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16 diciembre 2009 3 16 /12 /diciembre /2009 17:06

II

      Anders tenía una pésima noche. Primero no había podido dormir, atenazado por el temor a ser violado por aquellos energúmenos. El tal Honney había logrado ponerlo realmente nervioso en tal sentido. Por fortuna, el viejo Thorvald, dándose cuenta, había enviado a aquel y a su compinche Andrusier a montar guardia afuera; pero a Anders le era difícil desterrar de su mente el rostro de espeluznantes ojos verdes, bigote poblado y melena negra mirándolo como la fiera a la presa.

 

      Para cuando al fin lo logró, un mal menor pero molesto continuó fastidiándolo: un coro de múltiples ronquidos que le impedía dormir. Los peores eran los del gordo Snarki, seguidos bastante más lejos por los de Adler, el secuestrador de nariz aguileña, cuello descarnado y cicatrices de viruelas. El primero ciertamente roncaba como para que la techumbre se viniera abajo, en tanto que el segundo exhalaba el aire por la boca en una especie de silbido insoportable.

 

      Anders sabía que por cierto no era el único insomne, porque Adam, el traficante y consumidor de Sales de las Brujas, se había levantado hacía una hora al menos y salido afuera. Aún no estaba de regreso. Esto hacía a Anders preguntarse de cuánta libertad dispondrían aquellos convictos en Vindsborg, y si Adam no se habría dado a la fuga.

 

      En definitiva, no hacía más que dar vueltas sobre sí mismo, sin poder dormir, acostado como los demás en el piso de piedra de Vindsborg, cuando la puerta se abrió. Balduino estaba de regreso, y Anders, haciéndose el dormido, sonrió malignamente al ver a la luz de la antorcha que alguien le había dado una trompada. Pero entonces miró por segunda vez, y el corazón se le encogió al ver que no le habían simplemente dado un golpe. Tanto lo habían maltratado, que precisaba apoyarse en las paredes; las piernas le temblaban, y el rostro estaba hinchado y deformado.

 

       Vaciló unos instantes, pero la compasión y el sentido del deber acabaron imponiéndose sobre el resentimiento. Incorporándose rápidamente y sin hacer ruido, se acercó a su señor y ofreció a éste su propia persona para sostenerse. Ni se detuvo a analizar sus sentimientos cuando lo invadió un negro odio hacia quienes hubieran perpetrado  un ataque ruin y propio de bárbaros como aquel. En cuanto a Balduino, le pareció a Anders más heroico que nunca, y se devanó los sesos tratando de discurrir algún modo de ayudarlo.

 

      Comenzó conduciéndolo hasta la minúscula mesita y sentándolo en una de las dos sillas, previo cálculo de que la misma resistiese el peso del pelirrojo más su armadura. Luego fue a buscar agua y un trapo para limpiarle la sangre. El agua lo halló en la cocina, pero no encontró ningún trapo limpio; de modo que cortó un pedazo de su propia capa.

 

      Todavía estaba Anders limpiando el rostro de Balduino, tan suavemente como podía, cuando la puerta se abrió otra vez. HonneyAndrusier habían concluido la guardia, y venían a despertar a sus relevos. Paseaban distraídamente la mirada por su entorno cuando de repente vieron a Balduino, y sus semblantes se trastornaron por completo de espantada perplejidad.

 

      -¡Cristo, muchacho!-gritó Honney-. ¿Qué te ha pasado?

 

      El grito despertó a todo el mundo, excepto al gordo Snarki, quien continuaba roncando a sus anchas. Por turnos, todos se volvieron malhumorados hacia Honney, y cuando miraron en la misma dirección que él, uno a uno fueron contagiándose de su misma  sorpresa e indignación. Se pusieron de pie como un solo hombre, tanto ellos como los seis perros de Hundi, y se acercaron a Balduino y Anders.

 

      Honney y Andrusier se habían adelantado en esto a los demás, sin poder creer lo que veían.

 

      -Parece que tu señor, después de todo, no es muy bueno defendiéndose, ¿eh?-comentó Andrusier, sin malicia y más para sí mismo que para Anders.

 

      Pero éste se volvió hacia él, irritado.

 

      -Basura, a ver si te muerdes la lengua antes de hablar-farfulló-. ¿No ves que lo agarraron entre varios y sin duda por la espalda?

 

      -¡Epa!...-exclamó Andrusier, admirado de tanta fiereza en alguien que hasta ese momento parecía más bien tímido.

 

      Se rascó su fea carota redonda y mal afeitada, admirado, mientras Anders, ya no tan audaz, rezaba en silencio para que Andrusier le perdonase la vida. Entre tanto, siguió ocupándose de Balduino.

 

      Ulvgang y Thorvald se abrieron paso hasta situarse en primera fila. Todos vieron la negra indignación que embargó de golpe al primero. Cerró los puños hasta que los nudillos se le volvieron blancos, y la sangre afluyó a su rostro, tornándolo carmesí.

 

       Se volvió hacia el viejo Thorvald.

 

      -Esto es cosa del puerco de Einar-masculló; y añadió a gritos, con un vozarrón tan portentosamente colérico, que el cuarto entero se estremeció, Anders se sobresaltó y los seis perros huyeron asustados en todas direcciones, con el rabo entre las patas y gañitando agónicamente:-. ¡Y ÉSTA ES LA CLASE DE PERSONAS A LA QUE TÚ LLAMAS DECENTE! ¡NI NOSOTROS HARÍAMOS COCHINADAS COMO ÉSTA!

 

      -Lo último que yo diría de Einar es que es decente, y te consta-respondió tranquilamente el gigantesco Thorvald, mirando a Ulvgang con sus frías, duras pupilas azules.

 

      Pero no fue suficiente para aplacar la ira del legendario Kveisung. Este se volvió hacia sus compañeros de reclusión, completamente rojo de furia. Todos, instintivamente, retrocedieron un paso; pero el largo índice apuntó, acusador, hacia Honney y Andrusier.

 

      -¡Y VOSOTROS!-tronó, retemblando de ira y con su tez pasando del rojo al violeta, otra vez más El Terror de los Estrechos que Ulvgang Urlson. Honney y Andrusier empalidecieron y tragaron saliva-. ¿POR QUÉ MIERDA NO LO AYUDASTEIS? ¿QUÉ ESTABAIS VIENDO EN VEZ DE VIGILAR LO QUE HABÍA A VUESTRO ALREDEDOR?

 

      -Lo vimos, pero no se nos ocurrió que estuviera herido, creímos que estaría simplemente borracho como una cuba-respondió Honney, casi en un murmullo.

 

      -¡Buenos centinelas!-bramó Ulvgang, todavía con el rostro contorsionado de cólera-. ¡Un compañero nuestro está casi muriéndose, y vosotros, inútiles, lo suponéis borracho!

 

      Los ensordecedores truenos de Ulvgang no paraban de sobresaltar a Anders. Este, reuniendo todo su valor y tratando de olvidar por un instante  a quién se estaba dirigiendo, dejó de limpiar el rostro de Balduino y, volviéndose hacia Ulvgang, le dijo con firmeza:

 

      -Aquí hay un herido que lo que menos necesita es todo este revuelo.

 

      Ulvgang lo miró con sus ojos saltones y verdiazules echando chispas. A la vista de aquel rostro feroz, el de Anders pasó a un blanco níveo.

 

      -Cuídalo bien-ordenó, recalcando la frase con el índice de su diestra.

 

      Anders asintió en silencio y volvió a inclinarse sobre Balduino para continuar limpiándole el rostro. Exhaló un suspiro de alivio al sacarla tan barata.

 

      -A dormir todos, salvo el pichón y quienes estén de guardia-ordenó Thorvald.

 

      -No te hagas el tonto, Gröhelle, que tú tienes guardia-añadió Karl.

 

      El tuerto Gröhelle, quien había amagado irse con los demás, sonrió lobunamente al verse pillado in fraganti, y se encaminó hacia la puerta.

 

      -Vamos, gordo, ¡despierta de una buena vez!-exclamó irritado Andrusier, despertando a Snarki a puntapiés-. Increíble que este gordo tenga después el descaro de decir que sufre de problemas de sueño. ¡Levántate, gordo, te toca la guardia!...

 

      Asustado, Snarki despertó de golpe, tambaleante, lagañoso y obviamente sin saber siquiera dónde, cuándo y con quiénes estaba, hasta que por fin lo recordó y fue tras Gröhelle. Ya en la puerta, ambos se hicieron a un lado para dar paso a otra figura tambaleante. ¿Otro herido? Anders interrumpió durante uno o dos segundos lo que estaba haciendo, para atender.

 

      Era Adam. No parecía lastimado, pero traía una extraña mirada vidriosa y andar vacilante. De repente sonrió en forma estúpida y, mirando en dirección a Balduino y Anders, soltó una de sus chillonas risotadas de hiena.

 

      -Adam, te duermes, o te duermo yo a golpes-lo amenazó Thorvald, a gritos; y explicó a Anders:-. Fuego de Lobo. No sé de dónde lo saca.

 

      -Es una de las Sales de las Brujas, ¿no?-preguntó el joven escudero.

 

       -Ajá. La más benigna de ellas, creo. El imbécil se pone a aspirar eso y vuelve así.

 

      Balduino tenía los ojos entreabiertos.

 

      -Te dije que no fueras a Kvissensborg, muchacho-le reprochó con suavidad Thorvald. Pero no añadió que, con la esperanza de que alguien le bajara los humos al pelirrojo, no había insistido. Le había caído muy mal, en efecto, que se los llamara baldados.

 

      Ahora estaba arrepentido. Había previsto que a Balduino no se lo recibiría cordialmente en Kvissensborg, pero no que le darían semejante paliza, y contemplaba al joven Caballero con la ternura de un anciano ante un nieto muy querido.

 

      De repente recordó algo y preguntó, alzando la voz:

 

      -Andrusier, ¿os ocupásteis del caballo de este muchacho? 

 

      -Ocúpate tú, si puedes-respondió el interrogado-. Casi me mata cuando intenté encerrarlo en la cuadra.

 

      Thorvald se asombró ante la respuesta, y pensó que los años debían estar volviendo cobarde a Andrusier. Apenas un amago hizo, y ya un  par de manos, una de Anders y otra de Balduino, lo habían detenido. Los vio menear la cabeza simultáneamente.

 

      Al parecer aquel caballo era cosa seria.

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Published by EKELEDUDU
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