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19 febrero 2010 5 19 /02 /febrero /2010 21:02

      Sorprendió a Balduino la enorme cantidad de gente que acudió a aquella misa: ni sospechaba que hubiera tanta en aquella tierra solitaria y agreste que era Freyrstrande. Supo más tarde que algunas de estas personas venían muy de tierra adentro, lo que explicaba que nunca las hubiera visto antes y que rara vez volviera a verlas después. Contando a hombres, mujeres y niños, eran alrededor de cincuenta personas; y a falta de otra aldea o villa en las cercanías, todas ellas se consideraban aldeanos de Freyrstrand.

 

      A fin de esperar a algunos rezagados, la misa empezó un poco más        tarde de lo habitual en Vindsborg. Entre aquéllos se hallaba Gudrun, y cuando Balduino se asomó afuera para buscarla con la mirada, vio en cambio, subiendo la escalinata de Vindsborg, a una anciana de ojos grises que le pareció conocida. Se hallaba algo falta de aliento, por lo que el pelirrojo se le acercó y le tendió la mano para ayudarla a subir.

 

      -Déjame en paz- jadeó la anciana con hostilidad.

 

      ¡La vieja Herminia!... ¡La que no hacía tanto había venido a pedir, agresivamente, que le consiguieran velas a cambio de los huevos!... Ahora la recordaba Balduino y, amargado, miró hacia el horizonte, prometiéndose a sí mismo no molestarse nunca más en tratar de ser cortés con aquella vieja odiosa.

 

      -Ha sido un gran gesto de parte vuestra, señor Cabellos de Fuego. Aunque ella no lo valore-dijo con dulzura una voz de mujer, que obviamente había subido detrás de Herminia.

 

      Balduino giró la cabeza, y nada más ver a Gudrun obsequiándole una sonrisa insinuada, el corazón empezó a palpitarle como para salir disparado hacia el firmamento. El frío de la mañana sonrosaba las mejillas de la joven.

 

      -Lo que ocurre es que ya hace mucho tiempo su marido la abandonó de buenas a primeras, sin avisar. Simplemente salió de la casa como quien sale a buscar leña, pero nunca más volvió-explicó Gudrun-. Dicen que era mal bicho, que en el fondo le hizo un favor. Pero lo malo fue que el hijo de ambos, que no tenía ni un año de edad, murió poco tiempo después. Dicen que no estaba preparada para quedar tan sola de repente y que eso la volvió muy amarga...-Gudrun quedó cabizbaja y pensativa y de repente agregó:-. Con vuestro permiso-e inclinándose ligeramente, entró en Vindsborg, sin que Balduino tuviera tiempo de decirle nada.

 

      Mala suerte, pensó él. Se había malogrado una oportunidad para decirle algo; o bien, su timidez acababa de hallar una excelente excusa; porque era dudoso que se hubiese animado a hablarle a Gudrun.

 

      Pero al menos ella sí le había hablado y encima para cumplimentarlo por su amabilidad con Herminia, a diferencia de otras veces en que él creía haberle adivinado rechazo anticipado.

 

      Oyó un cortés carraspeo a la entrada de Vindsborg, y al volverse se encontró con el mostachudo Karl.

 

      -Señor-dijo éste-, Fray Bartolomeo os espera para poder empezar...

 

      Era cierto. Ya no faltaba nadie sino él. Entró, y su primera impresión fue de sorpresa ante la inusual cantidad de gente aglutinada ante Fray Bartolomeo. Era curiosísimo, además, ver entre las caras mansas e ingenuas de los aldeanos otros semblantes más siniestros, como los de los Kveisunger y los gemelos Björnson, que hacían pensar en feroces lobos echados entre una manada de pacíficos ciervos.

 

      La misa misma fue bastante insólita. Fray Bartolomeo empleó los habituales formulismos en latín; pero a la mitad apoyó los puños sobre la mesa y miró largamente a los feligreses. Daba la impresión de no decidirse entre abrazarlos o hartarlos a trompadas. Balduino aún no lo había experimentado en carne propia, pero sabía que los aldeanos sentían por el cura un respetuoso temor, producto de sopapos y otros "mimos" recibidos de él a modo de penitencia extraoficial, mezclados con la tranquilidad de saber que él siempre estaría ahí para cualquier cosa que necesitaran.

 

      Largo tiempo miró así Fray Bartolomeo; luego, pensativo, abandonó el improvisado púlpito y empezó a pasearse de un lado a otro ante la feligresía, para asombro de Balduino, de Anders y, pensaron ellos, probablemente de todos los demás, salvo Ursula. Esta, como pagana, no entendía de liturgía cristiana, y en realidad estaba presente sólo por respeto; y era evidente que a su juicio lo que hacía Fray Bartolomeo debía ser parte del ceremonial de rigor, aunque no lo había visto hacerlo en otras misas.

 

      Sin embargo, cuando Balduino giró la cabeza, vio que casi nadie estaba sorprendido por aquella conducta del sacerdote. Tal vez fuera cosa relativamente frecuente en él eso de pasearse de un lado a otro para meditar lo que diría.No era la única rareza del cura. Todos los días, por ejemplo, podía vérselo visitar a su feligresía a lomos de su burro. En otros lugares, los curas iban a domicilio sólo para administrar los últimos sacramentos; por lo que Balduino y Anders, al verlo las primeras veces, no pudieron evitar estremecerse al pensar que por lo visto en Freyrstrand todos los días moría alguien y que, a ese paso, las inclemencias climáticas y las epidemias acabarían con la población local mucho mejor y más pronto que los Wurms.

 

      De la verdad se enteraron más tarde. Fray Bartolomeo visitaba tanto a sus feligreses sólo para asegurarse de que estuvieran bien, y de paso, si podía, les daba una mano en sus actividades. Así era como había ayudado a parir a ovejas del rebaño de Gudrun, y a esquilar renos de Kurt, asistido en sus partos a mujeres encintas, colaborado en la reparación de techos y  excavado las sepulturas de quienes abandonaban el mundo. Acompañaba a los aldeanos lo mismo en sus tristezas que en sus alegrías. En esto, Balduino lo respetaba, e intuía que sólo de la boca para afuera despreciaba a herejes y judíos. De hecho, contra el propio Balduino rezongaba cómicamente y lo llamaba hereje, pero bien que lo había ayudado en el asunto de las catapultas.

 

      Aun así, ese proceder, para el pelirrojo, era algo nunca visto en un cura y, por lo tanto, una rareza. Bienvenida rareza, sin duda, pero rareza al fin. Y ahora, viéndolo andar de un lado a otro y teniendo a los feligreses en espera de que concluyese la misa, era como para preguntarse qué otras excentricidades tendría.

 

      Por último, Fray Bartolomeo empezó a hablar. No en latín, sino en Bersik. Que tampoco era el corriente en Thorhavok, sino uno muy particular, sólo hablado por el cura, puesto que en los pagos de éste al parecer sólo se hablaba cernio, y él había aprendido Bersik al ser enviado por sus superiores a las regiones septentrionales. Pero de cualquier forma, todos en Freyrstrand estaban hechos a su habla, aunque la encontrasen tan chistosa como la de  Balduino. Este, por su parte, estaba tan habituado a oír jergas extrañas, que la del cura siempre había sido apenas una más entre muchas. 

 

      Con palabras sencillas y gran vigor expresivo, Fray Bartolomeo empezó hablando de la ira celestial de los poderosos derribados de sus tronos (y aquí Balduino se sintió tocado, en cierta forma) y de los tormentos que con gran refinamiento parecía haber preparado Dios en el Infierno para castigo de los pecadores. Oyéndolo, uno se preguntaba si su verdadera e íntima intención no sería lograr que la grey se diera a la fuga, aterrada; y Balduino se sintió decepcionado. Más de lo mismo, pensó. ¿Por qué querría él ser un  obsequioso siervo de la cruel deidad que describía Fray Bartolomeo? ¡Y qué diferente el Dios castigador descripto en este sermón de aquel otro, infinitamente más paternal, que el cura le había pintado varios meses atrás, al confesarse Balduino con él!

 

      Fray Bartolomeo hablaba sin dejar de andar de un  lado a otro, ocasionalmente volviendo a la mesa que hacía las veces de altar y deteniéndose allí, pero siempre mirando a sus fieles. En lo que siguió del sermón continuó con esa actitud. De tanto en tanto, se detenía ante algún rostro en especial, al que miraba fijamente; acaso entre él y el feligrés de turno había en ese instante algún secreto conocido sólo por ellos dos.

 

      -En la vida somos muchas veces derribados de distintos tronos-prosiguió-. Del trono de nuestros sueños, del trono de nuestra felicidad. Vivimos pequeños infiernos en este mundo terrenal. Cuanto más buenos somos, peor parece irnos, y por lo tanto llegamos a creer que Dios es malvado y odioso. El Señor perdonará mis palabras; bien sabe El que no es una apreciación personal, sino una blasfemia que se suelta en momentos de intenso dolor, y de la que nos arrepentimos cuando caemos en la cuenta de hasta qué punto somos injustos-hizo una pausa-. Tenía yo nueve años cuando fui derribado de mi primer trono, y os aseguro que entonces me vi precipitado a un Infierno del que sólo terminé de emerger aquí, en Freyrstrand. Por aquel entonces, por supuesto, ni en sueños imaginaba para mí un futuro en el sacerdocio. Como cualquier niño, soñaba con ser un gran guerrero y correr muchas aventuras. Y había en Laisauria una pandilla de niños que se llamaban Los Gatos Callejeros y cagaba por ahí haciendo desmanes más bien inocentes. Travesuras comunes, de vez en cuando alguna cosa dañina, pero nada muy grave. Ellos, naturalmente, se creían muy rudos y osados. Si eras un niño de Laisauria, aspirabas a ser uno de ellos; pero no admitían a cualquiera, de modo que había otras pandillas rivales integradas justamente por los no admitidos en Los Gatos Callejeros. Sin embargo, estos últimos eran siempre la primera opción, y también lo fueron para mí.

 

      La feligresía escuchaba el relato en absoluto silencia, atenta, espectante.

 

      -Había en Laisauria una mansión bastante siniestra, el Palacio Haraldssen, donde vivían los banqueros-prosiguió el cura-. Los Haraldssen eran muchos, y todos ellos casi idénticos: jóvenes, rubios, de ojos claros y narices respingonas. Todos ellos eran también fríos y siniestros. Se decía que habían hecho pacto con el Diablo, al que debían su inmensa fortuna y, quizás, esa juventud que en ellos parecía eterna. Y la mansión de estos banqueros estaba rodeada de un alto muro y una puerta de rejas bellamente trabajadas en hierro, que daba en primer término a un patio. En cierto momento, la cerradura de esta puerta se rompió y los Haraldssen demoraron en arreglarla, lo que coincidió con mi petición de ingreso a Los Gatos Callejeros. Estos tenían todos alrededor de doce años, y se burlaron de mí cuando les pedí que me admitieran. Era necesario demostrar que se tenía agallas  para que lo aceptaran a uno; y tras mucha insistencia, me dijeron que sería parte de la pandilla si me atrevía e entrar en el Palacio Haraldssen y robar algo que demostrara que había estado ahí. Ahora creo que lo dijeron sólo para que dejara de fastidiarlos, pero en ese momento me tomé sus palabras muy en serio, y quedé aterrado ante la idea de infiltrarme en la madriguera de aquellos banqueros escalofriantes.

 

      Balduino sonrió. Parecía ser que en todas las ciudades importantes tenían los Haraldssen soberbios palacios y reputación de aliados del Maligno.

 

      -Sin embargo, empecé a sentir terror en serio cuando, tras burlar esa misma noche la vigilancia de mis padres y salir a la calle, me encontré de súbito ante la puerta de rejas del Palacio Haraldssen-prosiguió el cura-.  Cuando la abrí y la sentí chirriar, se me erizaron los pelos, se me puso la carne de gallina. Pedí la ayuda de Dios...para que me ayudara a robar, ¡figuraos, justo para hacer algo que El desaprueba!... Y aunque transido de miedo, entré. Era como entrar al mismísimo Infierno... Pero lo peor fue que no llegué a pasar mucho más allá, que ya uno de los Haraldssen me había atrapado y sacado un puñal mientras llamaba a los demás. Me eché a llorar, desesperadamente, suplicando clemencia-sonrió-. Creí que Dios me había abandonado. La verdad es que tal vez nunca me protegió tanto como entonces.

 

      ’El que me atrapó estaba muy dispuesto a matarme. Recé en ese momento casi tanto como lo hice durante toda mi vida posterior, y le prometí consagrarme a El si me libraba de aquel aprieto. Finalmente, después de explicar que sólo buscaba probar mi coraje para ser admitido entre Los Gatos Callejeros, me perdonaron la vida. Pero uno de los Haraldssen me llevó aparte y me amonestó severamente. Me dijo que, si anteriormente otros aspirantes a pandilleros hubieran intentado robar algo del Palacio Haraldssen, no habría corrido yo con tanta suerte. Y me dijo algo más, algo que seguiré recordando aún en mi lecho de muerte: Soy banquero, y sé que las cuentas se hacen al final del día, y que una mala inversión puede llevar al desastre. Esto es válido tanto para el dinero, como para la dicha, la bondad, el honor o, en tu caso, para el coraje. Vale para la vida entera. Más te vale pensar bien en qué inviertes lo que tienes. Vuelve a intentar algo como esto, y tu día terminará en desastre y mucho antes de la hora de la puesta del sol. Y me dejó ir.

 

       Fray Bartolomeo hizo una pausa, paseando la mirada entre la grey.

 

      -Malvado o no, aquel sujeto tenía razón: las cuentas se hacen al final del día-reflexionó-. Mi vida fue de fracaso en fracaso desde entonces, o eso creí. Eso de ser guerrero y vivir muchas aventuras pasó al olvido. A su debido momento me ordené sacerdote, pero sólo para cumplir con la promesa hecha a Dios de servirlo si me libraba de morir a manos de los Haraldssen. Pensé que por lo menos me enviarían a ejercer el ministerio en la principal iglesia de alguna ciudad grande. Pues no: me enviaron a Helmberg...

 

      Hubo caras de asombro entre los aldeanos. Para ellos, Helmberg tenía que ser una gran ciudad; por algo el Duque residía allí. Pero Fray Bartolomeo había visto más mundo que ellos. Si él lo decía...

 

      -...y durante todo ese tiempo traté de ser un buen sacerdote, pero nunca pude olvidar aquel terrible susto que viví en el Palacio Haraldssen, del que nunca hablé a nadie (vosotros sois los primeros en saberlo) y que me dejó un horror a la muerte que con los años no hizo más que crecer tras cada funeral que oficiaba. Y entonces, un día, me llegó el turno de ganar, cuando creí estar perdiendo más que nunca. Fue el día que me trasladaron a Freyrstrand-miró a Balduino, y éste se estremeció-. Supuestamente, castigado.

 

      Los gemelos Björnson se miraron de soslayo. Pues el castigo del que hablaba Fray Bartolomeo había ocurrido por oponerse, con uñas y dientes, a que se los condenara a muerte.

 

      -¿Pues qué podía tocarme ni bien llegado a Freyrstrand?-prosiguió el cura, riendo-. ¡Un funeral! Había muerto Ingmar Kurtson-miró a Kurt, y éste sonrió, al parecer orgulloso de que su difunto padre, al menos con su muerte, fuera parte importante en la historia del cura-. Me tocó oficiar la misa de difuntos, consolar a los deudos como pudiera, incluso cavar la fosa y enterrar al finado. No dije nada, pero me pareció muy triste eso de enterrarlo envuelto en trapos, como si fuera un perro. Sin embargo, ¿qué otra cosa podía hacer?, si no había nadie que pudiera o quisiera construir un ataúd. Me di cuenta, pese a todo, que le hecho de que no hubiera féretro me tranquilizaba. Me di cuenta de que nada me horrorizaba tanto de la muerte como la visión del ataúd.

 

      Balduino sonrió de nuevo. Imaginaba, como efectivamente sucedía, que los Kveisunger estarían revolviéndose incómodos. Ellos se horrorizaban, no ya con la vista de un ataúd,  sino con la sola mención del mismo, algo más bien absurdo si se pensaba en la cantidad de vidas que debían llevar en sus conciencias y en todas las veces que ellos mismos habrían enfrentado a la muerte. Como fuera, sin duda estarían preguntándose cuándo acabaría Fray Bartolomeo de una vez por todas su condenado sermón.

 

       -Al poco tiempo, lo sabía yo todo acerca del finado-prosiguió Fray Bartolomeo-. Había sido un hombre muy querido; tanto como lo es hoy su hijo. Era como si lo hubiera conocido durante toda mi vida; más aún, como si todavía lo tuviera frente a mí. Desde entonces, fue igual con cada funeral y entierro que me tocó oficiar. A menudo me he preguntado por qué. Creo, por un lado, que ante una feligresía numerosa uno jamás llega a conocer demasiado a las personas ante las que predica. Todos parecen iguales, detalles más, detalles menos. Cuando se cuenta con pocos fieles como aquí, en cambio, uno sabe que no es lo mismo Thomen que Balduino o que Ulvgang. Cada uno de ellos es único. Por lo mismo, por supuesto, cuando esa persona ya no está, se la llora más; pero es más la despedida del que se va de viaje que del que ya no existe. Uno recuerda tan vívidamente a la persona, que todavía la siente ahí, riendo y haciendo tic o vistiendo ropas absurdas. Por otro lado, está la diferencia en la forma de despedirse. El féretro es una especie de ídolo pagano macabro que devora al querido difunto en medio de ceremoniales horrorosos. Ya acabará tan tétrica idolatría y la muerte volverá a ser lo que en realidad es, el simple paso de la vida física a la espiritual.

 

      ’Y en cuanto a mí, un día, meses después de mí llegada a Freyrstrand, descubrí que ya no temía a la muerte. Me sentía como aliviado de una enorme carga. Al instante caí de rodillas, agradecido; y puedo asegurar que aunque mi cuerpo volvió a incorporarse, mi alma continúa de rodillas desde entonces. Aquí, en Freyrstrand, pude decir, como Job, que de oídas solamente conocía a Dios, y que ahora lo habían visto mis ojos.

 

      El cura estaba muy emocionado, y Balduino le notó un discreto lagrimeo, que no fue mucho más evidente. Fray Bartolomeo se recuperó enseguida y continuó:

 

      -Las cuentas se hacen al final del día. Recordemos esto cuando nos sintamos derrotados, y también cuando nos mareemos en la cima del éxito. Cuando nos llegue la hora, el día habrá terminado para nosotros, y ahí podremos evaluar cuánto ganamos o perdimos. Yo era un fracasado y hoy lo tengo todo; y aunque mi día no ha terminado, creo que al final me quedará todavía una buena ganancia. Y curiosamente, me concedió a su manera aquel lejano anhelo de mi infancia, pues viví, quizás, más aventuras de las que deseé. Pues, ¿qué es la aventura, sino lanzarse a lo insospechado? Y batallo, como vosotros, en una guerra espiritual. A menudo creemos que si Dios existiera, no permitiría a los malvados prosperar, permitiendo en cambio que los justos sufran tribulaciones de toda clase. Pero lo cierto es que en esa guerra espiritual de la que hablaba, el bando de Satán está formado por mercenarios muy bien pagos, pues de otro modo nadie lucharía por él; no es un tipo muy simpático. En cambio Dios no quiere mercenarios ni adulones a su lado; y vaya si los tendría, y en abundancia, si prometiera dicha y prosperidad a quienes militan en sus filas. El quiere que le sirvamos por amor, y no por la paga; pues por amor y no por paga es que El nos ofrece el Reino de los Cielos. Y creedme, también en esto las cuentas se cierran en este mundo y no en el venidero. He oído confesiones de muchos moribundos. La gente más mísera, pobre y sufrida dejaba este mundo en paz con su conciencia, lo que es el mejor de los adelantos del Paraíso: saber que uno vivió tan bien como pudo y sin dañar a nadie. Y quienes habían llevado una vida de maldades, e incluso prosperado gracias a ellas, morían aterrados por la perspectiva de un Infierno en el que jamás habían creído más que al hallarse a punto de exhalar el último suspiro, y suplicaban que se celebrasen misas por la salvación de su alma. Es una fea forma de morir. Es descubrir, luego de un día de negocios, que la ganancia obtenida es sólo viento. Que no hay dinero en efectivo porque se ha vendido a crédito al Diablo, y que él se ha ido lejos, sin pagar la deuda. Es la ruina.

 

      Fray Bartolomeo paseó la mirada entre su feligresía, y una sonrisa, que le fue devuelta por varios miembros de la grey, iluminó su rostro.

 

       -Casi todos mis más queridos fieles estáis hoy aquí-dijo-, reunidos por circunstancias que no hacen al caso. Algunos de vosotros, alguna vez, rozasteis una cúspide de gloria, de la que os visteis derribados. Otros vivís en un pozo del que rara vez lográis salir. Algunos de vosotros fuisteis o sois feroces y temibles; otros tenéis la mansedumbre de los corderos y nunca fuisteis ni seréis de otro modo. Contrastes extraños, ciertamente; pero no tanto si se piensa en las Escrituras. Ese Dios colérico del que os hablaba al principio refrenó su ira y nos envió a su Hijo, y El se hizo carne y habitó entre nosotros. Siendo tan poderoso, se humilló El mismo para conocernos mejor. Sufrió tentaciones, dolor y miedo. Y amó. Creo que volvió a los Cielos con mejor opinión de nosotros. Creo que entendió mejor nuestras miserias luego de padecerlas El mismo. Desde lo alto de los Cielos tal vez sólo parezcamos hormigas fastidiosas a las que se siente uno tentado de pisotear. Tras conocernos mejor, no tuvo ya corazón para destruirnos. Entendió que fue menos maldad que estupidez lo que nos llevó a crucificarlo, y nos abrió de par en par las puertas del Paraíso. Y el primero que entró allí fue la persona menos pensada: un ladrón. Por algo será. Después de esto, tal vez no resulte tan extraño ni debamos sentirnos castigados si nos derriban de la cima. Es mejor bajar de nuevo, para ayudar a subir a los que están en el pozo y marchar todos juntos todavía más arriba. Y quizás no parezca tan absurda la convivencia de lobos y corderos. Tal vez sea bueno que la fiera encuentre un poco de sosiego y traspase un poco de sus ímpetus al cordero.

 

      Y concluyó el cura:

 

      -Ahora, hermanos, demos gracias al Señor.

 

      Y la feligresía entera, en una atmósfera de intensa piedad, cayó de rodillas. Quizás, incluso, el propio Balduino fue creyente en ese momento; pues jamás olvidó aquella misa ni aquel sermón. 

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Published by EKELEDUDU
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