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23 noviembre 2009 1 23 /11 /noviembre /2009 18:49

    No cabía duda, en efecto, de la relación expuesta por Erlendur. Los dragones en cuestión nada tenían que ver con los ejemplares que se conocían en Nerdelkrag, adonde, más al Sur, se llamaba dragón a cualquier criatura, real o imaginaria, de forma reptiliana y tamaño monstruoso. En el Norte se hacía una marcada diferencia entre dos especies, los Drakes y los Wurms. Los primeros eran enormes y podían volar pero, aunque a veces se pretendiera lo contrario, se mostraban en general pacíficos con los seres humanos. Estos eran los únicos dragones reales que había en el Reino, pero en el Norte se tenía una cierta noción de otros, los Wurms, más una pesadilla perpetuada en leyendas muy antiguas que algo de existencia concreta y confirmada. Se hablaba de dioses míticos y héroes fabulosos que habían luchado contra ellos pero, en general, su existencia era recibida con escepticismo entre las clases altas, que detentaban el poder y que ahora, desesperadamente, revolvían libros polvorientos tratando de reunir información útil para enfrentarse a aquellos monstruos cuya idea, hasta pocos días antes, les inspiraba sólo burlas. Entre las clases bajas, donde la calamidad y el heroísmo  estaban siempre presentes incluso en lo cotidiano, la incredulidad siempre había sido menor, porque sabían que la Desgracia nunca se harta lo suficiente, y que cualquier mal imaginable permanece aletargado esperando el momento de despertar y hacer daño; pero ni en este caso la imaginación hacía justicia a la realidad.

 

      Porque lo cierto era que los Wurms eran mucho más peligrosos de lo que se pensaba. En las leyendas antiguas, un héroe fuerte y valeroso acababa con ellos tras denodado combate; en la vida real, parecía difícil que todo un ejército pudiera enfrentárseles exitosamente.

 

      Los Wurms -según constaba en las antiguas fuentes consultadas a toda prisa por quienes tendrían la misión de defender las ciudades costeras de Andrusia Occidental y, tal vez, el Reino entero- habitaban las Islas de la Bruma, tierra de difícil localización, pero sin duda ubicada a remotas distancias de Nerdelkrag. Existían entre ellos dos castas muy bien definidas, los Jarlewurms y los Thröllewurms. Estos últimos eran guerreros serviles de los primeros, muy semejantes, según  las descripciones de crónicas contemporáneas, a los reptiles que llamamos cocodrilos, pero más grandes. En el mar eran espantosamente mortíferos, capaces de horadar a golpes de sus tremendos lomos acorazados los cascos de los barcos más grandes y resistentes; en tierra su eficacia menguaba, pero aun así su gruesa piel los hacía casi invulnerables, excepto en el dorso del cuerpo, en general más blando; el resto estaba cubierto de placas tan duras como una malla metálica. No podían echar fuego.

 

      Los Jarlewurms eran algo así como príncipes o aristócratas, los señores de las Islas de la Bruma, y a ellos se sometían los Thröllewurms. No tenían la piel tan dura como estos últimos pero, de todos modos, no era fácil atravesarla. Su cuello era muy largo, vomitaban cataratas de fuego y brea candente y sus patas eran más largas y robustas que las de los Thröllewurms, lo que les daba mayor movilidad que éstos en tierra firme. Tenían enormes alas, pero de naturaleza quebradiza, que no les servían para volar, sino apenas para aprovechar el viento favorable al propulsarse por mar, al modo del velamen de un barco. Estos eran, por lo tanto, los que Erlendur Ingolvson y sus hombres tomaron por drakkars.

 

      Los Wurms tenían fama de especie guerrera, conquistadora; y sus príncipes, los Jarlewurms, de codiciosos guardianes de tesoros. Los Bersiker habían luchado contra ellos en su primitiva Patria, la Ultima Thule; y las crónicas escritas que se preservaban en el Norte de Nerdelkrag, diferentes de las fantasiosas tradiciones orales, eran los relatos de esas luchas. Algunas veces, las historias más creíbles concluían con una victoria de los Bersiker, si se empleaba la astucia y se elegía un campo de batalla favorable; las más de las veces concluían en muerte, sangre y ruinas humeantes o, en el mejor de los casos, con el pago de un rescate para que los reptiles no atacaran. Pero debe agregarse que en este último caso los Wurms exigían barcas tripuladas que llevaran el rescate a los pies del VodVorag, título de realeza del Señor de los Wurms, soberano de las Islas de la Bruma; y por numerosos lamentos compuestos por madres desesperadas y esposas convertidas en viudas se sabía que ni barcos ni tripulantes retornaron jamás al puerto de partida.

 

      Estos eran los enemigos que ahora amenazaban el Norte del Reino, atraídos tal vez por difusos rumores de una tierra pródiga en alimentos y riquezas. Sin duda habían arribado primero a las Gröhelnsholmene, alborotando y desplazando a los principales pobladores de esas islas: los grifos. Hambrientos y sin hogar, éstos habrían emigrado primero a islas más meridionales, adonde tal vez habrían sido rechazados por sus congéneres o donde, quizás, el alimento fuera insuficiente para una población de grifos tan numerosa; de modo que, de allí, varias bandadas pasaron al continente. Era comprensible que el hambre los volviera tan feroces incluso con  la especie humana.

 

      Las ballenas y los delfines, a su vez, se habían aterrado al ver el Mar de Nerdel súbitamente invadido por criaturas cuya forma y naturaleza les eran extrañas. Esto provocó que ambas especies se internaran por canales que antes no solían frecuentar. Algunas manadas, huyendo de los Wurms, acababan varadas en la playa, tal como se las había visto. Tras las ballenas y delfines, a su vez, fueron los monstruos que se nutrían de ellos. Quizás esos mismos colosos del océano estuvieran intimidados por la presencia de los Wurms en sus dominios.

 

      Más al Sur, en las Kveisungersholmene, los piratas no habían dejado de advertir la amenaza que ahora se cernía sobre ellos. Tal vez en ese momento logró Blotin Thorfinn reunir una gran flota bajo su mando. En efecto, no era lógico pensar que podrían salir victoriosos de una lucha contra tan temibles oponentes, y aún lo era menos imaginar que hallarían clemencia, si la solicitaban en los puertos del continente para salvarse de la ira de los Wurms. Además, en el mejor de los casos, y admitiendo que esquivasen horcas y cárceles , la miseria los hubiera obligado a una vida de mendicidad o de trabajo honesto, y los Kveisunger no estaban hechos para ninguna de las dos cosas. Por consiguiente, sólo les quedaba aunar fuerzas, saquear los puertos más ricos y luego, con abundante botín, desembarcar en alguna playa desierta y repartir lo robado para iniciar una vida de riquezas, cada uno por su cuenta, en alguna ciudad de tierra adentro, donde sus caras fueran menos conocidas. Esa había sido el plan de la mayoría, pero no de todos. Una parte de los Kveisunger decidió atrincherarse en Broddervarsholm y luchar contra los Wurms si éstos los atacaban. Algo más de un lustro más tarde, una nave de Drakenstadt desembarcó en ese sitio, hallándolo en ruinas. Tantos signos de una valerosa resistencia contra los Wurms se hallaron, que cuando la noticia llegó a Drakenstadt no se pudo menos que honrar el coraje de aquellos aborrecidos pero heroicos enemigos, aunque posteriormente Broddervarsholm volvió a alzarse como un poderoso baluarte pirata y Drakenstadt lamentó que los Wurms no hubiesen hecho mejor su devastadora tarea.

 

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Published by EKELEDUDU
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