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17 febrero 2010 3 17 /02 /febrero /2010 17:49

LX

      En lo sucesivo, nunca más Anders volvería a mostrarse tan perezoso en el cumplimiento de órdenes impartidas por Balduino, ni éste pudo quejarse de que su escudero le hiciera perder el tiempo con las prácticas de esgrima; al contrario, ponía mucho empeño en aprender, y pronto se descubrió que lo hacía con rapidez, cuando quería. Pero las relaciones personales entre ambos siguieron siendo un tanto difíciles durante dos días, aunque por otros motivos: debían reiniciarlas de cero, y sin embargo les era difícil ignorar que llevaban ya mucho tiempo juntos, de modo que no sabían cómo abordar un diálogo, ni de qué hablar entre ellos.

 

       Así las cosas, la segunda noche, cuando todos estaban cenando, preguntó Balduino:

 

      -Ulvgang, tú atacaste Drakenstadt con tus hombres. ¿Conociste allí a un príncipe llamado Gudjon Olavson?

 

      Como anticipo de respuesta se alzó entre los siete Kveisunger un coro de silbidos, insultos, exclamaciones desdeñosas y burlonas y comentarios al margen, ninguno de ellos muy benévolo. Ulvgang se vio atacado por un acceso de risa y casi se atraganta con la comida.

 

      -Ya lo creo que lo conocí-respondió, sonriendo cruelmente.

 

      -¡Lo conociste!-exclamó Anders, dejando de comer (lo que en él era todo un acontecimiento, si aún quedaba comida) y poniendo cara a la vez de sorpresa y admiración-. ¿Cómo era?

 

      -Estúpido, como toda la gente de Drakenstadt, y valiente, como también lo es mucha de la gente de Drakenstadt-respondió Ulvgang, burlonamente-. Y grande como una montaña. No puedo deciros qué más era, porque Kehlensneiter lo mató antes de que pudiéramos conocerlo mejor.

 

      -No-lo contradijo Balduino-. El señor Olavson murió este año, combatiendo contra los Wurms ante la Puerta regia, en Drakenstadt.

 

      -¿En serio? ¿Y cómo hizo ese gran asno para sobrevivir a semejante herida?-preguntó Ulvgang, incrédulo.

 

      Acto seguido, procedió a describir con pelos y señales su ataque a Drakenstadt, que había comenzado con el arribo al puerto de una falsa flota mercante comandada por Gröhelle, a la que se recibió confiadamente. Con Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg, las dos fortalezas erigidas sobre sendos peñones a la entrada del fiordo dominado por la ciudad, Ulvgang se mostró muy despectivo en su relato; las describió como esas cosas que construyeron sobre las dos roquitas y dijo de ellas que hasta los castillos que Hansi hacía con arena eran mucho más útiles.

 

      -Pues bien-prosiguió-, para cuando los de Drakenstadt se dieron cuenta de que las supuestas naves mercantes no eran tales y las tripulaban Kveisunger, ya tenían a buena parte de éstos atacando el puerto y luchando contra ellos. Los guardias apostados en las roquitas, entonces, se dieron cuenta de que se combatía en la ciudad, y fueron a socorrerla en sus naves. Terrible error. Fue entonces cuando irrumpí con el resto de la flota en el Hrodesfjorde. Las naves con los hombres de refuerzo quedaron atrapadas entre la falsa flota mercante, en la que quedaban todavía algunos hombres, y la mía.

 

      Siguió a esto un pormenorizado relato de la lucha, que acabó con la ruina de la flota de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg, y luego dijo Ulvgang:

 

      -Toda la seguridad de Drakenstadt dependía del Príncipe Gudjon. De haber estado al mando alguien más competente, las cosas se nos habrían complicado. En el fondo, los dos castillitos sobre las roquitas no tuvieron la culpa. Gudjon debió prever un ardid así, pero no lo hizo. Si hubiera ordenado a los tipos de las roquitas que interceptaran a cualquier nave o flota mercantil sospechosa y la inspeccionaran antes de permitirle el arribo a puerto, la lucha se hubiera iniciado a la entrada del fiordo, y pudimos haber fracasado. Y la verdad es que una flota mercantil tan grande debió haber llamado la atención. Pero  en Drakenstadt no prestaban atención a estos detalles, porque estaban llenos de soberbia. Creían que la ciudad era inexpugnable y que nadie, jamás, se atrevería a atacarla.

 

      ’En cierto momento teníamos ya el control del puerto, pero no lográbamos pasar de allí, al menos en la mitad oriental de la ciudad, donde se encuentran los talleres de orfebrería. El ataque a la mitad occidental, donde la mayoría de los nobles tienen sus palacios y donde, por lo tanto,  también había posibilidades de obtener un buen botín, estaba comandado por uno de mis aliados, que junto con otros dos tuvo la pésima idea de traicionarme. Como les había adivinado las intenciones, ordené a tres de mis hombres, Kratzer, Gröte y Mord, que me cubrieran las espaldas durante la lucha, presintiendo que la idea de los traidores era eliminarme durante el combate; pero ésa es una historia aparte. Digamos sólo que, cuando la lucha terminó, éramos muchos menos para repartirnos el botín. De cualquier manera, aquéllos a quienes se había enviado a liquidarme cayeron sobre mí cuando aún seguíamos atascados en el puerto, donde los hombres de Drakenstadt se batían como fieras. Eso, el coraje, no se les puede negar.

 

      ’ Aquel energúmeno de Gudjon arremetía contra los nuestros con la potencia de un ariete: un gigante de ojos azules y larga melena castaña que reía a carcajadas durante la lucha y enardecía a sus hombres, que arengados por él y animados por su presencia combatían con extraordinarios vigor. Mi intención había sido llegar hasta él y liquidarlo personalmente; pero en ese momento, debatiéndome contra los tipos enviados a liquidarme a mí, no podía hacerlo. Vi, sin embargo, que Kehlensneiter estaba cerca de Gudjon. "Kehlensneiter", grité, "ese grandullón nos está jodiendo demasiado. ¡Córtamelo en trocitos!" Y Kehlensneiter fue hacia Gudjon, secundado por su compinche Engel; y se abrió un camino por el que volaban las cabezas cortadas. La lucha entre Kehlensneiter y Gudjon fue breve, aunque no pude verla. Cuando concluyó, a Gudjon se lo daba por muerto, aunque su escolta personal logró sacarlo de la batalla antes de que Kehlensneiter consiguiera hacer volar su cabeza por el aire, según era su costumbre. Y una vez fuera de combate su precioso príncipe, los guerreros de Drakenstadt se desanimaron, y la ciudad cayó en nuestras manos como una fruta madura.

 

      ’En resumen: Gudjon no sabía pensar, era sólo una enorme bestia; pero sí sabía luchar. Kehlensneiter es rápido, o lo era entonces; sólo por eso tuvo éxito. Previamente, Gudjon había acabado con muchos de nuestros hombres, a veces en combate de varios contra uno. Y lo más destacable en él: aun sin entender de estrategias o tácticas, su presencia animaba a la tropa. Por eso hubo que bajarlo primero a él antes de apoderarnos de Drakenstadt.

 

      ’¿Por qué ese interés?

 

      -Porque en Ramtala nos enteramos de que había pertenecido a nuestra Orden, y que era una leyenda dentro de la misma-contestó Balduino-. Años antes de que atacarais Drakenstadt, él combatió mucho más al Sur por una causa más noble, en el Monte Desolación. Y aunque parece que entonces tampoco demostró mucho cerebro, el corazón lo redimió de su tontería al final. Parece que eso de aceptar combate de varios contra uno era algo que hacía a menudo.

 

      -Bueno... Es lógico-gruñó Honney-. Luchar contra él era como tratar de derribar una montaña.

 

      -Las hazañas del Monte Desolación dieron mucha fama a la Orden y durante dieciocho años fueron repetidas hasta el cansancio para ganar adeptos e incentivar a los novatos-explicó Balduino-, pero ninguno de los que participaron de esa gesta fue conocido por su verdadero nombre cuando se la evocaba, porque muchos eran nobles muy conocidos, que podían tener problemas o causárselos a otros si un traidor se infiltraba en las huestes del Viento Negro, los identificaba y los denunciaba a las autoridades. Así que se los llamaba por apodos. El Gran maestre Thorstein Eyjolvson, por ejemplo, era El Sabio; y  el señor  Benjamin Ben Jakob, El Justo.  Sólo por esos apodos los conocimos durante años, hasta el inicio de la guerra contra los Wurms.

 

      -Y a Gudjon, ¿cómo le decíais?-se burló Andrusier-. ¿El Asno?-y hubo un coro de risas.

 

      -Por mucho no te equivocas. Lo llamábamos Sansón; además del personaje bíblico, suele llamarse así a los caballos de noble estampa y muy forzudos, pero poco inteligentes-contestó Balduino; y sonrió, porque su mentor en la Orden, Benjamin Ben Jakob, también había dado ese nombre a su propio caballo, no se sabía si por no ocurrírsele mejor nombre o en poco respetuoso homenaje a Gudjon.

 

      -Tenéis que contárnoslo todo alguna vez-dijo Ulvgang.

 

      Quien por lo pronto siguió contando anécdotas del ataque a Drakenstadt fue él, con aclaraciones y añadidos de los otros Kveisunger; pero ya Anders no estaba tan interesado en ellas, y les prestó atención sólo por cortesía, y sin poder evitar que, por momentos, su mente estuviera en otra parte.

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Published by EKELEDUDU
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