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1 diciembre 2009 2 01 /12 /diciembre /2009 18:56

     La guerra demoró muy poco en reiniciarse, y durante unos días Ramtala fue el principal blanco de la furia de los Wurms; de tal modo que hasta el sur de la ciudad llegaba el fragor distante de los violentos combates que se libraban en el norte. En el sur de la ciudad se levantaba el Zodarsbjorgele, un castelete adonde confluían los guerreros que venían desde las baronías meridionales del Reino para reportarse y averiguar a qué sitio se los destinaba. Sin embargo, no pocas veces dichos guerreros eran enviados provisoriamente a los muros del Norte, a relevar a los exhaustos defensores, los cuales no tenían tregua por parte de los Wurms.

      Un día que, milagrosamente, había comenzado en calma, Thorstein Eyjolvson fue precisamente al Zodarsbjorgele  dar la bienvenida a algunos miembros de su clandestina Orden que venían desde el Sur. Todos los días llegaba alguno, y ese día había venido un contingente de siete u ocho. Ninguno de ellos conocía hasta ese momento a su Gran Maestre, que entre la dispersa Orden era ya una leyenda; y quedaron encantados por su personalidad sencilla y cálida, a la vez que reconfortados por las palabras con que trataba de prepararlos para las duras pruebas que deberían enfrentar.

 

      -Pasará tiempo antes de que llegue la respuesta del Rey, concediéndonos o negándonos la amnistía solicitada-les dijo-; pero lo que él decida importará muy poco, porque él no se encuentra aquí, combatiendo. Para Andrusia Occidental seremos los héroes que salvamos al Reino del desastre, y no tolerará que se nos haga daño, ni que se nos trate como a forajidos. Creo que, más tarde o más temprano, los consejeros de Su Majestad se darán cuenta de ello, y lo instarán a firmar la amnistía. Por lo tanto, si luchamos como héroes, se nos tendrá cierta deferencia. Mas, escuchad bien, podemos pedir ciertos honores; pero más importante es que continuemos como hasta ahora, haciendo lo que es correcto, y obligar a los demás a que acepten que hacemos lo correcto; pues no interesan tanto los honores como el Honor. No somos nosotros los que debemos dejar de proteger a los herejes anselmistas; son el Reino y la Iglesia quienes deben dejarlos en paz, por dar un ejemplo.

 

      Así hablaba Thorstein Eyjolvson en el patio del Zodarsbjorgele, cuando en cierto momento se bajó el puente levadizo y subió el rastrillo, y cuatro jinetes ingresaron en el castelete: dos Caballeros con sus respectivos escuderos.

 

      -Linda yunta-gruñó irónicamente uno de los hombres que estaban con Thorstein-: el falso y el repugnante.

 

      -¿Quiénes son?-preguntó el Gran Maestre del Viento Negro.

 

      -El de la izquierda es Abelardo de Hallustig, quien sonríe a todo el mundo y desprecia a todo el mundo. El de la derecha es Balduino de Rabenland, quien desprecia a todo el mundo y lo demuestra sin el menor miramiento-respondió el otro.

 

      -Balduino de Rabenland... Me suena el nombre. ¿Cómo sabéis que se trata de él, con su rostro oculto bajo el casco?

 

      -¿Y quién sino él mantendría oculto su rostro sin necesidad, estando en presencia de un camarada?... Además, reconozco perfectamente a su sufrido escudero, Anders de Onfahlster. Pobre tipo, estar al servicio de ese arrogante mal educado.

 

      Thorstein Eyjolvson trataba en vano de recordar dónde había escuchado el nombre de Balduino de Rabenland. Con todo lo que tenía que hacer y todas las personas a las que había conocido personalmente o por mención,  o con las que había hablado los últimos meses, su memoria para los nombres era un gran caos.

 

      No obstante, allí estaban los Caballeros, nobles a juzgar por su apariencia. Sus armaduras negras resplandecían como recién bruñidas. Sus capas, negras y con el halcón bicéfalo bordado en escarlata según el emblema de la Orden del Viento Negro, eran de telas carísimas.

 

      Un ujier estaba a punto de acercárseles para indicarles dónde debían registrarse, cuando Thorstein Eyjolvson le ordenó detenerse con un gesto de la mano. El personalmente prefirió acercarse a darles la bienvenida, como solía hacer siempre que se hallaba en el Zodarsbjorgele.

 

      Los Caballeros ya estaban desmontando, y otro tanto sus escuderos, cuando él llegó junto a ellos, al mismo tiempo que los palafreneros que venían a ocuparse de los caballos.

 

      -¿Cómo estáis?-preguntó sonriente, estrechando la primera diestra que halló adelante-. Soy Thorstein Eyjolvson. Bienvenidos a Ramtala.

 

      -¡Señor! ¡Qué honor! ¡Nunca creí que os conocería personalmente alguna vez!

 

      Pero en verdad era imposible saber hasta qué punto era sincero Abelardo de Hallustig en su pretendida emoción. Era un hombre de cabellos negros, barba en punta y ojos azules en los que había un vivo deseo de complacer. La insincera sonrisa parecía almidonada en su rostro, puesto que había venido con ella desde su entrada al castelete. Era como para preguntarse si no tenía contracturados los músculos faciales.

 

      Seguidamente iba Thorstein a dirigirse a Balduino de Rabenland, quien por fin se había quitado el casco; pero como lo vio ocupado discutiendo quién sabía qué con un palafrenero, se volvió primero hacia un escudero y luego hacia otro, y estrechó sus manos con la misma amabilidad con que había estrechado previamente la de Abelardo de Hallustig.

 

      -Hermoso caballo-observó, admirando el magnífico corcel blanco del segundo escudero-. ¿Cómo se llama?

 

      El escudero, un muchachito de unos dieciséis años, miraba con sus grandes ojos verdes al Gran Maestre, como sin poder creer que tan alto personaje se dignara saludarlo. Thorstein halló mucho más sincera su emoción que la de Abelardo de Hallustig.

 

      -Slav, señor-respondió el escudero, en cuanto se lo permitió su turbación.

 

      -Hace honor a su nombre, es un sueño... ¿Y vos? ¿Cómo os llamáis?

 

      -Anders de Onfahlster, señor.

 

      -Bien, Anders. Cuidad que los Wurms no chamusquen demasiado vuestro rostro, el cual será buena publicidad para la Orden entre las mujeres, cuando lleguéis a Caballero.

 

      Y era cierto. Anders era ciertamente un joven muy guapo, con su rostro de facciones armónicas, su ensortijada melena de color castaño oscuro y su espléndida sonrisa de dientes parejos; pero lo más agradable en él era su arrolladora simpatía.

 

      -¿Qué ocurre aquí?-preguntó Thorstein, viendo que la discusión entre Balduino de Rabenland y el palafrenero se había agravado, y que el pobre muchacho encargado de las caballerizas estaba encogido de temor ante las agrias reprimendas del Caballero.

 

       -¡Y qué rayos os importa!-rugió Balduino, volviéndose iracundo hacia él. Después de su agradable conversación con Anders, tal reacción fue para Thorstein como un baldazo de agua fría, que por un momento lo demudó.

 

      Anders abrió sus verdes ojos de par en par, preguntándose si su insoportable amo se habría vuelto loco. Tratar así a los siervos era una cosa, pero ¿al Gran Maestre del Viento Negro?...

 

      Un Caballero es un Caballero. Thorstein Eyjolvson sabía que un hombre armado debe obligarse a controlar su cólera y a devolver gentileza por afrenta siempre que sea posible.

 

      -Yo podría solucionar vuestro problema, sea cual sea-dijo por consiguiente, con mucha dignidad.

 

      -¡Entonces hacedle entender a este asno-vociferó Balduino, señalando al palafrenero-que de mi caballo me ocupo yo, yo y sólo yo!

 

      Con semejantes modales del otro lado, era difícil recordar que se era un Caballero; pero había que intentarlo.

 

      -Calmaos-sugirió cordialmente el Gran Maestre, de nuevo sonriente, colocando una mano en el hombro de Balduino.  Este miró esa mano como con asco, y Thorstein conservó la paciencia sólo haciendo un supremo esfuerzo-; y perfmitidme, ante todo, estrechar vuestra mano.

 

      -¿Y vos quién sois?-inquirió fríamente Balduino.

 

      -Thorstein Eyjolvson, señor.

 

      Balduino hizo un gesto afirmativo con la cabeza, cual deidad olímpica dignándose a rebajarse ante un mortal poseedor de algún mérito más o menos notable. Era un joven de veinte o veintiún años, de hermosa y lacia melena rojiza; pero aquí terminaban todos los atractivos de su rostro. La llamativa nariz, recta y de punta curiosamente redondeada, no era desagradable; pero la combinación  del cutis saturado de pecas, el rictus desdeñoso de sus labios y el encendido y constante desprecio que afloraba de sus ojos marrones,  decididamente hacía repulsivo aquel semblante.

 

      Estrechó la mano del Gran Maestre con formalidad, pero sin sentimiento, y no intentó adelantar disculpas por su conducta anterior. Los testigos de la escena, que en su mayoría ardían en deseos de ver humillado a Balduino, no sabían si Thorstein tenía una inagotable paciencia o si era un gran tonto.

 

      -Y ahora-dijo el Gran Maestre- hacedme la merced de explicarme por qué es tan importante que sólo vos cuidéis de vuestro caballo.

 

      -Primero, porque los palafreneros son unos palurdos ignorantes del trabajo que no obstante tendrían que conocer a la perfección, y no entienden cómo se cuida a un animal; y segundo, porque de todos modos, Svartwulk no deja que nadie sino yo lo cuide. Y si no me creeis, preguntad a mi escudero quien,  necio como es, al menos esa lección ya la tiene aprendida.

 

      -Terminad ya mismo de insultar a todo el mundo antes de que me harte definitivamente y haga algo que luego tenga que lamentar-gruñó Thorstein, ya conteniendo a duras penas su rabia. Balduino asintió en silencio, sin humillarse ni siquiera alterarse.

 

      De no haber existido aquella guerra y él no tuviera necesidad de todos y cada uno de sus hombres, ya le habría enseñado Thorstein a aquel agrandado insolente cuántos pares son tres botas. Así como estaba, no tenía otra opción que postergar cualquier castigo para cuando la guerra hubiese terminado, especialmente ahora que recordaba al fin dónde había oído nombrar antes a este tal Balduino de Rabenland. Dagoberto tenía razón: este tipo era insufrible... Pero, al parecer, también la persona más adecuada para defender Freyrstrande.

 

      No obstante, podía darle una elegante lección de humildad, y lo haría. ¿Así que el caballo de Balduino no se dejaba cuidar más que por su amo? Pues bien, ¡eso estaba por verse!

 

      -A ver, Ingmar-dijo Thorstein al palafrenero-: muéstrale al señor de Rabenland de qué son capaces los palafreneros de Ramtala.

 

      -Señor...-murmuró Anders; pero fue detenido simultáneamente por un gesto de Thorstein y otro de Balduino. Este último se cruzó de brazos y se puso a observar en silencio. El Zeus olímpico contemplaba ahora las tribulaciones de insignificantes y estúpidos mortales persistiendo en el error de emprender actos más propios de dioses...

 

      Ingmar se acercó al caballo en cuestión, un poderoso flumbrio negro y brillante como el azabache, de magnífica estampa, patas recias y crines flotantes. Lo tomó de las riendas y, jalando de ellas al mismo tiempo que hablaba con dulzura al animal, trató de conducirlo a las caballerizas. En vano: Svartwulk se negaba a dar un solo paso.

 

      Tras dos intentos más, se mandó llamar a un segundo palafrenero, y luego a un tercero. No sólo los esfuerzos conjuntos de los tres fracasaron en lograr siquiera un mínimo avance sino que, además, Svartwulk empezó a enojarse. Entonces Thorstein, que se jactaba de ser casi un centauro, tuvo la pésima ocurrencia de querer montarlo y llevarlo personalmente a las caballerizas; y ni bien puso el pie en el estribo, el caballo se encabritó, y poco faltó para que el gran Maestre se rompiera varios huesos al salir despedido de la montura en forma nada elegante. Los espectadores, salvo los pocos que conocían ya a aquella mala bestia por haberla visto antes o por referencia, estaban pasmados ante tamaña tozudez y furia.

 

      Por último tuvo Thorstein que resignarse.

 

      -Llevaos a este demonio y luego venid a verme-masculló a Balduino. La sonrisa sobradora de éste fue aún más insultante que la obstinación de Svartwulk; y el ego de experimentado jinete de Eyjolvson sufrió otro durísimo golpe cuando el caballo, que a lo largo de aquellos sucesivos intentos había porfiado, coceado y tratado de morder, de manera que sólo por algún milagro nadie había quedado seriamente herido, se dejó guiar luego dócilmente por su amo, quien sólo necesitó para ello de una caricia y un murmullo afectuoso.

 

      -Esto es increíble-gruñó Thorstein, más para sí mismo que para los demás. Era mucho más hermoso el caballo que el jinete pero, por lo demás, ambos resultaban igualmente detestables.

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Published by EKELEDUDU
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