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10 marzo 2010 3 10 /03 /marzo /2010 16:16

      El cuarto día después del regreso de Balduino llegaron a Freyrstrande, cada uno por su lado, dos enigmáticos forasteros, Hrumwald y Wjoland. Tan extraños eran, de hecho, que le inspiraron inmediato recelo, aunque por ese entonces él atravesaba un período en el que no apostaba demasiado por nadie. Tenía razones para ello. Su situación en Vindsborg no era todavía todo lo firme que él deseaba, ni lo sería al menos hasta conseguir la liberación de Tarian. Luego, estaba ese movimiento de jinetes que ya venía notando desde hacía un tiempo. Creía que la búsqueda de la misteriosa fugitiva por parte de los hombres de Arn no los explicaba del todo.

 

      Por lo tanto, la irrupción de caras nuevas en ese momento equivalía a irrupción de caras sospechosas, sólo por el mero hábito de desconfiar y porque tanto Hrumwald como Wjoland contribuyeron a que, al menos al principio, se dudase un tanto de ellos. ¿Qué podía saber Balduino hasta qué punto puede ser misterioso, absurdo e inesperado el destino, aun habiéndolo experimentado en su propia persona?

 

      Hrumwald fue el primero en llegar, alrededor del mediodía. Todos habían estado ocupados clavando, tras la única empalizada erigida hasta el momento, unas barras metálicas de punta aguzada, forjadas por los gemelos Björnson. Balduino quería que estuvieran lo más firmes posible, y estaba volviendo locos a todos, ya que la firmeza por él pretendida parecía inalcanzable; nunca estaba conforme con los resultados.

 

       Cuando por fin daba la impresión de que estaría satisfecho con los resultados, todos le vieron sumergirse en una inquietante introspección. Por amargas experiencias anteriores sabían que en él eso era un augurio nefasto, y se preguntaron con qué se saldría.

 

      -¡Alto! ¡Alto!-exclamó de pronto el pelirrojo, moviéndose de un lado a otro y agitando los brazos por encima de su cabeza-. Suspended todo. Hay que retirar las barras.

 

      -¿Qué?-gritó Anders, desesperado-. Balduino, ¡no nos hagas esto!... ¡Perdimos toda la puta mañana tratando de colocarlas como tú querías!

 

      La suya fue la más suave de las reacciones. Lambert sentenció que Balduino estaba haciendo muchos méritos para ser peor que su difunta esposa; si bien, agregó, todavía le quedaba un muy largo trecho que recorrer antes de alcanzarla y superarla. Honney y Gröhelle lo amenazaron con desquitarse con él al día siguiente, durante las prácticas de boxeo y lucha. Y por todas partes se oían insultos de grueso calibre, algunos indescifrables o casi indescifrables por provenir de la particular jerga pirata; y por suerte, porque su significado debía ser tan repugnante como para que una cloaca, por comparación, pareciera salubre y fragante.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, te apreciamos de corazón...-dijo Per Björnson.

 

      -...pero hoy nos tienes las pelotas infladas-concluyó Wilhelm.

 

      -Mira eso, señor Cabellos de Fuego-gruñó hoscamente Ulvgang, con cara de pocos amigos, señalando un tenebroso nubarrón en un día por lo demás bastante soleado-. Te aseguro que comparado con mi humor actual, eso es blanco como la nieve. Explícanos al menos por qué cambiaste de parecer, y resulta ahora que debemos volver a sacar tus queridas y reputísimas estacas metálicas que tanto insististe en que afirmáramos mejor.

 

      Casi gritaba al final de su discurso. Balduino no se amedrentó.

 

      -He pensado-respondió-que será mejor que las barras rematen en filo y no en punta. la cosa es así: se derriba la empalizada... crac... Madera astillada aquí y allá. Si las barras rematan en punta, los Thröllewurms quedan ensartados, forcejean para liberarse y como son fuertes, acaban  derribando también la estaca, y consiguen zafarse. Pero rematadas en filo y dispuestas  en forma perpendicular al mar, los Thröllewurms quedan ensartados en las estacas y tratan de liberarse también pero, como tienen filo, ellos avanzan y las estacas desgarran aún más las carnes de los reptiles.

 

      -Balduino, te odio-gimió Anders-. No entiendo del todo tu idea, pero no dudo de que sea buena; sin embargo, ¿no se te podía ocurrir todo eso antes de hacernos sufrir como cochinos para clavar las malditas estacas como tú querías? Ya hay unas cuantas clavadas; al menos deja ésas. Después de todo, si los Wurms vinieran ahora, mejor ésas que ninguna, ¿no?

 

      -Bueno, podemos reemplazarlas más adelante-consintió Balduino, y todos le dedicaron miradas asesinas; de modo que prefirió no insistir mucho por el momento-. Pero no clavéis ni una más. Per, Wilhelm: transformad en filos las puntas de las barras restantes. Y para relajarnos, examinemos un poco la catapulta y dadme vuestra opinión acerca de cómo construir otras.

 

     -¡Sí! ¡Mejor!..-exclamó Ulvgang, sonriendo sarcásticamente.

 

      Así que todos se congregaron en torno a la catapulta, discutiendo algunos detalles sobre su diseño y construcción. Y estaban en ello, cuando Anders vio hacia el Oeste algo que Balduino no advirtió, porque se hallaba a sus espaldas.

 

      -¡Eh!... ¿Qué hacen esos dos con mi caballo?

 

      Balduino giró la cabeza. Efectivamente, dos figuras se acercaban a lo lejos, caminando a paso lento; y una de ellas llevaba de la brida a un hermoso caballo blanco.

 

      -¿Seguro que se trata de Slav? Cerciórate-aconsejó; y cuando Anders, perplejo, constató que Slav pastaba en la colina detrás de Vindsborg, la cosa se volvió todavía más enigmática.

 

      Porque caballos hermosos como Slav o como aquel que se acercaba a Vindsborg no se veían con frecuencia; y los que había eran todos propiedad de la nobleza. Pero ¿qué hacía un noble en una playa solitaria y agreste como Freyrstrande? De inmediato, Balduino sospechó del Conde Arn: tal vez estuviera buscando personalmente a la fugitiva. Pero en ese caso sin duda hubiese venido acompañado de una fuerte escolta armada y montada, no de un solo individuo a pie. Y encima, ese único individuo que acompañaba al que traía al caballo por la brida, ahora que Balduino lo veía mejor, parecía ser nada menos que Kurt.

 

      -Voy a aclarar esto. Ya vuelvo-gruñó Balduino, intrigado.

 

      Era cierto: uno de los que allí venía era Kurt. Al otro, el que conducía al caballo, estaba seguro de no haberlo visto jamás. El rostro de éste era tosco, como el de Kurt, pero mucho más feo que el de éste a causa de un acentuado prognatismo; la expresión de sus ojos, sin embargo, era de absoluta mansedumbre y tal vez de tristeza oculta y convertida en hábito. Ese detalle le daba cierto aire querible.

 

      En suma, el sujeto sin duda no tenía ni una gota de sangre noble en sus venas; pero tampoco parecía un ladrón de caballos, lo que seguía espesando más y más el misterio.

 

      -¡Hola, amigo!-saludó alegremente Kurt al hallarse junto a Balduino y estrecharle con fuerza la diestra, con su habitual y rústica pero siempre espontánea cortesía-. Te presento a mi primo Hurmwald-y el mentado saludó talmente como lo había hecho Kurt.

 

      -¿Primo?-preguntó Balduino, desconcertado-. ¿Y de dónde salió? El único primo que te conozco es Thorstein el Joven. No sabía que tuvieras otro.

 

      Kurt rio de buena gana; y su risa franca, espontánea y sincera contagió, no sólo al desconocido primo, sino también al pelirrojo.

 

      -¡Yo tampoco, amigo!-exclamó-. La cosa es así...

 

       Se inclinó sobre la arena y empezó a dibujar lo que pretendía ser un rudimentario árbol genealógico con miras a demostrar qué parentesco lo unía a Hrumwald. No fue fácil porque Kurt, analfabeto, recitaba nombre tras nombre a medida que dibujaba líneas en la arena. El, por supuesto, no tenía la menor dificultad para recordar su propio recitado onomástico, pero al tercer o cuarto nombre Balduino ya estaba mareado y no entendía nada de nada. El viento no colaboraba en lo más mínimo, borrando los trazos hechos por Kurt en la arena, los cuales él se empeñaba en dibujar de nuevo al tiempo que recapitulaba su historial genalógico.

 

       -Creo que ya entendí-mintió Balduino, sintiendo que si aquello seguía prolongándose, Kurt lograría dormirlo de pie y con más eficacia que todos los puñetazos recibidos en las lecciones de boxeo juntos.

 

      -Ah, pero es que todavía no termino-dijo Kurt, para consternación, no sólo de Balduino, sino del propio Hrumwald-. ¿Cómo sigue esto, primo? Aquí viene la parte que sabes mejor que yo. Ayúdame, que si no, mi amigo no entenderá.

 

      De mala gana, Hrumwald accedió a la petición de Kurt, pero se notaron sus esfuerzos por ser más breve que su primo.

 

      -Y entonces, yo estaría aquí-concluyó, señalando un círculo dibujado bajo una de las líneas del árbol familiar-, y Kurt aquí-y señaló otro, ya muy deformado por el viento.

 

      Por supuesto, Balduino entendía menos con ayuda del dichoso e improvisado árbol familiar que sin ella, pero parecía que el parentesco entre Kurt y Hrumwald era bastante lejano.

 

      -Mi abuelo vivió aquí, pero se marchó; su hermana, la abuela de Kurt, quedó aquí-explicó el prognato Hrumwald.

 

      -Ya veo-dijo Balduino, a quien le decía más tan escueta explicación que todo el vasto árbol genalógico dibujado por Kurt, del cual, para fines explicativos, podrían cuando menos haberse podado unas cuantas ramas.

 

      Tomó nota de que Hrumwald era al parecer más listo que su primo lejano, puesto que entendía que los dibujos de éste enredaban más de lo que aclaraban. Y tomó también nota de que parecía de lo más amable, ya que en vez de reprender a Kurt se contentó con sintetizar lo esencial del complicado árbol genalógico, como si su intervención fuera apenas un comentario al margen. Claro que podía ser simple amabilidad de recién llegado mendigando aceptación, y que cuando entrara en confianza ya no fuese tan educado.

 

      -¿Cuándo llegaste a Freyrstrand, Hrumwald?-preguntó Balduino.

 

      -Ayer, cuando el sol se iba-contestó Hrumwald.

 

      -Tu caballo es muy hermoso-dijo, como si fuera sólo un comentario admirado, cuando en realidad pretendía ser el prólogo de un estrecho interrogatorio respecto a la procedencia del animal.

 

      El feo rostro de Hrumwald se iluminó con una sonrisa soñadora.

 

      -Sí. Me gustan los caballitos...-respondió.

 

      Tal réplica descolocó a Balduino mucho más de lo que ya estaba. ¿Cómo que me gustan los caballitos? ¿Y ese tono infantil? ¿Y el diminutivo, a qué venía? Y la voz de Hrumwald, masculina y agradable, pero a la vez suave como la seda, contrastaba demasiado con su aspecto tosco y prognato; por lo que se tenía la impresión de que sólo movía los labios fingiendo pronunciar mientras otro hablaba por él.

 

      Balduino se sintió entre la espada y la pared. Por donde quiera que se lo mirase, Hurmwald era una anomalía que debía investigarse; y sin embargo, parecía casi blasfemo desconfiar de aquel hombre que tenía semejante aire bondadoso e ingenuo.

 

        Kurt ya llevaba callado demasiado tiempo para lo habitual en él, y era como para temer que tal silencio fuese alarmante síntoma de enfermedad grave. En realidad esto era cosa de familia, porque los dos Thorstein, el Joven y el Viejo, puestos a perorar, eran todavía más parlanchines que su respectivo primo y sobrino. A la única mujer de la familia, la esposa del segundo de los mentados, Balduino todavía no la conocía tanto como para opinar al respecto.

 

       Así que Kurt, como para probar que su estado de salud era óptimo, dijo de repente, con esa sonrisa suya a medio camino entre la inocencia y la picardía que lo hacía parecer una versión adulta de Hansi:

 

      -Amigo, Hrumwald quiere quedarse aquí y criar cerdos. Entiende mucho de eso. Sabe adiestrarlos para que encuentren trufas. Sabe preparar embutidos de cerdo. Tú imagina nada más, amigo-se pasó la lengua por los labios, en un cómico gesto goloso-: jamón, salchichas, paté...

 

        Balduino sintió que también a él empezaba a hacérsele agua la boca.

 

      -¿Y, amigo, qué dices?-preguntó Kurt, siempre sonriente.

 

      -¿Respecto a qué?-preguntó Balduino-. ¿A lo de criar cerdos? Sí, es buena idea-y no dijo más, porque tenía el presentimiento de que Kurt se saldría, cosa típica en él, con algo insólito o absurdo.

 

      Y su presentimiento fue acertado...

 

      -Falta algo-dijo Kurt, con mucha ansiedad y gesticulando como pretendiendo que Balduino recordara algo ya hablado previamente.

 

       Lástima que Balduino no tenía la menor idea de qué podía tratarse.

 

      -¿Dinero?-inquirió con vacilación.

 

      -¡Pero no, amigo, no!-exclamó Kurt, como dolido de recibir tan errónea respuesta, siendo que la correcta era a su juicio tan obvia-. Lo que falta es tu permiso, como señor de estas tierras, para que él se asiente aquí.

 

      -¿De qué estás hablando?-preguntó Balduino, perplejo-. ¡Ese permiso tiene que solicitárselo a Einar, no a mí!

 

      -Amigo, el señor de estas tierras eres tú-insistió Kurt, recalcando sus palabras con su índice derecho.

 

      -Os aseguro, señor-intervino Hrumwald, siempre con esa suave voz suya-, que os pagaré ya mismo mi derecho-y antes de que Balduino pudiera responder, abrió una de las alforjas que colgaban a ambos lados de su montura.

 

      Ante la mirada atónita de Balduino, de la alforja abierta cayeron unas cuantas monedas de cobre, de plata y de oro. El pelirrojo se desesperó de espanto y miró a sus espaldas. Algunos de sus hombres, entre ellos los gemelos Björnson y Ulvgang, se habían ido acercando de a poco, y ahora eran inconvenientes testigos de la catarata de monedas, de la que al menos aquella alforja estaba repleta.

 

       -¡Gua... Guarda eso!-balbuceó Balduino con auténtico horror. Aquello era tentar al diablo.

 

      Superada la sorpresa, Per y Wilhelm se acercaron a Hrumwald, quien se había agachado a recoger las monedas esparcidas en la arena.

 

      -¿Eres tonto? Jamás debes permitir que nadie vea esto...-comenzó Per.

 

      -...¡porque la gente es una mierda!-sentenció Wilhelm; y se inclinó, como su hermano, a ayudar en la recolección de monedas.

 

      -Y si alguien te ve con tanto dinero...

 

      -...hará lo que sea para quitártelo.

 

      -¡Hmmm! ¿Incluso ayudar en la recolección de monedas?-preguntó Balduino, lanzando una significativa mirada a cada uno de los gemelos.

 

      De mala gana, Per y Wilhelm devolvieron la moneda de cobre que cada uno de ellos acababa de hurtar. Antes de dárselas a Hrumwald, quien estaba demasiado distraído buscando más monedas para tomar nota del hurto frustrado, las miraron como despidiéndose con mucha pena de un ser amado, y se las metieron en la boca y las mordieron para comprobar que fueran auténticas; pues no podían creer lo que veían sus ojos, y tanta abundancia de monedas daba qué pensar.

 

      -Es cierto-opinó Balduino-. No deberías dejar que esto lo vea cualquiera.

 

       -Ya lo sé-contestó Hrumwald, incorporándose de nuevo tras juntar las últimas monedas-, pero Kurt dice que aquí la gente es buena.

 

      Vindsborg albergaba siete antiguos piratas Kveisung, dos ex-salteadores, un secuestrador ocasional y fallido, un asesino de su propia esposa, un traficante y consumidor de Sales de las Brujas y un hombre acusado de matar y violar a una niña. Al parecer, Kurt veía tales antecedentes como simples anécdotas de las que podía acordarse uno de tanto en tanto, y nada más; porque cuando Balduino lo miró como reprochándole decir tonterías, él abrió los brazos, y con sus ojos pareció retarlo a encontrar siquiera una única mala persona en cien leguas a la redonda.

 

      -Os lo ruego, señor, decidme cuál es el precio a pagar-dijo Hrumwald-. Sólo pido que me dejéis el suficiente dinero para tener con qué empezar.

 

      En un campesino, caballo blanco como el de Hrumwald más dineral como el que éste llevaba en la alforja olía a ladrón; pero Balduino se alivió al descubrir que no era problema suyo. Sin duda decidir que no lo era resultaba impropio de un Caballero, pero consideró que, por una vez, podía permitírselo.

 

      -Es que eso tendrás que arreglarlo con Einar de Kvissensborg, el señor del lugar; pero te recomiendo que seas prudente y que no le dejes ver todo el dinero que tienes, o excitarás su codicia y te dejará más desnudo que Adán.

 

      -¡Einar!-protestó Kurt, indignado-. Primo, no le hagas caso. El es el señor de Freyrstrande.

 

      -Kurt, escucha...

 

      -Amigo, el señor de Freyrstrande eres tú. Y te callas la boca.

 

      Balduino sonrió sarcásticamente.

 

      -Vaya autoridad señorial la mía, si mis propios súbditos me hacen callar-dijo-. No, Hrumwald, en serio: no es conmigo que tienes que arreglar esto.

 

      -Amigo, ¡mira que eres testarudo!...-porfió Kurt, poniendo una mano en el hombro de Balduino-. ¿Quién nos cuida aquí? Tú, no Einar. Tú eres el señor de estas tierras.

 

      -Kurt-contestó Balduino, entre el enojo y la frustración. era difícil tratar de ciertos temas con aquel estólido y joven criador de renos-: Einar no me cae bien ni en sueños; pero el vasallo del Conde Arn es él, no yo; y en estos momentos no puedo darme el lujo de tener problemas con uno ni con otro...

 

      Era cierto. Como Caballero, no estaba obligado a comparecer ante Einar, por más que éste se lo requiriera como lo había hecho hacía poco; pero si sin excusa alguna se atribuía dignidades señoriales que no eran las suyas, se arriesgaba a que su propia Orden lo entregara a las autoridades para castigarlo.

 

      -De veras no puedo hacer nada por ti. Lo lamento-concluyó.

 

      Kurt quedó carilargo y miró a Balduino con ojos de reproche.

 

      -No quiero causar problemas a nadie, señor. Me iré a otra parte-dijo Hrumwald, visiblemente apenado-. Igual os lo agradezco, señor.

 

      Su triste tono resignado hizo que el instinto protector de Balduino levantara cabeza una vez más, librando fiera batalla con su cautela.

 

       -Ven, Hrumwald-suspiró el pelirrojo, dándose por vencido; y llevándose aparte al prognato criador de cerdos, añadió:-. Quiero que me mires a los ojos y me digas de dónde obtuviste ese caballo y esas monedas.

 

      Y Hrumwald se explayó largamente en una historia de dudosa credibilidad, diciendo que había servido mucho tiempo y bien a cierto noble de Norcrest, y que éste lo había recompensando regalándole tanto el caballito (sic) como el dinero. Más al Sur, donde la mayoría de los nobles eran avaros hasta dar asco si no era para hacer ostentación, la historia habría parecido un burdo invento de cabo a rabo; pero ni allí hubiera sido del todo imposible que, para alardear de generosidad y magnificencia, un señor feudal derramara riquezas sobre un siervo fiel. Sin embargo, Hrumwald dio a entender que había dejado todavía más dinero en su hogar. ¿Cuál era el límite de las larguezas y prodigalidades de un señor feudal hacia un súbdito muy querido?

 

      -Y si tu señor te favorecía tanto, ¿por qué lo dejaste?-preguntó Balduino-. Tal vez te convendría volver con él.

 

      Ahí se produjo la primera y única vacilación de Hrumwald en sus respuestas, pero ni aun así pareció pescado en falta.

 

      -No sé, señor, si tengo algún lugar al que pueda volver-dijo finalmente, entre turbado y afligido.

 

      -¿Temes que los Wurms hayan arrasado tu tierra?-preguntó Balduino.

 

      -No, señor, no es eso...

 

      Por la expresión en el rostro de Hrumwald se habría dicho de éste que acababa de enterarse de que un monstruo que lo hubiese amenazado durante mucho tiempo y al que creyera haber dado muerte continuaba vivo y más feroz que nunca. Balduino no quiso profundizar más sobre el tema. Creía saber de qué podía tratarse.

 

      -No te preocupes. No eres el único. Una vez yo tampoco tuve adónde volver, supongo que por motivos parecidos a los tuyos; y sé lo que se siente. Ven, volvamos con los otros-dijo, palmeando las espaldas de Hrumwald y pensando de prisa en diversas cosas.

 

      Hrumwald le parecía demasiado misterioso, y su relato arrojaba múltiples sombras de duda; pero a la vez veía tal transparencia en sus ojos y en su voz, que le parecía inconcebible que estuviera mintiendo. Además, era aceptable que un porquero poseyese cierto candor, pero un ladrón que exhibiera su botín como exhibía él sus monedas no merecía ser calificado de cándido sino directamente de estúpido.

 

      Lo que de alguna manera molestaba a Balduino era que una buena distancia separaba Norcrest de Freyrstrande y, por lo que decía Hrumwald, éste no había cubierto ese trecho a marchas forzadas ni mucho menos sino, por el contrario, deteniéndose varias veces aquí y allí, y hasta contemplando la posibilidad de establecerse en cada sitio al que llegaba de paso. Siendo tan cándido no se entendía del todo que durante ese tiempo nadie lo hubiese robado. Pero había que forjarse una imagen cuando menos provisoria de Hrumwald; de modo que Balduino concluyó que la candidez no necesariamente iba reñida con cierta cautela y que, además, algunas personas de veras parecen tener un ángel de la guarda velando por su integridad física hasta quedar exhausto.

 

      -Podrás quedar aquí sin necesidad de pedirle permiso a Einar-anunció finalmente Balduino a Hrumwald, después de mucho pensarlo.

 

      -¡Así se habla, amigo!-exclamó Kurt, exultante-. ¿Has visto como yo tenía razón, y que el señor de Freyrstrande eres tú?

 

      -Kurt, ¡ni se te ocurra andar diciendo por ahí que yo le di permiso a Hrumwald porque soy el señor de Freyrstrande, pues no lo soy!... Tendremos que tener mucho cuidado-dijo Balduino-. Ese tal Einar, Hrumwald, es un cerdo también, pero te aseguro que ni regalado lo querrías en tu chiquero.

 

      -Así me han dicho, señor, y por eso no quería tratar con él-respondió Hrumwald.

 

      -Por nada del mundo debe sentir o sospechar Einar que estamos desafiando así su autoridad; no, al menos, hasta que se presente el momento adecuado-prosiguió Balduino-. Es cobarde, dañino y traicionero, y tiene poder. A alquien así no se lo puede atacar frontal y valientemente si se está en clara desventaja. Y en este caso, la desventaja no sería sólo numérica.

 

      -Amigo, tú nos dices qué debemos hacer, y nosotros lo hacemos-intervino Kurt, mirando muy serio a Balduino.

 

      -Permanecerás en Freyrstrande, Hrumwald, pero todavía no te establecerás por tu cuenta ni comprarás los cerdos. Te quedarás con todo tu dinero, pero no gastarás ni una moneda sin consultarme antes. Vivirás en casa de Kurt y allí ocultarás el dinero en un lugar seguro, adonde nadie lo pueda hallar excepto tú y aquellos en quienes confíes el secreto. Ultimamente, según me enteré, el Conde Arn está moviendo a sus hombres de aquí para allá buscando a una persona fugitiva.

 

      -¡Sí, sí!...-exclamó Kurt-. En casa también estuvieron. revisaron cada hogar.

 

      -Puede que Einar, como obsequioso vasallo de Arn que es, prosiga por su cuenta la búsqueda en Freyrstrande. Si esto ocurre, tal vez te identifiquen como cara nueva en Freyrstrande, y querrán saber quién eres y qué haces aquí. Por lo tanto, si te hallaran en casa de Kurt, podrás decir una verdad a medias: eres primo de él, y su huésped por un  tiempo. Por suerte, para la hospitalidad no rige aún pago de derechos alguno, impuestos ni nada por el estilo. Y como por el momento les interesará más encontrar a la fugitiva que buscan, no te prestarán atención. Después de un tiempo, cuando yo te indique, entrarás a trabajar al servicio de la vieja Herminia, como porquero...

 

      -¿Herminia?-preguntó Kurt con cara de susto-. ¡Amigo!...

 

       -Kurt, ya sé que es una vieja insufrible, pero no queda otro remedio. Veré si puedo domesticarla un poco para que a Hrumwald no le resulte tan duro tratar con ella. Pero es necesario hacerlo de esa manera para no llamar la atención. Cuando pases al servicio de Herminia, Hrumwald, comprarás un par de puercos, que llevarás al chiquero de ella. Parecerá que la vieja, con dificultad, logró ahorrar y comprarse esos cerdos, uno de los cuales, por otra parte, le cederás a ella en compensación de cualesquiera molestias que pudiéramos causarle. Con  más cerdos que cuidar, no llamará la atención que una anciana como ella necesite de un porquerizo y, si te preguntan, dirás que trabajas para ella a cambio de la comida y de un par de crías, cuando las haya. Llegada la temporada de cría, además de las que nazcan en el chiquero de Herminia, podrás comprar algunos marranitos en la feria de Vallasköpping. Así, de a poco, te irás haciendo de unos cuantos animales, y cuando te establezcas por tu cuenta los pasarás del chiquero de Herminia al tuyo. Si todo sale bien, eso podrá ser más o menos en un año. Tal vez antes, no sé. Si algo saliera mal, veremos sobre la marcha cómo solucionarlo; ¿de acuerdo, Hrumwald?

 

      -Sí, señor, muchas gracias-contestó Hrumwald, estrechando la mano que le tendía Balduino.

 

      -Tú mandas, amigo, nosotros te obedecemos-dijo Kurt, colocando una mano en el hombro de Balduino, a quien miraba con mucho respeto y devoción-. Visita de tanto en tanto a Gudrun. Necesitas una mujer. En serio, amigo.

 

      -Tengo demasiadas cosas en qué pensar, Kurt-contestó Balduino, enrojeciendo.

 

      Y no mentía; pero hubo de reconocerse a sí mismo que para sus adentros agradecía tener tantos asuntos que atender. Temía al posible rechazo por parte de Gudrun; aún más temía que ella lo aceptara e iniciasen una relación que luego quedara trunca por un motivo o por otro; pero al mismo tiempo, con sólo recordarla lo acometía un vendaval de extrañas emociones que nunca había sentido frente a otra mujer y que superaba incluso al deseo físico que su visión hacía nacer en su cuerpo.

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