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27 febrero 2010 6 27 /02 /febrero /2010 19:53

      En los días que siguieron no trascendió en Drakenstadt información oficial respecto al plan de rescate debatido en Consejo, pero por toda la ciudad corrieron murmullos contradictorios que hablaban de una próxima evacuación de las dos fortalezas que guardaban la entrada del Hrodesfjorde. A medida que transcurría el tiempo, dos rumores en especial fueron tomando forma e imponiéndose sobre el resto. Uno hablaba de una gran nave a la que se estaba trasladando por tierra hacia el Este, haciéndola rodar sobre troncos. A nadie se le ocurrió pensar -tal vez por desconocer el dato o por no evaluar los hechos desde una óptica militar- que se transportaba esta nave con muy escasas precauciones, demasiado a la vista de los Jarlewurms, cuyos largos cuellos les permitían otear los movimientos que tenían lugar en las elevadas costas. Cundió la noticia de que buena parte de los Thröllewurms había desaparecido; y muchos temieron, pesimistas, que hubieran ido en la misma dirección que la nave, con miras a hundirla en cuanto fuera botada y se internase lo suficiente en el mar.

 

      El otro rumor era ya más confuso. En la mitad occidental de Drakenstadt, separada de la oriental por el Kronungalv, parecía estar preparándose un plan alternativo por si fracasaba el primero; sin embargo, del otro lado del río daba la impresión de que nadie sabía en qué consistía este otro plan.

 

      De cualquier manera, desde el Norte de la ciudad, los rumores se fueron propagando hacia el centro y luego hacia el Sur. En el barrio más meridional, el Zodarsweick, había particular interés en que se rescatara a los hombres de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg, porque entonces se dispondría de tropas de refuerzo, parte de las cuales podría patrullar ese sector de la ciudad, estremecido por una creciente ola de violencia.

 

      En efecto, desde el asalto a la Lumpenshaas por parte de los Böderthrölle, las cosas en el Zodarsweick no habían hecho sino empeorar. Había demasiados grupos delictivos para un barrio que era ya pobre, aunque recién ahora se estaba sumiendo en una miseria que persistiría, con subas y bajas, durante más de tres siglos antes de ir desapareciendo gradualmente a partir del tiempo de Kjartan Maartenson. El botín que podía obtenerse allí era ridículamente exiguo, pero los delincuentes apenas si pensaban en enriquecerse por ese entonces, aunque se habló de ocasionales incursiones suyas al centro de la ciudad y de saqueos a los ahora cerrados talleres de orfebrería; la mayoría buscaba sólo sobrevivir. 

 

      Se dijo que aquellos sujetos habían concertado una gran reunión para fijar los límites territoriales a los que debería ceñirse estrictamente cada banda; no respetarlos podría dar lugar a siniestras represalias. A esa reunión fueron invitadas muchas bandas criminales, pero no todas, ignorándose aquellas a las que se consideraba insignificantes y que estaban integradas por jóvenes de poca experiencia y tachados de blandengues por los delincuentes más duros. Fue un enorme error. Los muchachos dejados de lado se llamaron a silencio durante un tiempo, como si hubieran aceptado resignadamente la supremacía de las bandas más temibles, pero nuscaron una forma de vengarse. Durante ese tiempo esos muchachos tal vez subsistieron a base de ratas, como lo harían más tarde, en la misma Drakenstadt, los legendarios Rattensjäcktern o mendigos cazadores de ratas. Simultáneamente, las bandas líderes de la actividad criminal se volvían más violentas. 

 

      Todo cambió una mañana de principios de agosto, cuando adolescentes identificados por algunos como antiguos pandilleros recorrieron el Zodarsweick regalando embutidos -robados supuestamente de las despensas de la nobleza- a las familias más pobres y garantizando protección contra los criminales. Dicha protección, no obstante, no sería desinteresada: el Zodarsweick entero debería contribuir a la manuntención de aquellos singulares e inesperados custodios cuando éstos no tuvieran qué comer; lo que en verdad ocurrió muy pronto. No aceptar la protección ofrecida o tratar de faltar al pacto impuesto podría ser contraproducente, pero quien se ciñera a él no sería molestado.

 

      Los habitantes del Zodarsweick prefirieron adherir masivamente a tan dudosa protección, considerándola como un mal menor. Al frente de los "protectores" se hallaba el joven Hodbrod Christianson, reconocido líder de una pandilla que hasta no hacía tanto entraba en las viviendas, apaleaba a sus moradores si ofrecían resistencia y los despojaba de cuanto le interesara, pero respetando al menos las vidas de la gente. Tras un tiempo en las sombras, reaparecía ahora liderando un grupo más numeroso, cosa nada sorprendente teniendo en cuenta su carisma, que le atraía muchos seguidores. Pronto se vio que poseía una mentalidad muy especial porque, aunque admitía que los embutidos eran robados y mantenía bajo extorsión al Zodarsweick, se consideraba a sí mismo una especie de paladín al estilo que más tarde sería marca registrada del célebre Robin Hood; a tal punto, que  se sintió traicionado cuando luego uno de los "protegidos" lo denunció anónimamente. Y la posterior persecución de que fueron objeto él y sus secuaces la vio él como una despótica represión contra un puñado de valientes justicieros. Por lo visto quería sobresalir, ser alguien importante, y en el rol de héroe de ser posible, aunque utilizando métodos ruines y nada heroicos.

 

      Por un  tiempo, sin embargo, los habitantes del Zodarsweick lo toleraron lo mismo a él que a su numerosa horda adolescente, porque parecían muy eficaces para mantener a raya a criminales más violentos. Era raro que éstos se dejaran intimidar así por rivales tan jóvenes; y sin embargo, sus actividades habían cesado por completo.

 

      Y la razón por la que habían cesado -conocida por ese entonces sólo en los más bajos fondos- era muy simple: casi todos estaban muertos. En una astuta, audaz y bien organizada jugada, Hodbrod Christianson y su tropa de malvivientes adolescentes, en tan sólo una noche, habían caído simultáneamente sobre las guaridas de los criminales más endurecidos, los mismos que antes los habían dejado de lado en el reparto territorial de las bandas delictivas. La gente del Zodarsweick tardaría en enterarse de ello pero, cuando lo hizo, lo aceptó sin problemas hasta que, de modo espeluznante, se relacionaron ciertos restos humanos aparecidos en basurales y rincones apartados con la matanza de criminales perpetrada por Christianson y los suyos. Según se dijo, tales restos consistían solamente en huesos prolijamente limpiados, como para aprovechar toda la carne; y entre náuseas, la gente del Zodarsweick empezó a sospechar que los embutidos repartidos tiempo atrás por Christianson y sus muchachos tal vez no tuvieran el origen declarado, sino otro mucho más horrendo. Y el miedo reemplazaría al asco cuando, a las puertas del invierno, muchos comenzaran a preguntarse a qué medidas serían capaces de recurrir Hodbrod y sus seguidores para sobrevivir durante la más extrema escasez.

 

      Sin embargo, nunca pudo probarse que la materia prima de los famosos embutidos fuera carne humana. No se habían reportado robos en las despensas de los nobles, pero éstos estaban en el frente de batalla o muertos, y sus mayordomos tal vez fueron forzados al silencio mediante amenazas. Y cuando más tarde las autoridades, tras un inesperado giro de los acontecimientos, convirtieron sin vacilar a Hodbrod Christianson y sus muchachos en héroes, decidieron ignorar las presunciones de canibalismo que recaían sobre ellos. Nacería entonces una segunda sospecha apenas insinuada en documentos contemporáneos y totalmente soslayada por los de tiempos posteriores, la de que se había hecho  la vista gorda a aquel caso de antropofagia, porque otros habían tenido lugar en Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg, cuando la hambruna hizo allí los peores estragos. Tal el costado más lúgubre de aquella guerra, como de tantas otras. 

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Published by EKELEDUDU
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