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25 febrero 2010 4 25 /02 /febrero /2010 15:33

      El 21 de julio de 958 los Wurms, triunfantes, invadieron el Lilledahl con una facilidad que debería haberles resultado más llamativa y que produjo la primera mella importante en sus fuerzas desde el inicio de la guerra.

 

      El Lilledahl era un vallecito situado bastante al Oeste de Drakenstadt y surcado por un río de poca importancia, el Lillalv, que al principio corría encajonado pero que se ensanchaba en el último tramo de su curso, desaguando en una playa arenosa y muy tentadora para los Wurms, cuyos cuerpos no estaban hechos para trepar por las costas altas. Sin embargo, demoraron en atacarlo; o bien su recorrido hasta las costas de Andrusia los desvió de ese punto en particular, o lo desdeñaron en razón de su aparentemente poca importancia. Al cundir la noticia de la presencia de los Wurms frente a las costas de Andrusia Occidental, la población del Lilledahl, asustada, había ido un  poco más tierra adentro. Esto confirió al valle un aspecto despoblado y depauperado que se pronunció luego de que Hipólito Aléxida, Caballero del Viento Negro, asumió la defensa de la comarca.

 

      Hipólito era y sería una figura muy controvertida, pero no le faltaban condiciones militares. Ni bien llegado al Lilledahl, estudió el terreno y sopesó las fuerzas con las que contaba, y opinó que nada de lo que él hiciera podría evitar que los Wurms tomaran el valle si tal fuera su intención. Pero también advirtió que tal conquista no les reportaría un gran beneficio, ni una vía de acceso al interior del Reino; porque remontando el Lillalv llegarían a un punto en que el río se estrechaba demasiado para que ellos siguieran avanzando con facilidad. Por supuesto, podrían intentarlo, pero era dudoso que tuvieran éxito. De cualquier manera, Hipólito prefirió dedicar tiempo y esfuerzos a evitar esto último, antes que a impedir una eventual ocupación del valle por parte de los Wurms.

 

      Fue así que, obedeciendo órdenes suyas, las tropas abandonaron las fortalezas del valle, dejando atrás sólo una guarnición mínima en cada una de ellas; e incluso estos pocos hombres, después de unos días, subieron puentes levadizos y bajaron rastrillos, como aprestándose a una defensa inminente, para luego descender por las murallas valiéndose de unas cuerdas y unirse al resto de las fuerzas del Aléxida. En algunos casos, antes de huir de esta manera, se improvisaron muñecos revestidos de armadura para que, en caso de que los Wurms invadieran el valle y los vieran de lejos, los tomaran por centinelas. La idea era que los Jarlewurms creyeran que había gente en los castillos y malgastaran sus fuerzas atacándolos antes de seguir adelante.

 

      Seguidamente, se procedió a evacuar el resto del valle. Una parte de la población se mostró muy reacia a abandonar sus tierras, prefiriendo arriesgarse a ser pasto de los Wurms; pero finalmente lo hizo entre la rabia, la impotencia y el rencor, obligada por las fuerzas del Aléxida. Se les permitió llevar cuanto pudieran, sobre todo el ganado; pero las pocas reses que la gente no pudo llevarse fueron muertas y arrojadas en sitios inaccesibles para los Wurms a fin de que éstos no pudiesen aprovecharlas. En algunos casos se tuvo la maligna idea de dejar un rastro de sangre que llevara a los monstruos hasta bocados que no tendrían más remedio que dejar intactos por hallarse fuera de su alcance; pero en vano, porque estos animales muertos ya eran sólo piel y huesos, y del rastro de sangre ni el recuerdo quedaba cuando por fin los Wurms invadieron el Lilledahl.

 

      Los animales salvajes fueron asimismo espantados o muertos, de forma que ninguna pieza de caza de gran tamaño podía verse en todo el valle. Viviendas y otras estructuras artificiales fueron respetadas: los Wurms no las usarían, y si las dejaban en paz, lo que era dudoso, sus antiguos ocupantes podrían regresar a ellas más tarde. En cambio, se aprovechó el resto del tiempo  construyendo las trampas necesarias para la defensa y se montaron puestos de guardia para que alertaran en caso de detectar presencia enemiga.

 

      Finalmente, y como ya se dijo, el 21 de julio un grupo de Wurms puso pie en el Lilledahl. Era aparentemente la hora de triunfo de los Jarlewurms que, por primera vez, conseguían  arribar al continente. Antes sólo lo habían logrado algunos de sus siervos, los Thröllewurms, y la mayoría de estos precursores de todos modos habían terminado muertos por los Jinetes Ballesteros u otros defensores, aunque algunos seguían ocultos, casi indetectables.

 

      Los espías de Hipólito Aléxida, que con admirable valor permanecieron ocultos en el valle observando el desarrollo de los acontecimientos -a veces tan cerca de los Jarlewurms que éstos, sin verlos ni imaginar que los tenían tan cerca, estuvieron a punto de hollar los escondrijos de aquellos hombres y atravesarlos con sus zarpas asesinas-, notaron cómo el triunfalismo de los Wurms se apagaba poco a poco. El valle parecía muerto. Salvo alimañas, nadie huía ante su avance incontenible y devastador. Los castillos parecían envueltos en capullos de misterio y silencio, y nadie daba la alarma ante la presencia de los invasores. Era una situación novedosa y anómala, algo a los que los Wurms no estaban acostumbrados; y por primera vez, demostraron no ser inmunes al miedo. Más tarde, los espías de Hipólito Aléxida teorizaron que asociaban el inusual silencio a alguna mortandad producida por alguna peste que tal vez temieran contagiarse.

 

      De todos modos, los Jarlewurms atacaron las fortalezas que vieron alzarse como desafiando su avance, aunque con gran vacilación. La mayoría de ellas, ya fuera por viejas o por mal construidas, sufrieron serios daños, y dos se desmoronaron por completo; sin embargo, un castillo que fue atacado con particular saña resistió gallardamente los embates. Por este motivo ese castillo más tarde cedido como patrimonio al hijo de Maarten Sygfriedson en reconocimiento al heroísmo de su padre, fue llamado Stattinbjorg, Castillo Gallardo.

 

      Hipólito Aléxida, supuesto descendiente de Alejandro Magno y de una reina amazona, estaba muy envanecido por diversas causas, su estirpe guerrera entre ellas; y cuando más tarde recibió los primeros reportes de sus espías, describiendo a los Wurms removiendo inquietos las ruinas de los castillos derribados, no analizó correctamente la información. Creyó que los monstruos estaban atemorizados por la astucia de sus enemigos y que temían ser atacados por donde menos imaginaran. La verdad es que la ausencia de cadáveres entre las ruinas sembró un breve germen de pánico entre los Wurms, que probablemente hallaron sus propias explicaciones para el hecho, las cuales diferían mucho de las hipótesis del Aléxida; pero supieron controlarse entonces, lo suficiente para seguir adelante y remontar el Lillalv. Fue así como llegaron al tramo donde el río se angostaba como asfixiado por los cordones montañosos que lo flanqueaban a diestra y siniestra.

 

      Allí los aguardaban Hipólito y sus hombres, ocultos en la montaña, cuyas laderas habían trabajado pacientemente. Recelosos, los Jarlewurms enviaron adelante a sus lacayos Thröllewurms y, al  ver que nada les ocurría, fueron tras ellos. Iban lentamente, porque la extrema estrechez de aquel pasaje les impedía desplegar sus grandes alas a modo de velamen, como lo hubieran hecho para aprovechar el viento a favor; y cinco de ellos ya habían avanzado lo suficiente, cuando sobrevino la hecatombe. Al sonido de una trompeta de guerra, una multitud de figuras humanas se puso en marcha a ambos lados del río y, más arriba, hacía otro tanto una furiosa y vengativa horda campesina, resentida hacia los monstruos por cuya causa se los había forzado a dejar sus hogares. Alrededor de una docena de Thröllewurms, la vanguardia de aquel grupo intrusivo, intuyó el peligro y se dispuso a retroceder en frenético buceo por debajo de sus amos. En cuando a éstos, de inmediato se supieron irremisiblemente perdidos, salvo los que estaban en la retaguardia, que al menos tuvieron oportunidad de retroceder y huir.

 

      Porque por encima de sus cabezas caía una espantosa lluvia de enormes rocas preparada anticipadamente por Hipólito Aléxida y sus hombres. Estos habían alisado la pendiente, dejando las rocas más grandes en equilibrio inestable, de forma que no se precisara mucho para hacerlas caer; y ahora hacían rodar contra ellas rocas de menor tamaño, pero lo suficientemente voluminosas para desestabilizar a las mayores cuando las golpearan golpearan. No había escapatoria posible para los cinco Jarlewurms que tanto se habían internado en el peligroso pasaje, aunque lo intentaron. De hecho, los tres que iban adelante se arrojaron unos sobre otros en sus desesperados y torpes intentos de fuga; con lo que sólo consiguieron estorbarse unos a otros. La espumosa correntada del Lillalv no tardó en teñirse de rojo; y a ambos lados del río, las estribaciones de la montaña exhibían restos de sangre, vísceras y huesos rotos. Se vio a uno de los Jarlewurms, atrapado entre sus congéneres que lo precedían y los que lo seguían, hacer grotescos esfuerzos por trepar, en un vano esfuerzo de salir de aquella trampa mortal; pero pronto también sus movimientos pasaron a ser simples estertores de agonía.

 

      A los Thröllewurms no les fue mucho mejor que a sus amos. Los pocos que llegaron a bucear bajo los Jarlewurms murieron sepultados por los cadáveres de éstos y por la avalancha de rocas. El resto trató de remontar el río. Según una versión, todos fueron muertos poco antes de la caída de la noche por los vengativos campesinos, que los atacaron valiéndose de horquillas, azadas y otros instrumentos de labranza. Según otra versión, los campesinos sólo mantuvieron a raya a los Thröllewurms para dar tiempo a que llegaran los guerreros, quienes exterminaron a los monstruos.

 

      Pero aunque durante mucho tiempo no se conocieron más que estas dos versiones de los hechos, existió otra que de a poco iría repitiéndose en distintas variantes y que dejaría intrigados a quienes la oyeran, preguntándose qué habría de cierto en ella. Al hacerse demasiado conocida se prohibió a los guerreros referirse a la misma, e incluso se dijo que Hipólito Aléxida fue convocado a Drakenstadt para desmentirla pública y oficialmente, a lo que no accedió.

 

      Lo que sigue es esa controvertida versión y las razones por las que se intentó silenciarla.

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Published by EKELEDUDU
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