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29 enero 2010 5 29 /01 /enero /2010 20:03

LIV

      El incidente se produjo dos o tres días después.

      Era domingo y ya desde la mañana a Balduino el panorama se le anticipó funesto, dado que comenzó con una seguidilla de disgustos. Luego de la misa, Balduino pasó por el retrete, instalado convenientemente lejos de la informe mole de Vindsborg. A la salida encontró a Thorvald aguardando, creyó él, su turno de ocupar el retrete; y ya se alejaba, cuando lo detuvo el vozarrón del viejo:

      -¡Balduino!-fue el grito enfadado-. Quiero hablar contigo.

      El pelirrojo, asombrado por aquel tono iracundo, se volvió.

      -Dime...

      -Tienes hasta mañana por la mañana para librarte de esa barba sucia y horrorosa que llevas-dijo el viejo gigante, mirándolo duramente con sus helados ojos azules.

      Balduino se sublevó para sus adentros, y hasta estuvo a punto de replicar; pero Thorvald era enérgico aún pese a sus años, y aunque por disciplina marcial acatase sin reparos órdenes de alguien más joven, se trataba nada menos que del hombre que había luchado y vencido a Sundeneschrackt y sus Kveisunger. Para Balduino era difícil olvidar esto; de algún modo, la colosal figura y la mirada del viejo lo proclamaban tácitamente, exhudando leyenda e invitando al respeto.

      -Sí, señor-respondió dócilmente, como si el subordinado fuera él; y Thorvald hizo un gesto de complacencia.

      Hasta aquí, todo hubiera estado en orden. En principio, Balduino no podía molestarse con Thorvald por hablarle de esta manera. Se le ocurría, como realmente era, que hablándole ran ruda y ásperamente, el viejo sólo pretendía exigirlo a fondo. Por extraño que se hubiese comportado recientemente -por ejemplo al criticar con desdén su intento por ayudar a Snarki a ganar autoestima o su preocupación por preservar la salud de Lambert - había sido un héroe en su tiempo; valía la pena atender a sus recomendaciones e incluso someterse a algunas de ellas, si tenían lógica. Esta sin duda la tenía. La imagen a veces cuenta más de lo que uno cree; y Balduino, como Caballero, en este momento inspiraba más risa que reverencia. En Vindsborg tal vez eso no contara tanto, porque para cuando su apariencia terminó de ser desastrosa ya se había ganado cierto respeto. Pero en Vallasköpping, por ejemplo, los constructores de catapultas tal vez demoraran su tarea porque les importaban un bledo las exigencias y amenazas de alguien que por su facha parecía más bien un mendigo.

      Thorvald, en realidad, veía inmensas cualidades en Balduino, y no estaba dispuesto a permitir que se desperdiciaran; al contrario, lo espolearía sin tregua ni misericordia para que diera lo mejor de sí mismo, que era mucho; lo forzaría a verse y comportarse de tal manera que, cuando la gente lo observara, no viera simplemente un hombre armado, sino una auténtica roca en torno a la cual siempre pudieran congregarse en busca de protección.

      Quería que Balduino fuese bueno y noble; que ni se le cruase por la cabeza la idea de desfogar sus instintos guerreros contra inocentes o indefensos; que la gente tuviera que pensar mucho antes de encontrar alguna falta en él. Deseaba que jamás se dijera de él que, al frente de una hueste armada, se hubiera dedicado al pillaje o a secuestrar pobres aldeanas para violarlas; que no mirara con desprecio a los de condición baja o a quienes no supieran defenderse por sí mismos; que no aceptara sobornos ni amenazas; que ni por un segundo olvidara que, aun sin armadura, seguía siendo un Caballero; ni que lo que él hiciera, dijera u omitiera hacer o decir serían la imagen, no ya de él mismo, sino de la Caballería. Para Thorvald, estas cosas contaban más que el valor o la destreza en las armas, y era lo que elevaba a unos pocos por encima de la vulgar soldadesca. Y no pensaba tener un enorme desafío ante él porque, tras observarlo atentamente, estaba seguro de que Balduino ya contaba con estas cualidades, y sólo faltaba extraerlas y pulirlas. No dudaba de que un día lo haría inmensamente orgulloso; de hecho, aunque no lo dijera, ya comenzaba a sentir ese orgullo por él.

      Balduino nada sabía de todo esto pero, como ya se ha dicho, estaba dispuesto a obedecer. Sí, de acuerdo, un oficial al mando no debe ser tan desaliñado ni aun cuando su tropa sea tan poco disciplinada y ortodoxa; y un Caballero, mucho menos... Pero el problema vino cuando más tarde, Thorvald le habló a Anders para decirle también a él que se afeitara. Se limitó simplemente a recordarle que, cuando Balduino se rasurase, él ya no tendría excusa para no hacer otro tanto. Y dijo esto en tono muy mesurado, sin el acento seco, marcial, usado para dirigirse a Balduino; pues por el momento, Anders prometía ser sólo un joven bueno y simpático, según entendía. Ya diría el tiempo si también a él podía exigírsele más o no.

      Y aquí vino el problema. Balduino notó la diferencia que hacía Thorvald al dirigirse a Anders, y la malinterpretó. Unos celos descomunales, arrolladores, lo dominaron al instante, celos que ni él mismo pudo explicarse, porque no acostumbraba ser tan visceral. Supuso que le hablaba tan bonachonamente a Anders porque, sin duda, éste le caía mejor.

      ¿Y qué si es así?, pensó, ofuscado y dolido. Evidentemente apreciaba a Thorvald más de lo que él mismo se daba cuenta y le habría gustado ser correspondido. Se quedó pensando en cuán extraño había estado el viejo últimamente, cómo se había opuesto a la construcción del hogar o a que apoyase moralmente a Snarki, aquel gordo cualunque.

      Balduino recordó entonces, avergonzado, que al llegar a Freyrstrande él había llamado viejos baldados a Karl y a Thorvald. Sin duda éste le guardaba secreto rencor por haberlo llamado así. ¿Era de extrañarse que prefiriera a Anders? Me lo tengo merecido, reflexionó, imaginando cómo Thorvald y Anders, sólidamente aliados, echarían sapos y culebras sobre él a sus espaldas. Podía entenderlo, los comprendía a los dos, tenían sus motivos. Pero aun así, estaba arrepentido y encontraba cruel que tal arrepentimiento no mereciera una segunda oportunidad.

      No obstante, aun sintiendo que algo en su interior no andaba bien, prefirió ignorar la herida de su alma, ese oscuro socavón donde alguien gritaba quién sabía qué. Temía lo que pudiera encontrar cuando mirase a lo profundo.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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