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5 marzo 2010 5 05 /03 /marzo /2010 17:08

      El plan original de Balduino para rescatar a las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg se mejoró en parte al acentuar la impresión de que estaban siendo diezmadas por el hambre. En Hansvik, desde donde se hacía una muy bien cuidada puesta en escena del falso rescate, se comenzó la construcción en tiempo récord de una rampa que iría de un acantilado hasta el mar, como para deslizar sobre ella una gran embarcación; sin embargo, quedó inacabada, dejando la impresión de que los constructores la habían juzgado inútil. Luego se bajaron con poleas varios botes desde las elevadas costas, los cuales fueron  luego amarrados para impedir que se los llevaran el oleaje y las mareas. Con esto se pretendía hacer creer a los Wurms que, a juzgar por recientes noticias, en Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg no quedaba ya más que un mísero puñado de supervivientes para cuyo rescate no valía la pena botar al agua una nave inmensa y a quienes en cambio se pretendía traer en botes. En algún momento, tripuladas por marinos de sangre fría, algunas navecillas  se alejaron un poco de la costa para inmediatamente volver al punto de partida. La sensación que  se quería dar a los Thröllewurms, de  los que había escasísimas dudas de que merodeaban por la zona, era la de gente que en efecto pretendía llevar a cabo un rescate, pero temía acabar como las víctimas del Mar en Sangre y por lo tanto no terminaban de animarse a poner en marcha el plan.

 

      A último momento se empezaron a trasladar más hacia el Este otros botes, maniobra que se hizo necesaria porque los Jarlewurms, en vista de que en Hansvik no había de qué preocuparse salvo de unos pocos chinchorros, hicieron regresar al Hrodsfjorde a la mayor parte de sus siervos. Mas al advertir tanto movimiento extraño en  el Este se sintieron invadidos por el recelo, imaginando que en esa dirección se tramaba algo más grande de lo que habían pensado en un principio; que quizás Drakenstadt hubiera recibido reportes indicando que en Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg quedaban más sobrevivientes de lo que parecía. Los Jarlewurms mordieron el señuelo: también hacia el Este enviaron ellos a sus Thröllewurms.

 

      Respecto al verdadero rescate, una complicación imprevista fue descubrir que Ignacio de Aralusia, quien hasta entonces jamás había navegado, se mareaba en el bote; pero él dominó el malestar lo mejor que pudo y se negó a volver a tierra. Según los cronistas del hecho, logró controlarse apretando los dientes, cerrando los ojos y concentrándose mentalmente en el fulgor de la esmeralda Grönsunna, algo creíble si se tiene en cuenta que la ciencia actual admite el efecto  relajante del color verde sobre la psique humana.

 

      Se dice que el rescate tuvo lugar en treinta botes que partieron de uno en uno desde un punto de la costa ubicado al Oeste del Hrodsfjorde. Conforme al plan original, aquellos botes habían sido llevados allí desarmados, y de inmediato fueron armados de nuevo, calafateados y puestos en uso. Iban bastante cargados porque, además de los tripulantes, llevaban provisiones. La mitad de éstas fueron llevadas a Levenkholme, isla adonde serían trasladados en primer término los rescatados; la otra mitad estaba destinada a Vestwardsbjorg para sustento de su dotación que sería la última en ser evacuada.

 

      Los botes se desplazaban de uno en uno, separados de cierta distancia entre sí, para que a los Thröllewurms, caso de quedar algunos en la zona, se les hiciera más difícil su detección. Además, de ser descubiertos, tal desplazamiento posibilitaría que al menos los tripulantes de algunos botes pudieran salvarse mientras los Wurms se ensañaran con los que pudiesen atrapar. Cada tanto, la flotilla entera se congregaba en puntos convenidos previamente, cerca de algún islote y a resguardo de las miradas de los Jarlewurms que en esos momentos estaban muy ocupados castigando el continente. Tras verificar que no faltara ninguna barquichuela o tripulante, Ignacio ordenaba reemprender este sigiloso desplazamiento, con su propio bote en cabeza.

 

      Una parte de las navecillas alcanzó Vestwardsbjorg y dejó allí las provisiones necesarias. Aprovecharon para llevar a Levenkholme una primera tanda de rescatados, pero los botes no volverían allí por una segunda tanda hasta no haber evacuado primero Östwardsbjorg. Este hecho se mantuvo en secreto ante los hombres de Vestwardsbjorg, por temor a que éstos, medio enloquecidos de desesperación y ansias de regresar junto a sus familias, tomaran los botes por la fuerza, matando primero a sus tripulantes antes de eliminarse entre ellos para poder abandonar de una vez por todas su aterrador aislamiento. Se les pidió, no obstante, que tuvieran paciencia; que la pequeña flota debería eludir algunas dificultades, incluidos eventualmente Thröllewurms, antes de poder regresar por ellos, y que era mejor mantener la calma y el valor para hacer bien las cosas. Era pedirles mucho a aquellos hombres, pero asintieron forzadamente y quedaron a la espera de que se los viniese a buscar. Al menor ahora no sufrirían hambre.

 

      En tres noches de oscuridad casi absoluta, ambas fortalezas fueron vaciadas y se procedió a la segunda fase del rescate: el traslado de los hombres, ahora ya mucho más tranquilos, al continente. En este punto cundió en determinado momento el terror una noche en que, desde cierta de Drakenstadt, ardió un fuego que fue visible desde Levenkholme. Era una señal convenida de antemano a modo de prevención para el caso de que los Jarlewurms interrumpieran el ataque a la ciudad y se replegaran hacia el Norte amenazando el éxito del rescate. Quienes aún se hallaban en Levenkholme estaban al tanto de esta señal y montaban guardia para detectarla llegado el caso, pero esperaban que tal momento no llegara nunca. Ahora, enterados de esta retirada de los Jarlewurms, no sabían cómo alertar a su vez a la flota de barquillas al mando de Ignacio de Aralusia, que en ese momento, luego de trasladar al continente a una tanda de rescatados, sin duda vendría de regreso y en busca de una segunda tanda. Las posibilidades de que la flotilla que volvía desde el Oeste se topara con los Jarlewurms que avanzaban desde el Sur eran cuando menos considerables.

 

      A muy escasa distancia de Levenkholme, Ignacio de Aralusia escuchó una mezcolanza de ruidos perturbadores: chapoteos inusuales en un mar relativamente calmo, gruñidos, palabras rumiadas en una jerga bestial e ininteligible, algún rugido demasiado próximo. Inmediatamente lo asaltó un horrendo escalofrío y, olvidado de cualquier mareo que lo afectara hasta ese momento, ordenó a los remeros de su bote detener la marcha. Los de las otras barquichuelas no tardaron en hacer lo propio, bien por haber divisado, pese a la oscuridad, las desesperadas señas que les hizo Ignacio (éstos no fueron muchos), bien por oír aquella confusión de ruidos que se aproximaba .

 

      Poco después aparecían ante ellos los Jarlewurms. Tuvieron tan cerca a algunos de éstos, que los rescatadores quedaron petrificados de terror, persuadidos de que inevitablemente serían descubiertos. La luna estaba casi en cuarto menguante y medio sepultada en un colchón de nubes. Cuando se asomaba, arrancaba destellos malévolos en los ojos de los Jarlewurms y otros metálicos en las bruñidas escamas que acorazaban sus tremendos cuerpos. Pero por orden de Ignacio de Aralusia, los remeros se habían despojado de todo objeto reluciente que en un caso como aquel pudiera llamar la atención del enemigo, de modo que en ese sentido los hombres no corrían peligro. Sin embargo, el vaivén del oleaje levantado por el avance de los gigantescos reptiles bamboleaba los botes, haciendo que algunos entrechocaran y que los remos golpearan contra la borda; de modo que la tripulación, con los ojos cerrados, oraba en silencio, preparándose para lo que parecía su inexorable fin. Cada vez que de la masa de los Jarlewurms se alzaba algún rugido, ellos se sobresaltaban y comenzaban a temblar.

 

     Al siguiente mediodía quienes ya habían sido llevados al continente, más o menos la mitad de los evacuados, empezaron a temer en serio por quienes habían quedado atrás. Ignorantes de lo ocurrido, retornaron por su cuenta, sombríos, a Drakenstadt. Allí, antes incluso de reencontrarse con sus familias, preguntaron qué noticias se tenía de los demás. Nadie supo qué contestarles, dado que lo único que sabían era que los Jarlewurms ya no estaban en la zona. El destino de Ignacio de Aralusia, sus remeros y el resto de los evacuados de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg era por el momento un misterio. En tales circunstancias, la llegada de al menos un contingente de rescatados suscitó emociones encontradas; pero todavía primaba la esperanza por el regreso de los demás, salvo de aquellos que habían muerto en las fortalezas antes del rescate.

 

      Cuatro días más tarde, los Jarlewurms  atacaban Drakenstadt nuevamente. Algunos de los rescatados se ofrecieron a relevar en el frfente a los extenuados defensores, algo para lo que eran entusiastas voluntarios, ansiosos de vengarse por las penurias a que los monstruos los habían condenado durante meses en Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg; pero Maarten Sygfriedson se opuso.

 

      -Parece poco probable que los reptiles sean capaces de reconocer vuestras caras-explicó-, pero aun así, esa posibilidad existe. Y de hacerlo, sabrían que han sido burlados y tal vez irían a echar un vistazo a lo que ocurre a sus espaldas; en cuyo caso para Ignacio y los otros podría ser el fin, suponiendo que aún estén vivos. Ya tendréis más adelante ocasión de vengaros; por el momento, reponed fuerzas y disfrutad de vuestro regreso.

 

      Para entonces, un cúmulo emocional estremecía a Drakenstadt. De boca de los recién llegados se sabía al menos quiénes habían muerto en Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg y de los que, por lo tanto, ya no cabía esperar que regresaran. El dolor de los deudos se mezclaba con la alegría de los hombres que volvían a abrazar, luego de tan dilatada ausencia, a sus familiares y amigos. En todas las iglesias se ofrecían misas en memoria de quienes ya no volverían y se hacían vehementes ruegos a Dios por el éxito de los que aún podían volver. Las familias de estos últimos sabían ahora que, si en una semana más no se tenían noticias de los rezagados, habría que darlos por muertos; de modo que se iniciaba un nuevo compás de espera, tal vez más cruel que el primero, pero al menos más breve y con fecha de expiración.

 

      La verdad era que Maarten Sygfriedson y Dunnarswrad estaban cabizbajos y pesimistas, y se preparaban ya para lo peor.

 

      Dos días más transcurrieron sin novedades; pero en la tarde del tercero, en el Sur de la ciudad, se alzó un toque de trompetas que sonaba a júbilo y gloria, acompañados por vítores y gritos de alborozo de la población del Zodarsweick. En el Norte de la ciudad, los corazones de quienes estaban en sus puestos de combate redoblaron con más fuerza, esperanzados pero a la vez temerosos: porque a veces, por error, se difundían y festejaban noticias falsas anunciadas con excesiva premura.

 

      Cuando otras trompetas respondieron a las primeras, todavía más potentes, las esperanzas parecieron más firmes. E instantes más tarde, un hombre a caballo llegaba al pie de las castigadas murallas del Norte de Drakenstadt. LLoraba y reía a la vez. En su persona expresaba el sentir de muchos soldados que por meses, oprimidos por la angustia, habían sufrido por sus compañeros de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg.

 

       -¡Están aquí!-gritó-. ¡Lo consiguieron! ¡Han llegado! ¡Sanos y salvos!

 

       Un  potente bramar victorioso pareció partir los pechos de cientos de personas a la vez. Del otro lado de los muros, los Jarlewurms lo oyeron también, y quedaron inmóviles y silenciosos durante unos segundos, acometidos quizás por un súbito presagio de aún lejana pero inevitable ruina... Y luego se lanzaron a la carga una vez más, llenos de rabia,  de duda y, tal vez, de miedo. Y las catapultas replicaron con desusada y vengativa ira, con inhabitual violencia, accionadas por músculos que cobraban nuevas energías, por corazones en los que la llama de la esperanza provocaba incendios.

 

      Masivamente, la gente se lanzaba a las calles vitoreando a Ignacio de Aralusia y sus remeros, trasportándolos en andas. Las iglesias se abarrotaban de fieles que forzaban su entrada a las mismas para agradecer al Señor por lo que consideraban un milagro. Era aquélla una euforia como nunca se había visto antes en la ciudad y como tal vez jamás volvería a verse, ni aun al fin de la guerra. Drakenstadt estaba de fiesta. Los Wurms habían sido burlados. Por primera vez se contaba con pruebas de que aquellos enemigos tan odiados no ganaban siempre.

 

      -Lo conseguiste, hermano-dijo Maarten Sygfriedson a Ignacio de Aralusia, tras llegar hasta él abriéndose paso entre la multitud enardecida de alegría y ansias de revancha-. Yo sabía. Sabía que lo lograrías.

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Published by EKELEDUDU
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