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9 marzo 2010 2 09 /03 /marzo /2010 19:33

      Por un espacio de tres días nada extraordinario pareció ocurrir, excepto que Balduino, Anders, Snarki, Adam y Adler comenzaron sus lecciones de boxeo y lucha bajo la tutela de Gröhelle y Honney, quienes parecían disfrutar mucho de su rol de instructores. En rigor sin duda también Lambert hubiera necesitado de ese aprendizaje, pero Balduino entendió que no podía exigírsele tanto a sus años.

 

      El pelirrojo estaba más ducho con espadas y lanzas que con puños y llaves de lucha, muy impopulares entre los Caballeros; él mismo los consideraba métodos de defensa un tanto villanescos y salvajes. Pero teniendo motivos para recelar de todo el mundo, recibía de buen grado todo cuanto contribuyera a su autoprotección, y por lo tanto no se perdía detalle de lo que decían sus ocasionales instructores. Con él, Gröhelle y Honney eran particularmente duros y exigentes, como buscando desquitarse de él por verse obligados a obedecerle en todo o, quizás, para forzarlo a demostrar con hechos que no por nada era el jefe. A la hora de enseñarle se acababa el respeto para con él, y lo cubrían de insultos si hacía algo mal. Pero como era un alumno particularmente aplicado y los hacía quedar muy bien como maestros, pronto los llenó de orgullo.

 

      Anders, cosa que ya se había previsto la víspera, cometió el primer día el error de sobreestimarse. Cada vez se persuadía más de ser un Sansón o un Hércules, aunque su físico no estaba desarrollado a tales extremos; si bien, había que reconocerlo, era un joven vigoroso. Así que, en una prueba inicial para evaluar los conocimientos de cada uno, se adelantó, insoportablemente petulante, asegurando que para vencerlo tendrían que atacarlo, como mínimo, tres al mismo tiempo. Resultó de lo más ofensivo para él que Honney, irónico, lo enfrentara a Gilbert, quien como Kveisung parecía algo insignificante. Pero en menos de un minuto el joven se halló inmovilizado por el brazo de su engañoso contrincante, trabado en una implacable presa. Anders al principio no se inmutó demasiado, pero cuando sus adorados músculos no sirvieron para librarlo del trance, lo acometió un acceso de indignación e ira. Apretó los dientes, reunió todas sus fuerzas y las empleó en tratar de liberarse mientras su tez iba pasando sucesivamente del morado al violeta.

 

      Andrusier pasó como por casualidad cerca de los contendientes. Se llevó la diestra a la oreja correspondiente, como tanteando en busca del pedazo faltante, y preguntó a Anders, con teatral inocencia:

 

      -¿Qué, grumete, tienes estreñimiento? Hace rato que te veo haciendo fuerza, pero por lo visto la mierda sigue sin salir...

 

      Anders lo miro con ardientes anhelos de destriparlo. Forcejeó un poco más y por último, para gran humillación suya, debió darse por vencido. A modo de mortificación adicional, cuando todavía estaba el muchacho inmovilizado por el brazo de Gilbert, Honney se le acercó, con sus refulgentes y fieros ojos de gato salvaje más amenazantes que nunca.

 

      -Jamás, jamás fanfarronees delante de un Kveisung acerca de lo duro que eres-dijo, clavando aquellas verdes y temibles pupilas suyas en las de Anders, igualmente verdes pero ni por asomo tan felinas ni espeluznantes-. No nos gusta que nos desafíen, pero no eludimos los retos. Nosotros somos mucho, mucho más duros que tú y fanfarroneamos mejor, además-y ordenó a Gilbert:-. Suéltalo.

 

      Todos los espectadores estaban casi revolcándose de la risa, incluyendo a Balduino.

 

      -Ríe cuanto quieras; ya se te cortará la risa cuando nos pongan a luchar uno contra otro-le gruñó Anders, aunque también él no tuviera más remedio que sonreír.

 

      -¿Qué quieres que te diga, Anders?... No puedes decir que no te lo previne-replicó Balduino, riendo todavía.

 

      Y tras aquel bochorno, también Anders puso mucho afán por aprender.

 

      -¿Y tú?-preguntó Gröhelle a Snarki, acercándose a él-. Me parece que sería una gran pérdida de tiempo enseñarte a ti, gordo. Me haces reír. ¿Tú...luchador? No me lo imagino.

 

       -Es lógico. Los tontos no son muy imaginativos-dijo Snarki; y todos se quedaron de una pieza ante la inesperada respuesta, inusualmente osada en él.

 

      -Estás metiéndote en problemas-advirtió Gröhelle apuntando hacia Snarki con su índice derecho.

 

      -Ninguno será más grave que el que tú tienes con tu cara-replicó Snarki.

 

       -Bravuconeas mucho. Podría darte una paliza aquí mismo, pero me das lástima, gordo. Podrás haber encontrado tus agallas, pero sigue sin haber nada detrás para respaldarlas.

 

      -El señor Cabellos de Fuego te puso aquí para enseñar técnicas de lucha. Enséñamelas, y entonces habrá algo que respalde esas agallas. Salvo, por supuesto, que temas al resultado.

 

      -No te propases, gordo-dijo siniestramente Gröhelle.

 

      Se miraron los dos en silencio durante lo que pareció una eternidad. Balduino estaba admirado y orgulloso del cambio que se había operado en Snarki. El suyo ya no era un rostro de bebé regordete que empalidecía de miedo cada vez que merodeaba cerca uno de los Kveisunger, sino el de un hombre decidido a tomar al toro por los cuernos, a desembarazarse de sus temores de una vez por todas. probablemente advertía, por fin, que ninguno de sus temibles compañeros de reclusión, por mucho que amenazase, se atrevería a hacerle daño estando allí Balduino, y que en vez de guarecerse bajo tal protección le convenía aprovechar ese estado de cosas para armarse debidamente y salir a pelear cuando la situación lo requiriera.

 

      En cualquier caso, el único ojo de Gröhelle, azul como las profundidades del mar, se clavó en Snarki, intimidante, exigiendo sumisión; pero en vano. Entonces una sonrisa lobuna cruzó su semblante atravesado por infinitas cicatrices y rematado en barba chivesca, mefistofélica casi.

 

      -Bueno, al menos comienzas bien-dijo-. Veremos qué puede hacerse contigo.

 

       -Más vale que aprendas bien, gordo-amenazó Honney, desde la distancia-. Tengo cuentas pendientes contigo por las noches que pasé en vela gracias a tus putos ronquidos; así que, cuando estés listo, te las verás conmigo; y más vale que sepas defenderte, porque si no, te haré pedazos.

 

      -Yo también te amo, tesoro-se burló Snarki.

 

      Imposible saber si Honney hablaba en serio; pero hasta Balduino empezó a preocuparse por la actitud de Snarki.

 

       -¿Estás seguro de que te conviene hacerte tanto el gallito?-le preguntó, en un momento en que se encontraron ambos a solas-. Mira que, si los provocas tanto, no podré contenerlos eternamente.

 

      -Ya lo sé, ¿por qué crees que los provoco?-fue la sorprendente respuesta-. Así no tendré más remedio que aprender bien a defenderme, si no quiero que ésos me hagan carne picada. Además, debes reconocer que Gröhelle empezó. Nada nuevo, pero me estoy cansando.

 

      Aunque el protagonista estuviera más entrado en carnes, aquella era una variante de la misma historia del chico flacucho que harto de sufrir los abusos del grandullón musculoso se plantaba desafiante para matar o morir; así que, ¿qué podía Balduino decirle a Snarki?

 

      -Suerte. Creo que te irá bien, después de todo-respondió al fin.

 

      El que definitivamente no tenía remedio era Adam. El desgarbado larguirucho oía y veía, el menos en apariencia, cuanto hacían y decían Gröhelle y Honney; pero en el fondo no tenía interés en ello ni en ninguna otra cosa. Por lo tanto, sus avances eran nulos.

 

      -Gran puta, Adam, ¡hasta Hansi podría haber parado ese golpe!-exclamó en una ocasión Gröhelle, frustrado y harto, tras derribar a Adam de un no muy entusiasta derechazo-. ¡Haces que esto no tenga la menor gracia! ¡O te esfuerzas un poco más o, cuando sea una lucha verdadera, quedarás hecho puré en menos de dos minutos!

 

      Incorporándose trabajosamente al tiempo que escupía sangre a diestra y siniestra, Adam respondió:

 

      -Para lo que me importa...

 

      Y Balduino, malhumorado, después del segundo día excluyó a Adam de las lecciones. Lo hizo porque no hallaba manera de que aquel individuo reaccionase ante nada y porque, si él no la encontraba, no podía exigir mayores éxitos en esa materia a Gröhelle o Honney. Pero en lo tocante a Adam, y aun siendo muy pesimista, Balduino decidió que se acababa de perder sólo una batalla; una más, una muy resonante; pero todavía no la guerra.

 

      Las lecciones tenían lugar muy temprano, siendo lo primero que se hacía a la mañana, en coincidencia con las que otra persona, habitualmente Karl, impartía a Osmund y a Ljod. Antes de dejarlos marchar, Balduino examinaba personalmente sus avances con la jabalina y les daba aliento.

 

      Todo aquel asunto pronto despertó quejas por parte de Hansi y de Ursula, cada uno por sus propias razones. En el caso de Hansi, protestaba porque también él quería aprender a manejar la jabalina. A él, conformarlo no fue muy difícil.

 

      -Podría ser-aprobó Balduino, tras pensarlo un momento. No vendría mal que el mocoso supiera defenderse-. Pero habrá que hacerte una jabalina a medida.

 

      Y dio instrucciones a los gemelos Bjornson para que fabricaran el arma.

 

      -Me aburro. Yo podría encargarme de las lecciones de lucha y boxeo-protestó Ursula, por su parte.

 

      -Podrías, pero para nosotros sería un tanto humillante aprender de una mujer-repuso Balduino-, por no hablar de la difícil situación en que nos pondrías. Si no te golpeáramos, podrías seguir aporreándonos hasta hacernos papilla; si te golpeáramos, quedaríamos como unos bastardos por pegarle a una mujer.

 

      -Si ésta no es una mujer...-gruñó Honney.

 

       -Naturalmente que no lo soy, como que para mujeres contigo basta y sobra-contraatacó ella; a lo que siguió un fenomenal griterío por parte del resto de la dotación, festejando el incisivo insulto-. Sólo depílate, que con bigotes no quedas muy linda-recomendó; y volviéndose a Balduino, dijo:-. Pero él tiene razón: no pienses en mí como en una mujer. Yo soy simplemente Ursula-pero el pelirrojo persistió en su negativa.

 

      No había tenido ocasión Balduino, por el momento, de conocer debidamente a la giganta; sin embargo, estaba al tanto de una anécdota que se repetiría unas cuantas veces, hasta que todos aprendieran a cerrar la boca antes de descalificar a Ursula sólo por su condición de mujer: estando él ausente, se programó una cacería, de la que ella insistió en participar. Honney, Andrusier y los gemelos Björnson le hicieron abundantes burlas al respecto, diciendo que mejor se fuera a bordar. Y ella terminó abatiendo la única presa de buen tamaño, un ciervo.

 

      -A un animal de semejante alzada, cualquiera le acierta-se burló Honney.

 

      -Sí, si lo sabes encontrar. Se ve que no es ése tu caso-replicó ácidamente Ursula.

 

      Honney cerró la boca, porque él, efectivamente, no traía consigo ninguna presa; pero Andrusier, que había cazado un conejo, rebatió:

 

      -Podemos rastrear animales grandes, pero la puntería se demuestra con presas pequeñas.

 

      -Pequeñas como tu cerebro; pues con esa magnífica pieza de caza tuya no alcanza ni para un caldo para un inapetente, y por si no te han infromado, cazamos para reabastecer nuestras reservas de carne; así que, ¿para qué rastreas conejos?-replicó Ursula-. Pero si quieres que te demuestre puntería, la próxima vez te traeré algo pequeño.

 

     No hubo que esperar hasta la siguiente cacería. Por el camino, cuando regresaban, una perdiz alzó el vuelo tras unos helechos, y Ursula, que la detectó a tiempo, la derribó de un único y certero flechazo. Varios en el grupo, entre ellos Thorvald y Ulvgang, se apresuraron a felicitarla y manifestar que era un honor para ellos contar con tan experimentada compañera de cacerías. Pero los gemelos Björnson se mostraban taciturnos, Andrusier marchaba apretando los dientes y Honney directamente veía todo negro de rabia.

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Published by EKELEDUDU
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