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25 noviembre 2009 3 25 /11 /noviembre /2009 19:00


   La gran mayoría de los poderosos de Ramtala se enfurecieron contra Erlendur Ingolvson por romper su juramento de silencio revelando al pueblo lo que se trataba de mantener en secreto, y exigieron llevarlo a juicio bajo diversos cargos, perjurio entre ellos; pero el hermano del Conde de Ulvergard se opuso. Thorstein Eyjolvson sabía que Erlendur sería sentenciado a muerte por sus obtusos mandos militares si se lo llevaba a juicio, porque los orgullosos oficiales rara vez eran clementes con quienes desobedecían sus órdenes. Pero en el Hammersholmsunde, frente a aquellos tres Wurms, Erlendur había demostrado valor y prudencia en dosis equilibradas, las cuales serían necesarias para defender Ramtala en caso de que los gigantescos reptiles la atacaran, y Thorstein declaró que por ningún motivo las sacrificaría inútilmente.

      Además, estaba el hecho de que el pánico provocado por la noticia se compensaba en parte por la arenga con que Ingolvson había levantado la moral del pueblo. Fuera de Ramtala, la noticia se expandía ahora con la rapidez fulminante de una plaga. Los ricos mercaderes, en general, embalaban sus cosas y huían hacia el Sur, y lo mismo algunos nobles; pero la mayoría de éstos eligió quedarse aunque más no fuera por dignidad. A los pobres no les quedó más remedio que continuar con su vida de siempre, en la mayor parte de los casos; pero se sentían más tranquilos ahora que al menos sabían exactamente qué peligro los amenazaba, y en Drakenstadt el pueblo se puso masivamente al servicio de sus señores. Por lo tanto, Erlendur Ingolvson obtuvo, sin juicio alguno, el perdón de su señor el Conde de Ulvergard y la indulgencia de la Iglesia, gracias a la intervención de Thorstein Eyjolvson. A dicha intervención, un día, agradecería Ramtala el seguir existiendo, cuando Erlendur encabezara la defensa contra los Wurms.

 

      El Reino entero, de muchas maneras, estaría en lo sucesivo en enorme deuda con Thorstein Eyjolvson en los años venideros, gracias a su actuación en aquel tiempo de crisis. Para la gente de Ramtala, que hasta entonces lo había considerado simpático pero irresponsable, fue una enorme sorpresa constatar hasta qué punto se había equivocado con él.

 

      En enero de 958 Diego de Cernes Mortes, Gran Maestre de los Caballeros de la Doble Rosa, llegó a Ramtala, de donde más tarde partió hacia Drakenstadt. Con él venían unos cuantos de sus Caballe-ros convocados en su momento, supuestamente, para luchar contra los piratas. Las ciudades casi se ofendieron al enterarse de los motivos de su venida, pero al mismo tiempo se sintieron aliviadas, tanto más cuanto que ahora las amenazaba  un peligro mucho mayor que los Kveisunger, los Wurms. Pero todo el mundo se preguntó quién habría llamado a Diego de Cernes Mortes, y se supo luego que había sido Thorstein Eyjolvson. Con ello este último pasó por cobarde, pues hasta entonces las ciudades siempre se las habían arreglado solas, mal que bien, con los piratas. Pero la verdad era que ya antes de las primeras referencias a la posible cercanía de los Wurms en las costas había intuido Thorstein que se avecinaba algo peor: no podía atribuirse a la casualidad que tantas calamidades -grifos, monstruos marinos, ataques piratas- vinieran del Norte una tras otra: algo más terrible debía empujarlas hacia el Sur.

 

      Ahora bien, había entre los Caballeros reunidos por Diego de Cernes Mortes un cierto Luciano de Escevolina, que dominaba bastante bien el habla de los Drakes. Se supuso que dicho idioma (y la suposición posteriormente se reveló cierta) podía ser idéntico o al menos parecido al de los Wurms; y Luciano de Escevolina se ofreció a hacer de intérprete, en un intento por llevar un mensaje de paz a los reptiles. Pero, si se deseaba la paz, en cambio no se la quería a cualquier precio. Muy por el contrario, los grandes barones de Andrusia Occidental no estaban dispuestos a entregar rescate alguno para conjurar la agresión de los Wurms, y los príncipes de Norcrest y Ulvergard, aunque por el momento los más amenazados por la presencia Wurm, menos que nadie. Como mucho y de mala gana, estaban dispuestos a reconocer a los invasores ciertos derechos sobre las Islas Andrusias donde, fuera de piratas y montañeses endurecidos, no vivía prácticamente nadie. Pero exigían a cambio que se permitiera a sus naves seguir surcando los canales, y pescar y cazar ballenas en ellos, y también focas en las islas.

 

      En Drakenstadt, Diego de Cernes Mortes intentó hacer variar de opinión al Duque de Norcrest, a sus allegados y a los altos capitanes. Obraba así porque no sabía qué apoyo brindarían los barones del Sur a los del Norte en caso de conflicto con los Wurms, y tenía nociones muy pesimistas al respecto. Pero los orgullosos príncipes de Drakenstadt, encabezados por el legendario Gudjon Olavson, se llenaron de ira ante la sola sugerencia. Respondieron que las riquezas de Norcrest pertenecían a la gente de Norcrest y que, si los Wurms eran enormes en tamaño, ellos lo eran en valor; y allí mismo juraron luchar hasta vencer o morir si los reptiles atacaban Drakenstadt. Diego de Cernes Mortes, para sus adentros, sonrió ante tal juramento, convencido de que eran sólo palabras. De haber visto hasta qué punto los grandes de Drakenstadt rubricarían con sangre tal juramento, se habría asombrado; pero él mismo no llegaría a vivir lo suficiente para constatarlo en forma cabal.

 

      De todos modos, había que intentar una paz con los Wurms, y ya que Luciano de Escevolina estaba dispuesto, se lo envió con esa misión en una pequeña barquichuela con sólo dos acompañantes para guiarla, puesto que él no era ducho en tal faena. Durante dos días nada se supo de él, y se temió que tal vez la embarcación hubiese zozobrado, aunque bajo ese temor yacía otro mucho más terrible. Pero al tercer día, los hombres de las fortalezas de Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg, erigidas en sendos peñones a la entrada del Hrodsfjorde, el fiordo que dominaba Drakenstadt, asistieron a un espectáculo estremecedor: la barquichuela en la que había partido Luciano venía de regreso, pero al parecer sin ocupantes. Algo parecía empujarla, pero recién a cierta distancia se distinguió perfectamente el largo cuello de un muy  joven Jarlwurm emergiendo tras la popa y el velamen de la navecilla. Y entonces, de la garganta de la fiera, brotó un chorro de fuego y brea candente que bañó la barquichuela, convirtiéndola instantáneamente en una gran antorcha flotante. Tal la respuesta a la petición de pez transmitida por Luciano (y mejor ni imaginar el destino de éste y de sus dos compañeros de expedición): el comienzo de lo que se conocería luego como la Primera Guerra entre Hombres y Dragones.

 

      Los centinelas de Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg guardaron en ese momento tétrico silencio ante lo que acababan de ver, no atreviéndose a hacer comentarios entre ellos por temor a que terminaran de desmoronarse sus ya muy deterioradas defensas anímicas. No querían ni pensar en cuántos reptiles similares a aquel debía haber en las Islas Andrusias, aguardando el instante oportuno para atacar. En el puerto de Drakenstadt, algunos habían llegado a distinguir también la distante barquichuela y la horrenda silueta enemiga; y sus exclamaciones habían congregado a una multitud que asistió horrorizada al incendio de la pequeña embarcación.

 

      La nobleza y los guerreros de Drakenstadt recibieron después los pertinentes reportes de Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg sobre el particular. Al enterarse de las dimensiones de la criatura, que la bruma les había impedido apreciar y que superaban con mucho el tamaño de los Drakes o dragones voladores, hubo sin duda estremecimientos y caras sombrías. Comprendieron entonces las vacilaciones de Erlendur Ingolvson en el Hammersholmsunde, las que antes habían sido objeto de mofa en Drakenstadt.

 

      No obstante, preferían morir de pie y luchando en lo alto de las murallas de su amada ciudad antes que de rodillas ante un reptil invasor; de modo que decidieron ser prácticos y prepararse para la lucha que se avecinaba. Pero por primera vez compartían las inquietudes pesimistas de Diego de Cernes Mortes respecto al número de refuerzos que vendrían del Sur para apoyarles en la contienda.

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