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25 noviembre 2009 3 25 /11 /noviembre /2009 19:26

                                                                   VI                                                            

     En la década de 930-940 habían comenzado a aparecer en el centro del Reino unos jinetes de armadura negra, que primero fueron vistos con supersticioso temor como huestes infernales y luego identificados como una Orden de Caballería no reconocida que actuaba por cuenta propia en esas regiones. Su origen era misterioso y, por ese entonces, conocido sólo por ellos y un puñado de personas más. Tildados de salteadores y protectores de herejes, no tardaron en quedar proscritos, pero nadie sabía quiénes eran, pues en todo momento sus rostros quedaban ocultos bajo los cascos cuando se hallaban en acción. En algunas baronías se los acosaba con ahínco, pero sin éxito, pues una parte del pueblo los protegía. En general, sólo se los veía con desprecio, y los únicos que los combatían con tenacidad eran los Caballeros Custodios de la Doble Rosa, temerosos de ser suplantados en sus fueros por estos rivales a quienes consideraban forajidos y advenedizos. A esta Orden clandestina se la conocía como Caballeros del Viento Negro; quién los dirigía y cómo actuaban realmente, imposi-ble saberlo.

      Pero en aquel año de 958 Thorstein Eyjolvson, el hermano del Conde de Ulvergard, dejó una vez más estupefactos a todos, salvo a unos pocos que ya conocían el secreto, al confesar públicamente ser el Gran Maestre del Viento Negro. En toda Andrusia Occidental hubo nobles, segundones en su mayoría, que admitieron también su pertenencia a la misma. El gigantesco Gudjon Olavson, Príncipe Heredero de Norcrest, estaba entre ellos; lo que a nadie asombró teniendo en cuenta la amistad que lo unía a Eyjolvson. Y continuaron las sorpresas: Diego de Cernes Mortes, quien mantenía asimismo cierta camaradería  distante con Thorstein, admitió saber, desde hacía ya muchos años, que éste era el líder de la Orden proscrita. Y las Milicias de San Leonardo, encargadas supuestamente de combatir a los Caballeros del Viento Negro sin que hubieran puesto demasiadas energías en ello, confesaron en realidad haberlos protegido.

 

      Estas declaraciones deberían haber causado menos sorpresa. Por astutos y escurridizos que fueran los Caballeros del Viento Negro, no habrían podido evadir a las autoridades durante tanto tiempo con el solo apoyo del pueblo. Y la Orden clandestina demostraba cierta organiza-ción en su accionar, que delataba que se trataba de algo más que una simple aventura de villanos, como se pretendía: por fuerza un noble, un entendido en esos asuntos, tenía que estar dirigiéndola. ¿Y qué mejor candidato que Thorstein Eyjolvson, quien siempre se encontraba errabundo, supuestamente porque no sentaba cabeza? Fingiendo ir en busca de aventuras, él en realidad se había abocado a un proyecto muy serio, el de dar cohesión y método a la Orden proscrita.

 

      En otra parte se narra cómo Thorstein y otros príncipes, respondiendo a una petición de auxilio, iniciaron su primer contacto con los Caballeros del Viento Negro y conocieron a Diego de Cernes Mortes, entonces un simple Caballero sin rango, muy disgustado con la Orden a la que él mismo pertenecía, los Custodios de la Doble Rosa, que en gran medida lo llenaba de vergüenza ajena. Todos ellos eran muy jóvenes entonces, adolescentes o poco más que adolescentes, y se inclinaban más a respetar la Justicia que las leyes.

 

      A Thorstein y sus amigos, en especial, no les repugnó proteger a herejes. Allá en el Norte, el cristianismo no lograba todavía desterrar del todo las antiguas creencias paganas. Además, Thorstein llevaba ese nombre por un antiguo héroe muy respetado en toda Andrusia, Thorstein el Niño, en su tiempo paladín lo mismo de cristianos que de paganos. Por consiguiente, en los herejes anselmistas no vieron a un grupo de discípulos de Satán que profesaban doctrinas desviadas, sino a un puñado de valientes hostigados por un poder despótico, el de la Iglesia, a causa de su religión poco ortodoxa; y consideraron su deber apoyarlos con las armas.

 

      Thorstein admitía ahora estas cosas abiertamente porque, el pasado 10 de diciembre, dos días antes de que la flota al mando de Erlendur Ingolvson confirmara la presencia de los Wurms en las Islas Andrusias, había despachado dos cartas. En una, dirigida al Rey Gregorio III, confesaba liderar a los Caballeros del Viento Negro, a quienes defendía de ciertas acusaciones injustas, relativizando otras. Para ellos y para sí mismo solicitaba la amnistía y el reconocimiento oficial de la Orden, que se dispondría a defender las costas del Reino del ataque de los Wurms.

 

      La otra estaba dirigida a su segundo en la Orden, Cipriano de Hestondrig, ordenándole reunir  como pudiera a las huestes clandesti-nas y enviarlas a Ramtala, de donde serían derivadas, según las necesidades, a distintos puntos del litoral marítimo del Reino. Entre villanos y nobles, Caballeros y escuderos, la Orden estaba integrada por un respetable número de gente; la suficiente para defender las costas de manera eficaz, según confiaba Thorstein Eyjolvson.

 

      De esta manera, aquella guerra impensada proyectó por primera vez a los Caballeros del Viento Negro como la nueva y pujante fuerza defensiva del Reino. No obstante, el camino no se les presentaba fácil. Contaban con la aprobación y el apoyo incondicional de Diego de Cernes Mortes y de algunos otros Custodios de la Doble Rosa pero, para  la mayoría de éstos, la Orden del Viento Negro era una banda de delincuentes con armadura. Y si no lo era, así habría que presentarla para que no despojase de sus prebendas a los Custodios de la Doble Rosa, la Orden  más antigua, legendaria y caduca del Reino de Nerdelkrag.

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Published by EKELEDUDU
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