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19 febrero 2010 5 19 /02 /febrero /2010 21:28

      -Qué Fray Bartolomeo éste, ¿eh, amigo?-cuchicheó el largo Kurt, indignado, acercándose a Balduino al término de la misa-. Te llenamos Vindsborg y dice que somos pocos fieles.

 

      Era obvio que Balduino no estaba allí con  su pensamiento, porque apenas si asintió inexpresivamente mientras Kurt seguía a los demás hacia la escalinata. El que se quedó meneando la cabeza fue Anders.

 

      -Lo que es no haber visto nunca una ciudad grande como Ramtala-comentó en susurros, un tanto despectivo y con aires de citadino, siendo así que la única ciudad realmente grande que él había visto era precisamente Ramtala. Siguió mirando a su alrededor, y preguntó a Balduino:-. ¿Has visto el sombrero que trajo Thomen?-y como el pelirrojo no parecía reaccionar a nada de cuanto lo rodeara,  añadió:-. Eh, hombre, despierta.

 

      Balduino se había quedado pensativo ante algo que llamaba su atención: Gudrun no había ido a comulgar, y Hansi acababa de informar que jamás lo hacía. Se preguntaba si esto obedecería a alguna irreligiosidad en particular , en cuyo caso sería un síntoma de que, tal vez, ambos estaban hechos el uno para el otro.

 

      No se le ocurrió que para comulgar primero hay que liberarse de culpas mediante la confesión. No pensó que la joven escondiera un terrible secreto que se esforzaba, tal vez, por olvidar.

 

       Anders repitió la pregunta y señaló el sombrero en cuestión, cuyo tamaño era descomunal, y que estaba hecho de paja. Balduino recordó que durante casi toda la misa , al volverse para vigilar a sus convictos por si acaso, había visto a Thomen sosteniéndolo entre sus manos y girándolo maquinalmente una y otra vez.

 

      -De veras que está tarumba este Thomen-sentenció lapidariamente Anders, siempre en voz convenientemente baja-. Mira que traer ese sombrero enorme, como si fuera a insolarse, justamente en este lugar, donde cada día de sol es una moneda en bolsillo de pordiosero. Además, no sé si te has fijado, pero me parece que sólo se lo pone cuando viene en carreta.

 

      -No sé, la vez pasada no lo trajo-susurró Balduino, pensando además que lo de la insolación era relativo. En muy pocos días su pálido rostro lleno de pecas había adquirido un saludable tono bronceado, y en ciertos días el sol picaba de veras.

 

      -Sí que lo trajo, hombre-murmuró Anders-. Pero cómo esperar que lo recuerdes-añadió con malicia-. Si después de ver ese mismo día a tu preciosa Gudrun ya no recordabas ni tu propio nombre.

 

      Balduino miró otra vez a Thomen, quien en ese momento salía detrás de su esposa Thora y su hija Ljod, de alrededor de doce años. El pequeño Thommy iba a hombros de su padre jugando con el sombrero  en cuestión, que Thommen no podía calzarse sin estorbar a su hijo.

 

      -Tal vez no pueda pedírsele  demasiada cordura al pobre-reflexionó Balduino, siempre en voz baja.

 

      -Tienes razón. El llanterío de Thommy enloquece a cualquiera-replicó Anders, recordando divertido la experiencia de Balduino con el niño.

 

      -No me refiero a eso, sino a que estoy seguro de que perdió al menos dos hijos-aclaró Balduino-. Fíjate que hay demasiada diferencia de edad entre  Ljod y Thommy. Ljod está entre Thom y Thora, y Thommy a hombros de su padre. Es como si Thom y Thora quisieran protegerlos de algo. Dudo que sea casualidad, o que durante varios años, antes del nacimiento de Thommy y luego de tener a Ljod, jamás hayan concebido de nuevo. Acuérdate de lo que te digo: entre Ljod y Thommy hubo al menos dos hijos más, que ahora ya no están con el resto de la familia excepto en el recuerdo.

 

      Balduino hubiera querido felicitarse por su capacidad de observación, pero en realidad lo amargaba haber notado aquel detalle. Súbitamente advertía que Freyrstrande era una tierra inmisericorde, apta sólo para los más fuertes; y ahora que se estaba encariñando con tanta gente, y a pesar del reciente sermón de Fray Bartolomeo según el cual allí se sentía a los muertos como si siguieran vivos, temía ver morir siquiera a una sola persona.

 

      En el pasado había llorado sólo la muerte de su querido perro Argos. Nunca la de un ser humano. Había sido muy frío respecto a las muertes en batalla, y si pudo serlo fue porque no había sentido aprecio por nadie, salvo en parte por el señor Ben Jakob, quien de todos modos seguía bien vivo hasta donde él sabía. Tal vez en su niñez había querido a alguien, pero dejó de quererlos mucho antes de poder experimentar lo que era el dolor por la muerte de alguien cercano en el afecto.

 

      Trató de consolarse pensando que tal vez un absurdo destino lo hiciera morir a él en primer término pese a ser joven, sano y fuerte. Lo prefería a ver morir a los que amaba y al fin y al cabo, pensó, en algunas circunstancias era más la tenacidad antes que la resistencia física lo que ayudaba a preservar la vida más allá de la lógica, un vigor espiritual que no todos poseían. Y Balduino, que durante años se había creído muy duro, ahora se sentía tan blandengue que no lo podía creer. Thomen el Chiflado, que había sufrido la peor tragedia que podía sobrevenirle a un padre y no obstante seguía con su rutina y hasta continuaba riendo, sí era duro; no él.

 

      Tal vez me llegue el invierno, pensó, y me ahorraré el dolor de perder a la única gente a la que, tal vez, llegaré a amar. Y mis restos reposarán en Freyrstrande, y jamás tendré que irme de aquí.

 

      Casi se asombró cuando al salir y antes de bajar la escalinata, vio desde lo alto a la gente que lo aguardaba abajo. Estaban allí para que Balduino les enseñara a defenderse de los grifos. Precisamente por eso, para ahorrar tiempo y que todos pudieran luego encaminarse a sus tareas habituales, se habían unido dos misas en una.

 

      Todavía estaba alicaído al terminar de descender la escalinata y de repente advirtió que, teniendo en cuenta los apacibles y soleados días anteriores, éste se anticipaba horrible, climáticamente hablando. No llovía, pero hacía hacía más frío del habitual, no había sol y soplaba un viento bastante fuerte.

 

      El mar bramaba y las olas golpeaban violentamente contra la playa bajo un cielo de tétricos nubarrones oscuros como lo profundo del sepulcro. Sólo un trozo de cielo, sobre el mar, se veía despojado de nubes; pero precisamente hacia allí serpenteaba la estela de humo de las fumarolas del volcán de Eldersholme, como intentando tapar aquel agujero con un parche.

 

      De repente Balduino se sintió como abofeteado por Freystrande, y una rabia tan negra como los nubarrones y las fumarolas juntos sustituyó su previo desaliento; se sintió como retado a duelo por aquella tierra injusta y despiadada que parecía regodearse en hacer daño a quienes la amaban. Y si lo desafiaba a duelo, habría duelo.

 

      Te voy a vencer, maldita, pensó, apretando los puños hasta que los nudillos se le hicieron blancos, mientras iba a reunirse con la gente. Volvió a mirar por encima de sus espaldas, y le pareció ver, estremecido, que unos cuantos nubarrones se reagrupaban y formaban en el cielo una sonrisa cruel; pero al mirar mejor, ya no la vio allí. Tal vez había sido sólo su imaginación; pero igual no pudo desprenderse de la sensación de que Freyrstrande realmente se disponía a enfrentarlo en un combate singular en el que la sola idea de que él resultase vencedor sonaba descabellada.

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Published by EKELEDUDU
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