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17 febrero 2010 3 17 /02 /febrero /2010 17:48

LIX

      -Caramba, caramba... ¿Quién hubiera imaginado que Vindsborg tenía un comandante tan apuesto?-ironizó Thorvald al ver regresar a Balduino resurado aunque con la cara llena de tajos.

 

      E hizo un gesto con el pulgar a Anders, señalando hacia la escalinata; de modo que también el adolescente fue a dejarse rasurar, por no decir asesinar, por Lambert.

 

      Cuando también él regresó libre de barba y pródigo en cortes en la cara, Thorvald dijo:

 

      -Antes de ir a lo importante, quiero que quede claro que eso de un barbero particular aquí no corre. Esta ha sido la primera vez y la última que os afeita otro. No me importa lo que se estile en el Sur; ni la alcurnia ni la alta cuna deberían tener lugar entre guerreros, y no lo tendrán aquí. Así que, de ahora en más. os rasuraréis solos, ¡y más vale que estéis  aliñados!

 

      Balduino y Anders, cuyos ánimos se habían ido aplacando a la fuerza, se miraron mutuamente las caras llenas de tajos, sin saber si reír o llorar. Si en algo podían estar de acuerdo, era en que la recomendación de Thorvald era innecesaria: cualquier cosa, antes que caer de nuevo en las garras de El Barbero Lambert. Ya entendían por qué éste no se afeitaba.

 

      -Y ahora, lo que quería deciros. Primero tú, pichón-continuó Thorvald-. Todo lo que te dijo hoy Balduino, hasta donde me consta, es completamente cierto. Eres holgazán. Qué el fuera soberbio y antipático contigo no quita lo otro. Podría citarte muchos ejemplos demostrando que tengo razón, pero citaré sólo uno, el de tus prácticas de esgrima. Sé que le guardas a Balduino un lógico rencor, aunque en seguida te demostraré que éste es excesivo. Pero por eso mismo, si no fueras perezoso, podrías esmerarte por dominar el manejo de la espada para primero igualarlo, luego superarlo y por último retarlo a combate singular y vencerlo, lo que sería una buena manera de humillarlo. En lugar de eso, te apoyas en la pasada conducta de Balduino para justificar tu holgazanería y darle otro nombre; para echar sobre otras espaldas un fardo que te corresponde a ti cargar. Eres todavía un muchacho, se te puede perdonar esto; pero más vale que corrijas ese defecto ahora, pues es indigno de un  hombre que se precie de tal, sea guerrero, labriego o hasta pordiosero, echar sobre otros las propias culpas. Balduino tiene las suyas; no precisa que le achaquen otras ajenas. De modo que si vas a ser perezoso, asume que lo eres. Sólo entonces podrás realmente llamarte hombre. ¿Quedó claro, pichón?

 

      -Sí, señor-respondió sumisamente Anders, avergonzado de que hubiera que forzárselo de ese manera a admitir un defecto del que recién ahora era consciente.

 

      Acto seguido, Thorvald, con mirada fúlmine, se volvió hacia Balduino, y su voz ya no era mansa aunque tampoco colérica, sino dura y firme: el tono de un superior dirigiéndose a un subordinado de quien no duda que tendrá total obediencia y al que, por lo tanto, respeta aun viéndose obligado a reprenderlo.

 

      -En cuanto a ti, ya es hora de que te quites esa ridícula máscara que durante años te empeñaste en llevar, y muestres por fin tu verdadero rostro, especialmente al pichón, que más que nadie tiene derecho a conocerlo. Sin contar que eso de engañarse uno mismo tapando su propio fracaso tampoco es muy de hombre.

 

      -¿Qué máscara y qué fracaso?-preguntó Balduino, sin entender nada-. Quise llegar más alto que nadie. En eso sí fracasé, pero no es novedad para nadie aquí.

 

      -Eso en todo caso sería un traspié, como te dijo Ulvgang en Eldersholme. Sí, no me mires así-dijo Thorvald, ante la perplejidad de Balduino-. El y yo hablamos bastante y me contó de la charlita que tuvieron allí. Fue luego del revuelo que se produjo cuando no permitiste inmediatamente que nuestros hombres se quedaran con las pertenencias de Ursula que la marea trajo a la playa y ellos encontraron. Para calmarlos, según recordarás, pronunciaste un largo discurso justificando tu proceder y defendiendo los ideales de la Caballería. Si bien ese discurso los impresionó, Ulvgang se mostró un tanto...irónico, digamos, y como nos tenemos bastante confianza los dos aunque en el pasado hayamos sido enemigos, más tarde le pregunté el motivo. Así me enteré de lo que le contaste de ti mismo en Eldersholme. Esa historia se contradecía mucho con la imagen que, también de ti mismo, pudo entreverse a través del discurso del que hablábamos antes. Coincidimos con Ulvgang en que ésta última era la que correspondía al verdadero Balduino. Todo lo que le contaste en Eldersholme fueron puras paparruchadas. 

 

      Balduino se miró con Anders, a quien señaló con la intención de repetir la historia de su vida tal como la había narrado en Eldersholme  y ponerlo como testigo para corroborar o refutar cada una de sus afirmaciones.

 

      -El puede decirte mejor que nadie...-comenzó.

 

      -¡Pero qué me importa lo que al respecto tenga para decir el pichón!, si lo engatusaste igual que a tantos, igual que a ti mismo, en primer lugar. ¡Sí, señor!, no pongas esa cara. Te encantó esa historia del último de once hermanos que ve cómo la herencia familiar se enflaquece más y más a medida que cada hermano mayor  se sirve su parte y cada nuevo cuñado se lleva también una porción en concepto de dote. La del muchacho de trece años que iba a ser prometido en matrimonio muy contra su voluntad, pues sentía que esa boda le reportaría escasos beneficios materiales y que él daba para más. El mismo muchacho que huyó de su casa tras una violenta discusión con su padre, en abierta rebelión contra ese matrimonio que querían imponerle, y que luego quiso hacer fortuna uniéndose a la Orden del Viento Negro. Te lo dije antes y te lo repito ahora: el mejor camino para hacer fortuna es susurrar adulaciones al oído de los poderosos, no unirse a una Orden de Caballería que no sólo está proscrita sino que además defiende causas perdidas como la de los herejes.

 

      -Bueno, tal vez erré el camino, no sé-contestó Balduino, ya algo nervioso.

 

      -¡Mentira!-tronó Thorvald-. Sabías perfectamente lo que hacías, y lo prueba el discurso del que hablábamos antes, ése con el que apaciguaste a los hombres. Demostraste conocer ampliamente la historia de la Orden de la Doble Rosa, de su época de auge y las causas de su decadencia. Eso suena como más propio de alguien que estudia errores ajenos para no repetirlos, ¡no de una persona que investiga cómo enriquecerse más rápido!... Y tu cadena de razonamientos apuntaba al motivo por el cual los Caballeros de la Doble Rosa ya no son eficaces como paladines del Reino, no a cómo apoderarse de las riquezas que ellos acumularon. Por cierto, ¿de dónde sacaste esos conocimientos?

 

      -De la biblioteca del Palacio Ducal de Rabenstadt-replicó Balduino, lacónico.

 

      -Me lo figuraba-dijo Thorvald, sonriendo enigmáticamente.

 

      -Pero lo de apoderarse de las riquezas acumuladas por la Orden de la Doble Rosa vendría con el tiempo-rebatió Balduino-, o eso pensaba yo. Un día el Viento Negro sería reconocido oficialmente como Orden de Caballería, sustituiría a la Orden de la Doble Rosa y quienes militáramos en sus filas nos apoderaríamos de esas riquezas.

 

      -Veo que eres muy hábil para engañarte a ti mismo, pero esas falacias no sirven con zorros viejos como Ulvgang o yo mismo-gruñó Thorvald; y añadió, señalando su propio cráneo-. Hay algo más que canas aquí. Solía ser muy desconfiado y precavido, aunque luego Einar me haya engañado como quiso, que un error hasta el más sabio lo comete. Cuando para precaverte de espías y traidores te acostumbras a analizar, a través de los más pequeños detalles, el carácter de cada persona nueva que conoces, no crees así nomás, sin análisis previo, en lo que otros te dicen. De modo que no pretendas ahora hacerme creer que alguien de tu inteligencia escogería tan complicado camino para amasar fortunas habiendo otros mucho más sencillos y seguros.

 

       Balduino se veía cada vez más pálido y nervioso, y el suyo parecía el semblante de  un hombre que muchos años antes cometió un asesinato y descubre horrorizado que en su huerta, donde ha enterrado el cadáver, hay gente excavando. Anders, quien lo había notado y seguía atentamente el diálogo sin entender adónde quería llegar Thorvald,  observaba al pelirrojo con curiosidad. Por primera vez se le ocurría que tal vez supiera muy poco de él, no obstante llevar cuatro años a su servicio.

 

     -Tu versión hace agua por los cuatro costados-continuó Thorvald, implacable-, comenzando por tu amor hacia los animales. El cual, por lo que sé, no te vino aquí, en Freyrstrande: lo sentías desde antes. ¿Es eso propio de alguien dominado por el ansia de riquezas?

 

     - No tiene nada que ver una cosa con la otra. ¡Hasta los más altos señores tienen perros y caballos a los que aman!-exclamó Balduino, como defendiéndose de una acusación abominable.

 

      -Sí. jaurías de perros de caza, de buena raza todos ellos, cada uno de los cuales es un siervo más; no estas bestias pulguientas e inútiles que tiene Hundi. Tú te sabes los nombres de cada uno de ellos, los mimas, te ensucian con sus patas llenas de barro sin que te mosquees. Cualquiera de los altos señores que dices los hartaría a puntapiés nada más con que se les acercaran. Y pobre del caballo que les babeara sobre el hombro, como tu Svartwulk hace contigo. No, no trates de engañarme también con eso. Esa actitud tuya es propia de quien ha sufrido mucho a manos de los hombres y vuelca toda su bondad sobre aquellos que son incapaces de traicionar o urdir maldades y que aman incondicionalmente: los animales.

 

      El rostro de Balduino se tornó aún más sombrío. Un recuerdo de su niñez le acababa de venir a la mente, el de un perro vagabundo, feo a más no poder, que se le había acercado un día que él lloraba  sentado en el suelo y con el rostro oculto. El perro le lamió primero las manos y luego el rostro, cuando éste quedó al descubierto, todavía arrasado en lágrimas.

 

      Terminó quedándose con el animal, a quien llamó Argos, como el perro de Ulises.

 

      -Luego, está tu conducta desde que llegaste aquí-prosiguió Thorvald-. La gente cambia, es cierto; pero no tanto o tan de golpe. Sí, seguro que la paliza que recibiste en Kvissensborg pudo cambiar un poco tu mentalidad, pero lo que hizo fue más bien abrir una brecha por la que comenzaron a fluir cualidades que ya tenías. Porque después de todo, ¿y qué si el pichón, devolviéndote mal por bien, te socorrió pese al desprecio del que lo habías hecho objeto? Seguía siendo tu siervo, no hacía más que cumplir con su obligación, pero tú no viste las cosas de esa manera. En lugar de eso, le demostraste una gratitud por momentos incluso excesiva. Porque pasado el primer momento de piedad, el pichón se dio cuenta de que te tenía humillado y a su merced y procedió a desquitarse, ¡y cómo! A veces hasta fue demasiado insolente. No vamos a condenarlo por eso; es muy joven y lo habías herido muy cruelmente, y gente mayor que él se venga a veces de formas mucho más repudiables. Pero ahora tiene derecho a saber quién eres realmente, que tú siempre creíste obrar con corrección. Tus móviles eran la justicia, el sentido del deber, el honor; todos ellos ideales que parecen muy nobles, pero que varían de persona a persona. Creyendo hacer justicia, puedo lo mismo defender a los herejes de sus acosadores y verdugos, que denunciarlos ante las autoridades por creerlos una desgracia para el mundo. Mi sentido del deber puede impulsarme a exterminarlos porque son una abominación a los ojos de Dios, o a protegerlos porque, igual que yo, son criaturas de Dios. Mi honor puede instigarme a vengar una afrenta exterminando a mi enemigo con toda su familia, o a matarlo a él pero respetando al menos a su mujer y sus hijos, o a pensar simplemente que él está tan por debajo de mí, que ni vale la pena que ensucie mi espada con su sangre.

 

      ’Por lo que llevo observándote, estoy seguro de que en general tus elecciones fueron meditadas cuidadosamente y, por lo tanto, buenas. El problema, todos lo sabemos, fue tu soberbia. Allí tropezaban tus más loables intenciones. A tu juicio, eras o ibas a ser el más grande; y casi todos los demás, a tu juicio, eran insignificantes e indignos de tu persona. Ciertamente eras grande por tu respeto a las consignas más nobles, como la de proteger al indefenso; tu soberbia era lo que arruinaba todo y te hacía, paradójicamente, más pequeño. Suponías que tu grandeza te daba derecho a tratar con desdén a quienes creías tan insignificantes. Y olvidabas que los árboles más altos y recios comienzan siendo pequeños al principio. Y que más tarde o más temprano terminan por caer.

 

      Por lo visto, el monólogo de Thorvald se había alejado un tanto de aquello que tanto parecía preocupar a Balduino, pues Anders notó a éste más relajado.

 

      -Cuando el pichón dejó de lado su rencor y se ocupó de ti luego de la paliza que recibiste en Kvissensborg, él creció ante tus ojos-continuó Thorvald-. Comprendiste que no siempre habías sido todo lo justo que querías ser, y le toleraste su desquite por la injusticia con que lo habías tratado a lo largo de cuatro años; pero no te conformaste con eso. Tras probar el sabor amargo de la humillación, trataste de evitar que otros lo paladearan. Por otra parte, no era la primera vez que te sentías así, pero ya volveré sobre ese punto. Por ahora digamos que sin que te dieras cuenta te puse varias veces  a prueba; por ejemplo,  con el famoso asunto de Snarki y el árbol. Fingí querer convencerte de que no valía la pena inculcar autoestima en alguien como él. Tú creíste que hablaba en serio y me enfrentaste con admirable fiereza, pues recuerdas que tú también padeciste humillación en carne propia y no quieres que nadie más la sufra, ya se trate de Snarki, de Tarian o de quien sea. También te puse a prueba en el asunto de Lambert y la construcción del hogar. Debo decir que me enorgullece estar a las órdenes de alguien que superó esas pruebas, más de lo que puedas imaginar-hizo una ligera inclinación de cabeza-. Me enorgullece servir a alguien que no se escuda tras pretextos estúpidos para no intentar cambiar el mundo aun sabiendo que no podrá cambiarlo, me enorgullece estar en el mismo bando que quien no pudiendo librar una batalla decisiva se bate al menos en pequeñas escaramuzas. La humillación, la injusticia y la inhumanidad serán siempre nuestros eternos enemigos, y ningún combate contra ellos será pequeño aunque, como tú mismo dijiste en algún momento, los ociosos y los cobardes pretendan lo contrario.

 

      ’Puedo apoyar lo que digo con otras pruebas. Sé que a Ulvgang le prometiste tratar de liberar a Tarian, pero sin comprometerte a ciegas, pues no sabes qué podrás hacer, ni cómo. Eso habla muy bien de ti. demuestra que tienes por muy valiosa la palabra empeñada y no quieres darla sin estar seguro de poder cumplir con ella. Eso impactó a Ulvgang. Los hombres que prometen demasiado por lo general cumplen poco, y eso si directamente no traicionan en forma alevosa. Con las pertenencias de Ursula, pudiste dejar que desde el principio se las quedaran nuestros hombres. Total, Ursula ni se hubiera enterado. Pero con gran valentía defendiste lo que sabías era correcto hacer. Eso cohibió a nuestros Kveisunger. Ya sabes qué opinan ellos de la mayoría de la gente: todos son una porquería, una cagada, una mierda. Los entiendo en parte, porque lo cierto es que pocos tienen agallas para alinearse en el bando del bien o el del mal, y fluctúan entre ambos. Si bien todos lo hacemos, algunos exageran. Desearían hacer el mal, pero a la vez temen el castigo, por lo que se abstienen y pasan por buenos. 

 

      ’No obstante, allí estabas tú, haciéndoles frente, defendiendo ideales que importan cada vez menos, especialmente cuando tal defensa no trasciende entre las multitudes; cuando nadie se entera de si has sido noble o un descomunal bellaco. Que les hicieras frente de esa manera y encima les ofrecieras compañerismo en la medida en que ellos aceptaran tus condiciones, los ha impresionado. Creeme, si luego de gritarle a Honney como le gritaste hoy él no se hizo una bufanda con tus tripas, fue porque te respeta, y mucho. 

 

      Thorvald hizo una pausa para carraspear.

 

      -Ahora recapitulemos, que esto es como un rompecabezas que hay que armar-propuso-. Durante años buscaste la grandeza, pero no en la forma en que creíste buscarla. Suponías que ibas en pos de riquezas, cuando lo que te importaba realmente era la justicia y el honor. Normalmente, quien más denodadamente anhela justicia alguna vez ha padecido la injusticia en su propio pellejo. Dijimos también que aprendiste a amar a los animales porque los seres humanos te decepcionaron mucho. Tienes veinte años; a los trece te fuiste de ese palacio de Rabenstadt en el que vivías. Pero he aquí otra cosa que llama la atención: lo mucho que citas la biblioteca que allí había. Se ve que la consultabas a menudo; pero si a los trece ya no estabas en Rabenstadt, sólo pudiste haberlo hecho antes, en tu niñez. ¿Qué hace un niño leyendo tanto? Y allí es donde radica tu verdadero y único fracaso. Deja de mentirte a ti mismo-añadió, viendo que Balduino meneaba obstinadamente la cabeza-. Las familias numerosas pueden ser una desgracia lo mismo entre pobres que entre ricos, y  los últimos hijos en llegar al mundo se llevan la peor parte. En las familias pobres el primero y segundo hijo son verdaderas alegrías; el noveno y el décimo son desgracias y pesadas cargas que mantener, y la rivalidad entre hermanos es muy grande. Ni comparación, sin embargo, con las familias nobles. Ahí el primogénito asegura la sucesión; el segundo varón es una garantía en caso de que fallezca el mayor. Las mujeres, si bonitas, permiten forjar alianzas, pero en gran número son un desastre. Son improductivas, hay que pagar las dotes de todas ellas y si son feas hay que duplicar el monto de las respectivas dotes o enviarlas al claustro. Y en fin, al último en nacer más le valdrá ser especial de algún modo.  Si es linda o lindo, se lo querrá a pesar de todo y hasta podrá ponerles las cosas difíciles a algunos de los hermanos mayores. Si al menos es lo suficientemente calculador o agresivo, se las ingeniará para ganar poder a pesar de todo, combinando fuerza e intriga; por ejemplo, fomentando discordias entre los mayores. Tu caso no era ninguno de éstos.

 

      El semblante de Balduino reflejaba ahora el horror de un venado acorralado por una jauría de lebreles.

 

      -Lo único que tú querías era un poco de cariño-continuó Thorvald. Los ojos de Balduino se llenaron de lágrimas y Anders, apiadado, se le acercó en silencio y le colocó una mano en el hombro en silencioso apoyo-. Te dolía que nadie te lo diera. Te preguntabas si sería por tus pecas. Sufrías porque nadie quería jugar contigo, ¿por qué iban a querer, si no importabas?... Tal vez hasta las caricias que recibías parecían estudiadas. Quizás te las hacían para que ya dejaras de molestarlos, y tú te dabas cuenta. Probablemente ni los siervos se ocupaban mucho de ti; total, hasta tu familia te ignoraba. Leías tanto porque estabas solo...

 

      Balduino ya no resistió más. Thorvald acababa de hacer aquello a lo que Ulvgang no se había atrevido en Eldersholme: obligarlo a mirar en lo profundo de su alma. En el oscuro socavón de su herida interior, se veía aún niño y aferrado a Argos, el primer ser que realmente le había brindado amor desinteresado; y se veía, niño también, consultando una y otra vez los pesados libros de la biblioteca del palacio. Allí, pasatiempo de niño triste, solitario y precoz, leía las hazañas de héroes de tiempos pretéritos y se preguntaba por qué no podía ser como ellos. Tal vez nunca se hubiera atrevido a soñar algo así para él mismo, se sentía demasiado poca cosa... Hasta que un día supo de los Príncipes Leprosos y de cómo se esforzaban por mantenerse erguidos y orgullosos pese a sus carnes corroídas y a su vida marginal. Y entonces se prometió a sí mismo llegar algún día a convertirse en alguien como aquellos héroes a quienes tanto admiraba. Porque si los Leprosos podían, podría él también...

 

      Y Balduino vio también a un adolescente rebelde a la autoridad paterna, gritando que jamás se casaría con aquella a quien la habían prometido para forjar una provechosa alianza; y vio al mismo adolescente abandonando el palacio sin prisa, con la esperanza de que alguien intentara detenerlo y le pidiera, por el afecto que le tenía, que se quedase. Tal vez su mismo padre corriera tras él y, abrazándolo, le rogase exactamente eso.

 

      Nadie lo detuvo, sin embargo. En vano el joven interumpió su marcha una y otra vez y miró hacia atrás, creyendo que alguien lo llamaba, desando que lo hicieran. La autoridad paterna no se rebajaría a inclinarse ante aquel adolescente díscolo y caprichoso; ya volvería él, mucho más dócil.

 

      Pero Balduino no iba a volver. Ahora el camino, aunque incierto y oscuro, sólo podía ir hacia adelante... Y en el corto tiempo que medió entre su partida del palacio y su encuentro con los Caballeros del Viento Negro, agotadas todas las lágrimas posibles y superados los miedos más intensos, un furioso rencor hacia la estirpe humana que tanto lo había ignorado, desdeñado y malquerido fue naciendo en él. Pero su admiración hacia las hazañas y virtudes de antiguos héroes era demasiado grande para permitirle canalizar ese resentimiento a través de crueldades y villanías; y tal vez lo suyo fuera una venganza instintiva y no premeditada. El llegaría a ser grande, el más grande de todos. Lo amarían por poner su valor al servicio de causas nobles y justas. Lo amarían porque sería como un escudo tras el cual podrían guarecerse los inocentes y los indefensos. Pero jamás obtendrían de él siquiera migajas de afecto en retribución de tanto amor. Los miraría desde lo alto de su caballo como a patéticos insectos a los que sólo por lástima no se aplasta, y sufrirían como él habría sufrido.

 

      Todo esto habían llegado a intuir Thorvald y Ulvgang, y a esto se veía ahora enfrentado Balduino. Fue como hallarse súbitamente desposeído de una armadura mágica capaz de protegerlo de los dolorosos embates de su propio pasado, y ahora los sintiera todos juntos. Soltó un gemido y su rostro se contorsionó en una mueca a la vez atroz y grotesca, antes de que pudiera ocultarlo entre las manos. Temblaba como un espástico, y era obvio que luchaba denodadamente contra aquellos sollozos que de todas maneras lo convulsionaban sin piedad.

 

      -Ven aquí, muchacho-dijo bondadosamente Thorvald, abrazándolo de manera paternal-. Tú también, pichón-y Anders, quien aunque más quedamente que Balduino sollozaba también, fue junto a ellos; y Caballero y escudero lloraron juntos, entre los brazos del viejo gigante.

 

      Ulvgang tuvo al resto de los hombres ociando toda la tarde en el bosque. No explicó el motivo, pero no hizo falta. Viendo su expresión, los Kveisunger fueron los primeros en entender que se trataba de un asunto de compañeros a quienes se debía dejar solos en la popa.

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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