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17 febrero 2010 3 17 /02 /febrero /2010 17:57

LXV

      La furia de Varg a la mañana siguiente, al ver a Ursula invadiendo sus dominios y preparando el desayuno, no tuvo límites. Gritó como nunca en su vida, con una áspera voz de viejo cascarrabias. Como siempre que lo acometía un acceso de cólera mayúscula, casi ninguna de sus palabras era inteligible. Antes, sólo a Hansi, a regañadientes, permitía el acceso a la cocina y sólo porque, de no hacerlo, todos los demás se le echarían encima. A cualquier otro que lo intentase, Balduino incluido, lo expulsaba de inmediato.

 

      Si Ursula respondía a sus furibundos juramentos, debía hacerlo en voz muy baja, porque no se la oía. Más bien daba la impresión de que seguía moviéndose a su antojo, ignorando las protestas del viejo.

 

      Este, por fin, fue a hacerle llegar sus quejas a Balduino, quien estaba sentado junto a los otros a la espera del desayuno. Todos rieron sin disimulo al verlo.

 

      -¿Qué pasa, viejo?-preguntó Gröhelle-. ¿El enemigo tomó por asalto tu reducto?

 

      Varg no le respondió, y se dirigió expresamente a Balduino. Como seguía tan enfurecido como al principio, poco de lo que dijo se pudo entender, pero aparentemente exigía que Balduino llamara al orden a su giganta entrometida.

 

      -¿Y yo qué tengo que ver?-preguntó el interpelado, haciéndose el inocente-. Házte cargo de tu feudo tú mismo. Impón tu autoridad.

 

      -Es que... Es que...-balbuceó Varg.

 

      Se enfrentaba a un dilema similar al que todos los demás habían tenido antes con él. Para permanecer en la cocina, hubieran tenido que golpear a Varg, quien ya estaba viejo. Era descomedido y deshonroso emplear la fuerza bruta contra alguien de su edad, por más que a veces dieran ganas.

 

      Ahora algo parecido le ocurría a Varg. Sólo golpeándola tendría posibilidades, quizás, de expulsar a Ursula, admitiendo que ésta no devolviera golpe por golpe. Pero un Kveisung no golpeaba a una mujer más que en casos muy excepcionales, como una traición en extremo aberrante.

 

      -Varg, por favor-insistió Balduino-. Ve y déjale en claro que somos los hombres quienes mandamos.

 

      -¡Ja!-exclamó sarcásticamente Lambert, a quien casi veinte años de matrimonio capacitaban perfectamente para afirmar lo contrario.

 

      Varg frunció los mostachos, indignado, y volvió a la carga en la cocina en un intento por recuperar el señorío que acababan de arrebatarle. Otra vez volvieron a escucharse sus amenazas e  insultos obscenos, siempre más adivinados que oídos claramente; pero Balduino no pudo seguir la contienda paso a paso porque Ulvgang, quien estaba haciendo la guardia, vino a avisarle que se lo buscaba afuera.

 

      -¿Quién es?-preguntó el pelirrojo.

 

      -Friedrik, Thomen el Chiflado, Kurt... Muchas personas-contestó Ulvgang.

 

      -Bueno, ya que estás, desayuna y después lo haré yo-sugirió Balduino, poniéndose de pie-. Quédate, Anders-dijo, al ver que el joven se incorporaba también-; yo me haré cargo de lo que sea.

 

       -Dará buena impresión que te acompañe tu escudero-respondió Anders, con expresión enigmática que escondía sus verdaderas intenciones.

 

      De manera que ambos descendieron los escalones y hallaron un par de carretas al pie de Vindsborg. Se trataba de las primeras personas que venían a traer sus productos para que el viejo Oivind los cambiara por otros en Vallasköpping, conforme a la estratagema urdida por Balduino el día anterior; de modo que éste abrió la puerta de la despensa adyacente a la herrería.

 

      Anders y Kurt intercambiaron guiños. En cuanto a Hansi, que venía acompañando a su padre, a los compañeros de éste y a la esposa y el hijo menor de Thomen el Chiflado, se llevó las manos a la espalda con una sonrisa zorruna en su semblante infantil.

 

      Sin la menor malicia, Balduino atendió primero a Friedrik y sus compañeros de pesca, quienes dejaron dos barriles de pescado seco, especificando qué querían a cambio. Anders fue rápidamente en busca de papel, plumas y tinta y tomó debida nota de todo, y entre él y Balduino acomodaron los barriles en la despensa; tras lo cual, Friedrik y sus compañeros de pesca agradecieron efusivamente y se fueron a su jornada laboral mientras Thora, la esposa de Thomen el Chiflado, regresaba a su hogar en la carreta en la que habían venido todos ellos.

 

      Balduino iba seguidamente a atender a Kurt, cuando éste señaló una figura que venía caminando a lo lejos y dijo:

 

      -Amigo, ésa que viene a pie es la vieja Herminia. Mejor la atiendes primero a ella. Ha tenido que caminar mucho para venir hasta aquí, y tendrá que recorrer todavía la misma distancia al regreso.

 

      Balduino pensó que era descortés por parte de Kurt no ofrecer a la tal Herminia llevarla de regreso en su carreta; pero no hizo comentarios al respecto. Tal vez de un rústico no pueda esperarse cortesía, pensó.

 

      Herminia era una mujer menuda, de cincuenta y tantos años y ojos y cabellos grises, estos últimos cubiertos por un pañuelo. Traía una cesta con alrededor de una docena de huevos.

 

      -Quiero velas-declaró agresivamente, mirando a Balduino como si éste le hubiera infligido la más grave de las ofensas y se dispusiera a partirle la cara a golpes.

 

       Ante semejante mal genio, Balduino quedó momentáneamente mudo.

 

      -Muy bien-dijo conciliador, cuando se recobró; y se volvió hacia su escudero-. Anders, toma a Slav y acerca a esta gentil mujer a su casa.

 

      -Déjame en paz-dijo la mujer, bajando la vista como con rencor, y escupiendo cada palabra-. Sólo consígueme velas.

 

      Y dio media vuelta y se fue.

 

      -De nada-ironizó Anders, pasmado y en voz baja, mientras tomaba nota de la petición de la mujer-. Creo, Balduino, que esta gentil mujer, ya que así la has llamado, gustosamente te transformaría con uno de sus embrujos en algo más pequeño y feo que los piojos de nuestros cabellos si te portas mal.

 

       -Y si me porto bien también, parece; pues no creo haberle hecho daño-respondió Balduino.

 

       Vaya con la vieja bruja. Ya entiendo por qué Kurt no le ofrece llevarla, pensó.

 

      -Qué carácter, ¿eh, amigo? Así es ella-dijo Kurt, bajando unos sacos de una carreta uncida a un jamelgo viejo y feo, aunque no tanto como el que tiraba de la carreta de Thomen el Chiflado (el cual, ahora que lo pensaba Balduino, era el más feo y viejo que había visto en su vida). Junto al sitio donde habían estado los sacos había dos mujeres, ambas de cuerpo bastante armonioso, aunque había llamativo contraste entre sus rostros. El de una era delicado y bastante agradable, de cabello ondulado color castaño y ojos marrones, de expresión dulce. El de la otra estaba curtido como cuero, coronado por una profusa y descuidada melena rojiza en la que era obvia la sequedad de los cabellos. Los ojos, de color celeste lavado, tenían expresión dura y desafiante, acentuada por la nariz, que era aquilina, huesuda y afilada. Peor todavía, los dientes eran descomunales, y su tamaño se acentuaba debido a un rictus que la obligaba a dejar la boca entreabierta.

 

      Las dos mujeres rondarían los dieciocho o diecinueve años como mucho. Balduino no les prestó atención cuando se acercó a la carreta para ayudar, pues todavía  estaba atontado por la reacción de la vieja Herminia.

 

      -No, no, amigo, no pesa nada, es lana-dijo Kurt, cuando el pelirrojo quiso darle una mano-. Toma, esto es para ti-añadió, colocándole en sus brazos un vellón de reno.

 

      -Kurt, escucha...-tartamudeó Balduino, quien iba a rechazar el obsequio considerando que, tal vez, Kurt necesitara el vellón más que él. Pero ya teniéndolo entre sus manos, nada más pudo añadir: Kurt no se lo permitió.

 

      -Amigo, ésta es mi novia Adelheid. La próxima primavera nos casaremos aquí, en la playa; y tú apadrinarás a la novia.

 

      -A la orden...-bromeó Balduino, sin saber qué otra cosa decir, y llevando a sus labios la diestra de Adelheid para besarla.

 

      Adelheid era la más bonita de las dos jóvenes. Ante el cortés gesto de Balduino pareció derretirse, y se volvió hacia su prometido sonriéndole como si éste fuera quien acabara de hacerla objeto de tan refinada atención.

 

      La otra mujer, arrodillada en la caja de la carreta, esbozó también una sonrisa complacida, que Balduino no vio. Sonriente, miraba alternativamente a Kurt y a Adelheid. Por excéntrico que fuese aquél, Balduino le tenía afecto, y estaba encantado de que hubiese hallado una mujer que lo quisiera bien.

 

      No advirtió que el rostro de Kurt, inocentón hasta ese momento, había pasado en un segundo o dos a la más absoluta picardía. Tampoco advirtió que Anders había salido rápidamente de la despensa, como quien no quiere perderse un magnífico espectáculo. Y mucho menos advirtió que la sonrisa zorruna de Hansi se había vuelto más pronunciada.

 

      -Y ésta es Gudrun-continuó Kurt, señalando a la joven de rostro  tosco que seguía arrodillada en la carreta; y añadió, con el tono triunfal de quien, tras arduos esfuerzos, se sale al fin con la suya:-. Amigo, ¡TE HE TRAÍDO UNA MUJER!

 

      Balduino se puso más colorado que sus cabellos y los de Gudrun juntos. En cuanto a Gudrun, ahogó una exclamación de horror escandalizado y, aferrándose al adral del carro, quedó en una extraña pose similar al de una fiera a punto de abalanzarse sobre su víctima.

 

      -¡¡¡KURT!!!-rugió.

 

      -¿Eh?-preguntó el susodicho, riendo y haciéndose el inocente-. No, si por Heidi lo digo...

 

      -No sabiendo qué otra cosa hacer, Balduino se acercó al carro y besó también la diestra de Gudrun, quien recibió el gesto tensa y con suma frialdad.

 

      -Llevaré los sacos a la despensa-dijo el pelirrojo a continuación.

 

      -Te ayudo, amigo, te ayudo-dijo Kurt; pero en el momento en que iba tras Balduino, Gudrun saltó de la carreta. Kurt sintió entonces que algo similar a una garra lo asía por el cuello de su camisa, impidiéndole ir a ninguna parte.

 

      Balduino estaba llevando en una mano el vellón de reno y en el otro uno de los sacos. Al entrar en la despensa, dejó el vellón aparte, y acomodó el saco junto a los barriles dejados por los pescadores.

 

      Anders, sonriendo muy satisfecho y entusiaste, había ido tras Balduino.

 

      -¿Te gusta Gudrun?-preguntó.

 

      -¿Eh? No, Anders, por Dios, ¡es feísima!-replicó el pelirrojo, enfático. Aunque tal vez no es que lo sea tanto realmente, sino que tiene rasgos muy raros, pensó.

 

       Era una lástima, pero ninguna sorpresa para Anders. A Gudrun la hallaba bonita sólo Kurt, y porque la veía con los ojos del corazón. Anders había pensado que Balduino la preferiría antes que no tener ninguna mujer, pero si no era así, lo entendía perfectamente.

 

      Caballero y escudero abandonaron uno detrás del otro la despensa, a fin de ir por los otros sacos. Sin embargo, fue Anders solo quien completó la tarea; porque Balduino, tras dar uno o dos pasos con su decidido andar habitual, se plantó a estudiar más detenidamente el rostro de Gudrun para terminar de definir si los rasgos del mismo eran feos o sólo extraños. La vio amonestando enérgicamente a Kurt, y notó que la joven llevaba una honda a la cintura. Este detalle, que lo dejó admirado y pensativo, acabó de rezagarlo. Gudrun pastoreaba ovejas, recordó; la honda era seguramente para defender al rebaño y a ella misma de depredadores. Por fuerza tenía que ser una muchacha valiente.

 

      La suya era una cintura esbelta, ahora que Balduino la veía bien. No tenía un cuerpo feo; al contrario. Balduino avanzó dos o tres pasos y volvió a detenerse para contemplarlo y admirarlo tanto como se lo permitiera el vestido de la joven, que no era muy ajustado.

 

      Entonces subió con la vista hacia el cuello y el semblante de Gudrun, y de repente quedó alelado al descubrir allí cosas que antes no había notado. Aquella era una cara enérgica, con mucho carácter y mucha voluntad, indómita como la tierra que la había visto nacer. había en ella algo del fustigar inclemente de los vientos invernales y de la majestad del vasto océano; algo de espuma marina, de bellos cielos encendidos en vivos colores al asomar el sol tras una reciente tempestad, y de volcán de Elderholme insinuando amenazas nunca cumplidas. Balduino, estupefacto, sintió estar contemplando a una valquiria o a una amazona; sintió hallarse ante la mismísima personificación de aquella tierra bravía que estaba aprendiendo a amar.

 

      Todavía seguía ella increpando a Kurt, quien soportaba estoicamente el furibundo vendaval, cuando Anders pasó junto a Balduino, y quedó atónito ante la expresión de éste, entre vacua y maravillada. Se detuvo junto a él. Balduino lo miró y sonrió, radiante.

 

      -¡Qué... Qué mujer!-susurró.

 

      Anders quedó de una pieza ante tal declaración, que contradecía la anterior, a su parecer más acorde a los hechos,   según la cual Gudrun era feísima; pero no dijo nada. Esbozó una sonrisa y, meneando la cabeza, fue a llevar a la despensa los otros dos sacos de lana restantes. Allí permaneció, esperando el regreso de Balduino.

 

      Para mayor confusión de Anders, aquel volvió, ni mencionó a Gudrun. Explicó, sí, que uno de los sacos contenía lana de oveja y los otros dos lana de reno, estos últimos del rebaño de la familia de Kurt; y dictó a Anders por qué productos deberían ser cambiados en Vallasköpping.

 

      Finalmente, quien sacó el tema fue Anders:

 

      -Gudrun te gusta...-dijo.

 

      -¿Qué importa que me guste o no?-contestó Balduino-. Ella no es para mí. Para empear, con esta cara sería ingenuo suponer que yo podría gustarle...

 

      -¡No hay nada de malo con tu cara!-protestó Anders.

 

      En este momento esto era bastante cierto. Años de ocultarse en los bosques, en cuevas o en castillos de los aliados del Viento Negro habíanm condenado siempre a Balduino a una palidez que provocaba un horrendo contraste con sus infinitas pecas; pero ahora el constante trabajo bajo el sol de la primavera y el verano de Freyrstrande habían bronceado mucho su cutis, por lo que el contraste prácticamente no existía, y las pecas pasaban casi inadvertidas. Secundariamente, la espantosa mueca de desdén, que durante tanto tiempo había afeado muchísimo el rostro de Balduino, estaba desaparecida desde hace meses. Ásí se lo explicó Anders, añadiendo que a Gudrun el color de la melena de Balduino la había impactado mucho, siendo ella, de hecho, quien lo había motejado señor Cabellos de Fuego.

 

      -Esos son rumores que corren y que lo mismo pueden ser falsos que verdaderos-contestó Balduino-. Secundariamente, y aunque te rías, tengo miedo.

 

      -Ya me di cuenta. Balduino, por favor-gimió Anders en tono de desolación-. Lideraste una astuta emboscada en los bosques de Hallustig cuando aún eras bachiller; derribaste de su montura a El Toro Bramador de Vultalia; te enfrentaste exitosamente y en varias ocasiones a hombres peligrosos y bestias no menos peligrosas; ¿y ahora le tienes miedo a una mujer?

 

      -Quizás-contestó lacónicamente Balduino.

 

      Y Anders ya no dijo nada, pero puso cara de desesperación. 

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Published by EKELEDUDU
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