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18 diciembre 2009 5 18 /12 /diciembre /2009 18:43

VII

      -¿Alguien más quiere confesarse?...

 

      Fray Bartolomeo se quedó de una pieza cuando Ulvgang avanzó hacia él; y debió tomarlo a broma, puesto que al principio no se movió de donde estaba.

 

    -Vamos, vamos, hermanito-lo urgió Ulvgang, sonriendo burlonamente-, o daréis vuestra condenada misa a medianoche.

 

      Entonces desaparecieron los dos en la cocina, y Balduino quedó pensativo. ¿El Terror de los Estrechos tenía remordimientos de conciencia? ¿Y desde cuándo?

 

      Evidentemente, Ulvgang no era penitente habitual para Fray Bartolomeo, porque si no, éste no se habría asombrado tanto al verlo tan dispuesto para la confesión. Y que Ulvgang empezara a serlo ahora, difícilmente fuera casual u obedeciera a un repentino arrebato de religiosidad que en él habría resultado cómico. Por lo tanto, tenía que haber una explicación alternativa y Balduino no tardó en hallarla:

 

      Muy sutilmente y tal vez sin darse cuenta, Fray Bartolomeo revelaba, aunque más no fuera veladamente, secretos de confesión. Linda porquería has sido, había dicho a Balduino antes de que éste entrara en detalles. Deducción: Anders, al confesarse, había echado pestes contra Balduino. Lo mismo dijo tu escudero, añadió luego el cura al exponer Balduino por qué no se arrepentía de haber hecho de protector de herejes. Por más que no se tratara de datos concretos, una persona astuta como indudablemente tenía que serlo Ulvgang, a partir de comentarios como aquellos, podría llegar a pistas reveladoras acerca de la personalidad de un penitente de Fray Bartolomeo. Y Ulvgang sólo había manifestado deseos de confesarse luego de que Balduino lo hiciera.

 

      En otras palabras, en esta especie de extraño baile de máscaras, Ulvgang pretendía al menos atisbar el verdadero rostro que Balduino ocultaba tras la suya, valiéndose para ello del cura. Una estrategia notable.

 

      Pero eso no fue todo. A su debido tiempo, Ulvgang volvió de la cocina con un aire pensativo que denotaba que la información involuntariamente aportada por Fray Bartolomeo no resultaba tan esclarecedora como hubiera deseado. El cura fue tras él.

 

      -¿Quién más va a confesarse?-preguntó Fray Bartolomeo.

 

      Hubo un largo silencio. Balduino, en primera fila junto a Thorvald, Karl y Anders, suspiró aliviado: cuanto antes empezara la misa, antes terminaría.

 

      -¿No quieres confesarte, hijo?-preguntó Fray Bartolomeo, en tono de decepción, mirando en apariencia a Balduino, que quedó perplejo. Pero a menos que el cura fuese idiota y no recordara haberlo confesado, lo lógico era pensar que se dirigía a otra persona detrás de Balduino. Este giró la cabeza... Y le costó un poco no estremecerse al descubrir qué ejemplares tenía a sus espaldas.

 

      Rodeando al inofensivo y gordo Snarki se hallaban el diminuto Hundi con un aire fingidamente indiferente esforzándose por sustituir su habitual expresión maliciosa; el feroz Honney con sus felinas y verdes pupilas y su negro bigote realzando su aspecto malévolo; y el siempre mal afeitado Andrusier, feo como él solo, con esa nariz suya tan semejante a ollares equinos, y sus dispares orejas, una con un arete y otra mutilada. De los tres Kveisunger, en ese momento quien parecía más inofensivo era Andrusier, aunque arruinó tal impresión con el rictus asesino que exhibió al acabar con un piojo extraído de su dura pelambre negra; rictus que lo retrotraía a los días en que despanzurraba enemigos con idéntica saña.

 

      -No...No lo necesito, hermano, gracias...-balbuceó el gordo Snarki, nervioso, como lo estaba siempre que tenía cerca a alguno de aquellos energúmenos.

 

      -En fin... Si no quieres...-dijo el cura, como con resignación.

 

      Obviamente Snarki SÍ era penitente habitual de Fray Bartolomeo. Si ahora no se confesaba, ello se debía sin duda a que Ulvgang y su gente se lo habían prohibido, pensó Balduino. Y para recordarle que no debía hacerlo le habían asignado esa dudosa "escolta de honor" integrada por Hundi, Honney y Andrusier. Pero, ¿por qué?

 

      Snarki por ningún motivo se atrevería a desafiar abiertamente a Ulvgang, a quien temía demasiado; de modo que resultaba impensable que aprovechara la confesión como un medio para ventilar secretos de los Kveisunger. Sin embargo, sí podría hacerlo sin darse cuenta, ya que no parecía muy astuto. De hecho, su aspecto era en líneas generales el de un bebé regordete y descomunal, y resultaba creíble que en el caso de la niña violada y asesinada él nada tuviera que ver. Y sin duda era muy religioso, puesto que se confesaba a menudo, como lo probaba la insistencia de Fray Bartolomeo.

 

      Pero conociendo a penitente y confesor, Ulvgang por lo visto temía que, aun sin intención, entre los dos le ventilaran sus ardides, haciéndolos llegar a oídos inconvenientes. Por ello había prohibido a Snarki confesarse. En este solo asunto, movido por su religiosidad, Snarki quizás se había resistido a obedecer, asegurando a Ulvgang que no lo traicionaría. Lo único que quería el gordo era alcanzar el Cielo... Ante esa resistencia, Ulvgang sin duda había asignado compañía a Snarki, tres de sus más temibles Kveisunger, a manera de lúgubre recordatorio. Pues si a Snarki se le ocurriera confesarse para hallar gracia de Dios e ir al Cielo, al Cielo lo mandarían los Kveisunger merced a una cuchillada.

 

      Todo esto era una simple hipótesis, pero bastante lógica, y Balduino se alarmó al meditar sobre ella. Estimó conveniente trazar ya mismo sus propios planes, los que requerirían de Anders como aliado. El problema era que Anders seguía en pie de guerra con el pelirrojo. Este creía que tarde o temprano lo tendría de nuevo bajo su ala protectora, pero no podía esperar a que ello ocurriera. Además, podía no ocurrir nunca: el joven escudero estaba muy resentido contra su señor y ahora, cuando tenía miedo, prefería acercarse a Lambert, el que había asesinado a su mujer,  ya que pese a  este solo crimen, el hombre no parecía peligroso.

 

      La misa se hizo interminable, pero al fin acabó. Luego de la misma, pese al día nublado y ventoso una vez más, Anders fue a vagar por la playa desierta, y Balduino le salió al cruce.

 

      -Anders, escúchame, por favor-suplicó el pelirrojo, cuando los ojos verdes de su escudero, nada más verlo, se llenaron de odio-. Tú fuiste a confesarte hoy. El cura te dijo que tu deber cristiano era perdonarme. Tiene que habértelo dicho. Dime que te lo dijo.

 

      -Sí, me lo dijo, ¿y qué?-gruñó Anders-. Haces lo mismo que el señor Ben Jakob-añadió, aludiendo a uno de los líderes de la Orden del Viento Negro, una leyenda dentro de la misma y el hombre que había formado a Balduino en las armas y la conducta caballeresca-: usar la religión como arma persuasiva. Sólo que, mientras él es El Justo, tú eres apenas una pobre, patética cucaracha en busca de un refugio donde guarecerse.

 

      -Eso ya lo sé, pero necesitamos una tregua entre nosotros. Al menos déjame explicarte por qué.

 

      -De acuerdo, pero habla rápido, que no quiero verte ni oírte más de lo necesario.

 

      Anders, al principio, sospechó que cualquier  cosa que Balduino fuera a decirle, sería apenas un simple y estúpido pretexto para hacer las paces con él porque se sentía solo, y en este punto él no transigiría. Si Balduino estaba solo como un perro aun rodeado de tanta gente, era culpa exclusiva de él,  por no haber sabido hacerse de amigos. Así que empezó a escucharlo con una sonrisa despectiva, burlona, que se desdibujó a medida que el pelirrojo seguía hablando. Pues Anders lo conocía bastante bien y, soberbio o no, lo sabía inteligente, y ahora exponía sus sospechas de forma clara. Tuvo que aceptar que lo que decía tenía asidero.

 

      Que en Vindsborg algo se tramaba, Thorvald ya se lo había anticipado a Anders el primer día, durante el paseo por la playa. Y que el Conde Arn, en complicidad con Einar de Kvissensborg, tramara solapadamente alguna maniobra que de manera indirecta perjudicase a la Orden del Viento Negro era también creíble: no sería el único Caballero de la Doble Rosa interesado en ver caer en los abismos del desprestigio a los advenedizos del Viento Negro antes de que terminaran de consolidarse como Orden rival.

 

      Anders acabó tan preocupado como Balduino.

 

      -Pero si de verdad Sundeneschrackt y los demás conspiran contra nosotros, ¿qué buscarán?-preguntó-. Es imposible que se fuguen. Tres de los hombres de Sundeneschrackt, incluyendo su propio hijo, quedaron de rehenes en las mazmorras de Kvissensborg. Thorvald dice que jamás los traicionarían. Además, después de todo, el tal Tarian es el hijo de Ulvgang, ¿no?

 

      -¿Tarian? ¿Así se llama? Vaya nombre raro...

 

      -¿Te parece raro el nombre?-preguntó Anders-. Es lo más normal de esa historia.

 

      Fue su turno de hablar. Repitiendo el relato de Thorvald, contó cómo éste, al frente de una flota, había luchado contra Sundeneschrackt y sus piratas, y la historia del misterioso grumete de ojos glaucos, similares a los de Ulvgang de quien supuestamente era hijo, añadiendo que su madre había sido una sirena. Luego se explayó  sobre los juicios que siguieron a la caída de Sundeneschrackt y su banda, los escandalosos fallos y el inhumano tratamiento que se dispensaba desde entonces a Tarian en las mazmorras de Kvissensborg; y Balduino se horrorizó al enterarse de que, durante años y años, un inocente venía padeciendo lo que él había sufrido una sola noche a manos de los hombres de Einar.

 

      -Suficiente. No sé cómo, pero tengo que hacerlo-dijo, sin darse cuenta de que había hablado.

 

      -¿Hacer qué?-preguntó Anders, sin entender.

 

      Balduino pareció despertar de un sueño, y se dio cuenta de sus pensamientos expresados en voz alta. Sin embargo, no vio motivos para no ser más preciso con Anders.

 

      -Liberar a Tarian-especificó.

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Published by EKELEDUDU
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