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28 enero 2010 4 28 /01 /enero /2010 18:15

      Por cómicos que resultaran por momentos, los lloriqueos de Oivind también podían impacientar. Para salvarse de otra tanda, Balduino y sus hombres dedicaron todo el siguiente día de trabajo exclusivamente a transportar los troncos hasta la orilla del Duppelnalv ayudándose con los bueyes del viejo y unos arneses que éste tenía en el establo; y luego, el pelirrojo envió a Karl a devolver los animales. 

 

      Lo siguiente fue improvisar con algunos troncos una especie de almadía unida por cuerdas hechas por Lambert con tendones de animales abatidos en cacerías diversas. Para ese propósito, las cuerdas demostraron ser muy útiles; había que ver si lo serían también para las catapultas, cuando al fin se lograra construirlas. Esto parecía lejanísimo todavía; seguía sin haber novedades al respecto por parte de los constructores de la que debía servir como modelo.

 

      Una vez lista la almadía, se arrojaron los troncos al agua, los cuales siguieron su ruta río abajo. Un grupo de hombres aguardaba en el sitio preciso, en los alrededores de Vindsborg, y se encargaba de recuperarlos valiéndose de largas pértigas para dirigirlos hasta la orilla; pero muchos de los troncos varaban por el camino o se atascaban contra algún obstáculo. Gröhelle y Gilbert, navegando río abajo sobre la almadía, se ocupaban de que los troncos detenidos de esta manera prosiguieran su interrumpido viaje, valiéndose también ellos de pértigas.

 

      Luego vino la etapa que a Balduino más le convenía, la de instalar los troncos en su sitio. Lo conveniente del caso era que dicha etapa tenía lugar cerca del camino que cruzaba cerca de Vindsborg de Oeste a Este, lo que permitía avizorar el horizonte en busca de mensajeros que pasaran por allí viniendo de Ramtala o rumbo a ella. Dado que los correos se obstinaban en pasar de largo, habría que interceptar a alguno y forzarlo a que llevara el mensaje que Balduino tenía preparado para el Gran Maestre Thorstein Eyjolvson, y en el que abogaba por la libertad de Tarian y el traslado de Anders a Drakenstadt, además de verter acusaciones surtidas sobre Einar y el Conde Arn. Por consiguiente, apostó a uno de los centinelas de turno junto al camino y no al pie de Vindsborg, cosa de que pudiera ver desde lejos a cualquier jinete que se aproximase y diera la alarma sin pérdida de tiempo; y a Svartwulk lo dejó fuera del establo y listo para ser montado y dar alcance en él al mensajero cuando éste se presentara. Balduino calculaba que, efectivamente, el mensajero temería caer en una trampa e intentaría escapar de cualesquiera jinetes que avanzaran hacia él. Con aquellos tales Landskveisunger asolando los caminos, toda desconfianza sería poca, y un zaparrastroso que haciendo señas invitara a un correo de postas a detenerse lograría sin duda el efecto contrario; una muy rauda fuga.

 

      Durante los primeros días de espera, ocurrió en una oportunidad que Adler, en ese momento de guardia junto al camino, anunció gritando como loco a un jinete que se acercaba a toda prisa desde el Este. Balduino estaba entonces en la zanja, acomodando un tronco con la desganada ayuda de Adam, a quien prefería tener a la vista para asegurarse de que no fuera en busca de aquel pernicioso Fuego de Lobo que sabía Dios de dónde sacaba. Rápidamente salió de la zanja y, sucio como estaba, montó sobre Svartwulk. Pero no tuvo que ir en pos del jinete: éste detuvo la marcha al llegar a Vindsborg.

 

      Para sorpresa de Balduino, no era un mensajero, sino uno de los cuatro Príncipes Leprosos que se apostaban en la desembocadura del Viduvosalv; y el pelirrojo advirtió que llevaba ambas manos tan cubiertas de vendas como el rostro, excepto los dedos pulgar e índice, que lo mismo en diestra que en siniestra se exhibían desnudos.

 

      -Buenos días, señor. Mi nombre es Gabriel-se presentó el leproso, inclinando respetuosamente la cabeza sin hacer amago de desmontar.

 

      -Es un inmenso honor, Gabriel-contestó Balduino, retribuyendo el gesto en forma no menos respetuosa desde lo alto de Svartwulk-. Yo soy Balduino de Rabenland. ¿Qué te trae por aquí? ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?

 

      -No-contestó Gabriel, y Balduino había adivinado esa respuesta antes de oírla. Un Príncipe Leproso nunca pediría ayuda a una persona sana, la necesitara o no; y sin embargo, una sonrisa tímida en el rostro cubierto de vendas, del que sólo afloraba un par de ojos brunos, desmentía de alguna manera esa negativa-. Sólo vine a cerciorarme, en nombre mío y de mis compañeros, de que estuvierais bien, y veo que sí lo estáis. Disculpad que haya demorado tanto en venir, pero tuvimos mucho de qué ocuparnos.

 

      -No, vosotros sois quienes debéis excusarme a mí por no haber ido a daros las gracias por lo de aquella noche. Sin vuestra ayuda, es casi seguro que habría muerto-replicó Balduino, súbitamente emocionado.

 

      La sonrisa de Gabriel se amplió, volviéndose campechana y noble a la vez.

 

      -Os lo dijimos, señor. Os dijimos que volveríais a estar de pie, y me complace decir que además noto en vuestra mirada que ha quedado de pie alguien digno de estar de pie-dijo-. No es mucho lo que podemos ofreceros; no obstante, lo que esté a nuestro alcance, os lo brindaremos, si lo pedís.

 

      -¿También hospitalidad?-preguntó Balduino.

 

      -Desde luego. Sólo será humillante para nosotros no poder daros una mejor recepción.

 

      -En ese caso en algún momento, creo que no dentro de mucho tiempo, me tendréis con vosotros.

 

      -Será un honor-dijo Gabriel.

 

      Y Balduino se le acercó montado aún sobre Svartwulk y le estrechó la mano antes de que Gabriel pudiera impedírselo. Los Leprosos evitaban tanto como podían el contacto físico con personas sanas.

 

      -Será, de hecho, un gran honor-dijo Gabriel, confuso ante tan inesperada cortesía-. Debo irme ahora, señor. Adiós.

 

      -Adiós-respondió Balduino.

 

      A espaldas de éste, la dotación entera de Vindsborg miraba con algo de susto al enigmático visitante, que les parecía extraño y vagamente inquietante, igual que un espectro. Sólo Anders sabía que se trataba de un Príncipe Leproso, y quedó confundido al enterarse de que nadie más, salvo Balduino y él mismo, sabían qué significaba eso. Aún más, la lepra era desconocida en aquellas latitudes, y sólo de nombre se la conocía  a través de la Biblia; de modo que la fantasmagórica figura, con su rostro cubierto de vendas emergiendo de la capucha, se les había antojado absolutamente irreal, alucinante.

 

      Cuando Balduino se reunió con sus hombres, la ignorancia de éstos acerca de los Príncipes Leprosos lo dejó tan sorprendido como Anders.

 

      -¿De veras nunca oísteis hablar de ellos?-preguntó, confuso-. ¡Son famosísimos en todo el Sur y Centro del Reino...e imaginaba que también aquí!

 

      -Pues creo que has sido muy valiente al estrecharle la mano a este Gabriel, si de veras parece una enfermedad tan terrible-opinó Gröhelle.

 

      -No fui valiente. Gabriel está sano-respondió Balduino.

 

      -Pero ¿en qué quedamos?-preguntó Ulvgang-. ¿No dices que tiene lepra?

 

      Balduino se volvió hacia él:

 

      -Es un Príncipe Leproso por venir del señorío de Caudix, convivir con gente que padece la enfermedad y cubrirse con vendas las partes visibles de su cuerpo para hermanarse con quienes sí están enfermos, pero él no lo está. Los Leprosos suelen casarse y tener hijos que nunca llegan a contraer el mal de sus padres, pero que no quieren abandonar Caudix porque allí nacieron y crecieron , y allí viven o están sepultados sus familiares. También hay personas que experimentan arrebatos místicos que les impulsan a unirse a los Príncipes Leprosos. No sé cuál de éstos sería el caso de Gabriel.

 

      -¿Y cómo sabes tú que no está enfermo? ¿Te lo dijo él?-preguntó Anders.

 

      -No. En la biblioteca del Palacio Ducal de Rabenstadt hallé una vez un libro que hablaba sobre los Príncipes Leprosos, el cual contenía extractos de la Regla impuesta por Candelario de Caudix, hijo de Manlio, el primer Señor Leproso, a todos aquellos de sus súbditos que, como él, estuvieran libres de la enfermedad. La Regla incluía servicio obligado y leal a los enfermos y un  rasgo distintivo, el de dejar libres de vendaje los dedos índice y pulgar de cada mano y cubrirse lo demás. Gabriel no los tenía vendados, así que no padece la enfermedad, al menos hasta donde se sabe. Porque también los hay que, más tarde o más temprano, se contagian de tanto convivir con enfermos.

 

      -Dices Príncipes...-comenzó Per.

 

     -...¿cuántos son?-concluyó Wilhelm.

 

      -Si tienes lepra o estás dispuesto a vivir en Caudix entre su población leprosa bajo la Regla impuesta por Candelario, eres Príncipe, sea cual sea tu verdadera actividad o condición social. Esto implica el deber de no arrodillarse, humillarse o rebajarse en modo alguno ante nadie más que Dios. Algunos de ellos están tan enfermos que no pueden mantenerse de pie ni moverse de otra forma que no sea arrastrándose. Entre ellos admiten esta situación, pero ante una persona sana, quienes pueden mantenerse de pie por sí mismos tienen la obligación de ayudar a incorporarse y mantener en esa posición a aquellos que no pueden. Por persona sana se entiende sólo a cualquiera que no sea residente permanente de Caudix: Gabriel no está realmente enfermo, pero aun así se considera Leproso y así es como se presenta ante el resto del mundo. También tienen prohibido otorgar bendiciones indiscriminadamente. Es más, creo que sólo San Adriano de Brandimor, a sus ojos, reunió los suficientes méritos para hacerse acreedor de su bendición. Se dice que Federico el Escarnecido visitó Caudix sin que nadie se arrodillara ante él pese a su dignidad real, y  que en cambio fue él quien tuvo que prosternarse ante el Señor Leproso, a quien solicitó una bendición que no obtuvo.

 

      Hubo gestos de admiración generalizada. Thorvald estaba muy pensativo y miraba a Balduino con una fijeza que habría terminado incomodando a éste, si de inmediato otra cosa no hubiera relegado el asunto a la categoría de nimiedad, algo que se inició con una pregunta de Anders:

 

      -¿Y para qué quieres ser huésped de los Príncipes Leprosos?

 

      -Diplomacia. Podría ser beneficioso para ellos y para nosotros-contestó evasivamente Balduino.

 

      El pelirrojo tenía sus razones para no dar más detalles a Anders ahí y en ese momento; pero el joven escudero, quien no necesitaba demasiado para sulfurarse con él, interpretó la respuesta como la de alguien que trataba de hacerse el misterioso, y se irritó sobremanera. Su punto de vista era que, no importaba qué hiciera él para  mantener la paz, Balduino siempre hallaría la forma de hostigarlo criticando sus actos o dándole a entender que no era lo bastante importante para comunicarle sus planes; cuando precisamente Balduino hubiera hecho cualquier cosa para lograr que Anders levantase su vallado de hostilidad y le permitiera tenerlo de confidente, y no le hacía más críticas que las necesarias para que mejorase su desempeño en todo sentido.

 

      Balduino advirtió con asombro el mal humor de su escudero. ¿Y qué hice de malo ahora?, se preguntó, consternado. Pero su pena duró poco, y enseguida la reemplazó una bilis de negra rabia. Su paciencia para con Anders estaba llegando a su fin; luego de aquello, faltaba sólo un nuevo incidente para hacerlo estallar. 

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Published by EKELEDUDU
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