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21 febrero 2010 7 21 /02 /febrero /2010 21:51

    La incursión en las temidas Gröhelnsklamer no sólo tranquilizó a los aldeanos respecto a los grifos y a Snarki respecto a su propia suerte sino que, en general, contribuyó a rasgar el velo sobrenatural y lúgubre que parecía envolver a aquel extraño sitio. El propio Balduino, luego de aquel día, sintió más ligero su corazón, antes muy inquieto por el recuerdo del cráneo humano precipitándose desde lo alto del acantilado el día que él y Anders  llegaron a Freyrstrande.

      Esa noche Balduino hizo los preparativos para partir al día siguiente hacia el puesto de los Príncipes Leprosos en la desembocadura del Viduvosalv. 

      -Desde mañana por la mañana, Osmund y Ljod vendrán aquí al menos una hora al día, para aprender a manejar la jabalina-anunció-. Karl, te encargarás de enseñarles. Quiero que seas tú, así que no te asignes ningún turno de guardia que pueda interferir con sus lecciones.

      Hubo asombro general ante el anuncio. Karl, como siempre, fue la excepción.  Si el señor Cabellos de Fuego le ordenaba hacer algo, lo haría, y no importaba lo demás.

      -Osmund, es lógico-dijo Anders-. Si lo hiciste ayudante de Oivind, mejor que sepa defenderse; pero, ¿por qué justamente Ljod, que es una chica?

      -Saber defenderse siempre es útil, indistintamente de que se sea varón o mujer-contestó Balduino-. Además, inspira seguridad en uno mismo. Osmund y Ljod tienen buena edad para aprender, y creo que es mejor que lo hagan. Ambos tienen hermanos pequeños de quienes deberían encargarse si algo les sucediera a sus padres. Esperemos que ello no ocurra, claro, pero preparémoslos por si acaso.

      -Por cierto, señor Cabellos de Fuego: Oivind me dejó esto para vos-avisó Karl, enseñando a Balduino la capa con que éste había cubierto a Oivind tras acostarlo en el jergón de paja el día que se quedó dormido sobre la mesa.

      Balduino asintió y siguió dando instrucciones diversas para la semana que estaba por empezar, puesto que ése era el tiempo que pasaría junto a los Príncipes Leprosos.

      -Anders, mira que tú quedarás a cargo-dijo.

      -¿Yo?-preguntó Anders, con el susto bailoteando en sus ojos verdes-. ¡No sé nada de mandar! ¿Por qué no Thorvald?

      -Calma, calma... Desde luego, Thorvald tendrá control sobre muchas cosas y a él lo dejaría a cargo, si pudiera. Pero Vindsborg está bajo mi mando, y en ausencia de un Caballero y a falta de otro, su autoridad, salvo casos excepcionales, pasa a su escudero. La Orden tiene que contar aquí con alguien que la represente oficialmente para que no pueda acusársela de negligencia.

      La explicación no satisfizo a Anders. El resto de los presentes, salvo Karl, lo miró con cierto regocijo malévolo de gente curtida que se deleita con las tribulaciones del bisoño.

      -¿Tienes que irte ahora?-preguntó-. ¿No puedes dejarlo para más adelante? ¿Tan esencial es visitar ya a los Príncipes Leprosos.

      -Fundamental, diría yo-contestó Balduino-. Cuando se tiene cerca a una víbora venenosa como Einar, mejor hacerse de aliados sólidos. Y tal vez pueda prestarles a mi vez algún servicio. Pero ¡ánimo, Anders!-palmeó las espaldas de su escudero, sonriéndole-. ¿Qué se te podría complicar?

      -Mejor no hagas ese tipo de preguntas. No hay mejor imán para atraer la desgracia-repuso Anders, con cara de funerales.

       -¡Bah, bah!...Ya verás que lo harás muy bien. Los pichones aprenden nunca probarían sus alas si sus padres no los arrojaran desde lo alto para obligarlos a volar por primera vez.

      Balduino siguió impartiendo instrucciones. No notó, mientras hablaba, que Honney se mantenía aparte,  con expresión sombría y disgustada.

      Poco antes de la cena, estaba por acercarse a Balduino para hablarle, cuando se le adelantó Snarki. Este llevó aparte al pelirrojo, y su rostro no era ya el de un bebé regordete, sino el de un hombre que ha tomado una decisión y planea afirmarse en ella.

      -Señor Cabellos de Fuego, tienes que saber algo-dijo-: yo soy inocente del crimen del que se me acusa, y no dejaré que me lleven a la horca así nomás.

      -Bueno, hombre, ¡por fin!... Me preguntaba cuánto tiempo más tardarías en decir eso-suspiró Balduino.

      -Sí, señor Cabellos de Fuego, pero esto crea un problema. No quiero traicionarte; te debo mucho, en primer lugar el coraje que logré hallar para hablarte como ahora lo hago. Pero en un caso extremo, debería huir para salvar mi pellejo o para intentarlo, al menos.

      -Tú lo has dicho: en un caso extremo-replicó Balduino, palmeándole la espalda también a él-. Si hasta ahora no te han ahorcado, no creo que vengan a hacerlo mañana ni pasado mañana. Por el momento te conviene seguir aquí y ponerte en forma para, llegado el caso, huir con mayor presteza...

      Snarki asintió, e hizo un gesto como indicando que a eso quería llegar. Había maldecido para sus adentros a Balduino por no darle le menor tregua ni descanso ni apiadarse de su gordura, y teniéndolo a la carrera y a los saltos, traspirando como para derretirse. Pero tales suplicios lo habían agilizado mucho, y a Snarki  le incomodaba la idea de abandonar a Balduino merced a una condición física mejorada que nunca hubiera alcanzado sin los implacables métodos de aquél.

      -...Pero no hablemos más hasta mi retorno. Puede que para entonces tenga novedades. Hasta ahora, no te ha ido mal conmigo; así que creo estar en buena posición para pedirte que confíes en mí-dijo el pelirrojo.

      Honney observó desde la distancia que Snarki asentía y se retiraba por su lado. Balduino salió entonces, antorcha en mano, y bajó la escalinata de Vindsborg en dirección a las caballerizas. Honney fue tras él y aceleró el paso hasta alcanzarlo.

      -También yo preciso hablar contigo-dijo.

       -Pues aquí me tienes-repuso Balduino, asombrado.

      -No te ofendas, pero quiero saber, exactamente, qué estás haciendo para liberar a Tarian; pues no has vuelto a sacar el tema-dijo Honney, con sus verdes pupilas fulgurando siniestramente a la trémula luz de la antorcha, como las de un gato salvaje y excepcionalmente agresivo-. No sé cuánto sabes de él, pero te aseguro que ya ha esperado demasiado por su libertad.

      -Ya lo sé. Por lo demás, que no saque a colación el tema no significa que no lo tenga presente; pero por el momento temo que poco puedo hacer por Tarian-contestó Balduino-. He dado ya el primer paso para liberarlo por medios legales, como bien sabes. El problema es que si por esos medios no tenemos éxito, no sé de qué modo podríamos lograrlo, y menos estando él en constante peligro de ser asesinado por sus carceleros ante cualquier paso en falso que demos.

      -En eso tienes razón, es difícil-gruñó Honney con rabia.

      -Una posibilidad sería hacerlo pasar por muerto. Hay preparados cuya elaboración conocen las brujas, según se dice, y que suministrados adecuadamente producen un sueño similar a la muerte; pero yo no sé cómo se hacen. Apenas si conozco algunos ingredientes de algunos de ellos, y no sé las proporciones. Y si en la mezcla ponemos demasiado de esto o poco de aquello, nos arriesgamos a que Tarian reviente de veras.

      Honney atrapó entre las uñas de su pulgar e índice derechos uno de los muchos piojos que poblaban su tupida melena, y lo exterminó con un desagradable chasquido. Si hizo aquello a modo de símbolo o advertencia de lo que podía ocurrirle a Balduino si dejaba incumplida su promesa, sólo él lo supo o lo intuyó el pelirrojo. En cualquier caso, sus feroces ojos contemplaron al joven, mientras su negro bigote parecía erizarse.

      -El pez maza de púas de Nerdel tiene un veneno que, en la dosis exacta, produce precisamente ese efecto-dijo-. Pero el problema, como dices, es que te excedes en la cantidad, y quien lo bebe puede ir despidiéndose de veras de este mundo. No sé cuál es la dosis exacta.

      -Pues empecemos averiguando si ese veneno es fácil de conseguir por aquí. Dudo de que se venda en cualquier parte, pero habrá que hacer el intento. Hundi podría encargarse de eso. Creo que es lo bastante astuto para moverse en los arrabales de Vallasköpping sin llamar la atención, y a la vez su presencia no desentonará allí. Pero haremos esto sin que se entere Ulvgang, hasta que consigamos el veneno y sepamos cómo usarlo. Bastante nervioso está ya esperando la respuesta del Gran Maestre, para crearle nuevas esperanzas que puedan terminar diluidas en la nada. Haré que Thorvald envíe a Hundi a Vallasköpping a investigar, pero le diré que, ante los demás, encubra sus verdaderos fines bajo algún pretexto. Hasta que no conozcamos nuestras posibilidades de éxito, mejor que pocos estemos al tanto. Si no, tendremos que hacerlo escapar de otra manera, pero se complicaría, sobre todo si Tarian se hallara muy herido. Fray Bartolomeo podría ser nuestro cómplice. De hecho, alguna vez, después de la misa, me comentó la situación de Tarian y dijo estar preocupado por él. Quería que trabajáramos juntos para liberarlo. El problema con él es que podría traicionarnos sin darse cuenta y sin intención de hacerlo: he podido comprobar que a veces es indiscreto, de una forma muy sutil, respecto a las confesiones que oye. Una mente aguzada podría, a partir de sus palabras, deducir unas cuantas cosas y arruinar cualquier plan que hayamos urdido.

      -No hay mentes aguzadas en Kvissensborg-respondió Honney.

      -Ya lo había notado, pero bastaría con que alguien tuviera un milagroso momento de lucidez para que todo se vaya al traste. En fin... veamos qué podemos hacer primero respecto al veneno. 

      Honney asintió. No sabía qué pensar de este muchacho pelirrojo que, si de veras ocultaba algún ardid traicionero, lo hacía muy bien. En realidad, parecía sincero, espontáneo y confiable, y Ulvgang no recelaba de él.

      Pero era tan, tan raro eso de un Caballero jugándose por un condenado... 

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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