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17 febrero 2010 3 17 /02 /febrero /2010 18:00

     Transcurrió todo ese día sin que Oivind regresara con lo que se le había mandado buscar de Vallasköpping; y con los últimos rayos del sol llegó a Vindsborg la noticia, traída por Thorstein el Viejo, de que a la ida el viejo había sido atacado por grifos, afortunadamente sin resultar herido.

      -Dice que mañana vendrá a rendiros cuentas; pero primero quiere reponerse, porque recibió un susto de muerte-informó Thorstein el Viejo-. Señor, ¿cuándo haréis algo con esas bestias?

 

      -¡Hummpf!-gruñó Balduino-. Comenzaré ya.

 

      Y comentó con Anders, luego de que Thorstein se hubo retirado:

 

      -No sé si el peligro está en los grifos o en Oivind. Es mucha casualidad que el viejo venga a lloriquear acerca de los terribles y espeluznantes riesgos que corre cada vez que viaja a Vallasköpping, y enseguida lo ataquen los grifos, como para darle la razón.

 

      -Balduino-arguyó Anders-, no es que ese viejo borrachín me inspire mucha confianza; pero, ¿y si dice la verdad?

 

      -Tienes razón: ¿y si dice la verdad?-repitió Balduino, pensativo.

 

      Esa noche, después de acabar las tareas del día, todos se congregaron en el interior de Vindsborg para esperar la cena. Anders pasó primero por el retrete; y al reunirse con los demás, halló a Balduino puliendo frenéticamente su casco.

 

      -¿Qué haces?-le preguntó.

 

      -Pongo a punto mi armadura-contestó el pelirrojo.

 

      -Hombre, me hubieras dicho... Si ése es mi trabajo.

 

      -Siempre me puedes ayudar...

 

      En otro tiempo, aquella armadura, eficaz, vistosa y cara, había sido el orgullo de Balduino. Se la había hecho forjar un noble de Hallustig, Roland de Armelinskwald, en agradecimiento por salvarle el pellejo. Pero desde su llegada a Freyrstrande, esa armadura se había vuelto una cosa inútil, y luego de quitársela la primera noche, Balduino no sólo no había vuelto a ponérsela, sino que además la descuidaba tanto que comenzaba a herrumbrarse. Y no sólo eso, sino que, necesitado de metal, hasta había dado a los gemelos Björnson y a Anders la orden de fundirla y transformarla en algo útil.

 

      -¿Tu armadura, señor Cabellos de Fuego?-habían preguntado en esa ocasión Per y Wilhelm, circunspectos.

 

      Impresionaban sus gestos en ese momento, porque eran inhabituales en ellos. Sus rostros, a veces crueles, a veces ridículos, se veían ahora a la vez reflexivos y desaprobatorios. Se cruzaron de brazos y miraron penetrantemente a Balduino, alzando las cejas con aire misterioso, sin decir una palabra. Sus semblantes eran una invitación firme a reconsiderar la decisión tomada.

 

      -Sí. Ya no sé de dónde sacar más metal-respondió finalmente Balduino.

 

      -La armadura no. Por favor-suplicó Anders, con aspecto entre dolido y agobiado, luego de luchar un rato consigo mismo y ya sin poder dominarse.

 

      Sucedía esto en los días en que ambos estaban todavía en pie de guerra. Balduino, por entonces muy deprimido, no veía la razón de conservar su armadura en desuso, como un símbolo de sus sueños frustrados; y tampoco entendió la reticencia de los gemelos Björnson a cumplir con la orden, ni la aparente desolación de Anders ante la destrucción de una armadura que no era suya y que para colmo pertenecía a alguien a quien detestaba.

 

      -Muy bien. La armadura no-dijo, sin embargo.

 

      Tal vez la reacción de Anders obedeciera a que veía en la armadura el símbolo de sus propios sueños de gloria o de la más noble ética resistiendo invicta los embates del vicio, el crimen y la corrupción.

 

      Como fuera, Balduino tenía ahora motivos para estarles agradecido, a él y a los gemelos Björnson; porque ya que no para combatir, la armadura podía ser útil para otras cosas.

 

       Anders se había puesto a engrasar las calzas metálicas, y observó la incipiente herrumbre con mucha culpa.

 

      -Lamento haber sido tan negligente en el cuidado de tu armadura-se disculpó.

 

      -Ni tiempo te di. Había otras cosas que hacer-contestó Balduino-. Lo que ocurre es que mañana iré a Vallasköpping. Veré a los constructores de catapultas.

 

      -Eh...-murmuró Anders, confuso, como no muy seguro de no estar perdiéndose de algo en tan escueta explicación-...¿Con la armadura puesta?

 

       -Ajá. La última vez les envié a Fray Bartolomeo para que los amenazara con los suplicios infernales si no se ponían a trabajar en nuestra catapulta.

 

      El resto de la dotación de Vindsborg seguía atentamente el diálogo entre ambos jóvenes, y la última frase despertó varias sonrisas entre ellos; pero fue Thorvald quien expresó el pensamiento general.

 

      -Y ahora, para comenzar, se las verán con un demonio pelirrojo, ¿eh?-preguntó.

 

      -Algo así-respondió lacónicamente Balduino, esbozando una sonrisa.

 

      Ursula había preparado el desayuno y el almuerzo, pero a la hora de cocinar la cena condescendió a devolver a Varg su señorío; por lo que también ella se encontraba con los demás, ociosa.

 

      -Tal vez te convendría enviar a otro-opinó. A su entender, Balduino era sólo poco más que minúsculo y no impresionaría a nadie, con armadura o sin ella. Resultaba cómico que un enano así estuviera al frente de una guarnición, o cualquier cosa que fuera Vindsborg.

 

      -Ursula tiene razón. ¿Qué tal si me envías a mí?-gruñó Honney-. Yo sabría entendérmelas con esos canallas.

 

      -Es que los necesito vivos, Honney-contestó Balduino.

 

      -¡No los voy a matar!-aseveró Honney-. Bueno, tal vez los cortajearía un poco como primera advertencia, pero nada más. Yo soy bueno; eso no muchos lo saben.

 

      -¡Hmmm!... Y seguirán en la ignorancia si los cortajeas como estás planeando. No, mejor me encargo yo.

 

      -En vista de lo que le pasó a Oivind, pensé que pulías la armadura para luchar contra los grifos-terció Anders.

 

      -No se lucha con los grifos; como mucho, se los caza. ¿Quién llevaría armadura en una cacería?-replicó Balduino-. Y sigo con mis dudas respecto a este ataque, aunque algo tendré que hacer, en vista del revuelo que se armará entre los aldeanos cuando lo sepan.

 

      -Soy buena cazadora. Dame permiso, y yo me encargo-dijo altivamente Ursula.

 

      La idea de una mujer cazando despertó sonrisas sobradoras entre algunos de los presentes, aunque otros, entre ellos Ulvgang, Thorvald y Karl, prefirieron mostrarse respetuosos ante el comentario. Y es que cuando se ha vivido mucho, se aprende a ser prudente, especialmente si se tiene cierta jerarquía. Un rey joven puede creerse invencible y mostrarse desafiante frente a otros soberanos; uno anciano sabe que toda presunta imbatibilidad es ficticia y que los poderosos suben y bajan, y se abstiene de exhibir desdenes capaces de retornar a él cual negra cosecha de calamidades.

 

      Para sus hombres, Ulvgang seguía siendo El Capitán. No tenía por qué achicarse ante nadie. Pero El Terror de los Estrechos no olvidaba que su terrorífica leyenda había concluido en absoluta derrota en la batalla naval de Svartblotbukten. Obviar  ese detalle convertiría su leyenda en una bufonada, pero los grandes no cometen tan descomunales errores. Así que Ulvgang, con mucho aplomo y mucha dignidad, volvió hacia Ursula sus saltones ojos glaucos, y dijo simplemente:

 

      -Nunca he cazado con una princesa. Será toda una experiencia.

 

      -Sí, dentro de una semana o diez días, como mínimo-gruñó Balduino-. Ya hablamos de eso, Por un tiempo no te mueves de Vindsborg, Ursula. Por lo demás, no discuto tu valor ni tus aptitudes de cazadora, pero no podemos solucionar el problema de los grifos exterminando a toda la colonia de las Gröhelnsklamer, a menos que querramos que el grifo corra la misma suerte que el león.

 

     -El único león que conozco es el de la Heráldica-comentó Hundi-. Esa especie de grifo con cabeza de gato melenudo.

 

      -¡Y a ése me refiero!-exclamó Balduino.

 

      La mayoría de los presentes se miraron entre sí, sin entender.

 

      -¿Y qué misma suerte que el león puede correr el grifo?-preguntó confuso Andrusier, tocándose la oreja mutilada como si todavía precisara cerciorarse de que la misma no estaba entera, y expresando la duda general-. ¿Figurar en escudos nobiliarios?

 

      -No. Desaparecer-corrigió Balduino.

 

      Muevo cruce de miradas. Era palpable un interrogante tácito que, por absurdo, todos vacilaban en plantear en voz alta, hasta que por último Adler se animó a ello:

 

      -¿Quieres decir que alguna vez los leones fueron reales? ¿Que alguna vez existieron y ya no los hay?

 

       -¡Por supuesto!-afirmó rotundamente Balduino; y varios, entre ellos los Kveisunger, se preguntaron si hablaba en serio o les tomaba el pelo. Tal vez porque ellos mismos tenían la costumbre de inventar mentiras y contárselas a otros para divertirse a sus expensas, siendo Anders, por muy crédulo, la víctima favorita de sus bromas.

 

      -El león aparece mencionado en la Biblia-observó Snarki, como si esto zanjara cualquier posible discusión acerca de la pretérita existencia de la criatura.

 

      -¿Y?-preguntó Lambert, burlón-. La misericordia divina, también. Pero si la hubiera, yo no habría padecido a Helga durante casi veinte años.

 

     -Lo que no sé es cuándo ni por qué desapareció el león-dijo Anders-. ¿Será que no hubo espacio para una pareja de su especie en el Arca de Noé?

 

      -No puede ser-rebatió Snarki-. Mucho después del Diluvio, Sansón mató un león, ¿no?

 

      Hubo un breve silencio, durante el cual se oyó sólo el ruido que hacían Balduino y Anders mientras pulían la armadura.

 

      -Se dicen cosas extrañas del león y de su desaparición-dijo entonces el primero, repitiendo cosas en parte leídas y en parte oídas de su mentor, el señor Banjamin Ben Jakob-. Antiguos bestiarios llaman al león rey de los animales. Llamativamente, los bestiarios actuales continúan llamándolo así, pese a tratarse de una fiera extinta. Es cierto que algunos viajeros de tierras remotas aseguran que en otras partes del mundo existe aún, tanto en estado salvaje como en zoológicos particulares de la nobleza. También es cierto que, de tanto en tanto, alguien dice haber visto algunos ejemplares o signos de su presencia en parajes inaccesibles y solitarios del Sur de Nerdelkrag. Nuestro reino es vasto, ciertamente, y tal vez cabría la posibilidad de que alguna manada sobreviviese oculta. Pero al mismo tiempo conviene desconfiar de esos "testigos"; porque lo cierto es que al león ya se lo daba por desaparecido hace más de un siglo, y hacía décadas que no se veían más ejemplares que los abatidos en las cacerías. Sin contar que se disponían de otras pruebas que hacían pensar que ya no quedaban leones. De la época en que éstos abundaban, ya nadie queda vivo, nadie de cuyo testimonio acerca del verdadero aspecto de la criatura podamos estar seguros. Sólo subsisten dibujos y relatos. Ahora bien, cuando comparamos historias de gente que asegura haber visto leones alados o que echan fuego por la boca, con  lo que se sabe o cree saber  acerca del león, las descripciones no coinciden. Podría decirse, entonces, que los "testigos" mienten; pero lo más probable es que se engañen a sí mismos. Porque a menudo se encuentran huellas que no pertenecen, al parecer, a ningún animal conocido en la actualidad, y algunas son atribuidas a leones, aun sin pruebas que apoyen tal afirmación. Pero todo rastreador experimentado sabe que a menudo las huellas acaban deformándose después de unas horas; de modo que entonces, para saber a qué bestia se está siguiendo, hay que guiarse por excrementos, olor, restos de pelaje enredado en las ramas de los arbustos cercanos y ese tipo de cosas. Por consiguiente, es más probable que esta gente vea lo que quiere ver.

 

      ’Cuando los romanos llegaron al sur del país con su barbarie disfrazada de civilización, erigieron grandes circos en los que los gladiadores luchaban con fieras peligrosas, y los leones estaban entre los preferidos por ser los depredadores más grandes que había en la región, salvo los osos. Además, la melena, exclusiva del macho, investía a éste de gran majestad. Así que en pocos siglos la mayor parte de los leones fue capturada para luchar en los circos. Cacerías organizadas para distraer a nobles frívolos con mucho tiempo libre y nada de cerebro, más otras cuya finalidad era simplemente proteger a la gente y a los rebaños, hicieron el resto.

 

      ’A medida que el león iba desapareciendo, se convertía en una bestia de leyenda. Poetas, bardos y juglares hambrientos de maravilla y asombro, que sólo conocían de oídas a la criatura, se internaban en lo profundo de los bosques o ascendían montañas poco exploradas, a la espera de ver con sus propios ojos al rey de los animales. De vez en cuando alguno llegaba a verlo o creía hacerlo. Más frecuentemente sucedía que volvían sin éxito. Hubo quienes llegaron a la conclusión de que la fiera probablemente jamás había existido, salvo en las fantasías de tres o cuatro trasnochados. Entre tanto, uno de estos poetas llegó a conocer al último león del que se tuvieron noticias ciertas: Lázaro, criado en cautiverio en una factoría de los Haraldssen, y de cuya muerte nos da cuenta una balada anónima muy famosa en el Sur del Reino. La balada describe a Lázaro como un  león ciego, viejo y rengo de una pata, pero garboso todavía; un monarca otrora poderoso y ahora vencido, consciente de la derrota final de su especie y de la proximidad de su propia muerte...

 

      Un fúnebre silencio había caído entre la asistencia, como si las imágenes descriptas por Balduino se materializaran allí, ante sus ojos. De repente todos se veían como niños angustiados por la llegada de una noche aterradoramente oscura. Incómodos, evitaron mirarse entre ellos.

 

      -Conocía la balada, pero no sabía que Lázaro hubiese existido de verdad-murmuró Anders.

 

       Trataba de apartar de su mente la última estrofa de la balada, porque siempre lo conmovía hasta las lágrimas, y él no quería llorar allí, frente a todos los demás, como había llorado el desconocido poeta al comprender que a diferencia de su homólogo bíblico, Lázaro, el último león,  nunca más volvería a levantarse y andar.

 

      -El león, como especie, se consideró extinto tras la muerte de Lázaro, pues ya no pudo hallarse un solo testimonio veraz de su existencia-continuó-. Vinieron entonces las lamentaciones. Fiera o no, el león era un animal soberbio, y el mundo ya no sería el mismo sin él.

 

      -Típico-gruñó Ulvgang-. Nadie valora lo que tiene hasta que lo pierde.

 

      ¿Pensaría en su propia libertad? Alguna vez le había hablado de ello a Balduino.

 

       -También hubo infinidad de especulaciones teológicas, desde luego-prosiguió éste-. No podía ser de otra manera, tratándose de un animal tan mencionado en las Sagradas Escrituras. Allí a veces es símbolo del mal, y por ello dijeron algunos que la desaparición del león era un designio divino; a lo que respondieron algunos que, en tal caso, Dios habría exterminado al león durante el Diluvio. Se recordó, embarazosamente, la profecía de Isaías, según la cual en días venideros el león comería paja como el buey, la cual por fuerza quedaría ahora incumplida. Otros contraatacaron diciendo que la extinción del león era el cumplimiento de otra profecía de Isaías, según la cual no habría león ni bestia feroz en el camino de los redimidos de Dios. Sin embargo, entre las gentes cultas prevaleció la idea de que la desaparición del león era un augurio nefasto ya que, según los bestiarios, los cachorros de león nacían muertos, y la leona cuidaba de sus pequeños cadáveres durante tres días. A la tercera jornada los revivía con su aliento, de la misma manera que Dios Padre había revivido a su Hijo al tercer día. En consecuencia, la mayoría de las personas instruidas, horrorizadas, vieron en la extinción del león el presagio más horrible jamás concebido, el de que un día el ser humano mataría al Padre como antes mató al Hijo, el Redentor.

 

      Balduino sintió un escalofrío ante sus propias palabras. No le afectaba tanto la posibilidad de que Dios no existiese como otras ideas, la del Deicidio entre ellas: el triunfo de la destrucción sobre la creación, de la Muerte sobre la Vida, del Mal sobre el Bien. Tal vez porque la inexistencia de Dios dejaba también fuera del juego a Satán, y libraba a los humanos a sus propios destinos; mientras que la muerte de Dios llevaba a la cúspide del poder universal al nuevo vencedor en la eterna contienda entre la Luz y la Oscuridad, que arrastraría al género humano hacia su ruina.

 

      -Y entonces hubo quienes dijeron que un anatema se cernía sobre el mundo desde la desaparición del león-concluyó-; porque ahora las manadas de ciervos y unicornios eran extraordinariamente abundantes, mucho más que antaño; e invadían las tierras de pastoreo del ganado, al que contagiaban toda clase de sarnas y úlceras, volviendo inmunda su carne. 

 

      -¿Y crees que el grifo podría desaparecer, igual que el león?-preguntó Gröhelle, incrédulo-. Mira que es muy abundante.

 

      -El león lo era también. Creo que la Humanidad no debe arriesgarse. Su locura privó al mundo de la que tal vez haya sido la más maravillosa de las criaturas. Sería blasfemo y malvado permitir que otras especies desaparezcan ahora que ya sabemos que, de hecho, pueden desaparecer.  No creo en Dios, salvo como símbolo; pero mi mentor en la Orden sí creía, y él me enseñó que el hombre está en la Tierra para completar la obra de Dios, no para destruirla. Y un compañero que además de Caballero era hereje sostenía que el verdadero bienaventurado es el que muere habiendo aportado algo para que el mundo sea un lugar mejor respecto a cómo lo halló al nacer. Tal vez ellos tengan razón. Se crea en El o no, se debe estar de parte de aquello a lo que se llama Dios. Así que no resolveré el problema de los grifos exterminando a todos los que halle en los alrededores.

 

      -Pues tal vez encuentres difícil convencer a la gente de aquí de que no exterminar a los grifos es estar de parte de Dios...-señaló Thorvald.

 

      -No pierdo nada con intentar. No creo que sea complicado tratar con los aldeanos porque ellos son bien simples-respondió Balduino.

 

      -Bueno, en todo caso siempre es más fácil tratar con la ignorancia del que nunca en su vida aprendió nada, que con la del que se instruyó profundamente en la estupidez-admitió Thorvald.

 

      -Tendré que resolver  este asunto con urgencia. Hablaré con Fray Bartolomeo para que el domingo oficie aquí dos misas en una, la que generalmente da en su iglesia para los aldeanos y la que celebra aquí. Y luego de la misa reuniré afuera a la gente para hablarles por este asunto-dijo Balduino-. No puedo esperar más porque el lunes parto hacia la desembocadura del Viduvosalv. Seré huésped de los Príncipes Leprosos por breve tiempo.

 

      La inesperada noticia causó estupor, pero nadie llegó a preguntar nada, porque a esa sorpresa siguió otra cuando la puerta se abrió violentamente. En forma instantánea, todo el mundo se incorporó, y las manos se dirigieron maquinalmente a las armas, pese a que no habían razones para temer un ataque.

 

      Ante la perplejidad general, Adam entró tambaleante, con la mirada extraviada y los ojos vidriosos, sonriendo como un estúpido. Tras él venía Wilhelm Björnson, quien estaba apostado de guardia al pie de la escalinata. Miraba reprobatoriamente a Adam y algo estaba por decir, cuando Adam de repente perdió el equilibrio y cayó con todo su peso contra la puerta. Wilhelm había cometido el tremendo error de dejar su mano siniestra contra el marco, de manera que la puerta, al cerrarse, le atrapó los dedos, haciéndole soltar una sarta de blasfemias.

 

      Balduino se precipitó sobre Adam y lo alzó por la ropa como a un muñeco de trapo fláccido y sin vida.

 

      -Juro, Adam-farfulló, henchido de rabia y con acento pétreo-, que así sea lo último que haga en mi vida, así tenga que molerte a golpes, así tenga que reventarte el culo a patadas, te quitaré esa costumbre tuya de saturarte de esa inmundicia en cuanto te descuidamos.

 

      Wilhelm miró a Adam con inquina, masajéandose los dedos de la mano izquierda con la derecha. Parecía impaciente por estrangular al larguirucho; pero como Balduino daba la impresión de albergar idénticas intenciones, optó por dejar el crimen en manos del pelirrojo, y volvió a su puesto.

 

      En cuando a Adam, no acuso recibo ni de la cara rencorosa de Wilhelm, ni de la amenaza de Balduino, ni de las intenciones asesinas de ambos, ni de ninguna otra cosa. Sus sentidos se hallaban aturdidos, extraviados en las fantasías halagadoras y estupidizantes del Fuego de Lobo. Soltó una de sus estridentes y desagradables risotadas de hiena, y Balduino le tuvo lástima. Adam era probablemente el tipo más amargo que había conocido, un ser que veía sólo el costado más nefasto de la vida y que parecía sentir malsano placer imbuyendo idéntico sentir en los demás; por lo que se entendía que éstos no lo quisieran. Sólo consumiendo sustancias prohibidas y perniciosas paladeaba pobres sucedáneos de la alegría, pero entonces su imagen se volvía más patética que nunca.

 

      Balduino lo obligó a tenderse en el suelo antes de que perdiera nuevamente el equilibrio y se desnucase esta vez; luego empezó a caminar de un lado a otro, malhumorado.

 

      -No puedes hacer nada por él, señor Cabellos de Fuego-observó Ulvgang-. En el fondo, para él es mejor permanecer así la mayor parte del tiempo. No tuvimos ocasión de tratarlo mucho, porque fue de los últimos en caer en prisión; y no pongo en duda tu valentía, pero te aseguro que si supieras de él lo mismo que nosotros, y no es mucho lo que sabemos, se te pondrían los pelos de punta. Con ciertas fuerzas y con cierta gente es mejor no jugar, pero él aprendió la lección demasiado tarde.

 

      Anders gustaba de oír historias de terror que luego le impedían conciliar el sueño, pero en esta oportunidad prefería pasar de largo. El y Balduino se miraron, pálidos y demudados, y no osaron requerir más detalles.

 

      -Por lo que sé, esta bazofia ayudaba a elaborar y distribuir esas sustancias que ahora lo mantienen hechizado a él mismo y que lo consumen poco a poco-dijo Ursula, mirando a Ulvgang con repugnancia-. No se perderá mucho si muere.

 

      Era obvio que veía a Adam como al ayudante rastrero y contrahecho de siniestros practicantes de la más horrenda magia negra; imagen por otra parte no muy alejada de la realidad, hasta donde sabía Balduino.

 

      -Podría redimirse-contestó éste-. Vivo sería más útil. Podríamos desenmascarar a...

 

      -No sueñes, muchacho-intervino Thorvald-. Ulvgang y yo hemos hablado del asunto. Hace menos de un siglo, Thorstein el Niño luchó con bravura contra esos poderes oscuros a los que ahora imaginas poder desafiar, y creyó haberlos vencido. No hizo más que cortar un tentáculo de un munstruo que tenía muchos otros, y que ahora estaba muy enojado. Cinco años más tarde vino la venganza. Se cuenta que el cadáver de Thorstein fue hallado en un estado inenarrable.

 

      -Pero mi deber...

 

      -Tu deber no incluye suicidarte, que es lo que lograrías en este caso. Te enfrentarías a seres que hace ya mucho tiempo dejaron de ser humanos. Si vas a hacerlo, házlo cuando ya no te quede ninguna otra causa noble que defender; pues luego no vivirás para poder hacerlo.

 

      Balduino recordó entonces lo que había leído acerca de la espantosa matanza del Día de los Altares Rojos, el 15 de diciembre de 898, ordenada por el entonces Gran Maestre de la Orden de la Doble Rosa, Maximiliano de Cernia. Los funerales de Su Majestad Gregorio II habían sido la excusa para reunir a la corte,  a un grupo de Caballeros y a cierto número de altos prelados en la Catedral de Nuestra Señora Inmaculada. Infiltrados entre ellos se hallaba la élite de la Orden de la Doble Rosa, los Leales al Rey, con una consigna tan siniestra como drástica: asesinar sin pérdida de tiempo, a traición y sin dar tiempo a reaccionar ni oportunidad de escapar, a determinado número de personajes, de elevado rango todos ellos, cuyos nombres se precisaron previamente. El Gran Maestre fue luego coronado Rey con el nombre de Maximiliano II e hizo cuanto pudo por aparentar que el incidente había sido un brutal atentado en masa con miras a tomar el poder, pero su extraña pretensión de figurar como el malvado de la historia se condecía tanto con la personalidad exhibida hasta entonces y con lo que luego fue su reinado en términos generales, que no había más remedio que dar crédito a la otra versión. De ésta se disponían abundantes pruebas, entre ellas la desaparición de buena parte de los cadáveres, la huída del Vizpapa, misteriosas fogatas observadas de noche en cierto valle, y testimonios susurrados que traicionaban un juramento de silencio, obtenidos sobre todo de horrorizados criados que habían sido atónitos y renuentes espectadores de la matanza.

 

      De acuerdo a esta versión marginal de la historia, los asesinados eran, secretamente, integrantes de una abominable cofradía de hechiceros especializados en magia negra andrusiana, cuyos rituales, que no excluían sacrificios humanos, tenían el objeto de proporcionarles cada vez más poder. Se decía que esta cofradía, conocida simplemente como La Hermandad, no se detendría hasta no llegar a sus límites más extremos; que se proponían llegar a ser nuevos dioses sobre la Tierra. Y ciertamente se deshumanizaban, ganaban cada vez mayor invulnerabilidad; pero en qué se estaban convirtiendo realmente bajo su apariencia normal, mejor ni imaginarlo.

 

       Al parecer, pese a todas las precauciones tomadas por los Leales al Rey, algunos miembros de La Hermandad advirtieron que se los estaba asesinando en pleno funeral, y entonces recurrieron a sus horrendas artes para defenderse. Los espeluznantes e increíbles rumores hablaban de monstruosas metamorfosis en los cadáveres hallados. Algunas de las menos inquietantes tenían que ver con tentáculos, zarpas bestiales y fauces armadas de varias hileras de colmillos del tamaño de un dedo índice. De otras, más terribles, no se quiso hablar o indagar. En algunos casos, en las deformes y malévolas facciones pudo reconocerse a prominentes miembros de la nobleza y el clero, altos funcionarios y hasta a algunos Caballeros de la Doble Rosa. Todo indicaba que hasta la máxima autoridad religiosa, el Vizpapa, estaba inmiscuida en aquel escalofriante asunto, ya que huyó durante la matanza y nadie lo detuvo, porque no figuraba en las listas de cómplices y nadie sospechaba de alguien que ocupaba tan santo cargo. Posiblemente no fuera el único escapado de la redada. Varios operativos realizados a posteriori hacían suponer que el Día de los Altares Rojos, en el mejor de los casos, habían caído sólo los peces gordos de La Hermandad; desperdigados y ocultos entre el pueblo se hallaban sus sicarios, infinitamente menos peligrosos que sus líderes, pero igualmente ávidos de  un poder que tal vez consiguieran si se les daba tiempo; de modo que los primeros años del reinado de Maximiliano II estuvieron marcados por matanzas y desapariciones masivas. Al principio, esto inspiró pánico, hasta que se vio que en estos casos la verdadera gente de bien nada tenía que temer: las víctimas eran personas de vida turbia y dudosa, señaladas justicifadamente como malas influencias.

 

      Las famosas Fogatas de Valleverde, ocurridas en la noche del mismo 15 de diciembre de 898, eran otro misterio adjunto. Pese a su nombre, las fogatas en cuestión no se encendieron en Valleverde, sino en un minúsculo enclave entre montañas al que durante el día habían llegado un carromato tras otro, descargando cosas. No se sabía qué transportaban los carromatos de marras, ya que los acompañaba una bien armada y mejor entrenada escolta que rehusó responder las preguntas de los curiosos; pero corrió el rumor de que bajo las lonas pudo verse lo que parecía un viscoso tentáculo o una lengua larguísima. Esto hacía pensar que al enclave en cuestión eran transportados los cadáveres de los asesinados a fin de incinerarlos en secreto.

 

      Y los más observadores, con el tiempo, advirtieron que poco después del hecho decayó el tráfico de aquellas sustancias siniestras, conocidas como Sales de las Brujas, que prometiendo conceder fabulosos poderes sobrehumanos, llevaban en cambio a sus consumidores a una muerte paulatina pero inexorable. Donde más redadas se efectuaban, el horrible comercio cesaba casi siempre por completo.

 

      Pero en años recientes, las Sales de las Brujas venían reapareciendo lentamente. Balduino y Anders, cada uno por su lado, habían oído hablar de ello, y se preguntaban si tras el abominable tráfico se hallaría de nuevo La Hermandad, rediviva y todopoderosa otra vez. Al enterarse de que también Adam había participado en tales actividades, traicionando a alguien de gran poder, prefirieron ignorar los detalles del hecho por temor a que saliera a la luz alguna historia particularmente terrorífica.

 

      -Tienes razón, Thorvald-concedió finalmente Balduino, derrotado.

 

      Una cosa era enfrentarse en combate con enemigos declarados, aun cuando fueran casi invencibles,  como los Wurms; y otra muy distinta combatir a poderes intangibles revestidos de apariencia amable y cortés, pero más horripilantes que las más profundas y tétricas regiones infernales.

 

      Volvió la mirada hacia Adam.

 

      -Pero algo tengo que hacer por él-concluyó, sombrío.

 

      Ajeno a cuanto lo rodeaba, Adam sonreía aún como un idiota, inmerso en esa parodia de alegría que le brindaba el Fuego de Lobo y liberado, por una macabra bendición, de la conciencia de una vida de múltiples fracasos, de una condena a la horca y (si lo encontraban alguna vez) de la ominosa venganza que le aguardaba a manos de aquellos a quienes había traicionado. Viéndolo, Balduino recordó al bufón del Palacio Ducal de Rabenstadt, que tanto lo había divertido en su niñez. El bufón fingía tropezar y se arrastraba por los suelos componiendo una máscara de  absoluta estupidez, no muy diferente de la mueca que ahora ostentaba Adam.

 

      En aquel entonces Balduino había reído, tal vez porque él mismo era desdichado y se consolaba de su miseria en la del bufón, que aparecía como un ser a la vez patético y grotesco, el último peldaño de la dignidad humana. Pero tras años de progresivo ascenso, a Balduino le había tocado caer a ese mismo escalón haciendo de involuntario bufón para Einar de Kvissensborg, y ahora sabía que en semejantes espectáculos nada había de gracioso.

 

      -Encárgate de los relevos, Karl. Creo que hoy no cenaré-dijo, abrigándose.

 

      Y mientras iba a la caballeriza para prodigar unos mimos a Svartwulk como lo hacía cada noche antes de acostarse, recordó la mano de Wilhelm atrapada entre la puerta y su marco. Tal vez, en otras circunstancias, habría ido al torreón para averiguar si Per, quien hacía guardia allí, había sentido también dolor en su propia mano izquierda, y comprobar así qué había de cierto en lo que se decía de los dolores empáticos de los gemelos Björnson.

 

      Pero en el estado anímico en que se encontraba, no tuvo deseos de constatarlo. Con cada día que pasaba en Vindsborg, cada uno de sus hombres le interesaba menos como curiosidad o rareza que como ser humano; y como todo buen líder, se preocupaba por ellos.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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