría sentido más a gusto en compañía de alguien como el ahora difunto Príncipe Gudjon, un gigantón mucho más apuesto que él pero no menos tosco y primitivo.

 

      -Demasiados guerreros... No me gusta este lugar, Hod.

 

       De aquella frase, venida de quién sabía qué dirección, Ignacio captó sólo la última palabra, pero basto para hacerlo pegar un respingo. Se puso de pie, mirando hacia todas direcciones.

 

      -¿Y ahora qué pasa?-preguntó Dunnarswrad, intrigado.

 

      -Alguien dijo Hod, estoy seguro-murmuró Ignacio-. ¡Hodbrod Christianson está aquí, frente a nuestras narices!

 

        -Ignacio, él no es el único Hod que hay en Drakenstadt. ¿Por qué no te calmas un poco? ¿De veras piensas que Hodbrod Christianson se animaría a venir aquí, donde hay tantos de nosotros?

 

      Ignacio meditó las palabras de Dunnarswrad. Sí, tenía algo de razón: nadie imaginaría a un proscrito como Hodbrod Christianson en aquella taberna atestada de gente armada y dispuesta a darle caza. Sin embargo, de todos los presentes, con suerte uno o dos estaban lo bastante familiarizados con su rostro, si bien se contaba con una descipción física bastante llamativa de su persona. Por añadidura, casi nadie estaba atento a lo que pasaba a su alrededor; de modo que a Ignacio no le parecía imposible que Hodbrod Christianson hubiera decidido ocultarse en aquel sitio adonde nadie habría pensado encontrarlo... Como realmente ocurría.

 

       En efecto, dos adolescentes, que bien podían ser miembros del Leitz Korp de civil, se movían entre la gente, que no les prestaba atención. Uno de ellos acababa de mandarse una metida de pata al hablar demasiado alto y llamar a su líder por el diminutivo de su nombre; y aun sin saber que Ignacio lo había escuchado, el instinto les advertía que corrían peligro, pese a lo cual charlaban locuazmente y sonreían con muy poca sinceridad, en un intento por parecer serenos y no despertar sospechas.

 

      Finalmente se sentaron en la primera mesa que hallaron libre, luego de que un par de soldados se pusieran de pie para retirarse.

 

      -¿Todo bien?-susurró Hodbrod Christianson a su compañero. Este ya ni fingía sonreír, y Hodbrod Christianson tampoco pudo ya ocultar su preocupación, aunque lo inquietaba más el nerviosismo de su cómplice que cualquier otra cosa.

 

      -El Caballero que estaba sentado junto a Dunnarswrad se paró y mira mucho hacia aquí. Se dio cuenta, estoy seguro. Tenemos que largarnos.

 

      -¡No seas idiota!-exclamó Hodbrod, irritado ante el tono plañidero de la última frase de su secuaz, capaz de ponerlos en evidencia-. Sólo puede verme la espalda, y tu cara es menos conocida que la mía, Gylv. No hagamos estupideces, que a una orden suya nos detendrán o nos matarán antes de que alcancemos la puerta... Eso sí, si viene para acá, lo matamos y nos vamos corriendo como alma que se lleva el Diablo. Con un poco de suerte, en la confusión que siga tendremos tiempo de huir.

 

      Ignacio miraba a los dos adolescentes. Uno de ellos lo observaba con miedo, y esto era sospechoso, pero no probaba nada; de tratarse de uno de los chicos del Leitz Korp, tal vez no lo mirara realmente a él sino a Hreithmar, a quien algunos aún temían sobremanera. pero deseaba que el que estaba de espaldas se volviese, porque aquella melena tupida y pajiza podía pertenecer a cualquier persona, pero Hodbrod Christianson era muy reconocible por su nariz, que tenía el tabique partido a causa de alguna vieja riña callejera, y por una cicatriz que partiendo de la comisura izquierda del labio inferior, bajaba hasta el mentón y volvía a subir circundando el rostro hasta casi llegar al nacimiento de la oreja.

 

       -No sigas mirándolo, o sospechará más-aconsejó Hodbrod a su cómplice-. Mírame a mí. Pon cara de sorpresa. Ahora sonríe, como si te estuviera diciendo algo gracioso.

 

      Los ojos brunos de Hod traspasaban a su compañero, sometiéndolo a su voluntad y guiándolo como un titiritero a su marioneta.

 

       -Dime, para el caso de que fuera necesario huir, qué tan despejado tenemos el camino hacia la salida-continuó.

 

      El otro muchacho miró en la dirección indicada y empalideció de espanto.

 

      -¡Dios!...-exclamó; y añadió a continuación, en un hilillo de voz:-. Está entrando uno de los que venía persiguiéndonos... ¡El pelirrojo tuerto!

 

      -Gylv, ¿quieres calmarte de una buena vez?-se impacientó Hod-. Tal vez no tenga la menor idea de que estamos aquí. Tranquilo. Además, a ese tipo no lo quiere nadie, o casi nadie: es el hermano del que soltó a Sundeneshrackt y su banda, dicen. Eso le dará otras cosas de qué preocuparse.

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Published by EKELEDUDU
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