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26 noviembre 2009 4 26 /11 /noviembre /2009 15:43

II

      Eyjolvson cruzó la campiña a todo galope. Conocedor de las tierras periféricas de Ramtala, eligió los caminos que le parecieron mejores para un encuentro con el Drake. Como éste seguramente vendría por aire y Thorstein deseaba hacerse ver por él, evitó las arboledas que pudieran mantenerlo oculto; pero, persuadido de que marchaba hacia su propia muerte, al menos quería darse a sí mismo una mínima oportunidad de sobrevivir. Había que tener en cuenta también que la bandera blanca no sería visible si de fondo el Drake tenía nieve, por lo que habría que agitarla contra algo que no fuera de color albo.

 

      Eligió finalmente, como punto de encuentro con la ciatura, la cumbre de un cerro muy bajo y erosionado, pero lo bastante alto para escudriñar desde él el horizonte y dominar un amplio sector con la mirada. La cima era rocosa y amensetada, y un afloramiento pedregoso en especial estaba libre de nieve. Poco más abajo empezaba el bosque, que luego se cerraba más y más. Si el reptil lo atacaba, el gran Maestre intentaría llegar allí y perderse en la espesura. Mejor sitio para aquella aventura no se podía pedir.

 

      Aún no había terminado Eyjolvson su ascenso cuando escuchó cuernos lejanos, provenientes de más al Sur. Vio un gran punto negro que se movía por los aires, y comprendió lo que sucedía: las aldeas cercanas comprendían que se acercaba el Drake, y llamaban para la defensa o, en última instancia, para la fuga.

 

      Afirmando la bandera blanca, Eyjolvson forzó la marcha, imbuido de pesimismo respecto a los resultados de su misión, pero resuelto a intentarlo a pesar de todo. Sólo deseaba que el Drake lo viera para, al menos, poder intentarlo.

 

      Fue como si fiera y jinete acudieran a una cita. El Gran Maestre del Viento Negro, al llegar al último tramo del ascenso, agitaba frenéticamente la bandera blanca, gritando como un réprobo en los Avernos, pues quería que el Drake, ya muy próximo, lo escuchara; y un fuerte viento fustigaba el cerro, de modo que era necesaria toda la energía de los pulmones y la potencia de la garganta para que su voz se impusiera sobre tal bramido. Thorstein no llevaba armadura, que en una fuga le resultaría más molesta que útil; pero lamentó no traer consigo el casco, que hubiera mantenido los cabellos aprisionados contra el cuero cabelludo, impidiendo que se le alborotasen y le entraran en los ojos. También comprendió que ninguna espada habría permanecido indisimulada bajo la capa soplando tales ráfagas, y este pensamiento lo felicitó por haber elegido los dictámenes de su conciencia y honor.

 

      Hubo en la cima un momento de susto, porque el Drake, viendo a Eyjolvson, quiso aterrizar en la cumbre, justo cuando Eyjolvson coincidía con él a lomos de su caballo; así que poco faltó para que el reptil volador, al aterrizar, aplastase al hombre y su cabalgadura. Tuvo que virar bruscamente y remontarse hacia arriba otra vez para evitar el desastre. El caballo estuvo a punto de desbocarse, y Thorstein necesitó de toda su autoridad sobre él para calmarlo. Pero de cualquier modo, lo logró, y el Drake aterrizó a su lado: un bello y enorme ejemplar, de cuerpo musculoso y extrañamente antropomorfo recubierto de escamas relucientes como esmeraldas, en el que destacaban un pico recio, córneo y curvo, y un par de ojos oblicuos, dos ranuras apenas, amarillos y carentes de pupila. Tenía largo cuello y no menos larga cola, y un par de magníficas, robustas alas membranosas, que le conferían un aspecto señorial y terrible.

 

      Ni bien terminó de controlar a su caballo, Thorstein Eyjolvson se volvió hacia el Drake, y sus ojos de color celeste lavado se abrieron como platos soperos, bajo los efectos de un enorme asombro, mientras sus tétricas sospechas previas se disipaban como niebla bajo el sol. Por un lado, porque el Drake no le era desconocido; por otro lado, porque un hombre de negra armadura de mallas metálicas venía montándolo, y Thorstein adivinaba quién era. Sintió sus propios nervios distenderse en la sonora carcajada que soltó. 

 

      -¡Méntor!-exclamó, dirigiéndose al Drake, mientras desmontaba e iba a su encuentro, confiadamente-. ¡No puedo creer que seas tú!... Me diste un susto mayúsculo, amigo.

 

      Vaciló en su interior, pensando si Méntor, después de tantos años, seguiría albergando sentimientos de lealtad y benevolencia hacia el género humano o si, por el contrario, venía a plegarse a los Wurms. El propio Thorstein no era el mismo que en su juventud, cuando él y el Drake se habían conocido.

 

      Pero Méntor inclinó respetuosamente su cerviz, y dijo con sonrisa amigable:

 

      -Hay algunas canas en tu cabello y arrugas en tu rostro...y en tu corazón, el mismo joven de dieciocho años, bondadoso, valiente y alocado al que conocí en los bosques de Penderwald.

 

      -El pobre joven que dices hace tiempo que no tiene tiempo de alocarse, Méntor-contestó Thorstein, devolviendo el gesto-. ¿Siempre he de verte con este bribón encima?-preguntó, guiñando un ojo y señalando al Caballero que jineteaba a Méntor-. Ahora que lleva armadura se ve más gallardo, ¿eh? Y pensar que yo mismo lo nombré Capitán.

 

      -Ajá. Teniendo en cuenta vuestros altos rangos, imagino que ya no os batís a puñetazos por la misma mujer; lo hacéis a punta de espada, ¿no?-preguntó Méntor, un tanto burlón.

 

      Thorstein se llevó una mano a la cabeza y se puso colorado, pero sonrió.

 

      -Qué necesidad tenías de recordarnos aquello-gimió con suavidad-. Eramos jóvenes y tontos, y teníamos los calzones en llamas. ¿Qué se podía esperar?...

 

      -Si de veras teníais en llamas los calzones-continuó Méntor, en el mismo impecable tono burlón-, no logro entender por qué ambos os batisteis en retirada al mismo tiempo, sin que espada alguna hallase su vaina.

 

      Thorstein se puso aún más colorado.

 

      -Demasiadas espadas para pocas vainas, Méntor, lo sabes tan bien como yo. Vamos, llevamos diecisiete o dieciocho años sin vernos tú y yo, de modo que, ¿qué tal si paras de recordarme todo aquello?... Y tú-añadió, dirigiéndose al hombre subido a lomos del Drake-, ¡quítate de una vez por todas ese maldito casco, que quiero verte tan colorado como yo lo estoy!...

 

      -Excusadme, príncipe-replicó el otro, obedeciendo.

 

      -Excusas aceptadas, Capitán. Vos siempre tan formal. Disculpad que, maquinalmente, os tuteara. Aunque paradójicamente mi sangre noble, que siempre os impidió tutearme, en su momento no fue obstáculo para hartarme a trompadas, haciendo que de ella se derramara bastante...

 

      -Villanías juveniles. Vos tenéis que entender-contestó el otro hombre, riendo-. Si hubiésemos sabido... ¿verdad?

 

      -Jamás entenderé por qué-respondió Eyjolvson, haciendo exagerados y bufonescos gestos de extrañeza-: todos íbamos tras la Doncella: el señor de Knummerkamp, Gotardo, Sturla, Gudjon, vos y yo mismos... Y depente,  ¡todos pusimos pies en polvorosa... ¿por qué sería?

 

      -Sorpresas que uno se lleva-repuso el hombre que montaba a Méntor.

 

      Era un individuo de más o menos la misma edad de Eyjolvson, barbado, de largo cabello negroazulado y mirada extrañamente magnética y penetrante. Daba la  engañosa impresión de que dicha mirada, que invitaba a la confianza, era capaz de sondear hasta los rincones más oscuros del espíritu humano.

 

      Dagoberto de Mortissend, que de él se trataba, era ahora uno de los pilares más firmes y resistentes de la Orden de los Caballeros del Viento Negro. El y Thorstein Eyjolvson se habían conocido alrededor de dieciocho años atrás, cuando ambos eran adolescentes, poco después de la erupción del Monte Desolación: un volcán de Nemorea despertado violentamente tras décadas, quizás siglos de sueño, provocando ruina en inmensas regiones. Unos habían culpado de la catástrofe a las brujas; otros decían que era un castigo de Dios por tolerar a los herejes, entonces particularmente abundantes en Nemorea y sus baronías limítrofes. Y entonces, defendiendo a punta de espada y de lanza a inocentes a los que se hacía pasar por culpables, aparecieron unos jinetes de armadura negra, con capas con un halcón bicéfalo bordado en ellas en hilo escarlata...

 

      Los Caballeros del Viento Negro todavía eran entonces  casi desconocidos en el Reino, y en nemorea fue aquélla la primera vez que se hicieron ver. Su lúgubre atuendo inspiró miedo al principio, y parte de los poderosos de Nemorea y su periferia sugirieron que los extraños jinetes salían del Infierno, por las noches sobre todo, para proteger a los adeptos del Diablo. Unos habrían recibido la noticia con simple curiosidad y otros quizás con indiferencia, de no mediar el hecho de que, según se decía,  comandaba la reducida hueste una joven bellísima y seductora pero extremadamente cruel, conocida como la Doncella de los Infiernos.

 

      La idea de una especie de valquiria bella y malvada, al estilo de Grimhild Gullinhorn, la insensible Mujer de Hierro que tan despiadadamente quebrantara la voluntad del valeroso Federico II, resultaba irresistible para muchos hombres, que de inmediato se consumieron en alocadas fantasías en las que su atractivo personal doblegaba a la aparentemente inconmovible Doncella.

 

      Por aquel entonces, Dagoberto de Mortissend, joven hijo de una bruja, recorría mundo en busca de aventuras y conocimientos; y se hallaba en Nemorea cuando el tremendo estallido del Monte Desolación. Ni bien supo de la Doncella, quedó como traspasado por una espada. No salieron mejor librados Thorstein Eyjolvson y sus amigos, llegados a Nemorea en respuesta a una petición de auxilio. Hubo celos y algunos puñetazos aquí y otros más allá, pero la dramática situación provocada por el estallido del Monte Desolación mantuvo solidarizados, en general, a quienes las pasiones intentaban separar. Y extinguido el fuego de la lujuria, ingresaron en la Orden nuevos miembros que luego resultarían esenciales, como Thorstein Eyjolvson y Dagoberto de Mortissend; y los Caballeros del Viento Negro superaron la prueba fortalecidos, igual que el acero tras su paso por la fragua.

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Published by EKELEDUDU
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