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2 marzo 2010 2 02 /03 /marzo /2010 22:20

      Inevitablemente, la noticia, si tal era, no tardó en cundir a la velocidad de la más fulminante de las pestes: Leif Leifson, en su lecho de muerte, había vaticinado que la ruina de los Wurms vendría de la mano de aquel Balduino de Rabenland, el mismo que había sugerido el plan elegido para rescatar a las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg.

 

      -Tal vez estemos dándole a toda esta historia más importancia de la que, en realidad, tiene-reflexionó luego Maarten Sygrfiedson, hablando en privado con Ignacio de Aralusia, en un intento de analizar la supuesta profecía de Leif Leifson desde un ángulo racional, objetivo, y frío-. Durante el tiempo que tuve el honor de servir al señor Thorstein Eyjolvson, él me enseñó a no descreer totalmente de nada y a no creer ciegamente en nada. El tal Balduino cobró de la noche a la mañana una celebridad increíble y, por el momento, inmerecida, salvo por su idea en lo tocante al rescate de los hombres de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg; e incluso en este último caso no sabemos todavía qué éxito tendrá su plan. Como procede de una tierra en cuyo nombre figura la palabra cuervo, ave que aquí goza de mucho respeto por las razones que ya conoces, la gente ha aumentado e inflado en exceso este único mérito que le conocemos. Leif veneraba en secreto a Odín; ¿tiene entonces algo de raro que en su delirio mezclara realidad y ficción? Si tu amigo Edgardo repitió palabras de su hermano según la cual sería más grande que nadie y si Leif las oyó, ¿por qué no puede ser factible que en su desvarío mezclara los tantos y las interpretara como un augurio? Te repito, a mí me parece que confundió todo en su cabeza y "vio" lo que quería ver, tal vez lo que todos querríamos ver de un modo u otro: la derrota de los Wurms. Pero que cada uno crea lo que quiera creer. Siempre es bueno, me parece, interpretar como verdadera una predicción así. Da esperanzas. Sólo deseo que nadie se deje estar, dando por cierto que nada de lo que hagamos nosotros influirá en la victoria o la derrota, y que la salvación está en manos del tal Balduino; porque entonces puedo afirmar, sin necesidad de ser profeta, que la ruina más cercana sería la nuestra, y no la de los Wurms.

 

      -La verdad, Maarten-suspiró Ignacio-, incluso una loca esperanza es mejor que ninguna. Yo he perdido las mías.

 

      -Precisamente iba a decirte que todo está listo para iniciar mañana por la noche el operativo de rescate-contestó Maarten-. Si estás arrepentido de haberte ofrecido como voluntario, aún estás a tiempo de echarte atrás. Ya encontraremos a otro que pueda sustituirte. Tal vez yo mismo.

 

      -Iré yo, Maarten, pero quisiera ser tan valiente como Hreithmar o como tú. No sé cómo hacéis para jamás tener miedo.

 

      -Olvida a Hreithmar, él es un caso único. Lo habitual es cagarse de miedo, y en eso yo no me quedo atrás, pero hago un poco de trampa. Te enseñaré mi secreto.

 

      Ignacio miró con curiosidad a Maarten mientras éste aflojaba el cinto para desembarazarse de la espada envainada que pendía del mismo.

 

      -Viví aquí, en Drakenstadt, hasta los doce años-explicó Maarten-. La mía fue una infancia bastante solitaria y triste. Por ser fan feo, la gente me tomaba por su bufón y me maltrataba de muchas maneras-. A los doce años, el señor Thorstein Eyjolvson me llevó consigo a Ramtala. Para mí fue un enorme alivio. Era la primera vez que salía de Drakenstadt, y suponía yo que la gente sería mejor en otros lugares. El señor Eyjolvson se encargó de desengañarme, pero me dijo que me enseñaría a perder el miedo a la gente y a cualquier otra cosa que me inquietara.

 

      -¿Tan grave daño te hicieron, que les tenías miedo?-preguntó Ignacio, asombrado-. Pero ¿de dónde sale tanta gente mala? No veo que lo sea tanto.

 

       -No sé si mala por intenciones, pero sí ignorante, irreflexiva y, por lo tanto, dañina-contestó Maarten-. Tal vez no sea su culpa: se es como se puede o se aprende. Si ahora me preguntas, no temo a la gente, aunque sociabilizar demasiado con ella tampoco me entusiasme. Las cosas que se sufren siendo niño no se olvidan fácilmente; y no encuentro motivos para desear la compañía de gente que maltrata a quienes no saben defenderse pero respetan a quienes pueden partirlos al medio de un solo tajo de espada. De repente, aquí todos están contentos conmigo sólo porque el difunto Príncipe Gudjon, Dios lo guarde, me concedió tardíamente su favor . Gudjon, en otro tiempo, tampoco fue bueno conmigo y sólo cambió de actitud cuando, tras años de prácticamente no vernos él y yo, me probó en combate singular y lo vencí. No, no creo que valga la pena rodearse de gente a la que tienes que obligar a que te respete. No queda, en efecto, más remedio que obligarlas; pues si no, no te dejan vivir en paz. Pero una cosa es eso; y otra muy distinta, querer a esas personas de amigos.

 

       -Pero no entiendo. ¿No fuiste tú quien le pidió al señor Eyjolvson que te permitiera regresar a Drakenstadt para defenderla de los Wurms?

 

      -Sí, pero sólo porque era algo que tenía pendiente. Verás: cuando el señor Eyjolvson me llevó consigo a Ramtala, dijo haberme elegido para algo especial y sobre lo cual tendría que guardar silencio... Aunque, curiosamente, a la vez me previno contra las personas que dicen esas mismas palabras, ya que por lo general esconden intenciones podridas. En realidad, lo que hizo fue hacerme ingresar en la Orden del Viento Negro, por eso tanto secreto. El señor Eyjolvson derramó sobre mí grandes alabanzas, diciendo que yo era valiente, noble y muchas otras cosas que en realidad no era o no creía ser. Puede, sin embargo, que luego adquiriera esas cualidades para no decepcionar la confianza que parecía depositar en mí; así ocurre a veces cuando, tras muchos años de recibir sólo burlas y vejaciones, aparece alguien que te valora y respeta. Pero siempre temí no ser todo lo noble de espíritu que debía: ignoraba cómo respondería si alguna vez Drakenstadt, la ciudad que de niño me había humillado, dependiera de mí. Eso era lo que tenía pendiente. Drakenstadt me necesitó y aquí estoy; creo que superé esta prueba, una que me resultó particularmente difícil, como puedes imaginar... Pero ahora es de tu valor que necesita Drakenstadt y aquí estás, pero no sabes si estarás a la altura de las circunstancias. Pues bien, pronto descubrirás que sí lo estás.

 

      Maarten rodeó los hombros de Ignacio con su brazo derecho en un gesto cálido y protector, y sostuvo en alto la espada, sosteniéndola por la vaina.

 

       -Esta es Grönsunna, "Sol Verde", regalo del señor Thorstein Eyjolvson, quien la hizo forjar especialmente para mí-explicó-. A ella debo haber vencido mis temores.

 

       -¿Es una espada mágica o algo así?-preguntó Ignacio, admirando la gran esmeralda incrustada en el centro del gavilán de la espada.

 

      -En parte. Usada debidamente, tiene el poder de ahuyentar el miedo, al menos hasta el momento de hallarse frente al peligro y a veces incluso más allá. Por eso la inscripción en caracteres rúnicos. ¿Puedes leerla?

 

      Ignacio revisó el arma, y todavía estaba en ello cuando respondió:

 

      -No. Aparte de que no sé interpretar las runas, no encuentro la dichosa inscripción.

 

      Maarten acercó más hacia Ignacio el pomo trebolado hasta colocarlo a la altura de los ojos de él. Vio entonces Ignacio en el gavilán, repujada en relieve, la dichosa inscripción rúnica. Maarten apartó su brazo derecho de los hombros de Ignacio y señaló los caracteres con el índice de su diestra.

 

      -Eini Schwort kan duleinn Mann bald det Löwe du maggen... "Una espada puede hacer un hombre valiente como el león"-leyó, rodeando de nuevo  con su brazo derecho los hombros de Ignacio, quien se sentía como iniciado en un ritual misterioso-. El asunto es que ahora necesitamos un cuervo, no un león; un cuervo que picotee los ojos de los Wurms y los enceguezca.

 

       -No me digas que la espada me convertirá en cuervo...-bromeó Ignacio.

 

      -No me asombraría que pudiera hacerlo, pero da lo mismo-contestó Maarten, estrechando con más fuerza los hombros de Ignacio-. Mañana a la noche, frente a las mismas narices de los Wurms, comenzarás a sacar de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg a nuestros hombres-dijo con énfasis y convicción, e Ignacio ladeó hacia él su mirada, alzándola al mismo tiempo, ya que Maarten le sacaba más de una cabeza-. Cuando los reptiles se den cuenta de lo que has hecho, será demasiado tarde. Los harás quedar en el mayor de los ridículos...

 

       Era evidente que Maarten tenía fe inmensa en la veracidad de sus palabras. Ignacio, no tan seguro, se sintió de todos modos reconfortado por la amistad con que Maarten lo honraba. Era curioso porque, mientras que se suponía que eran los nobles quienes protegían a los villanos, Ignacio era de elevada cuna; y Maarten, más plebeyo que cualquier perro callejero.

 

      Pero ambos eran caballeros ahora y de algún modo lo lógico era que se protegieran mutuamente. Daba la impresión, no obstante, de que Maarten iba mucho más allá de su deber.

 

      -Tendrás a Grönsunna contigo hasta que termines con esta misión; cuídala como a tu novia-recomendó-. Y ahora, escucha: ponte en una posición cómoda y mantén la vista fija en la esmeralda. En esa piedra reside el poder de la espada. No despegues los ojos de ella. Siempre mira la esmeralda. Su fuego verde entrará a su alma a través de los ojos e incinerará tus temores con mucha más eficacia que un chorro de fuego de un Jarlwurm. Procura estar con la conciencia limpia, añade unas plegarias al Señor y serás invencible-dio unas cuantas palmaditas afectuosas en la espalda de Ignacio-. Tengo quehaceres, debo dejarte. Tráenos de vuelta a nuestros hombres, campeón.

 

      Tras lo cual se marchó, dejando a Ignacio solo con la enigmática espada.

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Published by EKELEDUDU
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