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20 febrero 2010 6 20 /02 /febrero /2010 18:53

      A menudo, en los años venideros, reflexionaría Balduino sobre los aldeanos de Freyrstrand. Thorvald había dicho ya que cada uno de ellos era su propio carpintero, médico y herrero. No tardaría en descubrir que, además, cada uno era su propio sacerdote y posiblemente su propio guerrero. En el fondo lo necesitaban muy poco. A los abusos de Einar estaban acostumbrados y sabían cómo manejarlos. En cuanto a que los Wurms se acercaran a Freyrstrande, ni ellos lo creían probable; y la invasión de grifos venidos de las Islas Andrusias lógicamente los había asustado un poco, pero habrían terminado arreglándoselas solos con ellos. No tenía sentido en efecto que una mujer como Gudrun, que espantaba lobos con su honda, no se atreviera a hacer frente a un grifo; no tenía lógica que hombres como Friedrik y Thomen el Chiflado, que arrostraban sin mosquearse la implacable furia del océano, se amedrentaran ante una amenaza mucho más controlable.

      Cuando más tarde los Wurms irrumpieran en Freyrstrande quedaría demostrado que, después de todo, las cosas que el hombre no dispone y aún así suceden, no suceden en vano; pero todavía faltaba para ello, y la presencia de Balduino parecía, tal vez, innecesaria. Y sin embargo, allí estaban los aldeanos aquella mañana, reclamando protección, semejantes de algún modo a niños llenos de energía, pero que igual piden ser aupados.

      Balduino comenzó exponiéndoles nuevamente los argumentos por los que se oponía al exterminio sistemático de la población de grifos de las Gröhelnsklamer.

      -El destino del hombre está íntimamente unido al de las bestias de una forma que todavía no conocemos bien-dijo a modo de conclusión de aquel prólogo-. Exterminarlos es amputar una mano que podríamos necesitar para que nos salve de caer a un abismo. Eso se ha visto en los señoríos donde algunos depredadores fueron cazados sistemáticamente, acusados de ser asesinos de hombres: luego de que casi fueron totalmente eliminados, los ciervos se multiplicaron e invadieron los jardines. Y en otros señoríos donde ciervos y unicornios eran señalados como descarados invasores de jardines ya desde antes, se decidió hacer doblete, matando a esos animales con veneno y dejando la carne envenenada al alcance de los depredadores para que éstos la devoraran y murieran también. Pero no siempre morían los depredadores más peligrosos para el hombre; y los que quedaban, se volvían más feroces con el ser humano por la falta de presas. Sin contar que, en invierno, el hambre causaba estragos en esos señoríos incluso entre la nobleza, precisamente porque ya casi no quedaban ciervos que cazar. Aprendamos de tan duras lecciones, y busquemos otros métodos.

      'Para precaveros de ataques de grifos, o de cualquier otro depredador, el primer paso es siempre estar alerta; el segundo, evaluar la situación. Caer en pánico no sirve. Aunque la fiera se precipite sobre nosotros, debemos estudiar bien nuestras posibilidades, y para eso necesitamos mantener la calma. El grifo normalmente ataca desde el aire y en terreno abierto, pero puede suceder también que aceche a la manera de los gatos, especialmente si se encuentra en un lugar más elevado que su posible víctima; por ejemplo, en los riscos de las Gröhelnsklamer. En llano descubierto, como por ejemplo en esta playa, el peligro de un ataque de grifo puede venir casi exclusivamente desde el aire. En un bosque frondoso no hay frente a un grifo mucho más riesgo que frente a un lobo, porque los árboles entorpecerán su vuelo y, por consiguiente, tendrá que atacar desde tierra, en lo que no es muy experto. Así que, si se tiene un bosque cerca, refugiarse en él es buena medida contra un ataque de grifo; pero nunca corriendo. La presa que huye a la carrera excita los instintos del cazador. Ante un gran carnívoro, jamás hay que mostrar miedo ni escapar a la carrera. Si corremos, ha de ser para tomar la iniciativa en la agresión, o para contraatacar. Conviene ser como el chico flaco que se las da de valiente inflando el pecho y mirando a los ojos al grandullón que golpea a los débiles, a fin de acobardarlo.

      A juzgar por las caras de los aldeanos, no era una feliz comparación. Había tan pocos habitantes en la región y estaban tan dispersos, que eso de un bravucón abusando de debiluchos era algo inédito en Freyrstrand. Pero la sonrisa un tanto amarga de Thomen el Chiflado demostraba que al menos él sí conocía la situación.

      -El excremento de grifo es un combustible bueno y barato, se lo puede recoger en las Gröhelnsklamer-continuó Balduino-; pero cuando uno se interna en sitios como ése, nidales y madrigueras de grifo, debe tomar precauciones extra. Primero, nunca ir en época de cría o de escasez de alimento. Segundo, ir al menos de a dos. Tercero, llevar gorras que en el dorso y en su parte superior tengan pintados rostros humanos. Uno de mis hombres, Gröhelle, asegura que en las Andrusias está muy extendido el uso de estas gorras, que son muy eficaces, pues los grifos jamás atacan de frente, y un grifo que esté a espaldas de su víctima o en el aire, ante una gorra así, queda confundido, creyendo que su presa lo observa. Y no ataca. Puede que permanezca cerca, pero no ataca.

      'Gritar amenazadoramente puede ser útil: volvemos al fanfarroneo intimidante. Si se tiene una antorcha, esgrimirla contra la fiera la espantará. Son muy pocos los seres que no temen al fuego; por supuesto, los más conocidos de éstos son los Drakes, los Jarlewurms y otros dragones.

      Seguidamente, y a fin de probar sus palabras, Balduino solicitó voluntarios y los hizo subirse a las carretas con las que se contaba. Además de la de Oivind, la de Thorstein el Viejo y la de Oivind había otra, perteneciente a uno de los aldeanos que vivían muy tierra adentro. A ellas se sumó la carreta de trabajo de Vindsborg, a la que se unció a Svartwulk, quien resopló disgustado, como recordándole a Balduino que él era un caballo de combate y preguntándole por qué no tiraba él mismo de la dichosa carreta.

      Entre los voluntarios, además de los propietarios de los vehículos, se encontraron Kurt, Heidi, Gudrun, Ljod y un muchacho llamado Osmund Osmundson, de alrededor de doce años..

      -Pondré a alguien a escoltar cada carreta-anunció Balduino; y asignó a Anders, a Karl y a Adler  para escoltar las carretas de Thomen, Oivind y Thorstein el Viejo respectivamente. Se reservó para sí mismo la que de tan mala gana arrastraría Svartwulk, pero seguía quedando una sin custodia, y no sabía a quién escoger de entre sus hombres. Prefería que fuese alguien que no intimidara a los aldeanos y que pareciera más bien una persona común y corriente; y por último encontró al que le pareció el más adecuado-. Tú, Snarki, a la que queda.

      El gordo Snarki,  a quien dicho sea de paso el trabajo pesado hacía adelgazar rápidamente, se puso tan blanco como cuando Balduino le ordenó derribar un árbol enorme sin ayuda de nadie.

      -¡Pero yo no soy un guerrero!-gimió.

      -¡Pues por eso mismo!-respondió Balduino, sin inmutarse-. No sea cosa que esta gente suponga que necesariamente se debe ser un hombre de armas profesional y con años de formación para poder defenderse de los grifos. No, cualquiera puede hacerlo, y tú eres el mejor para demostrarlo. Descuida, lo harás muy bien, y siempre tendrás a alguien de otra carreta para eventualmente cubrirte las espaldas. Tú nada más sigue las instrucciones que acabo de dar.

      Snarki se encogió como el gazapo que olfatea al zorro hambriento.

      -No las escuché...-murmuró tímidamente.

      -¿Que no las escuchaste?... ¡Mierda!-exclamó Balduino-. Snarki, eres tonto como pocos. Cómo no quieres tener miedo, si cuando se te informa de qué manera correrás menos peligro, tu mente se encuentra en el serrallo de Salomón.

      -Creí que esas instrucciones eran para los aldeanos-dijo Snarki a modo de torpe disculpa.

      -Doy instrucciones a quien las quiera oir, y puntapiés y coscorrones al resto; así que ahora presta atención-y tras repetir las instrucciones, agregó:-. Y ahora, sube a la carreta.

      -Pero... Pero...Pero...

      -Peroperopero, un cuerno-dijo Balduino, palmeándole el cachete izquierdo, y sonriendo con cierta ironía, pero también con afecto-. Vamos, hombre. Sé que esa gente estará segura contigo; sólo falta que lo descubras tú.

      No dio tiempo a Snarki a seguir hablando: se volvió hacia el joven Osmund, que estaba encaramado en la caja de la carreta que escoltaría Anders.

      -Ven conmigo, muchacho-le dijo-. Ljod, acércate tú también.

      Por lo visto, los dos jovencitos veían a Balduino como a alguien lejano e inalcanzable. Se le acercaron cada uno por su lado, entre el temor y la reverencia, como sin saber si los esperaba un castigo o, tal vez, una misión importante y peligrosa. Balduino les sonrió con afecto y los sintió relajarse cuando los rodeó con sus brazos.

      -Vendréis conmigo. Tenemos que hablar-y los hizo subirse a la carreta que él escoltaría, en la que había ya otras personas-. ¡Oivind!-reclamó; y cuando el viejo se volvió hacia él, le señaló a Osmund-. Mira, aquí tienes el ayudante prometido.

      Oivind asintió, y las cinco carretas se pusieron en marcha hacia las Gröhelnsklamer. La idea era demostrar con hechos que era posible invadir el territorio de los grifos y salir airoso, como ya lo sabían Balduino y Anders por su experiencia el día de la llegada a Freyrstrande. Snarki no estaba convencido ni de que el plan fuera seguro ni de que él mismo se hallara a la altura de las circunstancias en caso de que realmente no lo fuera. Pero la gente que iba en la carreta bajo su custodia parecía tenerle confianza, hecho que lo desconcertó muchísimo y lo dejó pensativo.

      Es habitual en la mayor parte de la gente asignar determinados rostros y cuerpos al pecado lo mismo que a la virtud, y reaccionar de modo acorde frente a hechos que requieren de canallas a los que abuchear o a héroes a los que llevar en andas. Snarki había aprendido esa dura lección ya desde su más temprana infancia, cuando su tendencia a la gordura lo excluía de participar  en los juegos de los otros niños que lo convertían en renuente bufón, formando un círculo en torno a él para martirizarlo con burlas crueles o con algo peor; pero al menos en esa etapa de su vida, su obesidad sólo era asimilada a la idiotez. Ya siendo adulto -y solitario hasta donde podía, para esquivar el maltrato de la gente- había sido víctima de un cotorreo ocioso en principio y malicioso después. Una prematura calvicie terminó de afear su rechoncha figura; a partir de allí, una tortuosa lógica, según la cual alguien tan gordo y feo y por lo tanto tan poco exitoso con las mujeres por fuerza debía tener una enorme lascivia reprimida, lo iría convirtiendo, a ojos de los demás, en un supuesto depravado sexual. De nada sirvió su aislamiento, al contrario: alguien que vivía tan solo sin duda ocultaba alguna rareza, algo malo...

      A eso seguiría su inculpación en el caso de la niña muerta y violada, encontrada por él en un oscuro callejón de Helmberg cuando ya poco podía hacer por ella. Un gemido agónico lo había llevado hasta la pobre criatura. Se hallaba desaparecida de su hogar ya desde el día anterior, pero Snarki no se enteró de ello sino poco menos de cinco minutos más tarde, cuando un grupo encargado de la búsqueda de la niña lo halló junto al cuerpecito casi convertido en cadáver.

      La barbarie del crimen exigía el pronto hallazgo y la subsiguiente ejecución del culpable, y en este caso no se requirieron más pruebas para condenar a Snarki que su aspecto, su mala reputación y su presencia junto a la niña. El populacho había estado a punto de lincharlo. De ese trance se salvó porque el Conde Arn estaba muy preocupado por demostrar que en sus dominios la justicia no era letra muerta y, por lo tanto, ordenó un juicio y una ejecución en toda la regla.

      Y de esa ejecución  también se había salvado hasta ahora, increíblemente, por una vuelta del destino tan absurda, que Snarki  apenas lo podía creer:

      Por ese entonces,  las cárceles de Helmberg estaban hacinadas debido a una proliferación de delitos menores. Para descongestionarlos, se decidió el traslado de algunos prisioneros a otras cárceles del condado.

      Un error burocrático provocó que entre los reclusos a trasladar fuera nominado un tal Thorstein Sigurdson, convicto por falsificaciones varias, resistencia a la autoridad y unas cuantas cosas más. El problema era que este Thorstein Sigurdson-se descubriría después- había muerto en la cárcel varios años antes. El que por equivocación fue a parar a Kvissensborg, junto con Adam Thorsteinson y algunos más, fue otro Thorstein Sigurdson, el mismo que recibiría allí el apodo de Snarki.

      Parecía ser que en Helmberg se tardó en advertir el error y, de hecho, al principio se supuso que Snarki se había fugado. Su ejecución, obviamente, debió posponerse hasta que se lo recapturara. Luego se supo que estaba en Kvissensborg, pero para entonces parecía que la prisa por ejecutarlo se había desvanecido. Casi enseguida fue liberado provisoriamente para servir a Balduino en Vindsborg.

      Snarki nunca había osado preguntarse cómo seguía su caso por temor a hacerse falsas esperanzas. Además, llegaba a la conclusión de que tal vez morir en la horca fuera lo mejor y el final más lógico para su vida. Se consideraba a sí mismo un error de la Naturaleza, un ser entre grotesco y patético sin derecho a existir. A menudo, antes de lo de la niña, el desprecio de la gente le había infundido el deseo de irse a dormir y ya no despertar jamás.

      Pero a la vez lo rebelaba que la vida fuera tan injusta; que otros tuvieran tanto y él prácticamente nada, ni siquiera la vida solitaria y pacífica tan anhelada en los últimos tiempos.

      La gente de Freyrstrande -Snarki lo veía ahora- era diferente, sin prejuicios nefastos. Evidentemente, buena parte de la confianza que le tenía esta gente bajo su custodia se debía sólo a que el señor Cabellos de Fuego lo creía capacitado para protegerla. Pero en Helmberg o en casi cualquier otro lugar, aunque el mismísimo Rey de Nerdelkrag le hubiese encomendado la tarea, nadie le habría dispensado tal confianza, prefiriendo en su lugar a cualquier otro.

      Pensó en aquellos que durante años lo habían tildado de gordo repugnante, echando a correr toda clase de chismes sobre él; y súbitamente sintió asco al imaginarlos como gusanos hinchados y repulsivos buscando carroña con qué alimentarse.

      Y en ese momento se le ocurrió que tal vez no estuviera allí por absurdos del azar o por una inútil prórroga concedida a su sentencia, como él pensaba. Quizás Dios y la vida le hubieran concedido una segunda oportunidad.

      Se enderezó un poco más en la carreta, sosteniendo la jabalina con mayor firmeza.

 

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Published by EKELEDUDU
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