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26 noviembre 2009 4 26 /11 /noviembre /2009 16:22

V

      Dagoberto de Mortissend contó entonces al Gran Maestre lo ocurrido varios meses atrás, hallándose el primero de visita en casa de su madre. Eleuteria de Mortissend era sólo una bruja de aldea, pero sus conocimientos alcanzaban un nivel que sobrepasaba en mucho el habitual en esa clase de hechiceras. Por supuesto, ejercía su arte en casi absoluto secreto, pues oficialmente la hechicería estaba prohibida; pero a algunas personas no ocultaba sus actividades. Thorstein Eyjolvson, huésped suyo durante un tiempo, la había observado con discreción, pues la Orden del Viento Negro encubría y protegía a muchos brujos, pero no a todos; en la ciencia de Eleuteria de Mortissend, no obstante, no parecía haber nada escabroso ni diabólico.

 

      Además de la magia, las tareas domésticas absorbían el tiempo de la hechicera. Para ésta, la limpieza era una obsesión. Siempre le parecía que el piso estaba sucio, por más que barriera y barriera; y barriendo precisamente se hallaba el día del suceso que Dagoberto de Mortissend relataba ahora al Gran Maestre.

 

      Acababa él de llegar a la cabaña donde vivía la pequeña anciana que era su madre, siendo recibido con un abrazo de oso, sorprendente despliegue de fuerza en una persona de esa edad y estatura. Dagoberto, antes de entrar, había comenzado por quitar el barro de las suelas de sus botas; pero luego, pensándolo mejor, optó  por quitarse directamente las botas y dejarlas en la entrada. Ello no fue obstáculo para que su madre siguiera barriendo frenéticamente mientras conversaba con él. Pasados unos minutos, ella de repente se detuvo, pensativa, e hizo un gesto extraño, como si tratara de matar una mosca con dos dedos y cazándola al vuelo.

 

      -¿Qué haces?-preguntó su hijo, intrigado.

 

      -Vi un pelo flotando en el aire, a trasluz-contestó la anciana, apretando en su puño cerrado la hebra de cabello capturado de esa manera-. Creo que lo has traído contigo de afuera. No es de mi cabello ni del tuyo.

 

      -Me parece que me llevarás a juicio por traer basura de afuera-dijo Dagoberto con sarcasmo-. ¿Y a quién pertenece el dichoso pelo?

 

      La bruja cerró los ojos y apretó la hebra de cabello con más fuerza, mientras un rostro iba surgiendo de las profundidades de su mente.

 

      -A un joven pelirrojo, de cabellos largos y lacios, y el rostro tan atiborrado de pecas, que parecería imposible que cupiera una más en él-contestó-. Una perpetua expresión de desprecio deforma su rostro.

 

      -¡Por Dios!-exclamó Dagoberto de Mortissend, con desagrado-.  Lindo recuerdo traje conmigo sin saberlo, y no sé cómo hice para pasearlo durante tantos meses antes de que viniera a caérseme aquí. Sí, el muchacho que dices es Balduino de Rabenland, Caballero de nuestra Orden y la mano derecha de Benjamin. Es un segundón de la nobleza que tiene cuatro hermanos y seis hermanas, todos mayores que él. Ha previsto que de la herencia paterna, muy menguada por las dotes de sus hermanas, no quedará nada una vez que se sirvan sus hermanos mayores, e ingresó en la Orden, parece, para hacerse rico con ella. Debe ser que dio crédito a esas mentiras que dicen de nosotros, eso de que somos bandoleros.

 

      Doña Eleuteria meneó la cabeza.

 

     -Te aseguro que no-dijo, sin dejar de presionar sobre el rojizo filamento aprisionado en su puño cerrado, para que el carácter más íntimo del muchacho al que pertenecía se revelara en su mente-. Es soberbio, antipático y ambicioso, pero no un ladrón. Y...-su rostro se dulcificó-...y bajo esa soberbia, esa antipatía y esa ambición yacen sepultadas, en lo profundo de su alma, cualidades bellísimas que ni él mismo imagina. Veo que ama a los animales...

 

      -A su caballo, al menos, sí. Pero es que Svartwulk, el caballo en cuestión, es igual de desagradable que él. Creo que los dos están de acuerdo en que el resto de los mortales somos criaturas despreciables, indignas de ellos.

 

      -Sin duda-convino la bruja-, pero te digo que este muchacho podría ser una persona valiosa y amada como pocas. Presiento que mi camino y el suyo se cruzarán en no mucho tiempo, en la vida o en la muerte.

 

      -¿Irás a buscarlo también a él, igual que a mí aquella vez que, siendo más joven, me fui de casa?

 

       -Lo haría, ciertamente, pero a mi edad ya no estoy para esas cosas. Así que deberás ayudarlo tú, en la medida que puedas. Algo tan grande y tan hermoso como lo que se oculta bajo la superficie del alma de este joven por ningún motivo debe perderse en la nada. Procura mantenerte cerca de él y guiarlo.

 

      -¡Ni hablar!-exclamó Dagoberto, disgustado-. Sólo lo vi personalmente dos veces, y esas dos veces me hizo sentir como si fuera un montón de bosta, por la forma en que me miró.  Debe conocer mis orígenes humildes y, claro, el gran Balduino de Rabenland no debería estar subordinado a alguien de la plebe.

 

       -Tú harás lo que te digo-dijo severamente la bruja.

 

      -No, no lo haré-porfió Dagoberto, esquivando la mirada de su madre.

 

      -Lo harás. Ya que insistes en romperte la crisma jugando al héroe, al menos ayudarás a este joven a hallar su verdadero camino en la vida, que ciertamente no es el que él supone y que lo llevaría a la soledad y a la desdicha.

 

      -Te dije que...-comenzó Dagoberto de Mortissend, reuniendo toda su autoridad para mirar a los ojos de su madre e imponerse en forma terminante; pero no fue capaz de continuar. Doña Eleuteria lo miraba echando chispas por los ojos, como si él fuera niño de nuevo y ella se dispusiera a castigarlo por una barrabasada cometida. 

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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