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10 marzo 2010 3 10 /03 /marzo /2010 16:49

      Poco antes de la medianoche del mismo día, estando Adler de guardia en el torreón y Gilbert al pie de Vindsborg, el resto de la dotación fue violentamente arrancado de su sueño (excepto, por supuesto, Snarki, quien siguió roncando sonoramente a sus anchas como si nada ocurriese) a causa de un estrépito que, según fueron advirtiendo a medida que recobraban el dominio sobre sus sentidos, provenía de las caballerizas. En un primer momento la mayoría creyó que se trataba de un simulacro de invasión, pero Balduino y Thorvald negaron haber proyectado uno para aquella noche. El pelirrojo, muy alarmado, creyó que Einar estaba atacando Vindsborg con sus hombres, pues de él esperaba cualquier cosa; de modo que rápidamente se ciñó la espada al cinto y se precipitó escaleras abajo, antorcha en mano. Sin embargo, abajo no halló a la tropa armada que había imaginado. Reconoció en cambio los fieros relinchos de Svartwulk y su furioso golpetear de cascos, señal inequívoca de que un extraño se había puesto demasiado cerca para el gusto del indómito corcel.

 

      Iban tras Balduino casi todos los hombres de Vindsborg, excepto Adler - quien continuaba en su puesto en el torreón- el durmiente Snarki y Adam, quien aprovechó la ocasión para escabullirse en busca de ese Fuego de Lobo que conseguía quién sabía adónde.

 

      Lo primero que vieron a la luz trémula de la antorcha sostenida por Balduino fue a Gilbert forcejeando con una figura solitaria en las proximidades de las caballerizas. Svartwulk había salido de las mismas y bufaba nerviosamente, alzando la cabeza en gesto desafiante y combativo.

 

      -Un ladrón de caballos, señor Cabellos de Fuego-gritó Gilbert-. Y el muy marica muerde y araña como una mujer... ¡Ay!...-exclamó; porque como ofendido por estas palabras, el apresado había logrado liberar uno de sus brazos, aporreándole la nariz-. Puerco bastardo, te quedas quieto o juro por Dios que te parto el brazo.

 

      Aun sin haber visto bien todavía al ladrón de caballos en cuestión, y recordando el magnífico corcel blanco visto aquella tarde, ¿qué rumbo podían tomar las sospechas de Balduino, sino hacia Hrumwald?

 

      -Así que eres de los que muerden la mano que les da de comer-dijo con notorio desprecio, duro como un cachetazo.

 

      Pero el individuo se había calmado a la fuerza, inmovilizado por una llave de lucha Kveisung con la que Gilbert había logrado reducirlo al fin; y su rostro, ahora iluminado por la luz de la antorcha, nada tenía que ver con el de Hrumwald. Era un semblante mucho más delicado que el de éste, lampiño, de ojos grises que en este momento se veían comprensiblemente nerviosos.

 

      -No soy un ladrón de caballos. Puedo explicarlo todo-dijo el desconocido; y su voz sonaba extraña en un hombre, aunque tal vez podría encajar en un púber. ¿Sería un joven ladrón aprendiz, tal vez un secuaz de Hrumwald? Aquí la vida se pone cada día más extraña, pensó Balduino.

 

       Sin embargo,asi todos se vieron asaltados por una sospecha, aunque fue Honney  quien la expresó en voz alta:

 

      -Gilbert, además de medio sordo, estás ciego e idiota. No atrapaste a un ladrón, sino a una ladrona, una hembra-dijo,acercándose a captor y capturada. Levantó el gorro con orejeras que llevaba esta última, y cayó una catarata de cabello negro y reluciente como el azabache. Luego palpó más abajo y declaró:-. Claro que es una hembra. Podrá no tener mucha teta, pero de todos modos, tiene...

 

       El viejo Thorvald se inclinó hacia Balduino, quien estaba a su derecha:

 

       -Esta es la fugitiva que buscaban los hombres de Arn-susurró.

 

      Tal vez fuera cierto, pero Balduino prefería enterarse de ello por boca de la mujer.

 

      -No quería robar caballos. Ni siquiera imaginé que eso fuera una caballeriza, lo juro-dijo ella; y hasta ahí, sonaba creíble.

 

      Tendría veintidos o veintitrés años y era muy bonita. Anders, a la diestra de Balduino, la observaba con obvio deleite, y más de la mitad del resto de la dotación de Vindsborg, directamente con lascivia. La joven, consciente de tales miradas, intentaba no obstante mantenerse calma.

 

     -Haré que te suelten pero, si intentas huir, lo lamentarás-dijo Balduino; y cuando ella asintió, él dio la orden a Gilbert y prosiguió:-. Tal vez no caballos, pero puede que sí hayas venido a robar cualquier otra cosa.

 

      -No, señor, ¡qué sabía yo que viviera alguien en esta cosa!-se justificó ella, señalando la mole de Vindsborg-. Sólo buscaba un sitio donde pasar la noche. Hace más de una semana que duermo a la intemperie, muerta de frío.

 

       -Ajá. ¿Y de dónde vienes?

 

      -De allá-contestó ella, señalando los bosques del Sur-. De cerca de Lummensborg.

 

       -Si Lummensborg está hacia allá...-objetó Thorvald, con el ceño fruncido, señalando hacia el Sudeste.

 

      -Puede ser-admitió la joven, poniendo cara de contrariedad-. No sé. Nunca fui muy buena para orientarme, y di tantas vueltas que ahora me oriento menos todavía.

 

      -Pero para venir aquí, y luego de todas esas vueltas, llegaste desde allí, según entiendo-dedujo Balduino, señalando hacia el Sur.

 

      -Sí.

 

      -Entonces me estás tomando por imbécil. Desde esa dirección se ve perfectamente eso que está allá-Balduino señaló la empalizada-. Puedes ver que esos troncos están perfectamente erguidos,  podridos y derribados; nada hay ahí en vías de derrumbe. Por lo tanto, tuviste que haberte dado cuenta de que esos troncos llevan poco tiempo ahí y que, por consiguiente, este sitio estaba habitado.

 

      La muchacha adoptó la expresión típica de quien advierte que por enésima vez ha cometido un error muy obvio.

 

      -Señor, no me vais a creer-dijo-: no vi la empalizada.

 

      -¡Que no la viste!-exclamó Balduino, burlonamente-. Di mejor que la viste y que te importó un comino, o que no pensaste que, dado que los troncos se hallaban erguidos, tenían que haber sido colocados allí hace poco. Hasta eso sería más creíble.

 

      -¡Por qué decir eso si no es cierto!-exclamó la joven, entre disgustada y asustada, pero emperrada en defender su versión hasta el final-. ¡La verdad ya os la dije: no vi la empalizada!

 

      Anders se inclinó sobre Balduino y le murmuró al oído:

 

      -Hermano, mejor deja que yo me haga cargo, si no quieres que estemos aquí toda la noche. Disculpa que te lo diga, pero no sabes todavía cómo tratar a las mujeres, y para mí será pan comido sacarle de mentira verdad.

 

      -Muy bien. Házte cargo-aprobó Balduino, también en murmullos.

  

      Anders avanzó hacia la muchacha, con sonrisa de ganador, muy confiado en sus irresistibles dotes seductoras, sin arredrarse por el hecho de que ella lo observara gélidamente.

 

      -Señora-dijo-: confiad en mí. Jamás oiréis decir que Anders de Onfahlster dejó de acudir en socorro de una doncella desamparada; pero es menester que os sinceréis conmigo-y posó sus ojazos verdes, de indudable magnetismo entre el sexo femenino, en los ojos grises de la chica.

 

      Era la típica sarta de gansadas que solían decir los Caballeros para enamorar, y Balduino se alegró de tener a Anders allí, consigo; porque de haberse visto obligado él a recurrir a tamaña bobería para descubrir qué ocultaba la mujer, habría preferido quedar en la ignorancia. Imaginarse diciendo cosas semejantes era sentirse en absoluto ridículo.

 

      Pero lo raro era que tampoco la chica parecía impresionada. Al contrario: a juzgar por su rostro se hubiera dicho que estaba molesta, como si no fuera la primera vez que oía palabras semejantes, y estuviera ya un poco harta de escucharlas. Sin embargo, esforzábase en sonreír, lo que se traducía en una mueca muy poco convincente.

 

      -Abridme las puertas de vuestro corazón, señora-susurró Anders.

 

      -Puerca vida-gruñó por lo bajo Hundi a espaldas de Balduino-. No es justo. Cualquiera seduce con una cara como la del grumete. ¿Qué oportunidad tiene cualquiera de nosotros con semejante competencia?

 

      Anders tomó la diestra de la joven para besarla. No quedó en ese momento muy claro si fue adrede o si se trató de un intento deliberado de ayudar en la consumación de tan cortés gesto; pero la muchacha alzó súbitamente el dorso de esa mano y golpeó con fuerza la nariz de Anders.

 

      -¡Ooooooooh! ¡Perdón!-deploró ella, con un horror aparentemente genuino, mientras los demás reían por lo bajo; al propio Balduino le costó reprimirse.

 

      Anders murmuró algo acerca de que ningún daño podría hacer tan delicada manecita, palabras ampliamente desmentidas por su nariz sangrante y sus ojos llorosos. Ella, sin prestarle más atención, se dirigió nuevamente a Balduino:

 

      -Señor, como siempre, no hago más que ir de distracción en distracción, de torpeza en torpeza y de bochorno en bochorno; pero os aseguro que hasta ahora he sido sincera y que, si digo que no vi la empalizada, es porque no la he visto. En mí eso no es raro; lo sabríais si me conocierais bien. Como no es el caso y como, aun suponiendo que mi intención hubiera sido robar, ningún daño os he hecho, apelo a vuestra misericordia. Pido sólo que se me deje continuar mi camino; no volveréis a verme ni os causaré más molestias. Nunca fue mi deseo causarlas.

 

      -Lo lamento, pero no puedo dejarte ir sin saber quién eres y por qué vagas de noche como una ladrona, si es que no lo eres-contestó Balduino, amablemente pero con firmeza-. Es cierto que no nos has hecho daño, pero tampoco tuviste oportunidad de hacerlo. Debo cerciorarme primero de que aun teniendo esa oportunidad, no lo harías, ¿entiendes?

 

      -Entiendo, señor, y no tengo otra opción que confiar en vos-repuso ella-. Sabed entonces que abandoné mi casa hará lo menos diez días, y desde entonces se me persigue por el único delito de haber rechazado los galanteos del Conde Arn. El está casado con una mujer más bella que yo, pero eso no lo detiene a la hora de intentar otras conquistas amorosas, y ahora se ha encaprichado conmigo. Hasta perros de caza ha puesto para seguir mi rastro, el que por suerte perdieron luego del primer río que atravesé. El Conde Arn es hombre cruel con las mujeres que no acceden a sus arrebatos amorosos. Tal vez vos mismo seáis amigo suyo y estéis pensando en delatarme...

 

      -Ni hablar-gruñó Balduino.

 

      -Os lo agradezco. Seguiré entonces mi camino, si lo permitís, hasta cruzar la frontera con Halmurik; Arn no podrá seguirme más allá.

 

      -Veo difícil que lo logréis-intervino Ulvgang-. Las fronteras deben estar fuertemente custodiadas. Hombres de Arn vinieron aquí buscandoos a vos, y los oí decir que de cualquier modo contaban con atraparos en la frontera, precisamente cuando tratarais de franquearla para poneros a salvo.

 

     -Más que errar de un sitio a otro, te convendría ocultarte en algún lugar hasta que todo esto se olvide y luego, como dices, atravesar la frontera cuando ya no te busquen-dijo Balduino-. Tendría que ser un sitio muy seguro. Si hasta el fin del invierno no te encontraran, probablemente pensarían que moriste de frío, devorada por lobos o de cualquier otra forma. Incluso podríamos echar a correr un rumor falso, aseverando que alguien halló en las cercanías un cadáver irreconocible, perteneciente probablemente a una mujer. Cuando Arn y sus hombres bajen la guardia, cruzas la frontera y así te pondrías a salvo.

 

      -Es que no sé dónde habría un sitio así-respondió la joven.

  

      -Yo conozco uno. No sé si lo aceptarás, pero no tengo más para ofrecerte.

 

      -No tengo mucho para elegir. ¿Dónde queda ese lugar?

 

      -Se trata de unas cavernas, junto a la desembocadura del Viduvosalv...

 

      -Balduino, ¡no pensarás enviar a esta encantadora joven con los Príncipes Leprosos!-exclamó Anders, indignado.

 

      -¿Los Príncipes Leprosos?-exclamó la muchacha, asombrada-. ¿Están en Thorshavok? ¿En serio?

 

      Balduino se asombró de que no preguntara quiénes eran los Príncipes Leprosos, siendo que casi nadie, por no decir nadie, parecía saber nada de ellos en la región.

 

      -Sí, cuatro de ellos-confirmó-. Pero mira que correrías cierto riesgo de contraer la enfermedad.

 

      -¡Y qué me importa! Hay cosas peores. Al menos Arn no me querrá con él si me ve leprosa.

 

      Balduino asintió.

 

      -¿Cómo te llamas?-preguntó-. Todavía no me lo has dicho.

 

      -Wjoland Sigisnandsdutter.

 

      -Muy bien, Wjoland. Pasarás la noche en nuestra herrería; haré encender un fuego allí. Mañana a primera hora te llevaremos junto a los Príncipes Leprosos, junto con cierta cantidad de provisiones. Si ellos no se oponen, allí permanecerás. Por cierto, pondré a alguien a montar guardia junto a ti toda la noche, para que nada te ocurra-Y para que ni en sueños puedas escapar; porque algunas cosas en ti me siguen oliendo raro, pensó Balduino.

 

      Y Anders se regocijó, pensando que el designado para montar guardia sería él.

 

      -Ursula: encárgate-dijo Balduino. Y Anders puso cara larga.

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Published by EKELEDUDU
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