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8 marzo 2010 1 08 /03 /marzo /2010 15:35

      Balduino, como es lógico, no se enteraría de todo aquello sino bastante después. La semana en que tuvo lugar en Drakenstadt el Consejo que debatió su propuesta fue probablemente la que él pasó como huésped de los Príncipes Leprosos. No le gustó tener que ausentarse: desde hacía tiempo atrás creía notar que solitarios jinetes armados iban de aquí para allá, y que sus movimientos a menudo convergían en Kvissensborg. Algunos de estos cabalgantes luego volvían a ser vistos, si bien ello no era frecuente. Evidentemente se trataba de guerreros, pero exhudaban más profesionalismo que los viejos esbirros de Einar. Balduino pensaba que éste estaba reclutando hombres nuevos; con qué objeto, imposible saberlo, pero había motivos para inquietarse. El pelirrojo presentía que Einar seguiría trayéndole dificultades en un futuro más o menos cercano.

 

      Pero no podía supeditar sus acciones a que cada amenaza que asomara en su horizonte se concretase o se esfumase; así que mandó de paseo sus presentimientos y emprendió la marcha hacia la desembocadura del Viduvosalv. Y una semana más tarde, hacia el atardecer, Hansi Friedrikson reconoció la figura montada a caballo que se aproximaba al galope desde el Este.

 

      -¡Volvió el señor Cabellos de Fuego!-anunció a gritos a los demás, quienes en ese momento se hallaban en medio de una práctica bajo la dirección de Thorvald.

 

      Y salió corriendo al encuentro de Balduino, seguido por los seis perros de Hundi, que metían más bulla que nunca.

 

      Bien se dice que hay amores que matan. Ante semejante comité de recepción, y desconfiando del fiero temperamento de Svartwulk, Balduino prefirió desmontar y apartarse un poco de su caballo hasta que se apaciguara un  poco aquel jaleo. Acto seguido tuvo que hacer frente a la acometida de Hansi, quien saltó sobre él, colgándosele del cuello. Balduino se vio obligado a tomar mil precauciones para que en tal intento el chico no se lastimara accidentalmente. Lo logró, pero en el proceso perdió él mismo el equilibrio y cayó al suelo, siempre con Hansi sobre él, cubiertos ambos por los lengüetazos y ladridos de los perros.

 

       Svartwulk resopló irritado: detestaba a aquella jauría y daba la impresión de que, de haber podido expresar su opinión, habría prorrumpido en una sarta de palabrotas a cuál más blasfema e irreproducible.

 

       Como para hacer juego con su malhumorado corcel, Balduino iba a soltar un rezongo cuando, tras incorporar a medias su torso acariciando al mismo tiempo a los perros que se atropellaban unos a otros para recibir tales mimos, miró a Hansi, quien con cara de orgulloso propietario se le había sentado sobre el abdomen, y no parecía muy dispuesto a que se lo desalojara de allí.

 

      -Bueno, ¿me dejas ponerme de pie?-preguntó Balduino, sonriendo sarcásticamente. Hansi se le echó de nuevo al cuello, derribándolo una vez más y haciéndole ver  las estrellas, ya que llevaba puestas todas las piezas de la armadura excepto el casco, y funestos e infalibles hados decidieron por ello que se golpease precisamente la cabeza descubierta-. Ténme piedad, te lo suplico, sabandija-jadeó, medio asfixiado por aquel arrebato de efusividad infantil. Los perros, a cada instante más y más juguetones, no paraban de ladrar y lamerle la cara-, No sé cuál de mis antiguos enemigos te envía, pero puede quedarse tranquilo, que lo estás vengando cumplidamente.

 

      Por último logró Balduino de una vez por todas incorporar su maltrecha humanidad, un tanto pesadamente. Vio los moretones que su armadura había dejado en el cuerpo de Hansi, a consecuencia de los repetidos embates de éste. Hansi no los notó; primero por estar demasiado feliz de tener de vuelta a Balduino, y luego por la hipnótica fascinación que le producía la recia armazón de mallas metálicas y chapa. Era obvio que soñaba despierto con un día en que él mismo pudiera revestirse de una armadura como aquella.

 

      Escoltado por Hansi y los seis perros, y conduciendo por la brida a Svartwulk, Balduino salvó la distancia que lo separaba de Vindsborg. Lo primero que vio fue que ¡al fin! la catapulta había llegado. Un problema menos, pensó; y ojalá no hubiera muchas otras dificultades pugnando por el lugar que dejaba vacante ésta que acababa de resolverse.

 

      -Gracias a Dios que estás de nuevo aquí. Por favor, que nunca más se te ocurra irte-suspiró aliviado Anders, ni bien tuvo a Balduino frente a él.

 

      -¿Por qué, Anders, qué pasó?-preguntó el pelirrojo, estupefacto.  La cara de Anders preanunciaba un lío de proporciones mayúsculas.

 

      -Ven, que te ayudo a quitarte la armadura y te cuento.

 

      Balduino fue primero a saludar al resto de sus hombres. Estos se veían razonablemente tranquilos; por lo visto ellos no eran la causa del lío en cuestión.

 

      Aquí y allá fue informándose de algunos datos; sí, la catapulta funcionaba bien; sí, habían empezado a estudiarla para intentar reproducir con exactitud aquel modelo; sí, Osmund y Ljod habían iniciado sus prácticas con la jabalina y aunque eran un rotundo desastre, se esmeraban por aprender.

 

      ¿Había Thorvald organizado ya un simulacro de invasión? Sí, respondió el gigantesco anciano de ojos azules. Pero mejor no ahondar sobre los resultados, añadió... Aunque alguna mejoría habían demostrado por comparación con  la apabullante ineptitud exhibida por el grupo el día de la falsa alarma desatada por Andrusier. Algunos todavía anhelaban retorcerle a éste el pescuezo cuando recordaban que gracias a su brillante idea de llamar a misa usando una señal de cuerno para caso de invasión Wurm, ahora debían soportar estos simulacros; y si Balduino  llegaba a poner en práctica su amenaza de castigar con turnos dobles de guardia, también el estrangulamiento de Andrusier saltaría de la teoría a la práctica.

 

      Por último, Balduino subió la escalinata de piedra e ingresó en Vindsborg seguido de su singular tropa. Por lo visto había ocurrido algo importante de veras, porque si no, no irían todos tras él como convocados a un Consejo de Guerra; a menos que fuera tanta la curiosidad por saber cómo le había ido con los Príncipes Leprosos.

 

       -Tuvimos visitas indeseables-explicó Anders, mientras ayudaba a Balduino a despojarse de la armadura-: guerreros con insignias de Thorhavok. Hombres del Conde Arn, en suma.

 

      -Ah... ¿Anduvieron también por aquí? Se asomaron cerca de la guarida de los Príncipes Leprosos pero uno de éstos, Sergio, montaba guardia afuera, y parece que le tuvieron miedo. No creo que fuera tanto el posible contagio como el aspecto tétrico del Leproso, sumado a las  siniestras leyendas locales, lo que tanto los asustó. ¿Y puede saberse qué quiere de nosotros el buen Conde Arn?

 

       -Estaban buscando a alguien. Una mujer. Creyeron que la teníamos escondida aquí. Al advertir tu ausencia creyeron que tal vez estabas mezclado en ese asunto. Einar ordenó que en cuanto llegaras fueras a reportarte a Kvissensborg.

 

      -Pero cómo no...-repuso Balduino, irónico-...cuando esté muy aburrido-concluyó.

 

       -Creí que era a mí a quien buscaban. Casi los mato-intervino Ursula con cara asesina.

 

       -Pero si buscaban a una mujer, Ursula, a una mujer; no a ti-se burló Honney, sin conseguir que su víctima se alterase.

 

      -Nos trataron con bastante desdén, pero lo soportamos como pudimos-terció Thorvald.

 

      -Pero no por falta de ganas no degollamos a unos cuantos-agregó Ulvgang, sin alterarse, aunque la expresión en sus ojos glaucos rubricaba sus palabras-. No lo hicimos por el bien de nuestros compañeros que están de rehenes en Kvissensborg o, en última instancia, para no comprometerte a ti; pero te juro, señor Cabellos de Fuego, que cada vez es más difícil para alguien como yo someterse a prepotencias semejantes.

 

      -¿Y qué mujer era ésa a la que buscaban?-preguntó Balduino.

 

      -"¡Eso no es de vuestra incumbencia!"-gruñó Hundi, malhumorado, componiendo una voz aflautada para imitar la respuesta recibida de los hombres de Arn.

 

      -No dejaron rincón de Vindsborg sin revisar. Nos amenazaron; nos dijeron que, en caso de saber algo sobre la mujer, más nos valdría informar en Kvissensborg, so pena de muerte. Y por último se fueron-concluyó Anders.

 

       -Justamente a mis viejos amigos Einar y Arn los ayudaría yo a encontrar cualquier cosa que estuvieran buscando-dijo sarcásticamente Balduino-. Bueno, tropa, así es la vida. Nada podemos hacer por ahora, salvo brindar por el éxito de la fugitiva, quienquiera que ella sea, y desear, en caso de tratarse de la esposa de Arn, que haga a éste más cornudo que un alce. ¿Yo, reportarme en Kvissensborg? No, eso es demasiado, pero si ese asno de Einar viene a verme, gustosamente responderé a sus preguntas. Total, diré que no vi a esa fugitiva, ¡y hasta estaré diciendo la verdad!... Por lo demás, olvidemos el incidente hasta que se nos presente la ocasión de vengar de alguna manera los vejámenes que nos hayan infligido. Creedme, a mí también me revienta esto, más que a vosotros.

 

      -¿Y a ti, cómo te ha ido? Has estado muy misterioso con este viaje tuyo. ¿Qué tal tu amigo Gabriel?-preguntó Ulvgang, para cambiar de tema.

 

      -Bueno, temo que en el futuro probablemente me vuelva mucho  más misterioso en cuanto concierna a ellos-contestó Balduino-, aunque no por propia voluntad, sino porque me hicieron jurar silencio sobre cuanto secreto me confíen en lo sucesivo. Sin embargo, de momento no me han confiado ninguno; de modo que no veo razón para no explayarme en los pormenores de este viaje. Comenzaré explicando mis motivos para emprenderlo. En primer lugar, mi deuda con los Príncipes Leprosos, la cual quería saldar de algún modo: de no haber sido porque ellos me socorrieron luego de la paliza que recibí en Kvissensborg, pude haber muerto en pleno bosque, devorado por las fieras. En segundo lugar, necesitaba de su ayuda una vez más; de modo que lo de saldar la deuda fue relativo.

 

      ’Comparecer ante  los Príncipes leprosos fue para mí, y creo que lo sería para cualquiera, toda una experiencia. En todo el Sur y el Centro del país, nadie los iguala en cuanto al respeto que inspiran, aunque ese respeto casi siempre viene acompañado de temor. Muy pocos se animan a acercarse a ellos, pues temen contraer la enfermedad. Sin embargo, no parece que ésta sea tan contagiosa: nunca oí hablar de epidemias de lepra, por ejemplo. Por lo tanto, creo que vale la pena exponerse al riesgo; lo amerita la recompensa espiritual. Cuerpo corrupto y deforme, alma noble e incólume es el lema de los Príncipes Leprosos. Buscan la pureza espiritual para compensar la fealdad física a la que los condena la lepra; eso los volvió tan prestigiosos, aparte de su orgullo a toda prueba. Tan grande es ese prestigio, que bastaría una sola palabra suya en cualquier asunto para hacer rodar varias cabezas.

 

      Balduino hizo una pausa, recordando que, años atrás, el frío cálculo le había hecho imponerse entre sus metas entrar por un tiempo al servicio de los Príncipes Leprosos para incrementar su renombre. Ahora  sabía que ellos jamás habrían aceptado sus servicios. Hubieran adivinado cuán egoístas y ambiciosas eran sus motivaciones,  y lo habrían rechazado.

 

       Revivió mentalmente su reciente experiencia en las cuevas aledañas al Viduvosalv que servían de morada a los cuatro Príncipes Leprosos apostados allí. De ellos, sólo Gabriel era sano; los otros tres, que se llamaban Evaristo, Sergio y Apolonio, estaban realmente enfermos y, en su presencia, Balduino se había cohibido, costándole mucho mirarlos a los ojos.

 

       Era como si aún los viera a los cuatro: Gabriel de pie, presentándolo ante los otros tres, que estaban sentados sobre sendas rocas, con aire tan señorial que era como si estuvieran arrellanados sobre otros tantos tronos.

 

      -El señor Balduino de Rabenland nos honra aceptando nuestra hospitalidad-musitó Gabriel, y sus palabras resonaron en la ominosa caverna que volvía aún más fantasmagóricos  los rostros vendados y las flotantes vestiduras de los extraños anfitriones, en la oscuridad más intuidos que evidentes.

 

      -Bienvenido, señor-replicó Evaristo-. ¿Qué os trae a nuestra humilde morada?

 

      El era quien solía llevar la voz cantante, pero Balduino aún no lo sabía. En ese momento, hincando rodilla en tierra y con la cerviz inclinada en un gesto de humildad hasta entonces desconocido incluso en el Balduino de los últimos meses,  casi nada parecía importar, ni aun lo que lo había llevado hasta allí. En presencia de los leprosos se sentía como un  solitario buscador del Grial a la espera de que se lo confirmara como digno de tan elevada misión.

 

       Recién ahora su cerebro, como una máquina herrumbrada a la que se aceita para que de nuevo funcione adecuadamente, empezaba trabajosamente a procesar viejos pensamientos y sentires siempre espontáneos y fugaces y jamás razonados. De niño, muchas veces se había sentido muy poca cosa. Y ahora sabía que, si había sido capaz de luchar denodadamente por superar tal sensación, era debido a la certeza de que la suerte había sido aún más ingrata con los Leprosos que con él y, no obstante, un casi sobrehumano sentido de dignidad parecía fortalecerlos. 

 

      -Me ofrecisteis hospitalidad y la acepto-contestó.

 

       -No la necesitáis-replicó Evaristo.

 

       -Tal vez la necesite más de lo que yo mismo advierta, para entenderme mejor a mí mismo-dijo Balduino-. De todos modos, vengo a solicitar y a ofrecer.

 

      -Ofrecer ¿qué?-preguntó Evaristo-. Míranos. ¿Qué podéis ofrecernos que necesitemos realmente? Tal vez hayamos descendido al simple nivel de supervivientes, como las ratas; pero cuanto menos tiene uno, aún menos echa en falta  todo aquello de lo que carece.

 

      Súbitamente nervioso, Balduino levantó la vista hacia las cabezas cubiertas por caperuzas. Adivinó los rostros corroídos bajo los vendajes y se estremeció levemente. Luego vio aquellos ojos altivos que lo escrutaban afanosamente, y su inquietud fue en aumento. De repente se sentía un  completo inútil.

 

       -Mis brazos... Mi fuerza... No sé-dijo, frustrado.

 

      -No necesitamos de vuestros brazos ni de vuestra fuerza-replicó Evaristo-. ¿No tenéis nada más que ofrecer?

 

       -Nada más. No tengo nada más-replicó Balduino, tras hacer un rápido recuento mental de aquello de lo que podía disponer, que no era mucho y que los Leprosos sin duda no necesitarían. Su frustración fue en aumento-. Sólo mi corazón.

 

      -¿Ajá? Pues por ahí debísteis haber empezado-repuso Evaristo-. Pero debemos ir con cuidado, tanto vos como nosotros; pues tal vez no podamos concederos aquello que buscáis, y quizás nosotros seamos demasiado exigentes con los corazones. Muchos son pura hojalata pintada de dorado. Nosotros no nos conformamos con nada menos que el oro. ¿De qué material está hecho el vuestro?

 

      -Señor, yo eso no lo sé; pero os ruego que no lo descarteís ni aun hallando que es pura hojalata. Simplemente ayudadme. Hasta el metal de más baja calidad puede ser convertido en oro merced a la alquimia.

 

       Evaristo asintió complacido.

 

      -En ese caso, lo examinaremos y ya veremos-contestó-. Levantaos. Y una vez más: bienvenido.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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