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12 marzo 2010 5 12 /03 /marzo /2010 19:19

       Por supuesto, fue Balduino quien acabó llevando a Wjoland a lomos de Svartwulk. Hubo que obligarla casi, porque ella insistía en ir caminando y mientras se le proveía de cierto equipaje, Anders intentó ponérsele romántico. En esta ocasión, no obstante, todos sus encantos de fogueado seductor y sus teorías acerca de que una negativa, en una mujer, era una afirmación, resultaron un fracaso. Wjoland no dejó de sonreírle en ningún momento; pero tras oir pacientemente una andanada de requiebros edulcorados hasta la exageración, rehusó cortés pero decididamente a seguir soportando tal cortejo.

      -Ya no tengo quince años para dejarme embobar por lisonjas como ésas y, de hecho, estoy segura de que os llevo unos cuantos años-dijo, sin dejar de sonreír, pero haciendo ademanes más que elocuentes-. Frases como ésas las tengo demasiado oídas. Probad con otra mujer. Yo no, pero estoy segura de que muchas desmayarían con sólo oir la mitad de toda esa galantería que malgastáis en mi persona.

  

      Anders quedó furioso ante tal rechazo.

 

      -Es una antipática-dijo a Balduino, comentando el hecho-. No entiendo a las mujeres.

 

      -Debe ser de sangre noble. Tal vez eso la envanezca un poco, aunque en otras cosas demuestre sencillez-respondió el pelirrojo-. Lo que más sigue llamando mi atención es que sepa quiénes son los Príncipes Leprosos. Puesto que lo sabe, tiene cierta cultura, lo que no es frecuente en villanos. Por lo demás, extraño es que digas no entender a las mujeres. Hasta anoche parecías todo un experto en ellas.

 

      -Y cuanto más las conozco, menos las entiendo-gruñó Anders.

 

      Balduino se encogió de hombros y no respondió, y poco más tarde montó sobre Svartwulk  y tendió una mano a Wjoland para ayudarla a subirse a la grupa, gesto que tuvo que repetir con cierta impaciencia antes de que ella accediera a montar.

 

       -No te preocupes-dijo Balduino, ya en marcha, creyendo que, luego de la malograda cabalgata de Ursula, Wjoland temía al poderoso y negro corcel-. Svartwulk es muy dócil siempre que yo maneje las riendas. No te hará daño.

 

        -No se trata de eso-replicó ella-. Es cierto que este caballo es demasiado temperamental para mi gusto; pero por lo general desconfío menos de los caballos que de sus jinetes. Se trata sólo de que no me gusta ir en la grupa, detrás de un hombre.

 

      -¿No? ¿Por qué?-preguntó Balduino-. Suponía que a las mujeres debía pareceros un gesto muy amable, muy cortés, que os llevemos a caballo en vez de dejaros a pie...

 

      -Oh, por Dios-gruñó Wjoland-. Rara vez los hombres sois corteses de corazón con las mujeres; casi todos vuestros gestos están calculados para seducir. Cuando invitáis a una mujer a subir a la grupa de vuestro caballo, por lo general pretendéis daros aires de gallardos príncipes ante ella. Si no, mirad al otro Caballero, vuestro amigo el de los ojazos verdes...

 

      -Pero Anders no es Caballero aún-corrigió Balduino-. Por ahora es  sólo mi escudero. Buen muchacho, gran amigo, pero escudero.

 

      -Pues ahí tenéis-contestó Wjoland, sonriendo triunfalmente-. A mí me dijo que era un Caballero, si bien desconfié de que fuese verdad.

 

      -Bueno... Es muy simpático. Perdónalo. No tiene más que diecisiete años.

  

      -Puede ser, pero entonces yo le llevo diez años. Y como sea, a mi edad no me trago esas argucias.

 

      -¿Veintisiete años?-preguntó Balduino, escéptico-. ¿Tienes veintisiete años? ¿En serio? Te daba como mucho veintitrés, veinticuatro... No más. En fin... De todos modos, Wjoland, te aseguro que yo, al menos, no quería darme aires de nada. Realmente es un trecho considerable hasta la desembocadura del Viduvosalv; demasiado para cubrirlo a pie.

 

      -Sé que es un buen trecho y creo que sois sincero-contestó Wjoland-; pero es que vos prescindisteis de todas esas frases empalagosas hasta la ridiculez que tanto derrocha vuestro amigo.

 

      Siguió a esto un silencio bastante prolongado. Había quedado atrás un buen trecho, cuando preguntó Balduino:

 

      -¿Vivías en un castillo o en un palacio?

 

      -Digamos que en un castillo-contestó Wjoland, riendo-, aunque yo nunca lo consideré como tal. No vale la pena hacer mucha ostentación cuando el castillo tiene tantas goteras que llueve más adentro que afuera de él, cuando las tierras familiares están hipotecadas y cuando una misma tiene que ordeñar las vacas y alimentar a los cerdos.

 

      -Debe ser una situación muy curiosa...

  

      -Más de lo que podáis imaginar, porque yo me crié con ella y recibí educación más bien cortesana, pero al mismo tiempo ayudaba a apilar el heno y esquilar ovejas, y trataba lo mismo con nobles que con villanos, sin sentirme del todo a gusto con unos ni con otros. Con los nobles quizás sea peor. Las mujeres me aburren con sus bordados, sus normas pacatas y sus chismes, y los varones me aburren más todavía cuando pasan a dar cuenta de sus riquezas, sus cacerías y sus hazañas de torneo. Y como sé que yo los aburriría aún más a ellos con mis historias de heno apilado y ordeña de vacas, no me queda más remedio que mirarlos como muy interesada y decir: Ajá; Sí, claroDesde luegoMe lo imagino y cosas por el estilo, de modo que sin tener que escucharlos parezca que los estoy oyendo atentamente, mientras mi mente se va de paseo a otra parte. Eso, cuando les tengo paciencia. A veces, toda esa frivolidad me aburre tanto, que termino haciéndoselos saber, de un modo u otro. Cuando tienes cosas realmente importantes en qué pensar y te salen con sus linajes y sus heroísmos de torneo, dan ganas de matarlos. Y entre los campesinos tampoco me siento del todo cómoda, porque no puedo evitar comportarme según fui educada; por lo que muchos piensan que tengo ínfulas de gran señora, por mucho que intente tratarlos con sencillez; lo que creo hacer bien. Igual, es más fácil demostrar a éstos lo equivocados que están, que librarse de un noble ocioso y pesado al que no se logra hacer callar.

 

       -Qué raro que a tu edad  no hayas entrado en un  convento.

 

        -No,  el claustro no me atrae. Soy creyente, pero pasar el resto de mi vida entre cuatro paredes y no ir jamás más allá de ellas no es lo que quiero para mi vida.

 

      -Es cosa tuya, pero sigue siendo raro. Suele ser la opción habitual de las que quedan solteras.

 

       -Ah, pero es que soy casada, aunque el mío no haya sido exactamente un matrimonio feliz y, de hecho, haya abandonado a mi marido.

 

       Balduino puso cara de asombro. Wjoland parecía tan independiente que lo último que habría imaginado era que fuese casada.

 

       -Y tu marido, ¿qué es: noble, o villano?-preguntó.

 

      -Villano, pero su extracción social nada tuvo que ver en el fracaso de nuestro matrimonio. Antes probé suerte con un noble que resultó ser un individuo  peligroso aunque cobarde, que me mantuvo secuestrada varios meses y del que escapé por milagro-dijo Wjoland.

 

      -¿Arn?

 

      -Oh, no-replicó Wjoland, sonriendo-. Escapo de Arn sólo porque prefiero no meterme en líos, pero ahora ya no me importaría ni clavarle un puñal, en caso extremo, para mantener la distancia entre él y yo.  Tengo más experiencia que a los quince, que fue cuando ocurrió mi desventurada relación con Oswald, el noble del que os hablo. Y comparado con él, Arn es sólo un pobre infeliz. Oswald sí era malo de verdad...

 

       El pasado de Wjoland parecía tan raro, que Balduino siguió desconfiando, aunque no hizo comentarios en voz alta al respecto.

 

       -Supongo que mi problema con los hombres, además de mi mala suerte con los que encuentro en mi camino, es que soy demasiado rara y quiero a alguien tan especial, que difícilmente exista-prosiguió Wjoland-. Siempre gocé de gran libertad, restringida sólo por las obligaciones cotidianas, y no quiero nada que pueda limitarla o hacer que la pierda.

 

      -¿Y a dónde irás y qué harás una vez que estés fuera de Thorhavok y lejos de Arn?-preguntó Balduino.

  

      -Iré adonde me lleve Dios y haré lo que pueda-respondió Wjoland con una sonrisa.

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Published by EKELEDUDU
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