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8 marzo 2010 1 08 /03 /marzo /2010 23:34

      -¿Y de qué material encontraron que está hecho tu corazón?-preguntó Thorvald, tras oír la historia.

 

      -No quisieron decírmelo, ni me lo dirán jamás. Si fuera pura hojalata, explicaron, empezarían viendo cómo trasmutarlo en un metal más valioso. Y si fuera de oro, tampoco me lo dirían a fin de que no me envaneciera por ello-contestó Balduino-. Supongo que es mejor así. Hallar gracia ante los Príncipes Leprosos es un honor inmenso, tanto o más grande que las mismísimas espuelas de Caballero; y quizás sea indecente hacer gala de esa gracia como se exhiben fatuamente las espuelas. Sospecho, no obstante, que no debo haberles caído muy bien, porque se apresuraron a concederme mis peticiones, como si mi presencia les molestara y desearan que me fuera de allí cuanto antes. luego se mostraron tan cascarrabias que hice algunas cosas para ellos y acto seguido me dispuse a marcharme anticipadamente; pero Gabriel me pidió que me quedara. Excusó a sus tres compañeros, explicando que aquel mal carácter se debía a la lepra, que avanza bastante deprisa sobre ellos, hecho que los pone de mal humor.

 

       Concretamente, ¿qué les pediste y qué hiciste por ellos?-preguntó Andrusier.

 

      -Necesitaba sus firmas al pie de una carta en tres copias: una para el Conde Arn, otra para el señor Thorstein Eyjolvson y la tercera para el señor Tancredo de Cernes Mortes, Gran Maestre de la Doble Rosa. En la carta consta que los Príncipes Leprosos me encontraron malherido en las cercanías de Kvissensborg y que, ante ellos, yo culpé por mi estado a Einar. No creo que el Conde Arn se inmute demasiado por ello, pero el señor Eyjolvson, si algo me sucediera, podrá hacer llegar la carta al Rey; y el señor Tancredo de Cernes Mortes, que lo sabe, quizás llame al orden a Einar a fin de que no cometa más tropelías. Para la Orden de la Doble Rosa sería muy embarazoso que los Príncipes Leprosos avalaran estas acusaciones. En cuanto a lo que puedo hacer por ellos, dos cosas hice y una tercera quizás podría hacer. En primer lugar, tal vez los Leprosos no sean conocidos aquí, pero a los Caballeros todavía se nos mira con respeto; de modo que hablé con los lugareños y los persuadí de apoyar en lo que puedan a los Leprosos. En segundo lugar, convencí al párroco local  de que al menos los domingos celebre una misa en las cuevas donde se guarecen los Leprosos. Irían a la Iglesia, pero uno de ellos tendría que quedar allí en las cuevas como centinela, y no quieren que nadie quede al margen. Esto me lo agradecieron muy efusivamente, porque su anhelo espiritual es muy grande. Lo tercero que podré hacer tiene que ver con Gabriel. El no me dice nada, pero creo que teme que sus compañeros acaben muriendo y él quede solo...

 

      -Eso es lo que entiendo-dijo Anders-: si están tan enfermos, ¿por qué no los dejaron en paz en Caudix? ¿Para qué los convocaron y enviaron a la desembocadura del Viduvosalv?

 

      -Bueno, aquí es donde sólo podemos especular-contestó Balduino-. Aparentemente, de los cuatro, sólo Gabriel es un guerrero, y venía escoltando en un viaje a los otros tres cuando estalló la guerra, ya que, cuando ello sucedió, se hallaban en Penderwald. Esto explicaría que hayan respondido con tanta rapidez a la convocatoria. Caudix se halla demasiado lejos para que ellos vinieran desde allí con tal prontitud. Si lo que sospecho fuera cierto, al enterarse del conflicto consideraron su deber acudir voluntariamente al frente de batalla, aun a sabiendas de que no podrían hacer gran cosa. El señor Eyjolvson les ofreció entonces defender la desembocadura del Viduvosalv, demasiado estrecha  para los Jarlewurms, pero no tanto para los Thröllewurms, a quienes se podría combatir arrojándoles rocas desde arriba. Y Evaristo, líder del grupo, se conformó con ello, dado que su enfermedad no les permitiría hacer mucho más.

 

      -Pero, ¿a quién se le ocurre, para empezar, embarcar en un largo viaje desde Caudix hasta Penderwald, a gente tan enfernedad?-gruñó Anders.

 

      -Es muy probable que creyeran tener la enfermedad bajo control-contestó Balduino-. Los orígenes de los Príncipes Leprosos no datan, como se cree, de la época del Rey Valentiniano, sino de tiempos  más recientes; concretamente, se remontan al Escándalo del Elixir de Escevolina. En esa oportunidad se dijo que un alquimista escevolino había descubierto una cura para todos los males, lepra incluida. Esto era poco conveniente para los intereses de muchos magos y médicos que tendrían que cambiar de profesión en caso de hallarse esa cura; de modo que hicieron asesinar al alquimista. Manlio de Caudix, tras muchos esfuerzos, destapó una red de corrupción única en relación al caso, que alcanzaba al propio mago del Rey: básicamente se trataba de La Hermandad, aunque aún no se llamara así y fuera mucho menos poderosa de lo que fue después. Luego, Manlio decidió hacer de su castillo un refugio para leprosos; supuestamente porque su mejor amigo tenía esa enfermedad y porque su novia también acabó contrayéndola. Pero hay quienes piensan que en Caudix se intenta repetir la hazaña de aquel alquimista escevolino: hallar la panacea, la cura milagrosa para todos los males.

 

      -Pues por lo visto parece que hasta el momento no hallaron nada, ¿no?-preguntó Anders.

 

       -Ante mí no han admitido siquiera estar a la búsqueda de semejante proeza de la alquimia, pero estoy seguro de que algo han hallado-repuso Balduino-. Seguramente no una cura definitiva, pero sí algo que logra retardar los ejectos perniciosos de la lepra. También puede que hayan encontrado incluso algo más potente, pero que no se atrevan a revelar al mundo para no correr la misma suerte de aquel alquimista escevolino. Quizás tengan otros motivos para callar, o a lo mejor no desean curarse del todo. Esto último puede parecer extraño, pero noto que Evaristo, Sergio y Apolonio parecen casi orgullosos de su lepra; cuando me hallaron, forzaron a unas personas, posiblemente siervos de Einar, a ayudarme a subir a la montura, amenazándolos con tocarlos con sus muñones cubiertos de llagas. Ahí usaron su lepra a modo de espada y hacha. De cualquier modo, mi teoría es la siguiente: al partir de Caudix, Evaristo, Sergio y  Apolonio llevaban consigo una buena cantidad de una sustancia desconocida, obtenida mediante alquimia, que mantendría a la lepra a raya durante el viaje de ida y el de vuelta. Tal vez dispongan todavía de una reserva. Pero no entraba en sus cálculos iniciales alejarse tanto ni por tanto tiempo de Caudix, y dicha reserva no será eterna.

 

       Cayó un prolongado silencio, que fue roto por Thorvald:

 

      -Entonces, si te he entendido bien, al venir por propia voluntad a defender la desembocadura del Viduvosalv por si los Wurms llegaran hasta allí, de alguna manera ellos mismos se habrían condenado a muerte, ¿no?

 

      -Posiblemente-respondió Balduino.

 

      Los Kveisunger intercambiaron miradas a la vez lóbregas y admirativas. Lo poco que sabían de la lepra era sólo de oídas, pero toda información al respecto la pintaba como a una enfermedad terrible, espantosa. Era obvio que trataban de imaginar el valor de aquellos cuatro Príncipes Leprosos y admiraban en silencio a éstos.

 

      -Alguien me había comentado lo del elixir-dijo Anders-, pero nunca lo creí cierto.

 

      -Ojalá muchos tengan tu misma incredulidad, no sea cosa que se decida el exterminio de los Leprosos, igual que se dio muerte en su momento a aquel alquimista de Escevolina-deseó Balduino-. De todos modos, gabriel está intranquilo por algo que no me dijo; lo oí reflexionar amargamente acerca de la soledad. Tal vez su carácter ya sea así. Quizás piense que ellos morirán y él quedará solo allí arriba, junto a la desembocadura del Viduvosalv, que es un páramo casi peor que Freyrstrande. Por consiguiente, iré a visitarlo cada tanto para levantarle el ánimo, y también lo tendremos con frecuencia aquí, de huésped. Hice la invitación a los cuatro, en realidad, y todos la rechazaron; pero Evaristo, Sergio y Apolonio instaron a Gabriel a aceptar, alegando que es el más joven de los cuatro y le vendrá bien tratar a gente de su edad. Ese fue el pretexto, pero probablemente no deseen que quede absolutamente solo cuando ellos ya no estén; que sociabilice con otra gente. De manera que será asiduo huésped de Vindsborg, y quiero que se lo reciba con los debidos honores.

 

      -De acuerdo; pero mejor que, cuando él venga a visitarnos, Ursula sea quien cocine; porque la comida de Varg lo mataría más rápido que mil lepras juntas-ironizó el tuerto Gröhelle.

 

      Varg, por supuesto, estalló de rabia ante aquel lapidario veredicto. Mientras él refunfuñaba y defendía, con escaso éxito, sus virtudes culinarias, Balduino recordó aquellos intrusos armados irrumpidos en las cavernas junto al Viduvosalv y puestos en fuga por la primera figura envuelta en vendajes y vestiduras flotantes que vieron sus ojos, y que al parecer tomaron por una especie de espectro o demonio.

 

      ¿De verdad habrían sido hombres del Conde Arn en persecución de la misteriosa fugitiva?

 

      -Ulvgang-dijo de repente-.Quiero que tú o alguien a quien consideres capaz nos adiestre en boxeo y lucha a quienes no dominamos del todo esas formas de defensa. Creo que pueden sernos muy útiles. Dedicaremos a ello al menos una hora al día, coincidentemente con el entrenamiento de Osmund y Ljod... Y hablando de entrenar, Anders, ¿has practicado con la espada durante mi ausencia?

 

      -Por supuesto-replicó Anders sin vacilar.

 

      -Pues vamos a verlo. Toma tu espada y sígueme. Los demás, seguid con lo que estabais. Aprovechemos a fondo la poca luz que aún queda.

 

      El fin del inesperado y bienvenido descanso suscitó unas cuantas caras largas. Anders, por su parte, se enfadó bastante con Balduino, aunque no exteriorizó su enojo. Reconocía haber sido  remolón en el pasado, pero las cosas habían cambiado desde hacía un tiempo, y le molestaba que el pelirrojo de repente desconfiara de él.

 

      Caballero y escudero entrechocaron sus espadas durante unos minutos mientras Thorvald dirigía a los demás en el ejercicio de maniobras coordinadas, hasta que Balduino interrumpió la práctica de esgrima.

 

      -Lo estás haciendo muy bien, Anders; pero la verdad, no te traje aquí para esto. Lo que dije allá adentro fue un pretexto para  poder salir y confiarte cosas que no quiero decir frente a los otros-dijo-. ¿Recuerdas que hablé de una carta en tres copias, firmadas por los Príncipes Leprosos? Pues bien, no son tres copias sino cuatro, una de las cuales guarda gabriel, y consta en ellas, además, que Einar nos entregó una dotación de presidiarios contra mi voluntad. Hasta aquí, esto significa que si estallara un motín o si la situación se nos escapara de las manos de otra manera y alguno se fugara, contamos con esa prueba incriminatoria contra Arn y Einar. Lo que ocurra cuando liberemos a Tarian será cosa muy distinta, pero por ahora esa carta hunde a esos dos en un pantanal del que no les será fácil salir.

 

      -¿Algo en particular te hace desconfiar?-preguntó Anders, secándose el sudor con el dorso de la mano.

 

      -No, nada en particular, pero en nuestro oficio debemos tomar siempre medidas para precavernos contra todas las traiciones imaginables e inimaginables-aclaró Balduino-. Caso de que nuestros presidiarios se nos amotinaran o algo así y me asesinaran, tú irás a pedir a Gabriel esa copia de la carta y verás qué uso haces de ella; porque las otras copias podrían desaparecer, accidentalmente o accidentalmente, si me entiendes; que hay accidentes muy oportunos. Y por las dudas, ya que recibiremos clases de boxeo y lucha, procura ser un discípulo especialmente esmerado. No sé si tendremos que usarla para luchar junto a nuestros presidiarios o contra ellos. Es más, puede que aquí jamás tengamos que usarlas, pero nunca se sabe; y nunca aprende uno a defenderse demasiado.

 

      Anders sonrió divertido.

 

      -¿Aprender?... ¡Nosotros podríamos enseñarles a ellos!-dijo.

 

      -No presumas. Yo manejo muy bien las armas, pero admito que soy bastante inútil para defenderme sin ellas. Estos son Kveisunger endurecidos y duchos en cualquier técnica de combate. Mientras los tengamos de amigos, tratemos de dominar a fondo esas técnicas, y así tendremos más oportunidades de sobrevivir si de repente los tuviésemos de enemigos.

 

      -¡Bah, bah!... Mejor pónme a luchar mano a mano con un oso. Ese sí sería un adversario digno de mí-concluyó Anders, sonriendo con petulancia mientras contemplaba el bíceps derecho en aparente éxtasis.

 

      Pura jactancia, pero Balduino no quiso seguir discutiendo. Ya tendría Anders oportunidad, ya que por lo visto eso deseaba, de hacer el ridículo en su primer lección de lucha.

 

      Todavía tenía el pelirrojo algo que decir, pero no a Anders sino a Honney. Abordó a éste por la noche: fue a verlo al torreón donde el Kveisung hacía su guardia.

 

      -Hay algo que no quise decir frente a Ulvgang para que éste no se ilusione inútilmente-le dijo-: disponemos ya de un lugar donde ocultar a Tarian, suponiendo que hubiese que liberarlo mediante el sigilo. Pero el problema es que es riesgoso para él en lo que atañe a su salud, sobre todo si se encontrara herido. Los Príncipes Leprosos ahora están al tanto de que quiero liberarlo, y han accedido a ocultarlo en sus cavernas. Pero dicen que no es conveniente que venga si está herido; deben decirlo porque en ese caso tendrían que tocarlo para curar sus heridas y no quieren hacerlo para no contagiarlo, aunque no pusieron reparos, al despedirme de ellos, en que yo los tocara para estrechar sus manos o sus muñones según el caso. De todas maneras, dicen confiar en mí lo suficiente para esconder y proteger al menos a una persona. La ventaja es que esta persona podría fingirse leprosa y así ocultar sus facciones tras un vendaje que lo haría irreconocible. Además, muchos creen que las cavernas de la desembocadura del Viduvosalv están embrujadas, y a los Leprosos hasta hace poco los tomaban por apariciones. De hecho, y como dije antes, creo que eso asustó tanto a los hombres de Arn, si tales eran esos tipos armados que fueron a husmear allí. Como sea, allí Tarian pasaría inadvertido.

 

      -Te lo agradezco, pero Hundi no tuvo éxito en Vallasköpping-gruñó Honney, malhumorado-. Halló en el mercado negro nueve diferentes venenos, unos para ratas y otros para animales más grandes; halló arsénico como para liquidar a los habitantes de toda Andrusia; pero veneno de pez maza de púas es algo que aquí nadie parece conocer.

 

      -Bueno, ya veremos si se nos ocurre alguna otra cosa-murmuró Balduino, desalentado-. Tal vez nos enteremos del jugo de alguna planta, o algo así, que haga que quien lo ingiera quede como muerto sin estarlo, igual que el veneno de ese pez.

 

      Pero para sus adentros tenía que admitir que era poco probable que alguien en Freyrstrand tuviera conocimientos exhaustivos acerca de plantas o animales venenosos, excepto tal vez de hongos.

 

      -Honney-dijo de repente Balduino-: supón que no me conoces, que nunca nos vimos antes. Me encuentras por primera vez, y me oyes fanfarroneando mucho acerca de que me gustaría vérmelas con Sundeneschrackt; que me mediría a puñetazos con él y que lo noquearía menos de dos minutos después de comenzada la pelea. ¿Qué harías tú entonces?

 

      -Buscaría a Ulvgang para que te batieras con él y demostraras que tienes algo más que una gran boca o bien aprendas a mantenerla cerrada en el futuro.

 

      -Precisamente-aprobó Balduino-. En mi ausencia, parece que los hombres que buscaban a esa fugitiva estuvieron bastante mandones aquí. Pero, ¿mandones con quiénes? Con presidiarios a quienes pueden hacer muchas cosas impunemente, por tener a tres compañeros suyos de rehenes; con Thorvald y Karl, cuyos días de gloria ya han pasado y a quienes deben considerar sólo como dos viejos lisiados; con Anders,  un simple escudero. ¿Qué harían con un Caballero, eh?

 

       -Señor Cabellos de Fuego,  disculpa que te lo recuerde, pero creo que en la única entrevista que te concedió Einar, te demostraron qué se animaban a hacerle a un Caballero.

 

       -Te equivocas. Eso no se lo hacían a un Caballero sino a un forajido, o eso creían.

 

      -¿Qué tratas de decirme?

 

      -Han pasado unos cuantos meses desde que en Kvissensborg me golpearon tomándome por un forajido. Desde entonces puede que hayan asumido que soy  un Caballero,  o que tengan saludables dudas al respecto, al menos.

 

       Honney lo miró a los ojos.

 

      -Por cómo hablaban de ti ésos que vinieron en busca de la dichosa fugitiva, parece evidente que para ellos sigues siendo un forajido-aclaró.

 

      -O tenían la boca demasiado grande-precisó Balduino-. Lo dicho: yo puedo fanfarronear mucho acerca de cómo derribar a puñetazos a Ulvgang en menos de un minuto. Cumplir con esa jactancia es otro tema. Quienes están en posición de dominadores soportan mal la posibilidad de pasar a ser dominados, y por lo que sé de Einar, es un tipo que gusta de sentirse poderoso. Obviamente no sería sencillo ahora para él darme trato de Caballero luego de haberme hecho apalear como a un forajido y de todos modos no necesita hacerlo, porque me supone humillado. Imagina que no me animaré a hacerle frente o a desafiarlo luego de la contundente paliza que me hizo dar.

 

      -Voy entendiendo-dijo Honney-. Si fuera cierto, para Einar sería muy jodido tener de repente frente a él a un Caballero, sobre todo si es uno a quien él hizo apalear tiempo atrás.

 

      -Exacto-aprobó Balduino-. Einar se rio cuando le hablé de los Wurms, no creyó que fueran reales. Desde entonces han pasado muchos meses, y las noticias vuelan. Decenas, cientos de mensajeros recorren Andrusia llevando noticias que tienen que ver con la guerra. Por estúpidos que sean Arn y Einar, es dudoso que lo sean tanto para seguir insistiendo en que los Wurms y la guerra contra ellos son inventos. En cuyo caso, Einar hizo apalear, no al forajido que él creía, sino a alguien enviado por la autoridad para proteger Freyrstrande de los Wurms. Idea que no debe gustarle ni medio, pero cree que todavía detenta cierto poder; que no me animaré a desafiarlo por temor a recibir otra paliza.

 

      -¿Qué piensas hacer?

 

      -Nunca fui bueno peleando a puñetazos, Honney. En mi niñez me inculcaron que sólo los villanos luchan así. Pero he visto peleas de ese tipo. Una vez vi a un grandote musculoso que trataba de obligar a un flaco escuálido a hacer no sé qué cosa. Por lo visto, no era la primera vez. Pero ese día, Honney, algo cambió: el flacucho se puso en actitud defensiva. El grandullón no esperaba eso. Quedó aturdido de la sorpresa, y el escuálido aprovechó esa confusión para golpear. Una vez, y otra, y otra, hasta derribar al musculoso...

 

      Balduino quedó pensativo y en silencio unos segundos.

 

      -Einar me ordenó, a través de otros, que me presentara en Kvissensborg-dijo al fin-. No iré. Esperaremos un tiempo prudencial. Ya dijimos que a Einar le gusta sentirse poderoso; conforme a ello, si viniese a buscarme por la fuerza es que está muy seguro de tener ese poder. Pero no lo creo tan bondadoso para dejarme en paz si no es porque teme que el chico escuálido lo harte a trompadas. Ya que le gusta bravuconear, sin embargo, le sería saludable hacerlo hasta el fin; porque en cuanto vacile, empezaré a golpearlo en sus puntos más débiles hasta derribarlo-suspiró, pero no había cansancio en tal gesto-. Aguardemos unos días más, Honney. La liberación de Tarian podría estar más próxima de lo que nosotros mismos imaginamos...

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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