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17 febrero 2010 3 17 /02 /febrero /2010 17:51

LXI

      Esa noche, el siguiente turno de guardia al pie de Vindsborg le tocaba a Balduino, por lo que terminó de cenar antes que los demás, y bajó a cumplir con lo que correspondía.

 

       Se hallaba un tanto nostálgico y soñador mientras contemplaba el océano en la pleamar bajo la argentada luz de la luna llena; y por alguna razón no le sorprendió ver que Anders venía a hacerle compañía.

 

      -¿Molesto? Quería hacerte una pregunta, nada más-dijo, aunque ambos intuyeran que esto era un simple pretexto. Hacía dos días buscaban uno para entablar conversación.

 

       -No, Anders, pregunta lo que quieras-repuso Balduino, sonriendo cordialmente.

 

      -¿Recuerdas cuando íbamos camino a Ramtala con Abelardo de Hallustig y su escudero?... Abelardo te comentó, como novedad, que acababa de enterarse de quién era El Justo: Benjamin Ben Jakob. Tú contestaste que ya lo sabías.

 

      -Sí, me acuerdo.

 

      -¿De veras lo sabías, o nada más fanfarroneabas? ¿Tanta confianza te tenía el señor Ben Jakob, para revelarte algo que podía ser tan comprometedor?

 

      Balduino suspiró.

 

      -Anders, esto es largo y un poco difícil de explicar-dijo-. En cierto momento, sospeché que el señor Ben Jakob era El Justo. Y se lo dije. El contestó que sí, que tenía razón; pero con tanta serenidad lo admitió, sin pedirme discreción ni nada por el estilo, que luego no estuve seguro de haber acertado. Pensé que tal vez me había equivocado y el señor Ben Jakob trataba de despistarme para que no se me ocurriera hacer indagaciones que me llevaran a deducciones más acertadas. Sólo en los últimos dos años estuve casi seguro de que sí,  que el señor Ben Jakob era El Justo; pero siempre continué con un margen de dudas. Así que decide tú si sabía, o si fanfarroneaba.

 

      -¿Y cuánto hace que sospechaste por primera vez?-preguntó Anders.

 

      -Hará más o menos cuatro años... Luego de eso, supuestamente en premio a mi sagacidad, el señor Ben Jakob me ascendió a bachiller, y tú entraste a mi servicio.

 

      -Al principio sólo para espiarte, como habrás notado.

 

       -¿Para espiarme? No, no sabía...

 

      -El señor Ben Jakob me dijo que me pondría al servicio de alguien que tal vez fuese un enemigo infiltrado; así que tendría que fingir ser un siervo muy solícito y espiarlo sin que se diera cuenta... Y ése fuiste tú. Ahora me doy cuenta de que probablemente no debe haberle hecho mucha gracia que descubrieras su secreto-dijo Anders-. Por supuesto, nunca encontré pruebas que te incriminaran en nada, y temí ser un pésimo espía. Es raro, creí que te habías dado cuenta.

 

      Hubo un breve silencio, roto por la risa de Balduino: una risa alegre y espontánea que probablemente se oía por primera vez y que embellecería de allí en más su semblante incluso cuando éste se hallara ya desfigurado por el fuego de los Wurms; una risa humana y noble que lo haría muy querido.

 

      -No es que no me haya dado cuenta, pero creí que me espiabas por la gran admiración que me tenías-confesó-. Lo que puede el ego, ¿eh? Pero, ¿por qué iba a pensar otra cosa? No tenía secretos que ocultar, así que no se me ocurrió que te hubiese enviado el señor Ben Jakob.

 

      -Igual fue por breve tiempo-dijo Anders, sonriendo-. Se ve que el señor Ben Jakob confió enseguida en ti, puesto que pronto te encomendó todo tipo de misiones...

 

      Balduino meneó la cabeza.

 

      -No creas-contestó-. Mayormente me usaba para llevar mensajes cuyo contenido nunca supe. Por ese entonces me asaltó ya una sospecha, pero ahora, hablando contigo, casi no tengo dudas: esos mensajes en realidad debían contener información falsa, y sólo tenían por objeto probar mi lealtad a la Orden. Si yo hubiera llevado alguno de esos mensajes al enemigo, tal vez habría enviado a éste de cabeza a una celada preparada de antemano. Seguramente el texto contenía alguna clave alertando al destinatario de que el resto del contenido no era veraz, caso de que yo lo entregara fielmente a quien me habían mandado.

 

      -Igual, a la larga el señor Ben Jakob terminó confiando en ti. Por algo te eligió para que te pusieras al frente de los escuderos encargados de poner a salvo a aquellos aldeanos en Hallustig, luego de lo cual te armaron Caballero.

 

      -Sí, pero ya habían pasado dos años, y llevaba cinco junto al señor Ben Jakob. Y ni entonces quedó del todo conforme conmigo. Me habló hacia el atardecer de la víspera del dia en que fui armado, poco antes de que comenzara a velar las armas. Me dijo que yo era a la vez su mayor orgullo y su mayor fracaso; que contaba con astucia, valor, sentido de la justicia y gran destreza en el manejo de todas las armas, llegando incluso a superarlo a él en ese aspecto, pero ni pizca de amor al prójimo; que todo lo hacía maquinalmente, como un gólem-Balduino suspiró-. Logró avergonzarme por un  momento, pero eso de que lo había superado en el manejo de todas las armas me infatuó de nuevo... De hecho, creo que en ese momento mi soberbia llegó a la cúspide... Nada menos que aquel a quien yo tenía por el mejor, me decía que yo lo superaba.

 

      -¿Y por qué creíste que él era El Justo?

 

      Balduino hizo memoria.

 

      -Dio la casualidad de que, entre todas las figuras del Monte Desolación,  la que más me atraía era El Justo, aun antes de sospechar siquiera que lo tenía ahí, a mi lado-dijo-. Eso ayudó. Si sientes admiración por alguien, lo buscas a tu alrededor. Y yo admiraba a El Justo porque en cierto momento el destino de la Orden pendió de él, de su resistencia a la tortura y su valor. Además, tal vez no sea yo muy fervoroso creyente en Dios, pero quizás me gustaría serlo; y hallaba algo de milagroso en la historia de El Justo resistiendo a la tortura mientras repetía una y otra vez el salmo 23.

 

      ’Algo que me llamaba la atención era el gran número de judíos que había en la Orden, porque en muchos lugares se los considera asesinos de Cristo y se los tiene por debajo, incluso, de las bestias; mi padre, por ejemplo, no los podía ni ver. Es verdad que, en principio, la Orden no podía darse el lujo de rechazar a nadie; pero se me ocurrió que si aceptaba a seres tenidos por otros casi por subhumanos, debía ser porque uno de ellos había descollado en alguna proeza. El señor Ben Jakob había ingresado a la Orden siendo bastante joven, según se podía calcular por comentarios suyos. Esto indicaba que se venía aceptando a judíos en la Orden desde hacía mucho tiempo atrás. Por consiguiente, la hazaña en cuestión tenía que haberse realizado mucho tiempo atrás. ¿Por qué no en el Monte Desolación? Todavía más, ¿por qué no podía el señor Ben Jakob haber estado allí? La edad lo hacía un buen candidato porque, haciendo cálculos, en la época en que estalló el volcán él tenía que ser adolescente o poco más.

 

      -De acuerdo-concedió Anders-. Pero, ¿por qué debía ser precisamente El Justo? ¿Por qué no El Sabio, El Jinete de Drakes o cualquier otro?

 

      -A ver: al comienzo de la historia del Monte Desolación, se nos decía que El Justo y su familia eran constantemente humillados y denigrados por los poderosos de Nemorea, y que vivían aislados. No se aclaraba el motivo, pero forzosamente tenía que ser algo que los segregara del resto de la gente. Por herejes, se me ocurrió primero; pero lo descarté enseguida, porque había muchos herejes en Nemorea, según sabemos por lo que nos han contado, los cuales buscaban la protección del número. Como no era el caso de El Justo y su familia, tenía que tratarse de otra cosa. Lo siguiente en lo que pensé, no sé por qué, fue en judíos. Probablemente porque también en su caso, como en el de los herejes, es su religión lo que los margina: mi padre les tenía prohibido el ingreso al Ducado. Y además, tenía uno cerca, ¿no? Cuando uno trata de descubrir algo, mira alrededor en busca de algo que pueda serle de ayuda. No tenía que ir muy lejos para inspirarme. Y se me ocurrió que la descripción del abuelo de El Justo parecía la de un patriarca bíblico...

 

      -Un momento-interrumpió Anders-: El Justo y su familia vivían bastante aislados, pero no es así como suelen vivir los judíos. También ellos tienden a agruparse en barrios o comunidades...

 

      -Sí, pero eso yo no lo sabía: no olvides que en Rabenland no había visto ninguno. No tenía forma de saber que la mayoría de los judíos no viven así. De todos modos, en el caso del señor Ben Jakob no se trata de cualquier judío: es un cabalista, y sus creencias parecen heréticas a otros judíos. Tendrías que haber visto, por ejemplo, qué cara pusieron en el Barrío Judío de Vallasköpping cuando comenté que conocía y respetaba enormemente a un judío cabalista conocido mío. Fue como mencionarles al mismísimo Belcebú... Claro que yo no sabía todo esto tan en detalle por ese entonces.

 

      ’De cualquier forma, otras dos pistas parecían confirmar que él era El Justo. Para empezar, su modestia: nunca nos enteramos de hazañas suyas; no por boca de él, al menos. Dio la casualidad de que, aunque nos relató muchas historias acerca del Monte Desolación, nunca mencionó a El Justo. Nos hablaba de Sansón, de El Sabio y de muchos otros, pero nunca de El Justo quien, sin embargo, tuvo una actuación breve pero fundamental en el Monte Desolación. Esto era sospechoso. Hubiera podido entenderse si al señor Ben Jakob la justicia no le interesara menos que a otros y, por lo tanto, juzgase al personaje poco importante. Pero al contrario, le importaba más. Para él era algo elevado, algo sagrado; siempre estaba machacando con eso de que, para nosotros, la Justicia debía ser la primera religión, y que la que cada uno profesara debía relegarse a segundo término. Además, vacilaba al tomar algunas decisiones o emitir juicios, porque no quería ser injusto con nadie. Y si tanto valoraba la justicia, ¿no debería haber mencionado más a menudo a El Justo, poniéndolo como ejemplo de lo que deberíamos ser? En esto su modestia lo traicionó. Hablaba de El Justo tan poco como de sí mismo, y esto hacía probable que ambos fueran una misma y única persona.

 

      ’Hubo otra pista. ¿Recuerdas que, aparte de sus armas, las posesiones más valiosas del señor Ben Jakob eran esos tres libracos encuadernados en cuero de unicornio que siempre llevaba con él a menos que en el momento fueran un verdadero estorbo?

 

      -Sí-confirmó Anders-. Estaban llenos de una escritura extraña...

 

      -Caracteres hebreos-precisó Balduino-. Yo no podía leerlos, por supuesto; pero cuando ya estaba casi seguro de que el señor Ben Jakob era El Justo, los revisé sin que él me viera, tratando de descubrir algo que confirmara mis suposiciones. Al abrirlos, noté que algunas páginas estaban muy manoseadas, mucho más que las demás, aunque las cubiertas estaban en excelente estado. Si los libros habían pasado de generación en generación, habían sido muy bien cuidados, pero aquellas páginas estaban ajadísimas. Y si lo estaban era evidentemente porque habían sido leídas más a menudo que las otras...

 

      ’A lo largo de varios días, aprovechando cada ausencia del señor Ben Jakob, copié como pude los títulos de los tres libros, y párrafos de las páginas más manoseadas de cada uno de ellos. Me tomó mi tiempo hallar un judío que me leyera los caracteres y en el que pudiera confiar que hiciese pocas preguntas o ninguna; y en realidad opté por valerme de distintos traductores para distintos párrafos, para no llamar tanto la atención. Los tres libros resultaron ser la Torah, el Talmud y no recuerdo qué tratado cabalístico. Todos los párrafos versaban sobre la justicia, y me impresionó mucho uno en especial, extraído del tratado cabalístico, que hablaba sobre los Lamed Vav.

 

      -¿Qué es eso?-preguntó Anders, desconcertado.

 

      -No qué, sino quiénes: según la Cábala, treinta y seis hombres justos cuya conducta recta detiene la ira de Dios. De no ser por ellos, Dios destruiría al mundo; no lo hace, por amor a esos treinta y seis. Se cree que ningún Lamed Vav sabe que lo es; cuando se entera, muere, y en otra parte del mundo aparece otro para reemplazarlo. Suena como una especie de relevo-ironizó Balduino-. Supongo que tras años de aguantar la locura humana y temer ser parte de ella, es un buen premio para alguien enterarse de que se ha comportado de verdad rectamente y merece el descanso eterno. Lástima que un pobre infeliz tenga que venir a reemplazarlo. Por suerte ni sabe lo que le espera...

 

      Anders quedó primero perplejo y luego pareció muy excitado o emocionado.

 

      -¿Quiere decir-preguntó-que gracias al señor Ben Jakob y a otros treinta y cinco tipos, Dios no destruye al mundo?

 

      -Es dudoso que existe tanta gente recta-se burló Balduino-. No, trato de decirte nada más que ese pasaje del tratado cabalístico demostraba que el señor Ben Jakob concedía enorme importancia a la justicia. Si no es un Lamed Vav, intenta parecérseles mucho. Por lo demás, te sugiero que olvides en adelante eso de los Lamed Vav, porque de más está decirte que si te oyeran hablar del tema, podrías tener problemas con nuestra dudosa Santa Iglesia...

 

      -Bah, ¿no defendemos herejes? Los tendremos de todas maneras.

 

      En el claroscuro de la noche de luna llena, Balduino se agitó nerviosamente.

 

       -En eso tienes razón. Y puede que tengamos incluso más de los que imaginamos...-murmuró.

 

      -¿A qué te refieres?-preguntó Anders.

 

      -La última vez que vi al señor Ben Jakob, poco antes de la convocatoria para luchar contra los Wurms, me confió un secreto que ya no tiene sentido guardar: financieramente, la Orden está casi acabada. Salvo unas pocas reservas, el oro de los Zarpazos de Dziark ya no existe-contestó Balduino-. Y nos estaban cercando por todas partes. El Toro Bramador de Vultalia era implacable para perseguirnos.

 

      -Nunca entenderé por qué no mataste a ese carnicero cuando tuviste la oportunidad de hacerlo-dijo Anders.

 

      -Tal vez ni yo lo entiendo bien. Ese carnicero, aparte de ser un personaje poderoso, tenía sentido del honor-contestó Balduino-. Si fue brutal y cruel, al menos creía estar haciendo lo correcto, creía ser íntegro. Nos veía como una amenaza que debía ser eliminada, no por poner en riesgo sus fueros y posesiones, sino por atentar contra lo que él pensaba eran valores cristianos. Diezmaba nuestras huestes cuando podía, pero a los herejes que defendíamos simplemente los arrestaba y entregaba a las autoridades para enjuiciarlos. No digo que me cayera simpático, pero mejor él como enemigo, y no otro que no conociéramos y que podría ser peor. Al perdonarle la vida, traté de demostrarle que también nosotros tenemos sentido del honor; que lo haya logrado o no, es otro asunto. Pero nada de eso importa porque entonces, cuando empezaba a parecer que nuestra aniquilación era cuestión de tiempo,  comenzó la guerra.

 

      -No entiendo a dónde quieres llegar...

 

      -Trato de decirte que esta guerra no hace más que demorar nuestro final y que, gane quien gane, nosotros ya perdimos.

 

      -¿Por qué ese pesimismo?

 

      -Supongamos que los Wurms fueran derrotados y que nosotros recibiéramos un indulto. ¿De qué delitos deberíamos ser indultados? Precisa un indulto quien cometió fechorías; dime tú qué hicimos nosotros. ¿Proteger herejes? ¿Aceptar judíos en nuestras filas? Rebajándonos a aceptar un perdón por todas estas cosas, estaríamos admitiendo que se trata de delitos y tendríamos que comprometernos a no reincidir en ellos en lo sucesivo. Supuestamente, ya no necesitaríamos defendernos, pues no seríamos atacados. Pero en lo concerniente a los herejes, si el Reino y la Iglesia decidieran exterminarlos, no sólo no estaríamos autorizados a defenderlos, sino que hasta se esperaría de nosotros que participásemos de la matanza. De aceptar a judíos en nuestras filas ni hablar, por supuesto. Los sodomitas son otro cantar. No digo que la sodomía no sea un vicio repugnante, pero si vamos al caso también lo sería sacarse los mocos con los dedos y comérselos como lo hacen tantos, incluso gente de noble cuna. Y nadie castiga a nadie, excepto hablando mal a sus espaldas, por comerse los mocos. Supongamos, sin embargo, que la sodomía es un asunto más serio y merece una pena más dura. El problema es que en nuestra Orden ese vicio  tuvo que ser tolerado durante mucho tiempo por razones de prudencia, como hasta el señor Ben Jakob reconoce.  Cada tanto se nos abastecía de prostitutas para que, si tal era nuestro deseo, nos desfogáramos con ellas; pero no eran tantas, puesto que de la mayoría era imposible fiarse acerca del silencio que guardaran sobre lo que pudieran ver y oir en nuestros campamentos. Luego, estaban las mujeres herejes. Para éstas, éramos héroes. Las que estaban disponibles se rendían fácilmente a los encantos de los más apuestos de los nuestros...

 

       Anders sonrió, y Balduino no tuvo dudas de que su escudero rememoraba quién sabía qué pasado desliz. Seguramente, para reforzar todavía más sus dotes de seductor nato, había hecho suyas las hazañas de otros para jactarse de ellas ante quién sabía qué damisela.

 

      -...pero tampoco eran tantas las que estaban disponibles, y las que no lo estaban, las teníamos prohibidas; no fuera cosa de que un marido cornudo y despechado prefiriera perderse a sí mismo con tal de vengarse perdiendo al mismo tiempo al amante de su esposa y a la Orden a la que éste pertenecía-prosiguió Balduino-. Las restricciones sexuales en nuestra orden eran tantas y tan estrictas, que era inevitable que algunos guerreros terminaran amancebados unos con otros. Usar la armadura para seducir se castigaba con la muerte...

 

      -¡Pero eso no se cumplía! ¡Si eran unos cuantos los que cortejaban mujeres con su armadura puesta!

 

      -Vamos, Anders, sabes bien que en nuestra Orden la letra pequeña no corre. Esas mujeres eran herejes; y los Caballeros que las cortejaban, sus salvadores. Lo de usar la armadura para seducir es algo muy amplio; hasta acudir al rescate de una mujer en peligro podría interpretarse como seducción involuntaria, pues es frecuente que en esos casos la mujer quede prendada del Caballero que la salvó. Pero eso es una cosa, y otra muy distinta, ponerse la armadura y recorrer los caminos lisonjeando a cuanta mujer vea uno. Cualquiera de esas mujeres podía estar pagada por nuestros enemigos; y si no, podía suceder que se le ocurriera traicionarnos estando sobre la marcha. Es estúpido contar con que un Caballero, en brazos de una mujer  y consumido por la pasión, se abstendrá de revelar secretos; acuérdate de la historia de Sansón y Dalila, si no. Eso de usar la armadura para seducir se refiere a estos casos y otros por el estilo. nadie puede decir que no lo sabía, porque se nos lo advertía en el mismo instante en que se nos proponía ingresar a la Orden. Es verdad que, como nada hay escrito ni ampliamente explicitado, uno puede aferrarse a la ambigüedad de los términos de la regla y utilizarla como subterfugio para salvarse si es pillado in fraganti; pero me parece un recurso vil, cobarde e indigno de un Caballero. Si se ha faltado a una norma, afróntese valientemente el castigo, aun si éste es la muerte. Y te aseguro que el castigo se aplicaba, porque mi primer encuentro con los Caballeros del Viento negro tuvo lugar en circunstancias algo tétricas, una noche en que hallé a un grupo de ellos sepultando a otro que acababa de ser ejecutado precisamente por faltar a esa norma. El señor Ben Jakob estaba también allí. Me dijo que lamentaba haber tenido que hacerlo, pero que no era posible arriesgar la seguridad de muchos por la irresponsabilidad de unos pocos. Y allí mismo me habló de la dura abstinencia sexual de la Orden para que meditara bien si de verdad quería unirme a ellos.

 

      -Menos mal que me tenías tan atareado que me era difícil faltar a esas reglas...-suspiró Anders.

 

      -¿Y por qué crees que te tenía todo el día engrasando y puliendo armas y armaduras que no necesitaban ser engrasadas ni pulidas?-preguntó Balduino-. El señor Ben Jakob se dio cuenta enseguida de que las mujeres eran tu punto débil y que, quizás, aceptarte en la Orden había sido un error; pero ya era muy tarde para repararlo. Como le eras simpático, rezaba para no tener que condenarte a muerte algún día. Me dijo que me haría responsable de cualquier falta que tú cometieras en ese sentido, pues estabas a mi servicio y tu conducta mancillaría mi honor. Agregó que eras todavía demasiado joven y alocado para responsabilizarte de nada. Como me sabía fanático del cumplimiento del deber, no dudó de que conmigo estarías a salvo de ti mismo. Sólo te daba momentos de respiro cuando había chicas a las que te estuviera permitido cortejar.

 

      Anders sonrió divertido.

 

      -Así que el culpable de que me tuvieras de aquí para allá era el señor Ben Jakob?-preguntó.

 

      -Si quieres verlo de esa forma...-murmuró Balduino-. Recuerda, sin embargo, lo que dijo Thorvald el otro día acerca de asumir las culpas propias.

 

      -Hablaba en broma-aclaró Anders.

 

      Durante un buen rato, ninguno de los dos dijo palabra, y sólo se oyó el murmullo de las olas cuya espuma la luna bordaba en plata. Aun turbado por íntimas e irresolubles preocupaciones, Balduino se sentía feliz, tal vez porque era una hermosa noche, o porque por fin hablaba con Anders como nunca lo habían hecho antes. Tal vez en ese momento fue consciente de que empezaba a amar Freyrstrande, aunque sin duda no sospechaba todavía que, cuando tuviera que abandonarlo, su corazón se haría añicos.

 

      -De todos modos, el hecho es que muchos cofrades nuestros yacen unos con otros-dijo de repente-. En tanto no se afeminaran, la Orden hacía la vista gorda: hasta eso era preferible antes que arriesgarse a que se encamaran con mujeres de dudosa lealtad. De ésos que durante tanto tiempo se amancebaron unos con otros, sin duda habrá quienes sigan prefiriendo las mujeres. Pero otros están muy adentrados en el vicio, no emprenderán el camino de regreso; y ese vicio tampoco les estará permitido luego del indulto del Rey... ¿Recuerdas a Hipólito Aléxida, el arcandio?

 

      -¿El que se decía descendiente de Alejandro Magno y la reina amazona Telespina? Sí.

 

       -Al principio, lo desprecié como a todo el mundo en aquella época, sólo por el mero hecho de estar allí. Pero encima, no estaba de acuerdo con algunas de sus opiniones y sus actos y, por si eso fuera poco, era sodomita confeso.

 

      -¿Te hizo alguna propuesta...eh...deshonrosa?

 

      -Qué va. ¿Con mi cara? No, tenía más interés en ti-dijo Balduino, y Anders enrojeció-. El caso es que terminé teniéndole cierto respeto, porque es uno de los mejores espadachines que haya conocido. Causó algunos problemas a la Orden, pero también le prestó servicios muy útiles. Y no es que apruebe su vicio, pero tolerárselo mientras fue útil, y por ese mismo vicio condenarlo a muerte (ésa es la pena por sodomía en la Orden de la Doble Rosa, tal vez llegue a serlo en la nuestra) cuando se puede prescindir de él es todavía más aberrante que la sodomía misma. Distinto sería si de entrada se hubiera condenado su vicio con rigor. El tema puede ser muy problemático, sobre todo estando en medio Hipólito, que también demostró serlo. Se decida lo que se decida respecto a la sodomía, sin embargo, sigue siendo un vicio. algo contra natura, y eso no tenemos cómo discutirlo. Pero entonces no deberían discutirnos a nosotros que los herejes y los judíos deben gozar del mismo respeto inherente a cualquier otro ser humano, y que su religión debe ser tolerada... Y no obstante, Anders, se nos forzará a renegar de estos principios que siempre hemos sustentado, si se nos beneficia con el indulto. Por eso te repito: gane quien gane esta guerra, nosotros ya perdimos. Pasaremos a defender al Rey en vez de a la Justicia.

 

      -El Gran Maestre no aceptará eso...

 

      -Seguramente no el señor Eyjolvson, pues insistió demasiado en que, contra viento y marea, hagamos siempre lo correcto. Pero si persiste en esta postura firme y noble pero desventurada, seremos combatidos otra vez. Ya no nos protege el incógnito, ni tenemos dinero para ser autónomos. Igual, morir en combate en defensa de nuestros ideales sería lo mejor que podría ocurrirnos. Una segunda posibilidad sería disolver la Orden y dedicarnos a cualquier otra cosa. Sacrificaríamos nuestro orgullo para salvar nuestras vidas, pero al menos no nos deshonraríamos participando de acciones repudiables como matanzas de herejes indefensos. Pero lo peor que nos podría ocurrir sería que otro Gran Maestre sucediera al que ya tenemos, y se doblegara ante cualquier imposición que se le hiciera.

 

      -¿Qué harías tú en ese caso?

 

      -Abandonar la Orden-afirmó Balduino en tono rotundo-. Hasta Kveisung prefiero ser antes que un mal Caballero. A menos, claro, que pudiera permanecer en un sitio como éste, lo bastante alejado del poder para actuar sin rendirle cuentas a nadie. Pero por suerte la guerra todavía no ha terminado, al menos que nosotros sepamos, así que dejemos de lado estas preocupaciones por el momento-miró a Anders y esbozó una sonrisa cargada de afecto-. Ve a dormir. Disfruté mucho esta charla.

 

      -Yo también-contestó Anders, retribuyendo el gesto-. Buenas noches.

 

      -Buenas noches.

 

      Anders retrocedió hasta la escalinata e inició el ascenso, peldaño por peldaño. Se detuvo frente a la puerta antes de entrar, y se volvió, y su mirada se encontró con la de Balduino que lo observaba al pie de la escalinata. Se sonrieron con espontaneidad, y cada uno de ellos recibió la sonrisa del otro con el mismo anhelo con que recibe el suelo árido las primeras gotas de lluvia tras una sequía devastadora.

 

      Por fin, cada uno de ellos había hallado en el otro el amigo que tanto necesitaba.  

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Published by EKELEDUDU
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