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6 marzo 2010 6 06 /03 /marzo /2010 16:48

      Las circunstancias impedían en ese momento al Duque Olav repartir más recompensas que las honoríficas, aunque prometió a Ignacio de Aralusia un cofre lleno de oro una vez que la guerra hubiese terminado. No perdió oportunidad de alabar su coraje y voluntad y dijo que, en tanto viviera, las puertas de Drakenstadt siempre estarían abiertas para él y dispondría siempre, por su doble condición de amigo y héroe, de un sitio de honor en la mesa del Duque. Lo honró con su bendición e hizo inscribir su nombre en el Muro de los Inmortales, reservado a aquellos que, exitosamente o no, exponían sus vidas en empresas extremadamente arriesgadas en defensa de la ciudad.

 

      Luego, el Duque se acordó de aquel que había sugerido la idea sin la cual tal vez nunca habría sido posible rescatar a los hombres de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg; y en el siguiente Consejo dijo:

 

      -Es mi voluntad recompensar al señor Balduino de Rabensland con un puesto de mando en Drakenstadt, si él acepta y si el señor Thorstein Eyjolvson consiente. Que se envíe un mensaje a este último-y cuando Tancredo de Cernes Mortes objetó que todos los puestos de mando estaban ya cubiertos, agregó el Duque:-. El señor Balduino de Rabensland nos ha prestado un gran servicio en un asunto que no le concernía particularmente. Drakenstadt está en deuda con él y quiero demostrarle nuestra gratitud. Se le reservará un puesto de mando.y como Tancredo de Cernes Mortes iba a objetar una vez más, concluyó:-. Eso es todo.

 

      Por ese entonces todo el mundo sabía en Drakenstadt que en el asunto del rescate, el mérito por la idea era de un tal Balduino de Rabenland (o de Rabensland, según cada quién) que estaba en Fristrande (porque por desinformación o hábito proveniente de la imitación burlesca, el rebautizo toponímico estaba ya muy extendido). De él no se tenían más datos que éstos, salvo que tenía un hermano apostado allí, en Drakenstadt, el cual había sido herido recientemente. Se rumoreaba con insistencia, sin embargo, algo acerca de una profecía anunciada por Leif Leifson en sus últimos estertores, algo acerca de cuervos sacándoles los ojos a los Jarlewurms...

 

      Algunos pretendieron obtener información interrogando a Edgardo de Rabenland. Pero ¿qué podía decir éste acerca de alguien a quien no veía desde hacía más de siete años? El repetía anécdotas de su niñez, que a los otros no decían mucho. Ellos sólo retenían como importante un dato: Balduino se había ido de su hogar a los trece años, gritando que llegaría a ser más grande que nadie.

 

      Tanto misterio en torno a Balduino estaba convirtiéndolo prematuramente en leyenda en buena parte de Drakenstadt, lo que pronto empezó a ser fastidioso para algunos, entre ellos Tancredo de Cernes Mortes, el Gran Maestre de la Doble Rosa. No pudiendo demostrar, como hubiese querido, que en Fristrande había también un Caballero de su Orden al que Balduino  le había robado la idea del rescate, continuó insistiendo en que la misma había sido extremadamente imprudente  y sólo por milagro exitosa. Por ende no había motivo, a sus ojos, para hacer mucha alaraca respecto a Balduino.

 

      -Ya veis, hermano-dijo un día a Ignacio de Aralusia-, de qué vale aquí el coraje. Yo valoro el vuestro; Drakenstadt, no. Drakenstadt quiere cuervos, no hombres valientes.

 

      Maarten Sygfriedson estaba presente en ese momento; y aunque también molesto porque se elevara a Balduino casi hasta los altares por razones en su mayoría peregrinas, se enojó al oir aquellas frases sin más objeto aparente que el de sembrar cizaña.

 

      -Es Ignacio quien lleva el honor de tener su nombre grabado en el Muro de los Inmortales-observó, luchando por reprimir su cólera-, no este tal Balduino. Y si de dejar ciegos a los Wurms se trata, hemos de considerar también a Ignacio una especie de cuervo, puesto que realizó una magnífica hazaña sin que los Wurms pudieran verlo, ni aun pasando a escasa distancia de él...

 

      Ignacio de Aralusia sonrió levemente en agradecimiento a estas palabras de Maarten pero, en su interior, no podía evitar sentir celos y amargura. Tales sentimientos le hubieran parecido impensables en los momentos inmediatos a su proeza, cuando estaba demasiado aliviado por haber llevado a buen término su misión sin pérdidas en vidas humanas (ni ante todo la propia) para que le importara nada más. Pero ahora no podía evitar amargarse. Había tenido que luchar contra su mareo; había tenido que fingir optimismo y firmeza de ánimo en todo momento; había luchado contra un horror sin nombre cuando los Jarlewurms, imprevistamente, pasaron cerca de la flotilla de botes. Y todo para que ahora nadie pareciera recordar nada de eso y en cambio atribuyeran casi todo el mérito a un desconocido, y ni siquiera por la brillantez de la idea, sino mayormente por meros símbolos y profecías.  

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Published by EKELEDUDU
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