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27 abril 2010 2 27 /04 /abril /2010 16:04

 

      Entre tanto, muchas leguas al Este de Drakenstadt, Balduino había llegado a enterarse, con cierta preocupación, de que hacía tiempo que los Wurms no daban señales de vida en Andrusia Occidental. Esto era algo acorde con la conducta típica de aquellos monstruos, y su aparente retirada, hasta el momento, no estaba durando más ni menos que las anteriores; pero por alguna razón (quizás porque los defensores anhelaban que se marchasen definitivamente) se la pregonó mucho. En consecuencia, Balduino comenzó a temer que los Wurms hubiesen abandonado de veras Andrusia Occidental, y estuvieran camino hacia el Este, en cuyo caso no podía descartarse que arribaran a Freyrstrande.

 

      Reservó sus temores para sí mismo, pero aceleró los trabajos tanto como pudo (muy poco), duplicó los simulacros de invasión y endureció los entrenamientos, de modo que todos sospecharon la posible inminencia de un desastre.

 

      Freyrstrande no estaba todavía ni remotamente preparada para resistir con eficacia un ataque Wurm. Balduino no confiaba en la superioridad numérica pero, en caso de emergencia, un gran número de hombres serviría en el peor de los casos a modo de forraje para los reptiles, que de momento no seguirían internándose en el continente. Por ello era necesario conseguir algún tipo de refuerzo de algún sítio; y conferme a previas conversaciones con Oivind, lo halló en los muelles de Vallasköpping, adonde la interrupción de la nevegación de cabotaje había dejado ociosos a muchos jóvenes mozos de cuerda. No se trataba exactamente de ladrones ni de rateros pero, aun así, no se los consideraba buenos elementos. Bravucones y pendencieros, reñían entre sí y con los podres transeúntes que tenían la desgracia de ponérseles cerca.

 

      Con gran astucia y magnífico descaro, Balduino acompañó a Oivind a los muelles de Vallasköpping, congregó a muchos jóvenes perdonavidas y les habló con palabras que mezclaban adulación, desafío y una respuesta a sus apremios económicos. No cabía duda, dijo, que eran muchachos recios y duros; pero ¿qué tan duros? ¿Resistirían el exigente entrenamiento de los soldados? Los mozos menearon la cabeza ante la propuesta: no les interesaba servir al Reino ni a nadie más que a sí mismos. Además, los soldados y otros hombres de armas se la pasaban molestándolos, de modo que ¿por qué querrían tener algo que ver con ellos? Sonrisa burlona de Balduino: ¿de veras eran ésos los motivos? ¿O sería que tenían miedo de Sundeneschrackt y sus Kveisunger, que en determinados días se harían cargo de entrenar a aquellos que  aceptaran?... No agradaba a aquellos chicos ser tildados de miedosos y, como se tenían por muy malos y muy machos, pensaban que tener cierta relación con El Terror de los Estrechos incrementaría su prestigio. Sumado a ello que recibirían una paga regular que estaban necesitando, unos cuantos aceptaron allí mismo, mientras que otros llegaron más tarde a Kvissensborg, por tandas; y a medida que la noticia se fue extendiendo, los imitaron otros jóvenes en similar saituación económica, provenientes de otros puertos.

 

      Para su desgracia, aquellos adolescentes resultaron no ser ni la mitad de duros de lo que creían. El hielo de las pupilas azules de Hildert Karstenson los conmovía sólo a medias, pero el fulgor verde y cruel de los ojos de Honney era demasiado para ellos, y ante Ulvgang o Thorvald casi ni a pestañear sin permiso se atrevían. Honney era particularmente maligno con ellos; a uno o dos especialmente guapos solía mirarlos con horrible lascivia, del mismo modo que, meses atrás, lo había hecho con Anders; de manera que los desdichados se sentían como si el siniestro Kveisung los hubiera ya violado y se dispusiera a asesinarlos.

 

      A Anders, que tenía más o menos la edad de ellos, lo idolatraban. El desvergonzado había encontrado la forma de presumir sin hacer aspavientos, simplemente mostrándose mucho junto a los Kveisunger. Los jóvenes reclutas, que se espeluznaban cuando Honney, Andrusier o el mismo Ulvgang estaban cerca de ellos, admiraban el aplomo de Anders al tratar con tan célebres y temibles piratas, y lo tenían por temerario al verlo tan confianzudo con individuos de tal reputación.

 

       Al principio los Kveisunger lo dejaron hacer, hasta que la cosa se pasó de la raya; porque en su afán de hacerse notar, Anders comenzaba a ser irrespetuoso, cosa que nunca había sido hasta ese momento. Por lo tanto, en una ocasión en que Honney adiestraba a aquellos muchachos y Anders, al paso, le dio unas palmaditas en las nalgas, el Kveisung se volvió hacia él con mirada escalofriante.

 

      -Vuelve a hacerme eso, grumete, y tendrás que pedirle a Herminia que te cosa la cabeza al cuello-dijo con voz lúgubre.

 

      Anders fingió tomarlo a broma y soltó una risita tonta, pero comprendió cuán en serio era la advertencia, y se le puso la piel de gallina. Nunca más volvió a extralimitarse con Honney ni con ningún otro. De todos modos, el incidente despertó aun más admiración hacia Anders, ya que si los muchachos necesitaban alguna prueba de la peligrosidad de Honney, ahora tenían al menos un nuevo e insinuado indicio. Qué duda cabía, Anders era un valiente como era difícil hallar otro...

 

      De cualquier forma, ahora estaba parcialmente solucionado el problema de la escasez de hombres en Kvissensborg, originado por el famoso motín. Por desgracia, la inexperiencia de aquellos muchachos por el momento no los hacía aptos para contener una evasión masiva y las mazmorras estaban repletas, ya que allí habían ido a parar los amotinados sobrevivientes. Balduino escribió a diversas autoridades ofreciendo galeotes, pero sin muchas esperanzas de vaciar las cárceles de Kvissensborg, ya que los remeros eran innecesarios en estos tiempos en que casi nadie navegaba.

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Published by EKELEDUDU
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