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26 abril 2010 1 26 /04 /abril /2010 20:05

      Edgardo de Rabenland sabía, desde antes de ingresar en la taberna, que no sería muy cordialmente bienvenido allí; pero él tenía la garganta seca y su turno había concluido, por lo que entró con aire muy digno y sin mirar especialmente a nadie.

 

      Apenas había avanzado unos pasos, que aquí y allá se oyeron graznidos parodiados y comentarios venenosos, la mayoría provenientes de hombres nacidos de Drakenstadt, aunque algunos otros les hacían coro. El eco deformado de lo que sucedía en Freyrstrande repercutía en Edgardo como si éste, y no Balduino, hubiera afrentado a Drakenstadt codeándose con los piratas que años atrás habían saqueado la ciudad o bautizando a un perro con el nombre de uno de sus máximos héroes. Casi nadie le hablaba si no era estrictamente necesario; y Edgardo, sociable por naturaleza, sufría por ello. Pero tenía la certeza de que la Providencia lo estaba poniendo a prueba. En su infancia, muchas veces se había plegado a los escarnios con que sus amigos hostigaban a Balduino. lo había hecho para gozar de la aceptación de ellos. El resultado: se había quedado sin hermano y sin amigos. Al primero no lo había vuelto a ver; los segundos no valían la pena.

 

       Las cosas que oía acerca de Balduino lo inquietaban un poco. No podía defenderlo a capa y espada, porque no sabiendo qué había hecho él de su vida durante aquellos años, ni cuánto de cierto había en las villanías que se le imputaban; pero era sangre de su sangre, y se resistía a lapidarlo sin averiguar bien primero cómo eran las cosas, ni quería renegar de él sin antes cerciorarse de que hubiera fundamento para ello. Mas el precio de no repudiar a su hermano era su propia caída en desgracia.

 

      Tal era su situación anímica aquella noche de octubre de 959, mientras avanzaba entre las mesas de la taberna, a la luz trepidante e insuficiente de las antorchas, que iluminaban mal su rostro. El lado derecho y todo el mentón estaban surcados de cicatrices, en tanto que el ojo correspondiente había perdido la visión, consecuencia todo ello de un baño de brea de Talorcan el Jarlwurm sobre aquellas zonas de su semblante.

 

      El ocio sentaba mal a los guerreros. los Wurms los dejaban en paz por el momento, y esto hacía que buscaran otras cosas en qué ocupar el tiempo. Hostigar a un indeseable eraun entretenimiento como cualquier otro, y al parecer así lo decidió uno de aquellos hombres, que se incorporó con la intención de interponerse en el camino de Edgardo y mostrarse insolente con él; pero se le adelantó Ignacio de Aralusia, quien en cuanto lo vio fue a su encuentro.

 

      -Quedaríamos muy honrados, señor, si os sentarais a nuestra mesa-dijo con mucha amabilidad, haciendo una inclinación de cabeza.

 

        No estaba de acuerdo con el trato que se dispensaba a Edgardo, y consideraba que su deber, como líder, era tratar de ponerle fin con el propio ejemplo, especialmente ahora que Edgardo había sido ascendido a la oficialidad. De ahí que se mostrara tan ceremonioso frente a todas aquellas personas, aunque en privado ambos se tuteasen.

 

        Lo malo era que Dunnarswrad no estaba de acuerdo con que Edgardo se les uniera, y miraba como queriendo matar tanto a Edgardo como a Ignacio. Pero como tampoco Edgardo sentía la menor simpatía por Dunnarswrad, contestó:

 

      -Os agradezco, señor; pero mejor en otra ocasión.

 

       -Insisto. Por favor-dijo Ignacio.

 

        Era difícil resistirse a tanta gentileza, aunque la consecuencia fuera tener que sufrir al monstruo malvado. Edgardo asintió y lo siguió, de mala gana, hasta la mesa adonde aguardaba Dunnarswrad, con quien se miraron con algo más parecido a exhibiciones de amenazantes dientes que a sonrisas. Alrededor, muchos observaban la escena como buitres que aguardan la carroña, aunque otros habían vuelto a lo que hacían antes de la llegada de Edgardo.

 

      -Se sentaron con Dunnarswrad. Los dos-explicó en voz baja Gylv a Hodbrod Christianson.

 

      -Bueno, nos quedamos un poco más y luego hacemos como que nos hartamos de esperar a que nos atiendan, y nos vamos-dijo Hodbrod en el mismo tono-. Este lugar se está poniendo insalubre para nosotros.

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Published by EKELEDUDU
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