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17 febrero 2010 3 17 /02 /febrero /2010 17:58

      Balduino estaba convencido de que Gudrun no tenía el menor interés en él y que, caso de que lo tuviera, él mismo arruinaría la relación por torpeza e inexperiencia; que de todos modos no tenía sentido iniciar una relación que jamás sería perdurable, porque él y Gudrun pertenecían a mundos distintos; y que incluso si perdurara, tenía posibilidades de convertirse en un vínculo muy triste, como el que unía a tantas parejas que permanecían juntas sólo por hábito o por principio de indisolubilidad matrimonial. Además, ni él sabía bien qué quería. Pensaba a veces que le atraía el romanticismo pero, de ser así, no entendía por qué hallaba tan aburridas a la mayoría de las damas de la nobleza, las cuales se hacían leer poesía por sus doncellas, vibraban de emoción ante las baladas de los juglares y perdían la respiración cuando un Caballero, debidamente revestido de armadura y gallardo sobre su corcel, levantaba ante ellas la visera de su casco y extendía la punta de la lanza para que la dama de sus amores tomara la sortija, obtenida en una justa de la que había sido vencedor, y que pendía del extremo del arma. Esta última imagen era tan parecida a la de un pescador con su caña y al pez mordiendo la carnada, que a Balduino le provocaba rechazo; y no podía evitar una superposición mental entre las imágenes de la sonrisa bobalicona de una princesa y la también poco agraciada sonrisa de una trucha o un salmón exhibido en el puesto del pescadero del pueblo.

 

      En vista de que nada de esto era romántico, Balduino se decía a veces que tal vez lo suyo fuera la practicidad, ciertamente abundante entre los villanos. Entre la gente humilde había poco lugar para hipocresías melifluas. Pero en ese ámbito los sueños rara vez tenían cabida, y la vida se reducía a hacer siempre lo mismo; y con frecuencia la frustración y la rutina se alzaban entre ambos cónyuges, haciendo que ya a los pocos años de la boda estuvieran gruñéndose el uno al otro. Tampoco era una opción tentadora, aun cuando el resultado final no fueran las cuarenta puñaladas que habían puesto fin al matrimonio de Lambert.

 

      Pero afortunadamente, la existencia en Vindsborg no giraba en torno a Gudrun o a la mujer que Balduino escogiera o descartara; de modo que, luego del desayuno, dejó de lado estos pensamientos. Reunió a los hombres y les dijo que ese día no continuarían con la empalizada, sino que lo dedicarían a practicar coordinación de movimientos en previsión de un posible ataque Wurm, ejercicio que últimamente tenían desatendido.

 

      Según era habitual en esos casos, Balduino se había plantado frente a sus hombres en la playa, y comenzó por el prólogo de rigor:

 

      -Izquierda-y señaló su diestra-. Derecha- y señaló su siniestra-. ¿De acuerdo?-concluyó, mirando a los gemelos Björnson, quienes por ese entonces, obstinadamente, persistían aún en equivocar las direcciones.

 

      Per y Wilhelm asintieron con sonrisas enigmáticas, y Balduino creyó que se avergonzaban de su ya proverbial confusión. Pasó entonces a seguir explicando; pero entonces le llamó la atención que todos estaban sonrientes o reprimiendo la risa. Se pasó la mano por la nariz, pensando que tal vez un moco colgando fuera el motivo de aquella hilaridad. Como no era así, continuó pasándose la mano por distintos puntos de la cara, persuadido de  que alguna mugre en ella le daba algún tinte ridículo. E hizo  todo esto sin interrumpir su explicación, pero sus frenéticos  esfuerzos por sacarse de encima aquello que, según imaginaba por experiencias previas, le confería una apariencia chistosa, no pasaron inadvertidos, sino todo lo contrario; y provocaron aún más risas reprimidas, a la vez que distrajeron la atención que debía centrarse en las palabras de Balduino, hasta que éste, por fin, se rindió.

 

      -Ya está bien-dijo, riendo-. Decidme qué ha vuelto a transformarme en vuestro bufón, que ya os habéis divertido bastante; y luego atendedme.

 

      Por toda explicación, Andrusier, quien estaba colorado por el esfuerzo de reprimir la risa, meneó la cabeza negativamente, y señaló un punto situado a espaldas de Balduino. Este, intrigado, dio media vuelta.

 

      Hansi venía caminando muy despacio en dirección al grupo, y traía de la mano a otro niño, éste como de tres años, de rizos rubios y ojos azules.

 

      -Muy bien, Thommy-decía Hansi-. El señor Cabellos de Fuego te deja quedarte aquí; pero te tienes que portar bien.

 

      -Tí-contestó dócilmente el niño rubio.

 

      La cara de Balduino auguraba una explosión capaz de dejar enana la del Monte Desolación. Cerró los puños, contó hasta diez, y luego llamó a Anders, quien pronto acudió a su lado, tratando de mantenerse medianamente serio.

 

      -Ve junto a ese mocoso rubio y vigílalo por un instante, mientras asesino al otro-le dijo Balduino. Luego compuso una sonrisa muy poco convincente y, moviendo sugestivamente el índice para llamar al culpable de aquella situación imprevista, canturreó, con una dulzura aún menos convincente que su sonrisa:-. Haansi... Haaaansiiiiiii... Ven aquí, que tenemos que hablar.

 

      Hansi sin duda adivinó que se avecinaba tormenta, pero lo disimuló en forma magistral, acudiendo junto a Balduino sin dilación, y como muy interesado en lo que éste tuviera para decirle. Balduino se inclinó sobre él con expresión nada amistosa.

 

      -¿Puede saberse de dónde salió este crío?-preguntó en voz baja.

 

      -Es Thommy, el hijo más pequeño de Thomen-contestó Hansi, con mucha naturalidad.

 

      -Ajá-gruñó Balduino-. ¿Y qué hace aquí?

 

      -Vino en la carreta, con los otros.

 

      -¡¡¡ME DOY CUENTA DE QUE DEBE HABER VENIDO EN LA CARRETA!!!-exclamó Balduino, furibundo y gesticulando de tal forma con las manos, que parecía que éstas pujaran por cerrarse en torno al cuello de Hansi; luego intentó recobrar la compostura, y su tono volvió a ser engañosamente dulce:-. Pero dime: ¿por qué luego no volvió a irse en ella? ¿Y quién te ha dicho que yo le permito estar aquí?

 

      -Thorvald-afirmó Hansi, sin vacilar.

 

      La ira de Balduino no se aplacó, pero empezó a considerar la posibilidad de, tal vez, estar a punto de asesinar al equivocado. Sin embargo, sonaba un tanto rara aquella respuesta. 

 

      -Ven aquí, vamos a ver eso-dijo.

 

      Hansi tragó saliva y, por su cara, fue obvio que estaba en serios aprietos; pero Balduino no lo advirtió porque iba adelante, llevando al chico casi a la rastra hasta el pie de Vindsborg, adonde Thorvald montaba guardia.

 

      -Sí, muchacho, yo dije que Thommy podía quedarse... Pero aquí algo huele mal-dijo el gigantesco y anciano Thorvald en respuesta a la pregunta casi acusatoria de Balduino-. Hansi me dijo que tú le habías dado permiso... Y si tú se lo habías dado, ¿quién era yo para prohibir a Thommy quedarse?

 

      -Ay-gimió Hansi, encogiéndose desesperadamente sobre sí mismo como el conejo que olfatea a los zorros, mientras Balduino se volvía hacia él más airado que nunca.

 

      -¿Así que ahora, además, mientes?-vociferó.

 

      -Señor Cabellos de Fuego...-murmuró Hansi, en un hilillo de voz.

 

      -¡Cállate!-tronó Balduino, acalorado de furia-. ¡Esta vez, ningún versículo bíblico puede ayudarte! ¿O me dirás que Fray Bartolomeo, entre misa y misa, te enseña a mentir? Colmaste mi paciencia, granuja, y  precisas un escarmiento, ¡y te lo daré ya mismo!

 

      El infortunado intento de huida de Hansi no duró ni dos segundos. Antes de que pudiera darse cuenta, se hallaba prisionero bajo el brazo derecho de Balduino, quien lo llevaba escaleras arriba para zurrarlo. Viéndoselas negras, el chico juntó las manos en señal de súplica.

 

      -No, señor Cabellos de Fuego, eso no. Pegarme no. Eso duele, ten piedad. Dijo el señor: Dejad que los niños vengan a Mí. Por favor, señor Cabellos de Fuego, perdóname. No mentiré más. Nunca más. No me pegues, por favor, eso no, ¡ESO NO!...

 

      El chico resultaba tan cómico que, muy a su pesar, a la mitad de esta descarada súplica Balduino se hallaba él tamnbién reprimiendo la risa. No obstante, hizo un esfuerzo por permanecer serio mientras volvía a dejar al niño en el suelo.

 

      -Como te pesque mintiendo de nuevo, te parto el culo a nalgadas-prometió.

 

      Esa sería la primera de varias ocasiones en que Hansi se salvaría por un pelo de ser castigado por Balduino, y siempre apelando al mismo exitoso sistema. La impunidad lo incitaría a seguir bordeando el límite de la paciencia de Balduino una y otra vez y, de hecho, en este mismo momento ponderaba la amenaza, constatando que la misma se ceñía a la mentira y no a cualesquiera otras barrabasadas. Entonces, componiendo una máscara de solemnidad ampliamente desmentida por sus traviesos ojos azules, hincó rodilla en tierra tal como había visto hacer al mensajero y como, según Anders había explicado, debía hacer todo vasallo ante su señor feudal.

 

      -Ah, ya basta con eso-gruñó Balduino-. En vez de rendirme homenaje, ve y dile a Thommy que tendrá que regresar a su casa. Haré que Anders lo lleve.

 

      El rostro de Hansi se puso esta vez genuinamente serio y suplicante.

 

      -Señor Cabellos de Fuego... Es chiquito. Déjalo estar acá, que no hará daño. No seas malo.

 

      Balduino se dulcificó, y acarició con su mano los cabellos de Hansi, tan rojos como los suyos.

 

      -No soy malo, Hansi. Pero precisamente porque es chiquito es mejor que esté junto a su madre, que podrá cuidarlo mejor que nosotros-contestó-. Yo me haré cargo de decírselo esta vez, pero no vuelvas a traerlo, y menos sin consultarme antes.

 

      Hansi asintió, aunque no muy convencido de tales argumentos; y Balduino fue a encarar a Thommy para decirle que se lo llevaría de regreso a su casa. Pero cuando bajó la escalinata halló, al pie de la misma y junto a Thorvald, a aquel viejo ladino y desdentado de Oivind.

 

      -Aquí me tenéis, señor Cabellos de Fuego-dijo Oivind, con una sonrisa adulona-. Listo para seguir trabajando... y para serviros.

 

      -¡Pero no os dije que vinierais hoy, Maese!-exclamó Balduino.

 

      -Ah, pero es que hoy estoy libre.

 

      El viejo era obviamente mucho más desfachatado aún que Hansi, lo que no era poco decir; y Balduino, quien hasta ese momento no le tenía mucho respeto, pero había logrado disimularlo, ya no fue capaz de fingir más, y se volvió hacia él sonriendo con ironía:

 

      -Presumo que esa inactividad que dices se refiere a la rutinaria tarea de zamparte cuanta bebida alcóholica caiga en tus manos, viejo borrachín; pues mucho más no haces.

 

      -¡Pero como decís eso, señor!-exclamó Oivind, riendo.

 

      -Bueno, ya que estás aquí, dame un minuto, que ya vengo y cerraremos el trato.

 

      Y fue a decirle a Anders que rehiciera la lista hecha aquella mañana, de tal manera que en la nueva no figuraran los nombres de los aldeanos que habían entregado sus productos para cambiarlos, y pareciera que todo el trueque fuese para él, para Balduino. Luego, éste volvió junto a Oivind, a quien dijo que tenía una lista confeccionada con las cosas que tenía para canjear y las que necesitaba conseguir. Estipuló la parte que iría para Oivind y exigió que éste, a su regreso, pasara primero por Vindsborg. Verificado que no faltara nada, se le entregaría lo acordado.

 

      Oivind escuchó estas condiciones con creciente preocupación, ya que cerraban las puertas a cualquier posible sisa. Se esforzó por encontrar en las condiciones impuestas algún resquicio inadvertido para Balduino; y al no hallarlo, replicó con su típico lloriqueo que cinco viajes como ése lo arruinarían, si primero no lo devoraban los grifos.

 

      A él también le hacían falta unas nalgadas.

 

      -Mira, creo que es un acuerdo justo; lo tomas o lo dejas. Pero responde ahora, así no pierdes tu tiempo ni me haces perder el mío, ¿eh?-dijo Balduino con firmeza.

 

      Hubo un breve regateo, tras el cual Balduino, impaciente, aumentó algo la parte que obtendría Oivind, pero ni en sueños tanto como éste pretendía.

 

      -Muy bien, señor-gimoteó finalmente el viejo-. Aceptaré, aunque el trato sea desventajoso para mí, por el simple placer de serviros...

 

      -Ah, cállate, viejo embustero. ¿Le digo a Hansi que no debe mentir, y lo haces tú?... Cierras trato conmigo sólo porque ya no tienes vino ni aguardiente.

 

      Poniendo cara de víctima, Oivind subió a su carreta arrastrada por bueyes para acercarle y cargar todo.

 

      -Anders te dará la lista-dijo Balduino.

 

      -¿Qué lista? ¡Yo no sé leer! Traigo todo de memoria.

 

      -¿Y recordarás qué cosas tienes que canjear a cambio de qué?

 

      -¡Claro, siempre trabajé así! Tengo buena memoria. Además, dijisteis que sólo tenéis pieles para cambiar.

 

      -Eso era antes. Ahora tengo también otras cosas, que son regalos de algunos aldeanos.

 

      La cara de víctima de Oivind se acentuó.

 

      -¡Banda de ingratos!-gimió-. ¡Años sudando sangre por ellos, y a mí nunca me han regalado siquiera un alfiler!

 

      -¡Ah, cállate, viejo ladrón, que ya bastante te regalas tú mismo de lo que te confían tus vecinos!-le gritó Hundi desde la distancia.

 

      Y el resto de los presidiarios provisionalmente libertos soltó también sobre Oivind una barahúnda de insultos y provocaciones verbales, tanto más nutridas cuanto que se aburrían esperando el regreso de Balduino. Oivind no se amedrentó por los abucheos, y continuó lamentándose plañideramente.

 

      Mientras tanto, Balduino fue a la despensa en busca de Thommy, a quien Anders había llevado consigo mientras rehacía la lista. Se lo llevó afuera e intentó explicarle que tendría que irse. Lo hizo con vo suave y muchísimo tacto, persuadido de que Thommy entendería sus razones. Fue muy ingenuo de su parte. No había terminado de hablar, cuando vio al niño empalidecer y comenzar a hacer pucheros; y dos segundos más tarde ya lo tenía llorando a gritos, a un volumen de voz tan portentoso, que nadie hubiese imaginado que tales alaridos pudieran provenir de pulmones tan pequeños.

 

      Balduino no sabía cómo manejar situaciones así, y quedó entre aterrado y compungido.

 

      -Thommy, cálmate-imploró.

 

      En vano. El niño continuó gritando y llorando amargamente. ¿Quién creería que Balduino no había hecho más que negarle un capricho? Parecía, más bien, que lo estuviera torturando. ¡Linda carroña para alimentar a buitres como Einar de Kvissensborg y el Conde Arn de Thorhavok! He ahí a los Caballeros del Viento Negro, unos cobardes que se solazan maltratando a pobres niños indefensos. Que vengan después a decir que no son forajidos, sentenciarían, en el súmmum del alborozo.

 

      Y Oivind, desde la distancia, observaba la escena con mucha curiosidad. ¿Con qué cuentos iría luego a sus convecinos? Ni siquiera hacía falta que tuviera intenciones de esparcir calumnias, ¡si a juzgar por los gritos del chico, lo mínimo que podía pensarse era que Balduino le estaba aplicando hierros al rojo vivo! Nunca lo hubiera creído de ti, amigo, diría Kurt, con lógica decepción, ante tal supremo acto de barbarie.

 

      -¡Thommy! ¡THOMMY!-exclamó Balduino, cada vez más alarmado.

 

      Miró con rencor a los demás, que desde la distancia estaban doblados en dos de risa viéndolo gesticular con los brazos en una especie de aleteo gallináceo, mientras trataba de hacer que el niño se callara. Gilbert incluso hacía una parodia muy exacta de tal aleteo. Balduino estaba indignado. Los malditos se reían de la desgracia de él.

 

      Diez minutos duró esta situación, hasta que por fin Balduino se vio forzado a claudicar. Tal vez no hubiera podido vencerlo El Toro Bramador de Vultalia, pero sí lo conseguía un niño de tres años, llorón como el que más.

 

      -Ya, ya, Thommy, puedes quedarte por hoy...-suspiró-. Pero, ¿prometes que te quedarás con Thorvald y Hansi?

 

      -Tí...-dijo el niño, todavía lloroso.

 

      -Bueno, bueno, ya no llores más-dijo Balduino, alzándolo en brazos.

 

      No le gustó nada a Hansi aquella muestra de afecto por parte de Balduino hacia Thommy; lo invadió una punzada de celos. Pero no se animó a protestar. En el momento en que sus ojos se cruaron con los de Balduino, éste recordó quién era el primer culpable de aquella insólita situación, y  puso una mueca que exteriorizaba ávidos deseos de engullir vivo a tal culpable; de modo que Hansi se achicó, y no tuvo más remedio que quedarse quieto junto a Thorvald y Thommy en aras de preservar su propia integridad física.

 

      -¿Por qué hasta lo más simple se complica?-gimió Balduino, cuando al fin se vio libre.

 

      Pensó que al menos ése sería el único día que se veía forzado a cargar con Thommy. También en esto demostró una candidez sin límites. En lo sucesivo, tendría al niño unas cuantas veces en Vindsborg, aunque ni remotamente lo vería tan seguido como a Hansi sino en promedio, y salvo casos especiales, una vez al mes. 

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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