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25 febrero 2010 4 25 /02 /febrero /2010 23:07
      En la noche del 10 de agosto de 958, el Duque Olav de Norcrest reunía al Consejo de Guerra en el Palacio Ducal de Drakenstadt. Formaban parte de él, entre otros: el Gran Maestre de la Orden de la Doble Rosa, Tancredo de Cernes Mortes; el segundo de éste, Guido de Flaurania; el Segundo Maestre de la orden del Viento Negro, Cipriano de Hestondrig; Hreithmar Dunnarswrad, el gigantón colérico por cuyas venas corría supuestamente sangre de ogro y que tenía directamente bajo su mando a todas las tropas villanas de la ciudad y al Leitz Korp; Ignacio de Aralusia, especie de lugarteniente extraoficial de Tancredo de Cernes Mortes en Drakenstadt; y Maarten Sygfriedson, quien a la sazón desempeñaba en la ciudad más o menos el mismo papel que Ignacio, pero en representación de Thorstein Eyjolvson, Gran Maestre del Viento Negro. Había varias personas más, pero éstas eran las más importantes, por no decir las únicas que contaban.

      El Duque Olav nunca había sido diestro en las armas ni entendido en asuntos militares, tal vez debido a que su físico débil no lo ayudaba en tales actividades. De hecho, era un misterio cómo de su simiente había nacido un coloso feroz como el ahora difunto Gudjon Olavson, el hijo a quien más había amado, tal vez porque era todo lo contrario de él.

       De cualquier manera, el Duque ponía empeño en ocuparse de aquellos asuntos en los que tan poco ducho era. Pero dejaba hablar a los demás y se limitaba a tomar una decisión en base a todo lo oído. Mucho más no podía hacer por no ser experto en la materia, ni se encontraba de ánimos para ello ahora que la mayoría de sus familiares varones habían caído en batalla.

      -Os he reunido, señores-comenzó a decir-, para pediros cuestra opinión respecto a un plan de rescate de los hombres que tenemos en Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg, sugerencia de...-y rebuscó infructuosamente un nombre en su memoria antes de darse por vencido y volverse hacia el secretario que tenía a su diestra, un hombre casi tapiado en papeles y pergaminos.

      -Balduino de...-murmuró el hombre, poniéndose de pie y desenrollando el pergamino que coronaba la cima del enorme cúmulo para leer en él-. Está mal escrito-censuró-. Balduino de Rabensland-concluyó, pronunciando la palabra en lo que allí era "el correcto" Bersik.

      Tancredo de Cernes Mortes, a quien su tupida cabellera y puntiaguda barba conferían un extraño aspecto leonino, puso cara de asombro y disgusto.

      -Pero, ¿por qué ese hombre no me comunicó primero su plan a mí, que soy su Gran Maestre?-preguntó, indignado.

      -Señor, me temo que aquí hay una confusión-suspiró el secretario, tras el cúmulo de papeles y pergaminos-. El señor Thorstein Eyjolvson dice en su carta que se trata de un Caballero de su Orden.

      -¿Cómo que de la suya?-preguntó Tancredo de Cernes Mortes-. ¡Es de la mía... y se encuentra aquí, en Drakenstadt! ¡Si ayer mismo hablé con él!-añadió, consultando con la mirada a su segundo, Guido de Flaurania.

      -No, ése es Edgardo de Rabenland-contestó Guido de Flaurania-. Este Balduino debe ser pariente suyo.

      -Hermano-apuntó alguien.

      Maarten Sygfriedson escuchó susurrada la palabra Rabensland y vio que tres jóvenes oficiales que desde hacía días se debatían contra una creciente desesperanza parecían animarse un poco. Y conociéndolos, no era difícil saber por qué.

      Estos tres muchachos pertenecían a familias no del todo cristianizadas, en las que se narraban frecuentemente las viejas leyendas y mitos paganos. Cuánta fe depositaban en ellos, difícil saberlo. Tales historias se repetían con algo de vergüenza, dado el desprecio que les dispensaba la Iglesia; pero aun así, se repetían, sobre todo por su belleza poética. Además, en el frente de batalla parecía más lógico creer en ellas que en Cristo y el Paraíso, aunque nadie lo admitiese. Los guerreros semipaganos de Drakenstadt iban al combate, en aquella guerra, recitando el Salmo 23, igual que todos los otros; pero muchos de ellos, al expirar, sin duda se preguntaban si habrían luchado con el suficiente valor para ser admitidos en el Valhöll, morada de los caídos en batalla conforme a las viejas creencias de los Bersiker.

      Ahora bien, Rabensland (o su forma Rabenland) significaba "Tierra de Cuervos". Y el cuervo era el ave sagrada de Odín, dios supremo del panteón Bersik, que era representado precisamente con dos cuervos sobre sus hombros, Hugin ("Pensamiento") y Munin ("Memoria").

      Era evidente que estos tres jóvenes oficiales, que se miraban de reojo entre ellos, verían un augurio favorable en cualquier sugerencia aportada por alguien que viniese de la tierra consagrada al ave de Odín, y se desilusionarían mucho si el consejo resultara ser una tontería demasiado obvia.

      -Este Balduino se encuentra en Freyrstrande-aclaró el secretario, y los tres jóvenes oficiales volvieron a mirarse ansiosamente: Freyr era otra antigua divinidad muy respetada entre los Bersiker.

      -Y es uno de nuestros mejores hombres-dijo jactanciosamente Cipriano de Hestondrig; pero sólo para darse aires ante Tancredo de Cernes Mortes pues, por lo demás, ignoraba quién era el tal Balduino de Rabenland.

      -Fristrande... Fristrande...-gruñía Tancredo de Cernes Mortes, cuyo dominio de la lengua Bersik dejaba mucho que desear, y a quien la palabra Freyr no decía nada. Poco de asombroso había entonces en que convirtiera en Playa Libre un topónimo que originalmente significaba Playa de Freyr.

      -Freyrstrande-corrigió cortésmente el hombre de los papeles.

      -¡Bien... Bien... !-exclamó Tancredo de Cernes Mortes, impaciente por la corrección que a su parecer no venía al caso-. Como sea-y se volvió de nuevo hacia su segundo al mando-. ¿A quién tenemos nosotros en Fristrande, Guido?

       -Freyrstrande o Fristrande, en mi vida la sentí nombrar, y eso que reviso mapas desde hace meses-contestó Guido de Flaurania, con abrumadora franqueza-. Si enviamos a alguien allí, no estoy al tanto o no lo recuerdo.

      -Debe ser un lugar realmente minúsculo: yo tampoco oí hablar de él-dijo Maarten Sygfriedson. Pero de inmediato pensó que era todo un ignorante respecto a cualquier cosa que quedara fuera de las baronías de Norcrest y Ulvergard.

      -Nos estamos desviando de lo que realmente importa-señaló el gigantón de Hreithmar Dunnarswrad, y su voz trataba de sonar afable-. A ver qué propone el tipo ése.

      Hubo múltiples caras de horror ante semejante léxico, pero ningún refinamiento cabía en Dunnarswrad. De cualquier manera, Maarten Sygfriedson e Ignacio de Aralusia se aliviaban de tenerlo allí, directo, práctico y tan amedrentador con su imponente mole, que nadie se animaba a contradecirlo mucho.

      -La idea sería entretener a los Wurms con una falsa maniobra de rescate-explicó el hombre de los papeles-. Distraerlos haciendo muchos preparativos aparentes en algún punto de la costa cercana a Drakenstadt. El verdadero rescate se efectuaría desde otro lugar, lo suficientemente lejos de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg para que los Wurms no esperen una tentativa similar. Sería ideal como punto de partida un sitio donde nunca hayan existido cosas como muelles o amarraderos. Se podrían llevar allí botes desarmables, con las piezas numeradas, cosa de que inmediatamente pudieran ser armados y calafateados y quedaran listos para ser usados. Se sugiere además que sean pintados de negro, y que las ropas de los remeros también sean negras, porque toda la operación se haría de noche y frente a las mismas narices de los Wurms.

      -¡Eso sería un suicidio!-exclamó Tancredo de Cernes Mortes.

      -Señor-siguió diciendo el secretario-: el señor Thorstein Eyjolvson avala la opinión de este Balduino de Rabenland, en el sentido de que es mejor llevar a cabo el rescate sabiendo que los Jarlewurms estarán frente a Drakenstadt o Ramtala o cualquier otra ciudad, y no arriesgarse a que salgan sorpresivamente de algún canal y hagan fracasar la operación. Se nos aconseja no dejarnos llevar por la desesperación o el apresuramiento. Es preferible, dice este Balduino, hacer el rescate en varias etapas. La primera exigiría sacar de las fortalezas a los hombres. Previamente, éstos se dejarían ver poco, como si estuvieran muriendo progresivamente, víctimas del hambre o de enfermedades; de modo que, cuando ya no se los vea, su ausencia no llame la atención de los Jarlewurms. De las fortalezas, los hombres serían llevados a alguna isla. Se navegaría por los canales del archipiélago para mantenerse fuera de la vista de los Wurms. Y siempre de noche. La navegación nocturna daría otra ventaja a los rescatadores: caso de que los Jarlewurms se hallaran atacando algún punto de la costa, sería fácil detectar su posición para evitarlos. En cuanto a los Thröllewurms, serían un problema menor. Distraída su atención con la falsa maniobra de rescate, difícilmente advertirían que otra se está llevando a cabo desde otra parte porque, además de no ser muy inteligentes, la posición frontal de sus ojos reduce su campo visual.

      Hubo un largo silencio, que fue roto por Maarten Sygfriedson:

      -Bueno, quien quiera que sea este Balduino, al menos es observador y razona bien-opinó-; porque eso de la posición de los ojos no lo había notado yo, y menos todavía lo del campo visual.

      -Eso no garantiza nada, por desgracia-señaló Guido de Flaurania-. El plan supone que los Thröllewurms tendrán todo el tiempo sus ojos fijos en la falsa maniobra de rescate, lo cual es muy iluso. Lo más probable es que tengan unos cuantos exploradores dando vueltas de aquí para allá.

      -Pero el grueso de sus fuerzas estaría entretenida con la maniobra de distracción-arguyó Maarten Sygfriedson-. Es más fácil burlar a uno o dos que a muchos. Y de noche y con las medidas que se nos han sugerido, sería más fácil evitar ser descubiertos.

      -Suponiendo que esos monstruos no detecten los movimientos en el agua, lo que parece poco factible-gruñó tancredo de Cernes Mortes.

      -De acuerdo, siempre y cuando esos movimientos se produzcan cerca de ellos; pero se nos indica que procuremos, precisamente, iniciar el rescate desde un punto alejado-replicó Maarten Sygfriedson-. Nadie dice que el plan sea perfecto o que no dependamos en parte de la suerte-se volvió hacia Ignacio de Aralusia-. ¿Qué opinas tú?

      El interpelado vaciló antes de responder.

      -Suena demasiado osado y azaroso-dijo por fin-, pero el problema es que no se me ocurre nada mejor. Es elegir entre este plan, o abandonar a su suerte a los hombres de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg.

      -Y si la decisión dependiera de ti, ¿qué elegirías tú?-preguntó Maarten Sygfriedson.

      -Creo que optaría por intentarlo.

      -¡Qué locura!-exclamó Tancredo de Cernes Mortes, censor. Había ascendido a la oficialidad a Ignacio sólo por consejo de uno de sus más fieles secuaces, León de Cernia; y ahora lo lamentaba. Al parecer, Ignacio, partidario de la unión concordia entre las dos órdenes de Caballería, muchas veces no razonaba coherentemente-. Imaginad, sólo por un momento, que el plan fracasara. Perderíamos a los hombres de la misión de rescate sin salvar a las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg. Y necesitamos hasta el último hombre para defender la ciudad.

      Maarten Sygfriedson -un joven de estatura descollante, prematuramente calvo, de rasgos andrusianos y feo como él solo, pero de mirada inteligente- aguardó en vano a que alguien, especialmente Cipriano de Hestondrig en su calidad de Segundo Maestre del Viento Negro, rebatiera con algún argumento estas palabras. Pero sólo Dunnarswrad, forzado a medir sus intervenciones y su vocabulario debido a su origen plebeyo, estaba próximo a abrir la boca; no obstante, mejor que la mantuviera cerrada pues, a juzgar por su semblante, lo primero que haría sería echar sapos y culebras sobre medio mundo y sobre Tancredo de Cernes Mortes en especial.

      -Sí: necesitamos hasta el último hombre de armas-dijo finalmente Maarten-. Pero para una operación de rescate así necesitamos sólo remeros fuertes y experimentados. Todos sabemos que, en caso de que los descubrieran, toda pericia en las armas sería inútil: de modo que no necesitaríamos sacrificar guerreros. 

      -Si vos consideráis que simples remeros estarían dispuestos a meterse directamente en las fauces de los Wurms...-ironizó Tancredo de Cernes Mortes.

      Aquel hombre resultaba verdaderamente atosigante. A priori parecía dispuesto a encontrar y resaltar dificultades en cualquier cosa que se propusiera. Sin embargo, si se estaba atento, se advertía que si alguien de su Orden proponía tales ideas, ponía muchos menos peros, cosa que no podía reprochársele en la cara para no provocar una hecatombe en un momento tan delicado.

      -¡A la mierda con eso!-estalló Dunnarswrad-. Son remeros y hombres de Drakenstadt, ¿no? ¿O son gallinas? De ser así, avisadme y los haré gallos hartándolos a patadas, o me meteré en el bote con ellos para demostrarles, aunque sea cogiéndomelos, quién manda en el gallinero.

      Hubo alguna sonrisa disimulada además de caras desdeñosas ante el exabrupto. Dunnarswrad tenía un rostro que infundía miedo, con arcos superciliares muy pronunciados, una nariz diminuta y achatada y labios gruesos, todo enmarcado por una cabeza casi cuadrada. No existía cuello bajo la misma: la continuación era la terrorífica mole de su cuerpo, musculoso hasta la deformidad.

      Viéndolo, se comprendía que aquel personaje tuviera aterrorizados a los jóvenes del Leitz Korp: aquellos campesinitos reclutados en ciudades, pueblos y aldeas de toda la baronía y entrenados para que hicieran de soldados en caso de que la ruina alcanzase a Drakenstadt. No resultaba fácil pedirle a un personaje así que no empleara en Consejo y ante altos personajes como un Gran Maestre el lenguaje soez y directo que utilizaba en el cuartel; por lo que quienes se sintieran agraviados por la terminología empleada preferirían criticarlo a sus espaldas en vez de llamarlo al orden.

      -No estaría de más, tal vez, que un guerrero fuera con ellos, para infundirles alguna sensación de seguridad-opinó Ignacio de Aralusia-. Pero, Hreithmar, mejor deja que vaya yo. Tu presencia es demasiado necesaria en el frente.

      -Quizás nos apresuramos demasiado-objetó Guido de Flaurania, Segundo Maestre de la Doble Rosa y hombre bastante más razonable que su superior, Tancredo de Cernes Mortes-. ¿Es posible construir esos botes desarmables? ¿Disponemos de algún punto en la costa que reúna las condiciones para, desde allí, intentar el rescate? Porque si la respuesta a alguna de estas preguntas fuera negativa, creo que aquí acaba la discusión.

      -Estoy seguro de que hallaremos un sitio conveniente-repuso Maarten Sygfriedson-, y no hay imposibles para los armadores de Drakenstadt. No puede ni debe haberlos, en trances como éste.

      -¡Pero por Dios!-exclamó Tancredo de Cernes Mortes, impaciente-. Vuestro brillante plan llevará a la muerte a los hombres de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg. Tendremos otro Mar en Sangre gracias a la sugerencia de este tal Balduino y a vuestra aquiescencia. Teorizar siempre es fácil. Ya quisiera ver a este Balduino en acción en su Fristrande. Apostaría mi caballo y mi armadura a que allí sus geniales ideas terminan en desastre. Si su idea fuera tan buena, se nos habría ocurrido a nosotros, que estamos en el lugar de los hechos.

      -Pues a mí algunos de los detalles de su plan se me habían ocurrido; pero no confiaba en el éxito de la empresa-confesó Ignacio de Aralusia.

      -Supongo que todos discurrimos alguna variante de su idea-dijo Maarten Sygfriedson-, pero creímos que no daría resultado.

      -¿Y puede saberse qué os desvió de tan sensata convicción?-preguntó Tancredo de Cernes Mortes.

      -Creo que ese detalle de la posición de los ojos de los Thröllewurms-respondió Maarten Sygfriedson-. A mí me ha asombrado, porque ni se me hubiera ocurrido fijarme en algo así. Esta persona, este Balduino, no habla por hablar; sabe qué está diciendo, y pienso que sería tonto desdeñar su idea. Podemos discutirla, perfeccionarla; al fin y al cabo, bien lo dijisteis, somos nosotros quienes estamos en el lugar de los hechos. Pero no desecharla.

      -Yo soy partidario de intentarlo-declaró Guido de Flaurania; y apenas había acabado de hablar, que ya Dunnarswrad daba un estruendoso puñetazo a la mesa y se ponía de pie.

      -¡A la mierda con todo este comadreo inútil!-rugió el gigante-. Si no hacemos nada, los hombres de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg ya son hombres muertos; mejor una posibilidad, por remota que sea, que ninguna en absoluto. Señor-agregó, volviéndose hacia el Duque Olav-: vuestro hijo y mi amigo, el difunto Príncipe Gudjon Olavson, a quien Dios guarde, jamás habría consentido en que permaneciésemos en la inacción en este asunto. Recordad hasta qué punto lo desesperaba no poder hacer nada por los hombres de ambas fortalezas, y cómo prácticamente había que amarrarlo con cadenas para que no comandara personalmente intentos de rescate con menos posibilidades de éxito que éste. Yo digo que no intentarlo sería un ultraje a su memoria; que se retorcería en su tumba si por desidia, cobardía o lo que fuese, condenáramos a las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg a muerte por inanición. Supongamos que no resultara. Sí, sería otro Mar en Sangre, como bien ha dicho el señor Tancredo de Cernes Mortes; pero prefiero tener un nuevo Mar en Sangre que vengar, antes que esta... esta...-y vencido, se dio cuenta de que no hallaba la palabra adecuada para lo que sentía. Pero la amarga expresión de su rostro fue lo bastante elocuente.

      -Opresión-dijo Ignacio de Aralusia.

      -Incertidumbre-precisó uno de los jóvenes oficiales semipaganos.

      -Exactamente-aprobó Dunnarswrad, sentándose de nuevo.

      El Duque Olav se incorporó, cosa que normalmente sólo hacía al dar por terminado el Consejo; pero todavía ni se había votado.

      -Maarten: dejo este asunto en vuestras manos. El intento de rescate se hará-decidió, y todos se asombraron ante aquella súbita resolución en el Duque, usualmente vacilante en cuestiones de índole militar-. Enviad palomas mensajeras a Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg. Que finjan estar muriendo de a poco, que los hombres estén listos para evacuar las fortalezas en cualquier momento. Haced construir esos botes desarmables. Mientras tanto, organizad el falso rescate a modo de señuelo desde el lugar que estiméis conveniente y elegid muy bien el punto desde el que zarparán los botes para el verdadero rescate. Ultimad adecuadamente los detalles para que, en caso de fallar, podamos culpar sólo al infortunio. Hreithmar: tendréis a vuestro cargo la defensa de Drakenstadt todo el tiempo que dure la operación.

      Se volvió hacia Ignacio de Aralusia.

      -Si todavía estáis dispuesto a ello-dijo-, y si el señor Tancredo de Cernes Mortes no ve inconveniente, lideraréis la expedición de rescate, una vez montada.

      -Ningún inconveniente-gruñó en tono seco Tancredo de Cernes Mortes.

      -En ese caso, Maarten, consultad con el señor de Aralusia todos y cada uno de vuestros preparativos, puesto que será él y no vos quien arriesgará el pellejo-ordenó el Duque Olav-. El Consejo ha terminado. Buenas noches, señores.

      Abandonó la sala, y los demás fueron poniéndose de pie y saliendo tras él uno a uno. Tancredo de Cernes Mortes, bullendo de rabia mal disimulada; su segundo al mando iba tras él, pero se rezagó cuando estaba por franquear la puerta a fin de esperar a Ignacio de Aralusia.

      -Enorgulleces a la Orden ofreciéndote de voluntario para una misión tan arriesgada-dijo, estrechándole la mano-. Eres un valiente, muchacho, y cuentas con todo mi apoyo.

      Ignacio de Aralusia agradeció el cumplido con una sonrisa insinuada y una tímida inclinación de cabeza.

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