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17 febrero 2010 3 17 /02 /febrero /2010 18:02

      Al día siguiente, antes incluso del desayuno, Balduino se colocó la armadura con ayuda de Anders. Después de meses de no usarla, le resultó sumamente molesta; pero la mayor incomodidad la experimentó cuando Adler, en ese momento de guardia al pie de Vindsborg, le notificó que unos cuantos aldeanos querían verlo a raíz del incidente de Oivind con los grifos. Nada inesperado en el fondo, pero igual Balduino no esperaba tenerlos allí tan pronto para clamar que cumpliera con sus deberes; y la verdad era que le daba vergüenza que lo vieran con la armadura puesta ya que, en un sitio como Freyrstrande, parecía una ostentación ridícula y fuera de lugar. Por eso él había planeado partir para Vallasköpping cuando todavía estuviera oscuro y nadie pudiera verlo. Y no. Para su desgracia, los aldeanos allí presentes habían  elegido una hora temprana para venir a verlo, así luego cada uno podía encargarse de sus quehaceres.

 

      No dijo una sola palabra acerca del bochorno que lo invadía, pero todos en Vindsborg lo notaron, y de inmediato lo bombardearon con comentarios burlescos acerca de lo guapo que se veía con la armadura, y de las muchas conquistas que lograría cuando lo vieran así.

 

      -Idiotas-farfulló Balduino, furioso, mientras salía a atender a la gente. Su ira divirtió más a los otros. De hecho, algunos estaban ya próximos a orinarse de la risa.

 

      Para colmo, la bendita armadura repicó como las campanas de la Catedral de Nuestra Señora Inmaculada cuando él descendió la escalinata seguido de Anders; de modo que ya antes de estar frente a los aldeanos, llamaba ya la atención de éstos.

 

      -Caray, amigo-comentó sinceramente Kurt, perplejo, en cuanto vio a Balduino. Lo acompañaba Heidi, su novia; pero fue otra mujer hacia la que se volvió:-. Se ve apuesto, ¿eh, Gudrun?

 

      La aludida fulminó a Kurt con la mirada, y Balduino hizo otro tanto.

 

     Sin embargo,  pareció a Anders que, superada la sorpresa inicial, la gente allí reunida ponderaba a Balduino con gran admiración. En realidad, no era para menos: después de todo, ya que no apostura, el pelirrojo tenía cierto aire distinguido que la armadura realzaba hasta conferirle una apariencia gallarda.

 

      El desastre, a juicio de Anders, vino después de que Oivind refiriera el incidente del día anterior. Lo hizo sin sus habituales lloriqueos y con un auténtico tono de alarma en su voz, lo que hacía suponer que el ataque de los grifos realmente había tenido lugar, aunque sazonara su relato con abundantes exageraciones de las que ni él mismo se diera cuenta.

 

      Entonces fue el turno de Balduino de hablar.

 

      -Tengo un grifo para la propuesta del problema-dijo; y al instante advirtió el disparate que acababa de decir-. No...Quiero decir, un propuesto para el grifo del problemo... Unos problemas para los grifos...

 

      Se detuvo, confuso y ruborizado, en la cúspide del bochorno. ¡Y allí estaba Gudrun, viéndolo y oyéndolo decir gansadas, maldita sea!

 

      Anders intentó ayudarlo a desempantanarse:

 

      -Una propuesta para...-comenzó.

 

      -¡NO!-rugió inesperadamente Balduino, furioso consigo mismo, haciendo un ademán de rabia impotente con sus puños cubiertos por guanteletes. Concluiría él mismo la condenada frase aunque demorase diez años y en ello le fuera la vida.

 

      Esperó unos segundos, y recapituló:

 

      -Tengo una propuesta para el problema de los grifos...

 

      No expuso qué solución había hallado, caso de tener preparada alguna; pero sí dijo que necesitaría de la ayuda de todos los aldeanos. Explicó, además, que exterminar a los grifos no era la mejor solución, y expuso las mismas razones que la víspera. Para su consternación, a lo largo de su discurso tartamudeó, hizo enroques de vocablos y hasta inventó accidentalmente términos nuevos. Y si todo hubiera ocurrido vistiendo él sus harapos habituales o al menos en ausencia de Gudrun, la cosa habría sido más llevadera; pero no así, revestido de una bella armadura tan en contradicción con el bufonesco momento, y frente a aquellos ojos color celeste lavado que ahora tanto lo perturbaban nada más verlos.

 

      Inevitablemente, sus reiteradas equivocaciones verbales inspiraron sonrisas varias, aunque había en ellas más simpatía que burla, cosa que Balduino advertiría recién varios meses después de la anécdota. Aquellas gentes rústicas y espontáneas, tras observar durante cierto tiempo al pelirrojo  y chismorrear sobre él a sus espaldas, le habían tomado inmenso afecto, el cual, con el tiempo, no haría sino crecer. La razón era muy simple: al fin sentían que alguien con autoridad se preocupaba por ellos.

 

      No importaba que no entendieran qué se proponía hacer con esa empalizada de troncos que estaba erigiendo en la playa, no importaba que pareciera centrar su atención más en problemas muy lejanos e improbables, como un ataque de Wurms, que a otros más próximos y concretos, como los grifos. Sencillamente, lo adoraban. Era su Caballero, el Héroe de Freyrstrande. Lo amaban porque toleraba a su lado a Hansi y porque estrechaba la mano de  Kurt como si entre ambos no existieran las diferencias de clase; lo amaban porque incluso ahora que lucía una magnífica armadura lo sentían uno de ellos, alguien capaz de enredarse al hablar pero que igual les hablaba  personalmente en vez de designar voceros.  Lo amaban, en una palabra, porque veían en él cuanto de grande tenía la Humanidad, rebajándose para quedar a la altura de ellos. Era el señor Cabellos de Fuego, su orgullo, tan suyo como el agreste paisaje de Freyrstrande.

 

      Pero Balduino nada sabía de esto, y le parecía estar haciendo un papelón enorme como un Wurm, y para colmo frente a la chica que le gustaba; así que pasó momentos penosos, y finalmente dijo, para abreviar:

 

      -El domingo vendréis a oír misa aquí; corred la voz entre los demás. Terminada la misa, os enseñaré a no temer a los grifos y a defenderos de ellos.

 

      Suspiró de alivio cuando la gente, tras despedirse, empezó a dispersarse, cada uno por su lado; pero Kurt no se fue. Apenas Balduino lo vio acercarse, para sus adentros se agarró la cabeza. ¿Y ahora con qué iba a salirle?

 

      -Amigo, qué astuto, qué inteligente has sido-susurró en tono cómplice.

 

      Balduino no entendió el motivo del halago.

 

      -¿Qué quieres decir?-preguntó.

 

      -Ahora llévala a dar un paseo en la grupa de tu caballo-dijo Kurt, con un guiño pícaro, señalando con el pulgar a Gudrun, que a sus espaldas se alejaba para reunirse con su majada de ovejas y llevarla a pastorear.

 

      -Ah, no empecemos otra vez con esas cosas-gruñó el pelirrojo, alejándose a tranco largo hacia la caballeriza. Hacerse el seductor nunca había sido lo suyo, y si algo le faltaba para terminar de sentirse ridículo, era comenzar ahora.

 

      -¡Pero, amigo!...-exclamó Kurt, compungido, corriendo tras él. A su juicio, Balduino se había puesto la armadura con el solo propósito de impactar a Gudrun y, por supuesto, no podía sino haber tenido un éxito rotundo. Balduino creía que sin duda ella debía haber quedado impactada, ¡pero de qué modo!... Probablemente habría quedado asombrada de que además de hombres y caballos, también hubiera asnos revestidos de armadura.

 

      Así que ignoró a Kurt, y fue hacia la caballeriza. Varios lo siguieron, cada uno por su cuenta; y fue así que, en el momento de sacar a Svartwulk y montar sobre él, advirtió que tenía alrededor, no sólo a Kurt, sino también a Anders, a Oivind y a Hansi, todos hablándole a la vez. Impuso silencio con la mano e hizo hablar en primer término a Anders.

 

      -Oivind trajo las cosas-explicó el joven.

 

      -Bueno, bajadlas y controlad que todo esté en orden. Kurt, di a los demás que pueden venir a buscar sus cosas-dijo Balduino.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, señor Cabellos de Fuego, señor Cabellos de Fuego...-repetía Hansi, brincando para llamar la atención.

 

       -¿Cómo que buscar sus cosas?-gimió Oivind-. ¿No eran para vos?

 

      No habiendo sabido cerrar la boca frente al viejo, Balduino procuró sin embargo arreglar de algún modo la metida de pata:

 

      -Iban a serlo-dijo-; pero en definitiva, si los aldeanos me honran haciéndome obsequios que no necesito, puedo hacer lo que quiera con ellos, ¿no? Y elegí cambiarlos por cosas que a ellos les sean útiles.

 

      Kurt quería insistentemente decir algo, y Balduino temía que al hablar embarrase la situación que medianamente se acababa de componer mintiendo con elegancia.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, señor Cabellos de Fuego, señor Cabellos de Fuego...-seguía repitiendo Hansi sin dejar de brincar.

 

      -¿Y puedo saber, señor Cabellos de Fuego-preguntó Oivind-, qué me tocará a mí?

 

      ¡Viejo desfachatado!... ¡No tenía remedio, ni vergüenza alguna!

 

      -¿A ti? Pues... El honor de continuar a mi servicio-respondió sarcásticamente Balduino, para desolación de Oivind; y volviéndose hacia Hansi, añadió:-. Tú: deja de saltar y dime qué quieres.

 

      Hansi unió sus manos en su clásico gesto de súplica.

 

      -¿Me llevas contigo a Vallasköpping?... ¿Sí?...-pero para sus adentros no confiaba en tener éxito.

 

       -Sí-contestó Balduino.

 

      -Malo-repuso enfurruñado Hansi, quien previendo una negativa tenía ya preparado aquel reproche que siguió su curso cual imparable avalancha.

 

      -¡Que , Hansi, dije que !-exclamó Balduino, impaciente, tendiendo una mano al niño para ayudarlo a encaramarse en la grupa. Hansi, entre desconcertado y exultante, aprovechó ese gesto, antes de que Balduino se recuperara del aparente lapsus y cambiase de opinión.

 

      -¡No seáis ingrato!-gimoteaba Oivind-. Nadie os sirve como yo aquí, ¿y a mí no me daréis nada?

 

       -Ya te daré a ti nadie os sirve como yo-ironizó Balduino, extendiendo hacia el viejo un índice amenazante-. En Vallasköpping haré averiguaciones; y pobre de ti, si confirmo ciertas sospechas que me han asaltado.

 

      -A Gudrun tienes que llevar de paseo a caballo, amigo, ¡a Gudrun! ¡No a Hansi!-porfiaba Kurt, indignado.

 

      Entre sus protestas y los plañideros lamentos de Oivind, quien acusaba a Balduino de malagradecido y de poner en duda su intachable honestidad, probablemente habrían puesto en fuga hasta a los Wurms. Balduino puso en marcha a Svartwulk, y fue para él un alivio dejar atrás a aquel par aunque más no fuese por unas horas.

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Published by EKELEDUDU
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