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27 abril 2010 2 27 /04 /abril /2010 00:06

      Dos días más tarde, Maarten Sygfriedson, ya de regreso en Drakenstadt, se enteró de aquel suceso en todos sus detalles. Desde el mismo, Edgardo de Rabenland y Hreithmar Dunnarswrad se detestaban más que antes: el primero reprochaba al gigante, con sólo algo de fundamento, que la manifiesta hostilidad que le profesaba, imitada por otros, hubiera provocado la inicial inacción que había bastado a Hodbrod Christianson para escapar. Dunnarswrad se defendía alegando, también con sólo algo de fundamento, que él había apoyado en la taberna la orden de Edgardo y que no tenía la culpa de que a éste se le obedeciera con renuencia.

 

      En cuanto a Ignacio de Aralusia, aparte de lo estrictamente necesario, no se dejaba ver ni conversaba con nadie desde aquella noche.

 

      Maarten reunió a Edgardo de Rabenland y a Dunnarswrad y los reprendió con dureza.

 

      -Nosotros somos oficiales; nos corresponde dar un ejemplo de unión y cooperación que pueda y deba ser imitado por nuestros subordinados-dijo-. Estar divididos no hará sino facilitar la victoria a los Wurms, nuestros enemigos. ¿Recordaís como el tal Leif Leifson, delirando en su lecho de muerte, dijo ver bandadas de cuervos sacándoles los ojos a los Wurms? Pues esos cuervos bien podríamos ser nosotros; no nos saquemos los ojos entre nosotros, compañeros.

 

      Muy a regañadientes, los otros dos tuvieron que darle la razón. Más tarde pidieron disculpas a Ignacio de Aralusia por su actitud y cuando, por la noche, ambos se reunieron en la taberna con Maarten y el propio Ignacio, parecían firmemente decididos a no romper la paz. El aralusiano, sin embargo, se mostraba sombrío y silencioso, y enseguida se dispuso a retirarse con alguna excusa; pero los demás lo retuvieron y le preguntaron qué ocurría.

 

       Entonces Ignacio narró los tristes detalles de la triste muerte de Gylv Helmson.

 

       -Era casi un niño y fue mi culpa que él terminara así. No debí ordenar que disparasen contra él, que además estaba desarmado-concluyó-. Jamás podré olvidar cómo me miró a los ojos, pidiéndome que lo ayudara.

 

       -Eres demasiado sensiblero-gruñó Dunnarswrad-. El terminó así porque eligió un mal camino, y un mal camino termina en un mal final; no porque tú ordenaste disperar, que fue lo correcto. Era casi un niño, dices; pero en el Zodarsweick  hay muchos jóvenes de su edad que no delinquen. Si él lo hizo fue, te repito, por elección suya. Y en cuanto a que estuviera indefenso, ¿qué importa?

 

       -Se supone que un Caballero no ataca a quien no puede defenderse, Hreithmar-explicó Maarten.

 

       -¿Por qué no? Christianson y sus secuaces no son muchachos, son víboras traicioneras. ¿Y acaso ellos, durante cierto tiempo, no apaleaban a gente indefensa antes de robarle cuanto podían?-replicó Dunnarswrad.

 

       -Mataron y se comieron a un montón de gente. Personas así no son redimibles-opinó Edgardo de Rabenland.

 

       -Si lo hicieron realmente, cosa di scutible-opinó Maarten-. Además, y que sepamos, todavía no mataron sino a otros peores que ellos.

 

       -¿Estamos seguros de que realmente Christianson y sus cómplices no son peores que todos ésos a los que mataron?-objetó Edgardo.

 

      -La verdad es que el papel de asesino de niños no me sienta. Podríamos ofrecer a Christianson y sus secuaces, con el consentimiento del Duque Olav, una amnistía...

 

      -Estás delirante-protestó Dunnarswrad.

 

      -La vida en el Zodarsweick es dura, Hreithmar.

 

      -Yo sobreviví allí sin caer en el crimen, Maarten.

 

      -Sí, pero tú eres distinto, más duro que nada que haya conocido. Casi nadie puede ser como tú. Nacer en el Zodarsweick equivale a ser un descastado; yo lo he sido sin ser de allí, y te aseguro que duele. Entiendo que esos muchachos deseen hacer daño, entiendo su rabia...

 

      -¡Daño a sus convecinos, que nada les hacen!... ¡Daño del que luego se aferran los bastardos de siempre para decir que los del Zodarsweick somos escoria y nada más! ¡Daño que es como un estandarte que nos identifica ante quienes nos desprecian!

 

      -Hagamos al menos el intento. Propongamos al Duque conceder un mes de plazo para que Christianson y sus chicos se presenten ante las autoridades, reciban el perdón y...

 

       -¡Un mes!-exclamó Edgardo de Rabenland-. Estás loco. Diez días, como mucho. Sigo creyendo que ni eso merecen esos desgraciados y que desaprovechamos una oportunidad única para atraparlos ahora que los Wurms nos dejan en paz. Cuando los reptiles nos ataquen de nuevo, ya no dispondremos de tiempo para atrapar a Hodbrod Christianson y su cáfila de inadaptados. Diez días, y recemos para luego tener tiempo de capturarlos, si rechazan la amnistía que se les ofrece.

 

       Era una idea sensata. Maarten consultó con la mirada al recalcitrante Dunnarswrad, quien permaneció un rato vacilante. La propuesta iba contra sus principios, pero le pesaba el papel de malvado que normalmente se le atribuía al pasar revista a sus palabras y acciones. Tal vez entonces ya se sentía solo y triste, aunque no lo confesara; sólo al final de la guerra aquella inmensa mole se permitiría derrumbarse a ojos vista.

 

      -Pero si en esos diez días no se presentan para ser amnistiados, cuando se los capture, que se pida para ellos pena de muerte-dijo-. Esa es la condición que exijo para apoyarte ante el Duque.

 

      -Pero si Christianson y los demás rechazan la amnistía, por favor no digas que ya nos lo habías advertido, y que fuimos unos in genuos al ofrecerles clemencia-intervino Ignacio de Aralusia-. Por favor.

 

      -No lo diremos, ¿verdad Hreithmar?-dijo Edgardo, mirando al interrogado, que meneó negativamente la cabeza-. Quedamos en que debemos mantenernos unidos contra los Wurms, ¿no?

 

       -Tal vez ya no vuelvan-sugirió Ignacio, esperanzado.

 

      -Ni lo sueñes. Tengo la impresión de que ni siquiera podemos decir que ha pasado lo peor-dijo Dunnarswrad, sombrío y pesimista-. No importa-añadió con una sonrisa cruel-. Allí estaremos esperándolos para arrancarles los ojos... Como cuervos. Luchemos-y colocó su enorme diestra en el centro de la mesa.

 

       -Venzamos-dijo Edgardo de Rabenland, colocando su propia diestra sobre aquella descomunal manaza, un segundo antes de que Maarten e Ignacio hicieran lo propio.

 

       Así nacía una extraña cofradía, cuyos miembros, pocos días más tarde, ya se llamarían a sí mismos Cuervos, y cuyo número de miembros iría variando con el correr del tiempo. Nunca desdeñaron a nadie que quisiera unírseles, pero años más tarde Ignacio de Aralusia escribiría que la mayoría de quienes se agregaron después resultaron decepcionantes en grado sumo. Los Cuervos bregaban más por la tolerancia que por la amistad, algo que muchos no pudieron entender. Querían mantenerse unidos aun cuando muchos de ellos se odiaran, y buscaban el bien común antes que el propio.

 

      Al término de la guerra contra los Wurms, muchos de los Cuervos habrían muerto intentando picotear los ojos de los gigantescos reptiles. Otros habrían abandonado la bandada transformados en rapaces águilas excesivamente orgullosas y solitarias y compitiendo entre sí para ver quién llegaba más alto. Y los restantes estarían demasiado malheridos física, psíquica y espiritualmente, y los horrores de la reciente guerra los acosarían sin cesar en sus pesadillas.

 

      Y entonces, según se verá a su tiempo, una ráfaga de aire soplaría desde Freyrstrande; un viento bienhechor que sanaría las heridas de los Cuervos, echándolos de nuevo a volar.

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Published by EKELEDUDU
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