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26 abril 2010 1 26 /04 /abril /2010 22:58

      Tal probablemente el joven que en aquella taberna despertara las sospechas de Ignacio de Aralusia, a quien daba la espalda, y de cuyos movimientos se mantenía al tanto gracias a Gylv, el cómplice con quien compartía la mesa.

 

      -Están discutiendo... Los tres... Dunnarswrad y el pelirrojo tuerto se miran como si fueran a morderse...

 

      -Entonces deben habernos olvidado. Perfecto. Es momento de irnos-murmuró Hodbrod, levántándose; en lo que de inmediato lo imitó Gylv.

 

      La mujer del tabernero, tras evaluar que Dunnarswrad y Edgardo de Rabenland estaban muy ocupados en decirse de todo ante la mirada atónita y consternada de Ignacio de Aralusia y que, por lo tanto, quizás no fuera momento adecuado para preguntarles qué iban a servirse, se acercaba a Hodbrod y su secuaz.

 

       -No, gracias, linda-dijo este último-. Ya nos cansamos de esperar-y le dio una palmadita en las nalgas, para horror de Hodbrod Christianson y extrañeza de la propia mujer.

 

      Cuando aquélla hubo quedado atrás, mirando a ambos con recelo, preguntó Hodbrod, en un murmullo:

 

       -¿Qué haces, idiota? ¿Quieres hacerte notar, o qué?

 

       -¡Ah, vamos, Hod!-susurró el otro-. Todos los soldados hacen esas cosas.

 

      -Sí, imbécil, ¡pero no los del Leitz Korp!... Esos son campesinitos tímidos que se cagan encima nada más de ver a Dunnarswrad, no son tan atrevidos como para tocarle el culo a una mujer que no les dio confianza para ello. Para la próxima vez, si es que la hay, recuerda-se volvió hacia su cómplice, sin dejar de caminar-: somos del Leitz Korp... y no nos dedicamos a tocar traseros de hembr... de mujeres-y en ese momento chocó con alguien-. Oh, perdón-se disculpó; y entonces, confuso y aterrado, advirtió que el hombre a quien acababa de atropellar se apoderaba de él y lo llevaba consigo a la rastra. ¡Lo habían reconocido!

 

      Pero el que lo había capturado, un soldado, reía sin malicia.

 

      -Ah, estos chicos del Leitz Korp están tan verdes que me enternecen. Son un encanto-dijo, para alivio de Hodbrod y Gylv-. ¿De dónde sacaste que por ser del Leitz Korp, muchacho, no puedes ser tan hombre como todos los demás?... ¡Claro que puedes tocar traseros y tetas, que para eso los tienen las mujeres!... ¡Pero cambia esa cara de susto!...

 

      -Sí... Eh... Bueno-tartamudeó Hod, cohibido, esforzándose por sonar natural-. Nosotros... ya nos íbamos.

 

      El soldado soltó otra carcajada.

 

      -Sí que se acuestan temprano estos provincianitos-dijo-. Pero esta noche os quedaréis aquí los dos, que os vamos a enseñar lo que es la buena vida-y empujó a Hodbrod hacia unos cuantos de sus camaradas, que lo rodearon en círculo. 

 

      Hodbrod estaba cada vez más preocupado. Cualquier demora incrementaba el riesgo de ser descubierto.

 

      -No, lo siento-balbuceó-. Tengo que irme; mañana me levanto temprano, porque tengo guar...

 

      -¡Qué guardia ni qué guardia! ¡Ven acá!-exclamó otro soldado, entre risas.

 

      -¡Vamos a conseguirte un par de putas, para que las custodies toda la noche, la espada todo el tiempo entrando y saliendo de la vaina!-dijo un tercero.

 

      -¡Eh! ¡Dunnarswrad!-gritó otro más, volviéndose hacia el medio ogro-. ¡Exime de la guardia de mañana al chico! Parece que cree que lo quieres miedoso y castrado, vamos a demostrarle lo contrario.

 

      A Hodbrod el corazón se le había encogido de horror, pero Dunnarswrad  estaba demasiado ocupado gruñéndose con Edgardo de Rabenland; de modo que, con un gesto de su poderosa y temible manaza, dio a entender que hicieran lo que quisieran, pero que lo dejaran a él en paz.

 

       -Pero es que yo...-comenzó Hodbrod.

 

       Pero era inútil. Las tropas villanas de Drakenstadt eran muy protectoras con los cachorros de monstruo, como eran llamados a veces los jóvenes del Leitz Korp por hallarse bajo el ala de Dunnarswrad. Les encantaba arrastrarlos a sus parrandas y ayudarlos a curtirse; de modo que todo indicaba que no soltarían a Hod hasta fin de año cuando menos. Sin darle tiempo a terminar su última frase, lo aferraron por brazos y piernas; y a la cuenta de tres, lo hicieron volar por el aire una, dos, tres, cuatro, cinco veces... Pronto ya ni supo cuántas. De repente se detuvieron, pero no lo soltaron. Alguien le vació un jarro de cerveza en la cara.

 

      -¡Los machos beben, compañero!-oyó decir Hodbrod, mientras el líquido se le escurría a través del cuero cabelludo. Y entre un nuevo aluvión de risas, lo hicieron volar de nuevo por los aires unas cuantas veces más.

 

      Parecía que ya no había peligro, que en ese momento todos estaban demasiado ocupados con otras cosas para reconocerlo o siquiera acordarse de él. Y tal vez entonces Hodbrod, por aquellos días muy tenso, se permitió relajarse, fingirse a sí mismo que realmente era miembro del Leitz Korp al que se estaba sometiendo a una especie de iniciación. Quizás se dio cuenta entonces de que tres o cuatro nobles despectivos que lo miren a uno desdeñosamente desde lo alto del caballo no hacen un mundo; quizás se dio cuenta de que un mal día en que todos le tuerzan la cara no hace una eternidad. Y entonces probablemente se sintió feliz por el solo hecho de estar en paz, o porque casi se lo había forzado a integrarse a un grupo, nada menos que a él, que tanto sabía de exclusiones y tan poco de inclusiones... Y sin duda, en los días inmediatos iba a extrañar penosamente aquel breve fragmento de dicha.

 

      Edgardo de Rabenland y Dunnarswrad no parecían muy convencidos de deponer las armas; su áspera disputa se acrecentaba. Cuando por fin Ignacio logró tomar la palabra, ninguno de los otros dos quería escuchar posturas conciliatorias. Ignacio habló igual, pero ellos le prestaron escasa atención. Fue así que la mirada de Edgardo se desvió hacia el grupo de soldados que hacían volar por los aires al adolescente. Estaban un tanto alejados; sin embargo, petrificado casi de la sorpresa, Edgardo estuvo seguro de reconocer aquella misma cara que ese día se había cruzado tres veces en su camino, y que otras tantas había conseguido escapársele.

 

       Todavía hablaba Ignacio cuando, sin entender qué ocurría, vio incorporarse al pelirrojo, con aire torvo y movimientos felinos, acechantes. La espada de Edgardo salió de su vaina... Y de repente, toda duda desapareció de la mente del joven Caballero de la cara quemada.

 

      -¡HODBROD CHRISTIANSON!-gritó sin poder contenerse, indignado ante el supremo descaro de aquel ratón que osaba pasearse ante las narices de los gatos y danzarles ante sus mismos bigotes, y arruinando toda posibilidad de tomarlo por sorpresa.

 

      El alarido había sido terrible. Casi todo el salón se paralizó y, de hecho, durante un segundo nada se oyó, ni el vuelo de una mosca. nadie entendía qué estaba ocurriendo, excepto dos adolescentes que, tras aquel segundo de inmovilidad estatuaria, huyeron a toda la velocidad que les permitían sus piernas, y dos Caballeros, uno de melena rojiza y más de medio rostro quemado, y otro de mirada de poeta, los cuales salieron en pos de los primeros.

 

      -¡Haced algo, idiotas! ¡Se escapa!-bramó Edgardo de Rabenland.

 

      Hubo entonces algo de movimiento entre el resto de los presentes, pero muy poco. Tal vez no lograran reponerse de la sorpresa pero, como la mayoría eran hombres de Drakenstadt, también estaba la posibilidad de que se negaran a obedecer a Edgardo, quien por arrastre había caído en desgracia junto a su desconocido hermano Balduino.

 

      -¡Moveos, imbéciles!-bramó Dunnarswrad, dando el ejemplo; y esta vez todos se pusieron en marcha, sin duda aterrados por eventualmente tener que enfrentarse a la cólera del gigante.

 

        Se habían perdido instantes preciosos, la noche sin luna favorecía a los fugitivos y Hodbrod Christianson y sus muchachos se habían vuelto, en su mayoría, consumados maestros en el arte de la fuga. Sus persecutores se dividieron en grupos para darles caza, pero al cabecilla no se lo pudo hallar. El cómplice fue otra cosa. En algún momento, ambos se habían separado, y Gylv Helmson se topó a la vuelta de una esquina con una partida que los buscaba, a él y a su líder. Para desgracia de Ignacio, él estaba al mando de la partida y a él le tocó dar la orden que desató una implacable y tupida lluvia de flechas y otros proyectiles. Acribillado por ellos, Gylv cayó al suelo, asustado y acongojado.

 

      Los hombres de la partida lo rodearon en segundos; con ellos, de muy mala gana, venía también Ignacio de Aralusia. Tenía el presentimiento de que iba a presenciar algo triste y horrible; algo más apto para corazones duros de verdad que para el suyo.

 

       A la luz de las antorchas vio el cuerpo ensangrentado por cuyas heridas se esfumaba la vida. Eso era lo de menos. Ignacio había visto escenas mucho más terribles luchando contra los Wurms, y otras mucho peores en esas pesadillas que lo asaltaban a veces, en las que los monstruos resultaban vencedores y arrasaban Drakenstadt.

 

       Lo terrible era la angustia del moribundo: alguien que recién comenzaba a vivir, que había desperdiciado sus pocos años y que ahora, en la hora de su muerte, advertía qué enorme error había cometido. Miraba los rostros silenciosos en torno a él, y en cada uno de esos semblantes se sentía condenado a muerte en esta vida y al Infierno en la otra.

 

      Entonces sus ojos se cruzaron con los de Ignacio, y allí vio algo distinto: caridad, y una pena infinita.

 

      -Ayúdame-suplicó-. No quiero morir.

 

      Ignacio se despojó de su capa y se inclinó sobre el agonizante.

 

      -Pronto vendrá el médico-dijo-. Voy a quitarte las flechas. Te va a doler. Luego voy abrigarte para que no pases frío.

 

        Gylv supo tan bien como Ignacio, tal vez, que los médicos no vendrían, que no habían sido llamados, que incluso estando ahí nada habrían podido hacer; pero asintió y dejó que Ignacio le extrajera las flechas que sólo se habían hundido superficialmente. Otras quedaron donde estaban, pues quitarlas habría servido sólo para aumentar los sufrimientos de Gylv, aunque se les cortó la punta; y luego, en silencio, envolvió el cuerpo del agonizante en su capa.

 

        Menos de cinco minutos más tarde, el desdichado secuaz de Hodbrod Christianson entregaba su alma a Dios. Y un joven Caballero de alma de poeta, que no entendía por qué alguien que lo superaba en juventud estaba muerto y él, en cambio, vivo,  lo despedía como a un hermano o a un amigo, con un beso en la frente.  

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Published by EKELEDUDU
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